Palabras sobre la muerte
Por: Sergio Martínez Estrada
El sentido de la vida varía, de acuerdo con lo que el hombre piense de la muerte, ya que puede considerarla como un fin definitivo (”polvo somos”) o puede admitir algún tipo de inmortalidad anímica.
La muerte ocasiona que la fuerza vital abandone el cuerpo, con lo cual el alma también se separa de la “envoltura física”. Para el vivo, la fuerza vital sucumbe, pero en la muerte sigue funcionando en conexión con el alma. La fuerza vital que movía al cuerpo en vida hace que el alma “viva”, se mueva y actúe.
La muerte es un tema muy recurrente en la literatura universal, de hecho, se conoce la muerte por la experiencia de ver morir a otros seres humanos. Ya decía Séneca: “Podemos sentir y conocer la pérdida de un hijo, la de la fortuna, etc. No podemos sentir nuestra propia muerte porque instantáneamente, en el mismo momento de ocurrir, ella nos hace insensibles a todo. Es absurdo el temor por lo que, cuando ocurra, no lo podremos ya sentir” (Epístola a Lucilio”, XXX).
Basta citar a dos historia que ilustran diferentes puntos de vista respecto a este tema: “Hamlet” de William Shakespeare y “Candide” de Francois Voltaire. Shakespeare nos presenta un personaje cuya vida es totalmente interrumpida y, por todas las formas, destruida por la muerte. Desde el principio de la historia Hamlet es forzado a tratar con la muerte. En contraste Voltaire la mira de una manera completamente diferente a través del tema de la resurrección. Con “Candide”, vemos como la muerte tiene duramente un impacto en los personajes y como esta noción es enfatizada a través de la resurrección de Pangloss, Cunegonde y su hermano el Barón.
En México pareciera que las imágenes de Guadalupe Posada acompañaran siempre a López Velarde quien crea una visión sombría sobre el conflicto entre el deseo y la fe.
Villaurrutia nos comparte sus juegos de palabras y los espacios vacíos son el resultado de una inteligencia ligada íntimamente a la emoción; los ecos que aparecen en ello, son la reverberación de un diálogo íntimo con la muerte que se manifiesta, sobre todo, en sus poemas “Nostalgia de la muerte” (1938) y “Décima muerte” (1941).
Es posible reconocer el concepto de muerte que permea en la obra poética de Villaurrutia, los vasos comunicantes que la vinculan con otros poetas de su generación, que también abordaron el tema de la muerte en sus escritos, como Gorostiza, Cuesta y Ortiz de Montellano, con una construcción formal precisa, la voz desnuda, los rostros sucesivos de una muerte que se torna duda, ánima festiva, umbral o estado de oportunidad para la reflexión sobre uno mismo.
José Gorostiza la hace omnipresente y omnipotente, instantánea, donde la inteligencia produce estelas visuales acompañadas de una soledad abrasiva, en su poema “Muerte sin fin”, donde el lenguaje conspira en contra de sí y sus representaciones:
“¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul! Un coagulado azul de lontananza,un circundante amor de la criatura,en donde el ojo de agua de su cuerpo que mana en lentas ondas de estatura entre fiebres y llagas; en donde el río hostil de su conciencia¡ agua fofa, mordiente, que se tira,ay, incapaz de cohesión al suelo! en donde el brusco andar de la criatura amortigua su enojo, se redondea como una cifra generosa, se pone en pie, veraz, como una estatua.¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?”
Jaime Sabines se refirió a la muerte en el ejercicio de la poesía, un oficio impúdico donde “El poeta es un aspirante a santo desnudo, es un tratante de la heroicidad, es un hombre vendido gratuitamente”. El amor a la poesía lo heredó Jaime Sabines de su madre, ella, quien le contó que lloró en su vientre, y gracias a ella, desde muy pequeño fue un magnífico declamador. Su padre, Julio, el mayor Sabines, era un hombre bueno y a la vez terrible como el mar. El lo influyó en su vida, le enseñó que el trabajo se gana con sudor y además le fomentó el gusto por la cultura oral. Precisamente uno de los poemas más sentidos es “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”. “Todo el poema —rememora el poeta— se hizo con llanto, con sangre. Es un poema del que no me gusta hablar porque es puro dolor, desgarramiento, impotencia ante la muerte…”. Poema donde habita la soledad, la muerte, el amor, la angustia existencial y el dolor.
En 1966 murió su madre, Doña Luz, al cabo de unos meses le escribió; buscó hacer un canto tierno, librarse de tantas muertes. Sin embargo, al final descubrió que “ante la muerte lo único que se tiene es la cabeza rota, las manos vacías, ante la muerte el poema no existe”. “Doña Luz”, que forma parte del libro “Maltiempo” (1972), no deja de ser una reflexión filosófica ante la vida. Además, el libro habla de la cotidianidad, del cadáver de su gato, del viaje a la luna, del ‘68. No se trata de poesía de intensidad sino de ideas, trucos, inteligencia y malicia poética.
Los románticos se sienten inclinados por la temática necrofílica. Es el tema de las noches, de los sepulcros, de la aspiración a lo infinito, puesto que la muerte es el camino para alcanzarlo.
La vida para los románticos no es un bien, sino un mal. El alma romántica es un alma atormentada, triste, moralmente enferma, en busca de un ideal inalcanzable, de un sueño irrealizable. Todo está envuelto en un pesimismo. Al amor se le opone el desamor, la tragedia del desencanto, al amor lo carcome incluso tanto amor. La riqueza es una desavenencia, la duda y el misterio invade el alma que no pude ver el horizonte,”el dolor de vivir”, una angustiosa melancolía, incontrolable desesperación se sitúan en el corazón. El siglo tuvo su nombre: Fastidio universal.
Bastante distinta es la postura que toman realistas y naturalistas ante la muerte; por un lado, la ven como un aspecto biológico (sobre todo, los naturalistas) y no le prestan atención por sí misma, puesto que al escritor realista y naturalista, lo que le interesa es mezclarse con la gente; pisar la calle, frecuentar todos los ambientes, saber qué es lo que piensan y opinan sus criaturas, pero siempre en vida, aunque la muerte sea el punto final de algunas de las grandes obras de esta época. Las novelas realistas tienen un principio, un desarrollo y un final, como los seres vivos, crecen, se reproducen y mueren. La característica de estas obras es su absoluta fidelidad a la realidad. No hay notas exageradas, ni melodramáticas, no se cargan las tintas de sensibilidad, sino que se acude a aquello que un lector pueda aceptar y comprender, sin necesidad de acudir a paisajes quiméricos, ni a angustias del alma.
En el S. XX no es el muerto quien más importa, sino los vivos. El dolor que causa en los que se quedan, las sensaciones que provoca, los pensamientos, etc. Con ello el lector se identifica mejor con esa acción ya que, a nosotros todavía no nos interesa saber cómo será nuestra muerte, sino cómo encajar la muerte de los demás e incluso, aprender a mentalizarnos de ese hecho pero desde la experiencia de los demás, porque la muerte, por desgracia, no es una experiencia de la que nadie haya podido hablar, al menos de la propia.
Aunque es cierto que en todos los tiempos se busca la armonía, el equilibrio con la madre naturaleza y la unión con dios, otros en cambio, buscarán sobre todo la satisfacción del propio ego, la separación del ser humano de la naturaleza y la unión con un dios que represente únicamente sus apetencias materiales y carnales, o sea, buscará al diablo como vía metafísica de aprendizaje del mundo en el que vive.
Borges nos recuerda que la literatura tiene innumerables versiones acerca de la muerte. Entre los poemas de “Los Conjurados” hay dos, en los que se dirige a Maurice Abramowicz, aquél remoto compañero del colegio secundario. Y en uno de ellos le dice: “Durante la primera guerra, mientras se mataban los hombres, soñamos los dos sueños que se llamaron Laforgue y Baudelaire. Descubrimos las cosas que descubren todos los jóvenes: el ignorante amor, la ironía, el anhelo de ser Raskolnikov o el príncipe Hamlet, las palabras y los ponientes”.










