Erik Leyton Arias
Hace más de diez años entré a uno de los pocos talleres de guión para cine que se dictaban en Bogotá –increíblemente una materia casi desconocida en el país-. Humberto Dorado, el maestro, era reconocido por ser uno de los actores más interesantes y multifacéticos de entonces, pero pocos sabían de su trabajo como guionista de cine. En la primera sesión del taller entró al aula, miró a los asistentes, que vendríamos a ser unas 30 personas, y con su aire tranquilo preguntó: “¿Para qué quieren ser guionistas de cine en un país donde se hacen tres películas al año y dos las escribo yo?”
Humberto tenía razón. Para entonces en Colombia un puñado de autodidactas luchaba a codazos con el sistema, hipotecaba sus casas, hacía préstamos en bancos y corporaciones, comprometía la educación de sus hijos, rogaba aquí, pedía allá, y con suspiros conseguía terminar una película al cabo de cuatro años de esfuerzos: nada menos y nada más que la manera colombiana de hacer las cosas.
De todo ese ajetreo pocas películas son ahora notables. La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993), escrita precisamente por Dorado, La gente de La Universal (Felipe Aljure, 1991) y Rodrigo D (Víctor Gaviria, 1990) alcanzaron algún renombre universal y suscitaron una serie de preguntas y exigencias dentro del sector audiovisual local.
El asunto nunca ha sido fácil. Desde su independencia, Colombia ha sido un país de grandes diferencias sociales que se hacen crónicas de tanto en tanto, hasta el punto de generar guerras civiles de largo aliento. Mientras México, Argentina y Brasil buscaban fortalecer su industria cinematográfica y desarrollar una estética y un lenguaje propios, Colombia invertía toda su energía en encontrar nuevas razones para desangrarse.
¿Y el arte? ¡Por favor, no hay tiempo para eso…! De modo que si querías fotografiar una historia en 35 mm, debías hipotecar la vida entera.
Monsieur et madames…
En la última versión del Festival de Cine de Cannes, que finalizó el 27 de mayo pasado, cuatro películas colombianas de reciente producción hacían parte de la sección Todos los cines del mundo, dos más participaban en la Quincena de Realizadores, y una entraba en la competencia por la Cámara de Oro por su condición de ópera prima. Hubo foros y charlas con cuatro directores jóvenes, y se realizó una jornada especial para el renovado cine de Colombia.
Y en verdad, las películas merecen esa atención. La sombra del caminante (Ciro Guerra, 2003) constituye una mirada realmente interesante sobre la realidad colombiana a partir de un lenguaje cinematográfico reposado y observador; Bluff (Felipe Martínez, 2006) juega con la parodia y la comedia en un thriller con personajes muy consistentes; Al final del espectro (Juan Felipe Orozco, 2006) es la primera película colombiana de terror completamente seria y de calidad (Nicole Kidman ya compró los derechos de la historia); Soñar no cuesta nada (Rodrigo Triana, 2006) recoge la tradición folclórica y picaresca del cine colombiano y lo dota de cierta prestancia.
Algo ha pasado en el país para que, de diez años a esta parte, la producción cinematográfica se haya disparado de una manera inusitada. Hoy se escriben guiones en un número que nunca antes hubo con una calidad prometedora, se ruedan largometrajes en ciudades y pueblos, se edita y se monta a buen ritmo, se producen cortometrajes de manera casi industrial, y una buena cantidad de directores ya está pensando en su próximo proyecto. Algo bueno está pasando desde que algunas producciones recientes sean tenidas en cuenta en Cannes.
Luego de un gran esfuerzo de personas e instituciones, en el 2003 se logró aprobar la primera Ley de Cine del país. En ella se establecen una serie de mecanismos de apoyo a la producción cinematográfica, no sólo de índole económica, que le ha dado un giro de 180 grados a la manera de comprender la producción audiovisual nacional, al pasar a considerar el cine como un bien patrimonial y una actividad económica de importancia.
Gracias a ella decenas de realizadores han logrado optar por estímulos, becas y premios para desarrollar las distintas tareas dentro de la producción, que van desde la escritura de guiones hasta la promoción internacional de los trabajos, pasando por la formación audiovisual de calidad con la participación de maestros e institutos internacionales.
Se comienzan a ver los frutos. Increíblemente, y en pleno Siglo XXI, el cine colombiano es como el bebé que comienza a dar sus primeros pasos. Somos los recién nacidos de América. Aún hay mucho trabajo que hacer para lograr guiones fabulosos y una calidad técnica irreprochable, pero sobre todo, para lograr la estabilidad y el equilibrio que nos permita hablar de una industria permanente. Lejos estamos de México, de Argentina y de Brasil, pero ya nuestras películas “se dejan ver”.