Ubaldo Orozco
En 1906, Tina Man trajo al mundo a su hijo, zapoteca cristianizado, en la región juchiteca de Oaxaca. Años después notó que la tierra materna no podía encerrarlo y lo echó a recorrer el mundo en una marcha que no ha parado: “mejórate, vete a ver el mundo, a estudiar, a ser alguien” Andrés Henestrosa le cumplió cabalmente, con exceso, 83 años de ser esencia, leyenda y celebridad, que terminaron hace unas semanas. Mucho y cierto se ha dicho en estos días sobre su vida que lo avalan como un hito siempre presente, social, literario y político. Por eso no trataré detalles ni contenido del tipo sino comentaré el de algunos textos de Los Hombres que dispersó la danza, (1923) que nos muestran la esencia de Henestrosa y de su tierra natal, siguiendo la manera de leer de los viejos: lo que dice el autor, más que el modo en qué lo dijo; leer libros para aprender y sacar provecho de su lectura. Más importaba el contenido que la forma: la sintaxis enrevesada, la gala del dominio sobre la palabra, las reminiscencias y la estructura, la habilidad para esconder un personaje o un final, la originalidad y emoción de la aventura relatada, los planos narrativos, la variación en los tiempos y en los narradores, la musicalidad, el dominio de la lengua, etc. Los escritores influían en el modo de ser y actuar de sus lectores. Enseñaban una manera de mirar la vida, el universo o la forma de enfrentarla, dejando de paso su moral personal para ser imitada. Tiempos idos. Oaxaca, la tierra de Henestrosa, es el estado mexicano con mayor diversidad en avifauna, 699 especies distintas sobre un total de 1,076 para toda la república. Así no es de extrañar que la tradición de esa tierra se expresara usando, a veces, a los pájaros para trasmitir su visión del cosmos. Un cuento se titula La golondrina, otro La urraca, uno más El pájaro carpintero; éste, uno de los relatos más breves, de apenas más de 10 líneas. Por gusto personal, arbitrario, trataré de modo principal éste, aunque incompletamente. Aquí, Henestrosa, narra la historia del pecado y castigo de este pájaro. A Jesús le dio por dormir, por encerrarse ya de huída, en un tronco hueco y sin salida de un árbol. El carpintero que algo sabía de árboles, agujeraba troncos secos para hacer, una vez por año una casa nueva. El trabajo le rendía. Luego, en mal momento, los judíos los convirtieron en aliados, y juntos, en bandadas los pájaros y en turba los judíos, se echaron a los montes a dar con el fugitivo para causarle la muerte. Lo encontraron después de que el carpintero taladrara todos los árboles, secos y verdes, pues el Hijo de Dios vino a aparecer en el último escondite disponible, el tallo del carrizo, frágil, pequeño, en el llano. No se narra la muerte del Hijo de Dios, no aquí. Viene después el castigo del emplumado, agujerear eternamente el tronco verde y el tronco seco todos los días del año y de los años. Y no para anidar. El trabajo no le aprovecha. Es fácil encontrar la correlación entre los carpinteros y los seres humanos. Han matado a Jesús, han de pagar por ello. Una enseñanza de los evangelizadores españoles. La primera lectura nos deja con esa simplificación: los hombres mataron a Cristo, el eterno, que reciban castigo de igual naturaleza. Sucesivas lecturas, pues su llaneza, brevedad, transparencia, fluidez, y muy particularmente, su nostalgia las invitan, muestran el trasfondo indígena; no todo es cristianismo. Queda la raigambre vieja, previa, escondida: pájaros carpinteros y judíos, todos a una participamos de una tarea no excluyente, matar al mensajero incómodo en el caso. Somos, los humanos, un destino común, una responsabilidad única. Sin los cristianos, los judíos no hubieran encontrado al Hijo de Dios, nunca hubieran dado con él. La cosmovisión indígena no acaba en la reflexión citada. Contiene una hermosa exaltación del libre albedrío: no hace referencia al castigo de los judíos, quizá por ser, en la antigua enseñanza, los enemigos y perversos esenciales, sólo al de los carpinteros, al de los conversos. Te aliaste, paga. Libre de hacer, libre de pagar. Recordemos que en la esencia cristiana de aquellos tiempos los judíos tenían la total culpabilidad en la muerte de Jesús y por ello un infierno seguro. Así que también aparece, enlazada, la raíz judeocristiana. En ésta los pecadores se han de ganar el pan con el trabajo diario. No ocurre lo mismo con los carpinteros, ya no trabajaran con provecho una vez al año para anidar, sino han de hacerlo cada día y sin provecho, sin hacer casa, errantes sin redención. Destino más apropiado para los judíos que para los cristianos. Las penas ganadas por los carpinteros se traslucen en humanas en Fundación de Juchitán: “La ciudad de los hombres laboriosos, porque para derretir su sed, junto al río muerto necesitan cavar pozos siete brazas profundos; y rasgar el pecho de la tierra, después de escasos aguaceros, para que dé sus frutos.” “El día en que Dios repartió los hombres entre los animales…” principio del relato titulado Bigú nos pone frente a la visión zapoteca del universo, el hombre no es el rey de la creación de la versión cristiana, es más bien el último fruto, el que ha de repartirse entre los animales preexistentes. El hombre es sólo parte de la naturaleza, tiene también destino común con los animales, con la vida, con la tierra. En alguna oportunidad Henestrosa afirmaba que el hombre es lo que come, lo que bebe, lo que respira, la tierra que pisa; el universo en último extremo. La cosmovisión zapoteca, casi balbuciente, oculta en relatos llanos fue guardada cuidadosamente en una tradición que Henestrosa puso en papel para salvarla, para eternizarla, para darla en patrimonio común al mundo de las letras. Y también la confirmó con su vida. Se trata de una cosmovisión que se corresponde plenamente con la más aceptada en nuestro mundo occidental de ahora: el destino de los hombres libres es uno y común con el universo entero. Y se hace con el trabajo diario. Bien que cumplió Andrés Henestrosa (1906-2008) con Tina Man, su madre. Recorrió mucho mundo, más en el tiempo que en el espacio, e hizo un lugar duradero para la tradición de su tierra, la puso en letras extrañas, y no se perdió, siguió de juchiteco, atado a su tierra, a la tierra. Ahora cuando aún es reciente su retorno al origen habrá que releer Los hombres que dispersó la danza. Y no sólo por su orfebrería vieja, de artesano de las letras.