Fragmento de la introducción del libro “Alacena de Minucias”, por Adrián Ben Como. Texto cortesía de la Editorial Miguel Ángel Porrúa
Obra cumbre de Andrés Henestrosa, en el ámbito periodístico, la Alacena de minucias apareció en el suplemento cultural del diario El Nacional del domingo 17 de junio de 1951 al domingo 9 de febrero de 1969. Fue la columna literaria de más larga duración que él escribió y en la que con mayor claridad se expresó su espíritu curioso e inquieto. La comenzó a escribir cuando él tenía 44 años –en plena madurez– y la suspendió cuando acababa de cumplir los 62. Más tarde hubo una segunda época que se extendió del domingo 19 de junio de 1983 al domingo 14 de septiembre de 1986, en los días en que él ya era casi un ochentón. El título se lo proporcionó Juan José Arreola, inspirado en aquel otro periódico, sucesor de El Pensador Mexicano, cuya aparición se diera en plena Guerra de Independencia, y cuya firma se debiera también a José Joaquín Fernández de Lizardi: la Alacena de frioleras. En ella, Henestrosa pudo a su antojo guardar cuanta ocurrencia, divagación, capricho, dato o fecha relacionada con nuestra historia literaria él consideró digno de rescatarse. Allí pudo “alacenar” y “minucear” –dos verbos que para él acuñó Alfonso Reyes– los más diversos aspectos de la literatura mexicana. Por eso en la Alacena se encuentran coplas, décimas, canciones populares, lo mismo que necrologías, dedicatorias, anécdotas o etimologías. Pero también hay seudónimos, anagramas, relatos, autores olvidados y pasajes autobiográficos. No obstante, el espíritu de la columna –lo reconoce Henestrosa– fue su afán por historiar las letras nacionales, preferentemente las del siglo xix. Así, del caudal enorme de material literario perdido en opúsculos, folletos, misceláneas, revistas y periódicos relativos al xix mexicano –de modo especial la de aquellos que van de la época de la Independencia al triunfo de la República. Henestrosa rescató un sin fin de noticias y datos curiosos, siempre con el propósito de contribuir a un mayor conocimiento y valoración de nuestras letras. De ahí que la Alacena de minucias se pueda considerar, en cierta forma, como una historia de la literatura mexicana. “Algún día, caro Andrés, estas minucias serán muy útiles para el estudio de la gran literatura mexicana” Alfonso Reyes En los últimos veinte años en que él recorrió La Lagunilla, a la caza de joyas bibliográficas, yo tuve la fortuna de acompañarlo y de ver cómo ejercitaba, todos los domingos, sus dotes de excelente cazador, pues parecía como si oliera las piezas y las presintiera, ya que siempre daba oportunamente en el blanco. Así cayeron en sus manos infinidad de obras con las cuales formó su biblioteca y con las cuales más tarde armó sus artículos y sus Alacenas. La Alacena lo llevó a consagrarse como uno de los más grandes conocedores de nuestras letras y fue sin duda su columna periodística de mayor consulta, y de mayor cita, entre maestros e investigadores. Colaboración poco común, con cierta originalidad, debido al cúmulo de temas tan variados que trató y debido al aderezo que supo muy bien escanciar con su estilo tan peculiar, la Alacena de minucias fue una sección que se leyó con sumo placer en su tiempo como seguramente se leerá también hoy y mañana. Tuvo como guía siempre a México, y aunque se refirió a temas ajenos a la cultura nacional, siempre fueron estos tratados en relación con una mirada mexicana. Se refirió a viajeros y autores que hablaran sobre nuestras costumbres y tradiciones y nunca faltaron los temas de cultura indígena. Por su lectura se puede asimismo advertir el tono de la época de mediados de siglo y se puede saber qué autores estaban en boga, que libros se leían, y cómo había una manera distinta de ver las cosas; la patria, por ejemplo. Durante muchos años siempre se pensó reunir en volumen estas colaboraciones, pero nunca se pudo; siempre se frustró por una causa u otra. No obstante, hubo algunos intentos, como el que llevó a cabo un maestro rural que Henestrosa encontró, en cierta ocasión, en lo más apartado y abrupto de la sierra oaxaqueña, y quien tenía en su poder, ordenadas y anudadas cándidamente con un listoncito azul, varios años de colaboraciones. Y está el otro, por supuesto, que sí se publicó, en 1970, por el Instituto Nacional de Bellas Artes, bajo el título de Una alacena de alacenas –con prólogo y epígrafe de Henrique González Casanova– y que reunía, es cierto, sólo 74 colaboraciones, pero que era por entonces el más logrado, puesto que la selección se había hecho como una suerte de antología o de páginas preferidas. Pero no se publicaban tampoco, hay que decirlo, porque a pesar de que Henestrosa tenía muchas veces la tentación de hacerlo, siempre desistía ya que consideraba, pudorosamente, que sus textos no tenían el mérito suficiente para ser publicados. Él, entonces, para divertirse, contestaba que algo había que dejar que hacer a “los curiosos de mañana, a los cazadores de minucias” como era él, y yo siempre le decía, entre burlas y veras, en los muchos cumpleaños suyos que celebramos, que para cuando él cumpliera el siglo de vida, los 100 años, yo buscaría un editor para publicarlas todas, ya que la colección que yo había formado durante muchos años era sin duda la más completa. Sin embargo, nunca pensé que llegara tan pronto ese día, y así, sin sentirlo, inesperadamente, me vi en el apurado trance de tener que cumplir con mi palabra. Por fortuna, cuando le propuse a Miguel Ángel Porrúa que las publicáramos y las diéramos a conocer a los lectores mexicanos, él de inmediato aceptó gustoso y fue así que hoy aparecen finalmente bajo el sello de esta prestigiada casa editora. Retoqué, hasta donde humanamente me fue posible, algunas faltas propias de la urgencia del periodismo, sobre todo aquellas que se referían a autores y títulos de obras y puse, asimismo, nombre a algunas Alacenas. Pero, en lo general, éstas aparecen tal y como se publicaron por vez primera en el periódico El Nacional. En todo caso, es posible que existan, quiero decirlo, algunas inexactitudes respecto a la fecha de publicación, pero lo incompleto de los archivos y su mal estado, impidieron la precisión del dato.
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