Teresa Solbes de Menéndez
Canciones, poemas, tratados científicos, oráculos, mitos y cuentos nos hablan del tiempo, pero nada de todo esto da con la clave exacta que nos explique con certeza qué es eso a lo que todos llamamos tiempo. Existe una excepción: el señor o la señorita que a través de las pantallas televisivas nos avisan del tiempo que hará mañana en el sur, en el norte, en el oriente o en el poniente de la república. Estos personajes son muy famosos y todos los países los tienen, además, su espacio suele ser esperado por muchos para enterarse si en vez de ir a la playa van al campo, se ponen la bufanda, visten ligero o guardan el paraguas en la cajuela del coche, aunque a veces sucede, sobre todo en el D.F., que nos vemos obligados a guardar en ella de todo un poco porque estos tiempos ya no son los que eran, según cuentan algunos. ¿Tendrán razón?. Lo pregunto porque dicen que antes hasta el sol era de fiar.
De lo que no nos queda la menor duda es de que hoy las agendas los relojes y los calendarios dominan nuestra vivir cotidiano marcándonos el paso. Así es como revelan sin ninguna misericordia que nuestros días de descanso cesaron, que hay que volver a tomar las riendas y tirar para adelante. No soy tan inconsciente como para no reconocer que es absolutamente necesario vivir con el tiempo en el bolsillo, si no qué sería de nosotros ¡pobres mortales!. Seguramente se nos acabarían –y eso podría ser todo un caos- las angelicales excusas: ¿Sabes? es que no tengo tiempo. Espéreme, al ratito que ahora no puedo. Mañana seguro seño…, y así hasta el infinito.
Hace un puñado de meses tuve la oportunidad de burlar el tiempo unas cuantas semanas y me fui a mi pueblo donde parece que la vida y con ella, por supuesto, el tictac de los horarios se detiene. El mismo verde intenso de siempre, las mismas playas azules, la gente paseando despreocupada. Los niños llenaban los jardines y el puesto de los helados hacía su agosto, nunca mejor dicho, era verano. Allí verdaderamente en agosto y septiembre algo mágico ocurre, las manecillas de los relojes se tienden sobre la toalla blanca y fina de las playas y también, sobre los campos a la sombra de algún frondoso árbol, descansan relajadas mientras las campanas de la iglesia rompen la indiferencia de las péndolas. Magia que siempre impregna los lugares elegidos por nosotros para descansar del trajín de todos los días. Quiero pensar que a los vacacionistas y en todos los pueblos del mundo nos sucede más o menos lo mismo.
Muchas veces me pregunto por qué no guardo en el ánimo algo de esa “no prisa” para cuando regrese mi tiempo a su realidad. Bueno, quizá me quedan los recuerdos… dilatar la memoria hasta que aparezca la imagen.
Después de cenar esperábamos ver en la pequeña pantalla de la tele al hombre del tiempo, todos queríamos saber si saldría el sol o no, claro que ese es otro tiempo, el climatológico, el que nos dice lo que va ha suceder hoy, por cierto con verdadera exactitud. La nube aborregada, el sol rojo, la luna llena, la tormenta, el rayo, nos devuelven una imagen del tiempo confiable, más familiar. Es curioso cómo las gentes del campo o de la mar, ordenan el tiempo según éste les habla, y sin variar, los hechos se recuentan: -Aquello pasó cuando la granizada de julio. Y comentan los sucesos como en las épocas de las Sagradas Escrituras: -Se avecinan malos tiempos, ha nacido un ternero con dos cabezas.
¡Ay el tiempo! no podemos verlo, sólo medirlo pero las medidas no dicen nada. Que son las siete ¿qué más da?. Sigue siendo fantasmal su presencia, se pasea delante de nosotros a veces amable, a veces terrible, siendo para muchos motivo de preocupación, de reflexión. ¿A dónde han ido a parar los últimos quince, veinte o treinta años que se fueron como un soplo? ¿En qué agujero he caído?. ¿Dónde quedó aquel tiempo de juventud que me hacia sentir que lo tenía todo a favor? Tiempo en que nos dejábamos gobernar por las circunstancias ya que no había la necesidad de tomar las riendas de la vida. ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo nos cambio el clima?. En un dos por tres nos percatamos que llegó el momento donde sentimos que había que tomar decisiones, responsabilidades y marcar las reglas para el futuro; las hojas del calendario cayeron menos perezosas de lo que seguramente nos hubiese gustado pero el reto continua ¡el gran reto de vivir! Seguir callando y contando los días, las horas. Callar para escuchar lo que las manecillas del reloj, las hojas del calendario, me quieran decir porque se las puede oír; cuando permanecemos en silencio el tiempo nos habla, nos da espacio, oportunidades para que le saquemos el mejor rendimiento.
Ese dialogo entre él tiempo y uno suele suceder cuando más quietos permanecemos, pero es ahí donde la el asunto se tuerce porque estamos tan acostumbrados a pensar que hay que moverse, correr de un lado para otro, dar resultados, beneficios… que la pregunta llega sin demasiado esfuerzo. ¿Qué tipo de beneficios?. Esa ha sido mi gran tarea en estos cortos días de descanso que terminaron con el Domingo de Pascua: Mirar para atrás y ver los réditos logrados con la inversión de mi tiempo; todavía no lo averiguo, quizá me faltaron días, no importa, lo descubriré y si la vida lo permite, se los contaré.
Si amigos, el tiempo nos avisa, nos usa, nos arruga, nos traspasa, nos hace tropezar con lo cotidiano y nos va empujando con sus manos ocultas hacia el jardín del olvido, y de eso no solemos hablar en las tertulias, como dice mi vecina Margarita.
Bueno, se me acabo el tiempo, seguiré callando y escuchando a ver que descubro. Hasta la próxima.

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