A partir de ahora se abren las puertas del vacío hacia una realidad intransitable. Vemos a un marinero contemplando un cielo desprovisto de signos, con los cuales pudiera orientar su timón con mano firme. Sólo después de varios años de intensa búsqueda las cosas se acomodan apareciendo ante sus ojos un faro derruido, aunque más bien es una vieja lámpara de keroseno que alumbra la sonrisa de un fantasma quien no se avergüenza de sí mismo.
Las coincidencias aparecen de repente como una cascada que impide ver la luz del otro lado de una tormenta, misma que se convierte en un fenómeno meteorológico desprovisto de catástrofes. Sin embargo aquí adentro, en este tornado simbólico, un viejo duende se empeña en resucitar los artificios de su memoria, como si no existiera distancia alguna entre sus sentimientos y sus consecuencias. Vuelve así a ponerse en evidencia el punto neutral a partir del cual se derivaron todos los delirios que hicieron de cada mañana una fiesta, y de cada noche un funeral. Otro punto más aparece en el ocaso, y uno más al amanecer. Desde allí se definen las fronteras que todavía no han sido rebasadas y los placeres que no han sido consumados, porque todavía quedan sudores que experimentar e intentos de liberación por diseñar.
De esta manera queda demostrado que se sigue huyendo de la fatal manía de poner nombre a las cosas. La multitud nos persigue para preguntar los nombres de cada uno de los instantes contenidos en un drama onírico, escrito desde lugares insospechados y en el momento menos pensado. No sabe la gente que los naipes suelen caer sobre la mesa revelando el destino de las personas… todas, menos una. Es así que cada espacio vacío debe ser visitado por esqueletos en potencia, quienes son definidos mediante trucos de nuestra propia mente.
Y mientras las cosas empiezan a caer por su propio peso, y el tiempo comienza a fluir en la dirección correcta, el único alivio que nos queda es pasar la noche moliendo café, como si esta actividad fuera garantía de poder empatar los acertijos con sus soluciones.
Una nueva época ve la luz, corrigiendo así la encrucijada que la vio nacer. La diosa de la noche se ha engullido todas las fallas perpetradas durante el día, provocándose a sí misma una indigestión que le llevará siglos poder aliviar. Bajo su manto nocturno se escucha el lamento del marinero que guía el timón dorado de su embarcación con velas verdes y negras, y quien está cansado de buscar sirenas en las aguas más profundas, cuando quizá la musa que le hace falta se halle esperándolo en uno de tantos puertos por los que ha paseado su galeón.
De pronto los mares surcados traen como recuerdo el nombre de esa pieza inconclusa que hace falta en su cerebro. Es posible que sus ojos vuelvan a mirar hacia adentro para perderse en nuevos laberintos de la memoria, y entonces, mediante las imágenes internas de una de tantas ciudades del mundo, su mente creará un espectáculo que lo acabe de despertar del letargo provocado por haber padecido incontables tormentas.
A pesar de ese espectáculo inminente, los minutos transcurren en medio de un silencio aterrador. Nada relevante sucede, y por lo tanto se siente la penosa urgencia de regresar a corregir las horas que se han escapado de nuestras manos. Es necesario recuperar la respiración y perdonar las fallas que nosotros mismos provocamos, para después sentir el amor a unos cuantos centímetros de nuestros brazos. Es necesario regular de vez en cuando los sobresaltos del corazón, para así poder cerrar los ojos y luego abrir nuestra mente al lenguaje que nace y muere al atardecer, quedando inscrito en el lapso incierto bordeado por la vigilia.
Los años pasan sin perdonar las viejas omisiones, pero al menos suele quedarnos el consuelo de que realmente nos propusimos clausurar todas las fugas de nuestra voluntad, a la espera de que un huracán de palabras sirviera como impulso para tomar el timón y así salir en busca de nuevas sirenas, nuevos espectros que mantuvieran la ilusión de que, al menos en momentos de alegre creatividad, se estaba cumpliendo la misión que suele inventarse cada día con el fin de disfrutar breves instantes de locura.
No obstante, nada de lo anterior puede subsistir a menos que este miasma de palabras sea visitado por un relámpago revitalizador, un destello cósmico que resucite a la gramática de su estado de latencia; un estruendo luminoso que haga saltar cada vocablo desde la garganta en que fue creado. De no ser así, habrá que conceder un espacio a dos sarcófagos milenarios con sus respectivos dioses adormilados: Isis tendría que ayudarnos a encontrar las partes dispersas de su amado… todas menos una. Y una vez concluido el rompecabezas, podríamos sostener una conversación interesante con Osiris, rogándole nos auxiliara a descifrar la interminable lista de incógnitas que se han ido acumulando a través de los siglos. Siendo él un conocedor del inframundo, podría entonces revelarnos los secretos de la energía que se oculta dentro de las horas solitarias, así como en los sueños y pesadillas, o en los versos que no han sido escritos a causa de la oscuridad que está repleta de interrogantes.
Es así que descubrimos que Osiris es un dios de la oscuridad: con él son más las dudas que las certezas, y son más los pasos en falso que los caminos libres de escollos. No hay cielos despejados ni días completamente felices. Osiris es un dios negro, y tratar de descifrarlo es caer en nuestras propias trampas. Aquí es cuando volteamos los ojos hacia las montañas, yendo en busca de un paraje solitario en donde poner a reposar nuestros huesos adoloridos.
Estando seguros de que no hay nadie alrededor, tocamos el suelo con nuestra frente, como para percibir las vibraciones provenientes de las entrañas de la tierra a la que intentamos arrancarle sus secretos. Pero como esta acción es totalmente infructuosa, llega el momento de sentarnos con las piernas cruzadas y los brazos extendidos. Es tiempo de liberar los terrores de la mente, e igualmente aliviar el dolor producido por malos sentimientos y por la pesadez acumulada durante tantos años de preocupación.
Con los poros abiertos para captar más el oxígeno de las montañas, procesamos la energía necesaria a fin de dar paso a nuestra propia desintegración. Nuestros músculos se derriten para ser absorbidos por el suelo, nuestra sangre va a dar a los arroyos de la montaña, nuestros órganos y vísceras se convierten en banquete para las aves viajeras, hasta que no quedan más que nuestro cerebro y nuestro corazón, con cuyas pulsaciones se definen los últimos instantes de conciencia. Del cerebro se desprende un pensamiento que va a dar al vacío mientras que del corazón se deja sentir un exiguo latido, como un modesto testimonio del amor que allí llegó a habitar.
Una vez desaparecido el ser integral, nuestros pensamientos y recuerdos vuelven a flotar con total libertad, persiguiendo quizá una mano que quisiera hacer tangibles los recuerdos, o un rayo de sol que evapore los pensamientos por completo; un soplo de viento que esparza tenues suspiros en todas direcciones, o un timón dorado que otorgue un rumbo nuevo a las pasiones que han sido convertidas en palabras.

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