24
May
08

La Flor y el Barro

 

  Teresa Solbes de Menéndez

 

La otra tarde asistí a una despedida de soltera que me llamo mucho la atención.  Después de que el ánimo se acomodara al ambiente, pude observar que las personas allí asistentes éramos muy diferentes entre si, al menos en apariencia, no en cuanta a genero porque ése era exclusivo del universo femenino, -el único detalle que nos uniformaba-, natural si pensamos lo que allí se celebraba, sin embargo, las edades se cruzaban, también la forma de vestir; estaba presente desde lo más avanzado de la moda hasta lo tradicional riguroso. Era como una torre de Babel donde parecía que nadie se iba a entender con nadie. En cuanto pude penetrar por completo la penumbra de la sala y distinguir la dislocada disparidad de personajes pensé: Esto puede resultar interesante.  

 

   Al poco tiempo de que me pusieran una copa en la mano, me encontré charlando con una mujer que medio chapurreaba el español, lo que le daba un toque marcial ¿será una espía?. No, descarte la idea enseguida, hoy los espías se cuelan por otros agujeros. Lo cierto es que después de tratar inútilmente de saber quienes éramos y que decíamos, terminamos chocando nuestras copas y riéndonos de la absurda situación, pero mujeres al fin, estuvimos hablando hasta por los codos, ella con sus chapurreos y yo con los míos; no entendíamos muy bien lo que nos decíamos pero se notaba que había empatia. En esas andábamos cuándo de repente, una voz nos pide silencio y anuncia a un poeta amigo de la familia, no recuerdo su nombre, pero si su procedencia: Chileno, de Santiago de Chile. Las voces callaron y el poeta cantó. Sus versos eran de irritante pesimismo; negaban la amistad, el amor, la bondad de cualquier sentimiento. Daban ganas de correr y salir de allí antes de que se organizara un suicidio masivo en honor a la desconfianza. Frenando el primer impulso sentí que los versos, a pesar de todo, también eran temblorosos lamentos de ausencia y añoranza de algún cuerpo, de las tonalidades y temperaturas de su piel, de la profundidad de su mirada. Al abrirse el coloquio con que el acto concluiría, mi reciente amiga, la rusa, se dejó escuchar con su  marcial español: ¿Por qué la clase de amor que inspiraba al poeta se refería a lo material y jamás al espíritu que sin duda animaba aquella carne? El poeta respondió que, para él, el cuerpo y el alma eran la misma cosa. Esto empieza ponerse divertido, me dije, al ver el montón de manos que pedían hablar, pero como las manos no son la boca, no hablaron.

 

  Después de unos minutos de confusión, el murmullo de las voces fue en aumento. -Se nota que el ánimo va caldeándose. -Pensé.  Cierto, éste iba apoderándose de las almas y cuando el fuego estuvo a punto de mostrarnos su bao, la misma voz de hacía un rato pidió de nuevo silencio. Un maestro de Zen nos explicaría el nombre de la postura de loto: se trata de una preciosa flor que flota en la superficie de las aguas gracias a que hunde sus raíces en el cieno del fondo; el cieno, -continuo el maestro- es nuestro cuerpo, digno de ser querido porque aísla nuestro espíritu, y no habría sin él ni ideas bondadosas ni comportamientos solidarios.

 

   Amiga como soy de cavilar cuando amerita, el dilema se me revelo como materia urgente. No se trataba de la flor y su aroma sino de la flor y el barro que la aguanta…

 

   La despedida de soltera más extraña a la que he sido invitada terminó después de entrar en grandes debates filosóficos sobre el alma, el cuerpo y, las renuncias del corazón que tanto dolor causaban a ambos. Me fui a casa pero mi mente revolvía en los recuerdos. Alguna vez me habían enseñado que el cuerpo era la jaula que el hombre vive cargando. Y me lo habían dicho tan claro que jamás lo olvidaría. Quizá por lo mismo, mi sorpresa. Hasta esa tarde no se me despertó la ociosidad de pensar en la carne separada del alma -¡Qué tontería! apaga la luz y duérmete.

 

   No me dormí, con sigilo atravesé la salita que separa mis libros de mi cama y palpe a tientas, encendí la pequeña lámpara y vi que tenía en mi mano La Biblia. Repase, leí pasajes, salmos, parábolas, y descubrí que durante muchos años viví engañada. El propio testamento de Cristo lo explica. Cristo entiende la carne como un todo con su ánima. Cuando los salmos dicen “mi carne”, dicen “yo”. No es algo que “yo tengo” y es distinto a mi. “El Verbo se hizo carne”, comer el cuerpo de Cristo, para los cristianos, significa integrarse en Él entero, usar la carne como aproximación y vía de conocimiento porque la emoción también razona y el pensamiento siente. Todo es uno y lo mismo: una alteración somática, cualquier pequeño catarro, influye en la razón y en los mas elevados sentimientos. Al principio es el cuerpo. Con él pisamos la puerta de este mundo. No es ni un esclavo ni un enemigo íntimo y rebelde. Es la vía a través de la que aparece el sujeto hombre independiente.  Su individualidad. El cuerpo y el alma no son siquiera dos aspectos ni dos manos ni dos poderes fundidos, son las dos caras de una misma moneda. Son el corazón único. Sin los órganos del cuerpo, el alma no siente ni padece. El ojo se deleita en la hermosura de una flor; aspira su aroma la nariz; los dedos acarician sus pétalos y nos parece hermosa aunque el lodo esté ahí. Y todo eso somos, no dos fronteras donde se pelean el cuerpo y el alma.

 

    Bien, ya llegué a la conclusión, podré dormir en paz pero ¿quién  gobierna ese conjunto maravilloso que todo percibe y disfruta con ello?. La OPEC, La Globalización Excluyente   y sus secuaces. Por eso estamos como estamos: Alma y cuerpo hundidos en el barro de donde a veces, ni el corazón puede salvarnos.