04
Oct
08

La mano en el desierto

Por: Arturo Gudiño

 

Las flores más coloridas estallan jubilosas por el hecho de incorporarse al espacio sideral, al tiempo que una mano gigante acomoda el infinito, de tal modo que entre el cosmos y el caos, o entre la energía y el vacío, logran crearse imágenes inconexas que despiertan a un simio de su letargo selvático. Y a kilómetros de distancia, muy lejos de esa selva, una cantante de pechos melifluos causa conmoción entre un público que lleva meses esperando su debut. Todavía más lejos, sentado en una campiña desolada, un poeta escribe inventariando todas sus pérdidas, las más inmediatas y las jamás alcanzadas. Estos acontecimientos están interrelacionados mediante una línea punteada que los lleva hacia un encuentro de palabras en el lugar menos pensado, para así alcanzar la certeza de que se acerca irremediablemente el fin.

Por si esto fuera poco, pasan por aquí todas las ninfas que podrían resucitar a un fauno petrificado, pero ninguna se queda a escuchar la música producida por su flauta de metal. Por lo tanto, el silencio es el único amigo de esa mano que acomoda las estrellas, al tiempo que la luna prefiere ocultarse tras las nubes, y por su parte las células marchan hacia su decaimiento. Las neuronas se niegan a trabajar para un cerebro obsesionado por la sonrisa del diablo. En consecuencia, el único soplo de vida proviene de una gota de sudor que se desliza entre las arrugas de una garganta afónica, la cual intenta cantar en el desierto urbano: “oooooh-lalalala, los segundos marcan el transcurso de otra noche en duermevela; oooooh-lalalala, desde las calle se escuchan los pasos de una doncella de hierro, quien ha recibido la orden de ilustrar los detalles de nuestras pesadillas.”

Se aproxima entonces un perro con cabeza enorme y cuerpo enano, olfateando las marcas aceitosas del paso de la multitud. Su nariz se pega a su propio reflejo como queriendo percatarse de la existencia de un universo alterno. Los sonidos quedan prohibidos hasta nuevo aviso; las imágenes son congeladas, mientras un eclipse transcurre en medio del terror, mismo que es exagerado por la muchedumbre. Lo único que logra captarse es la silueta de una mano que menea un tonel de ideas imposibles de materializar. Queda, sin embargo, fijada la fecha para el lúgubre encuentro de esa mano con el hacha que habrá de cercenarla. Sus aciertos y triunfos serán olvidados, mientras que su principal error, el más fatídico, habrá de marcar el destino de sus cinco dedos.

Cinco son las campanadas que anuncian el comienzo de la caída en cada ciclo. Cinco son las veces que las sirenas han dejado de cantar con el fin de comerse sus propias aletas. Cinco son las estrellas que aparecen antes del amanecer, formando una cruz que anuncia una nueva hecatombe. Los signos de la vieja mándala desparecen; los ríos se tornan una amenaza mientras las ciudades son devastadas por su propia población. Es hora de juntar las manos y rogarle a Cronos que detenga el tiempo. Es hora de sumergir los dedos en una poza que actualmente luce cinco colores: el verde claro, el azul turquesa, el triste marrón, el negro impávido y el violeta esplendoroso que se mezcla con el aroma del viento.

Tristemente, el viento del desierto trae consigo una canción llena de dudas. Las horas de frío suceden a las horas de calor, y viceversa; el peso de los minutos sucede a la carga de los segundos; el tiempo es implacable y nada puede hacerse para poner al día el conteo ininterrumpido de granos de arena, o en su caso, en otro punto lejano, para reparar las fugas que a diario se multiplican en el barco de un marinero ebrio, quien no deja de fumar su pipa a sabiendas de que el tabaco lo está matando. A pesar del mal agüero, el marinero no se inmuta, simplemente levanta el índice para conocer la dirección del viento; después levanta el pulgar para darle ánimos a los buques fantasma que pasan a su lado, y luego extiende el dedo anular tan sólo para comprobar que hace años se quedó vacío. Observa la fragilidad de su dedo meñique y la rigidez de su dedo medio, siendo éste el que precisamente utiliza para dar vuelta a las hojas de un libro que se escribe por sí mismo. Es el volumen que relata los casos imposibles, el folio que condena pasiones que pudieron haber sido y que fueron interrumpidas por líneas de la existencia que se bifurcan en un momento fatal.

Vemos así que no hay forma de flotar por encima de las horas. Tarde o temprano nuestro propio peso (o la inercia de los otros) hará que nuestras ideas se desplomen sobre el paisaje de costumbre; sobre la ciudad y sus trampas, o sobre la campiña y sus relámpagos. Queda como último recurso la posibilidad de invocar la inmensidad del desierto, con todo y sus rocas milenarias que absorben los secretos del sol, desde el amanecer hasta el ocaso. Invoquemos entonces al desierto con su tierra tan salitrosa, que a lo lejos parece un campo nevado; las montañas tan enojadas por no contar con vegetación alguna; los arbustos amarillentos y silenciosos, dispuestos a sobrevivir gracias a la brisa ocasional; el coyote y el conejo, la salamandra y la tortuga, la serpiente y el escorpión, habitantes de un paraje en donde, mediante la supervivencia, se agota hasta el último recurso.

Y sin embargo, la soledad del desierto es el mejor punto de despegue para ir al encuentro del infinito. Es el escenario ideal para abandonar la materia y convertirla en energía; deshidratarse para saltar hacia la luna convertido en un conejo místico, dispuesto a vivir de la luz reflejada desde el sol, y así enviar ocasionales rayos “iluminadores” para el asceta que busca la paz. Basta un solo destello sobre su mano, siempre y cuando su mente esté en la frecuencia correcta, para poder levantar al derrotado de su tumba, y de esta manera sea capaz de redactar por sí mismo la rapsodia que define los cambios infinitesimales de cada hora del día y de la noche.

Son entonces el sol y la luna del desierto los únicos elementos necesarios para despejar una mente aturdida y una mano adormilada, dejándolas listas para debatir los eventos fortuitos que han de ocurrir desde este punto de partida y hasta el fin de los tiempos.

 

 

 


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