Jacinto Eslava
Steinbeck dijo una vez que para escribir bien sobre algo, había que odiarlo o amarlo con la mayor fuerza posible. Y él odió y amó cosas aparentemente opuestas en el transcurso de su vida. De la combativa denuncia de la explotación de los inmigrantes en sus obras de los años 30, pasó a una defensa cerril del «sueño americano» y la intervención en la Guerra del Vietnam.
Es difícil haber leído a Steinbeck, sobre todo si se le ha leído en la adolescencia, y no sentir agradecimiento. Steinbeck hace lectores, aficiona a la lectura.Por eso, al fin, ha sido minimizado por los guardianes de las esencias inalcanzables. Sentimentalismo, demagogia, populismo, izquierdismo, efectismo, lirismo, todo ha valido para desacreditarle.
En los ojos claros de John Steinbeck lucía el asombro ante el aparente caos de la existencia, absurdo y, sin embargo, lógico; probablemente indescifrable y, sin embargo, crípticamente ordenado. Estudió Biología y fue buen conocedor de la Historia, pero en cierto instante de su juventud comprendió que en las ciencias no iba a encontrar explicaciones más luminosas que las que le proporcionara la ficción. Su necesidad de comprender le llevó a recorrer sendas diversas: desde el relato social crítico, una de cuyas cumbres, Las uvas de la ira, se le debe, hasta el reencuentro con la tradición más aquilatada, en Los hechos del rey Arturo. En ese sinuoso y prolongado viaje de conocimiento, el socialista y el patriota convivieron bien durante un tiempo. Sólo durante un tiempo. De esa convivencia surgieron In dubious battle, de la que no conozco edición en español, y, poco más tarde, en 1939, Las uvas de la ira, en la estela dejada por Norris, Dreiser y Sinclair Lewis.
Las uvas de la ira fue un gran éxito, pero cabreó sobremanera a la derechizada sociedad americana. Saroyan afirma, con cierto asquito, que incluía propaganda proletaria. John Ford, un conservador, dirigió la inolvidable versión cinematográfica. Los proliferantes enemigos de Steinbeck se encargaron de decir que la película era mucho mejor que la novela.
Muchos hubieran preferido que la comprometida literatura de Steinbeck se hubiera quedado obsoleta al bajar las aguas de la conciencia social que alcanzaron a no pocos artistas, intelectuales y escritores norteamericanos tras la Depresión, en el periodo de entreguerras y ante el apogeo nazi. Pero no fue así. Los jóvenes beatniks reivindicaron a Steinbeck en los 50 y 60. El poeta Lawrence Ferlinghetti llegó a decir que no se podía entender a Jack Kerouac sin pensar en el antecedente de Steinbeck.
Si Las uvas de la ira no dejaba de ser una continuación de la epopeya del flujo del Este al Oeste propio de la época de los pioneros, el espíritu de abandonarlo todo para echarse a la carretera (por ejemplo, la 66) estaba, claro, en el núcleo de On the road, aunque, todo hay que decirlo, los antecesores de los hippies buscaran una solución más personalizada y fueran más descreídos.
Subyace, sin embargo, en sus obras mayores un sentido del humor, una comprensión del ser humano reflejado en esos personajes irresponsables que, a pesar de sus borracheras, del juego, de sus pleitos, robos y prostitución, son fundamentalmente buenos. De hecho, frente a sus desilusionados contemporáneos, Steinbeck cree en la solidaridad y en la capacidad para crear una atmósfera por medio del reportaje. Y al tiempo, añade un contenido simbólico, en ocasiones un tanto cargante, donde presenta al hombre en busca de la tierra prometida. Porque, en realidad, siempre se propuso escribir la gran epopeya norteamericana.
En sus obras, más que el cine, influye la fotografía de artistas como Dorothea Lange o Walker Evans, cuyas imágenes prácticamente ilustran página por página su gran novela «Las uvas de la ira». Se encuentran también ecos de los pioneros que habían ido en busca del Salvaje Oeste. Los espacios son los mismos, idénticas las virtudes de la acción. Cambia el vehículo, en Steinbeck un automóvil, antecesor en espíritu al de Kerouac. Aunque siempre se mantenga al ser humano enfrentado con valentía al destino. Y eso le une a Faulkner, a Hemingway, Scott Fitzgerald, y a sus demás contemporáneos de la llamada «Generación Perdida» empeñados en vivir -y sobre todo, escribir- más allá de las posibilidades que los seres razonables son capaces de imaginar. a guerra y, sobre todo, lo que siguió, es decir, el macartismo, hicieron mella en la mayoría de los contemporáneos de Steinbeck. La lamentable conversión de John Dos Passos al anticomunismo cerril, la cobardía delatora de Elia Kazan o el agotamiento de Dmytrick, muerto en estos días, el permanente y conspicuo estar de viaje de un Ernest Hemingway quizá demasiado intacto, los heroísmos de los escasos miembros de la especie de Hammett, cambiaron a todo el mundo al señalar las direcciones posibles de la conducta humana. Eso dejó su marca en la Historia de la Literatura, y no sólo la americana: está por hacer una Historia de la Literatura, y una Historia de la Historia, en el tiempo de la Guerra Fría.
Por supuesto, en la escritura de Steinbeck hay huellas del proceso, en el que el patriota Steinbeck descubrió la locura religiosa sobre la que se había creado su país, y que hasta hoy estructura y moviliza la sociedad estadounidense. (En España nadie debería sorprenderse por ello: parecidas pasiones crearon este Estado, precisamente cuando América tomaba su sitio en los mapas. Al Este del Edén, publicada en 1952, no debería ser leída como una obra ajena: podemos reconocernos en ella). En el paso de Las uvas de la ira a Al Este del Edén, el socialista Steinbeck descubrió que el mecanismo social era infinitamente más sencillo de lo que él había dado por supuesto. En 1947 apareció La perla, un relato perfecto en el que la impotencia y la pobreza se enfrentan al poder y a la riqueza, no sólo en el transcurrir de los hechos, sino también en el interior de sus protagonistas, que en la memoria popular nunca son los ricos ni los poderosos, sino aquellos para los que hasta el encuentro con la fortuna deriva hacia la tragedia.
Cuando Kino y Juana sólo tienen por delante la miseria y la desesperación de la inminente muerte de su hijo, cuando no pueden pedir ayuda, ni atención, ni siquiera piedad, el mar les da una perla, la mayor y más gloriosa que se haya visto nunca. Pero la perla no trae la felicidad: trae la codicia, el mal. No es imposible que Steinbeck haya creído estar componiendo, entre otras cosas, un alegato contra el pensamiento mágico, una argumentación literaria destinada a explicar que la suerte de un único hombre no repara la injusticia fundamental a la que su destino de paria le ata. Que haya creído estar diciendo que no hay soluciones que no sean colectivas. Un indigente pescador mexicano encuentra una perla muy valiosa, un tesoro capaz de sacar a su familia de la miseria. Así comienza la novela corta más célebre.
La perla, y toda la obra, digamos, social de John Steinbeck está concentrada en estas pocas páginas. Su mensaje es hondamente rural, y muy revelador de la mentalidad, sofisticada y primitiva, brutal y lírica, de su autor: una perla muy valiosa, hallada por un pescador mexicano totalmente indigente, destruye su hogar y mata a su hijo, dejándole sin esperanza. Es un mensaje sin moraleja, moral o remedio: Steinbeck expone la tragedia sin juzgarla ni suscitar ánimos. Como en una tragedia antigua, se deja al público la tarea de interpretar, valorar y premiar o castigar
El final de La Perla es muy detonante y muy simbólico: el indio al que ha traído la desgracia, coge la perla y, por consejo de su mujer, la tira al agua. Inesperada conclusión muy propia de la compleja mente de Steinbeck: mística y al tiempo brutalmente realista, que recuerda mucho la idea central y el final de la gran película de Sacha Guitry, Les Perles de la Couronne, en la que la última de las siete perlas que han traído desgracia a innumerables gentes durante cuatro siglos, cae al mar por un descuido del que está mostrándola y desaparece en las valvas abiertas de una ostra, que las cierra al sentirla. Esta película, que fue mundialmente famosa, se estrenó en 1937, 11 años antes de que se publicase La Perla. En 1945, Pedro Armendáriz protagonizó la versión cinematográfica de este relato: La perla, dirigida por el Indio Fernández (Emilio Fernández), que fue famosa en toda Iberoamérica. Ernest Hemingway definió así este relato: «La perla es un auténtico poema épico, e hizo falta muchísimo talento para resumirlo en tan pocas páginas». Steinbeck busca con frecuencia crear situaciones extremas, cuya única salida, como en el caso de La perla, sólo puede ser simbólica, lírica o mística, dejando al así acuciado en un infierno sin salida real. Es raro que este autor ofrezca soluciones realistas a sus personajes condenados a muerte en vida.
Algunos críticos le han tildado de un ruralismo anticuado, olvidando que la novela rural puede adaptarse al infierno industrial sin grandes modificaciones; no hay gran diferencia entre una helada que deja al campesino sin cosecha y una crisis económica que deja al obrero sin trabajo
Muchos hubieran preferido que la comprometida literatura de Steinbeck se hubiera quedado obsoleta al bajar las aguas de la conciencia social que alcanzaron a no pocos artistas, intelectuales y escritores norteamericanos tras la Depresión, en el periodo de entreguerras y ante el apogeo nazi. Pero no fue así. Los jóvenes beatniks reivindicaron a Steinbeck en los 50 y 60. El poeta Lawrence Ferlinghetti llegó a decir que no se podía entender a Jack Kerouac sin pensar en el antecedente de Steinbeck.
Si Las uvas de la ira no dejaba de ser una continuación de la epopeya del flujo del Este al Oeste propio de la época de los pioneros, el espíritu de abandonarlo todo para echarse a la carretera (por ejemplo, la 66) estaba, claro, en el núcleo de On the road, aunque, todo hay que decirlo, los antecesores de los hippies buscaran una solución más personalizada y fueran más descreídos. Se han llevado a la pantalla muchos de sus libros. Además de Las uvas de la ira, Al este del Edén, La perla, De ratones y hombres y hasta un total de 10. Steinbeck escribió también cuatro guiones para el cine. Entre ellos, uno mítico, ¡Viva Zapata!, que dirigió, como Al este del Edén, su buen amigo Elia Kazan.
Steinbeck fue uno de esos escritores que hace inútiles las discusiones retóricas sobre las relaciones entre el cine y la literatura. El cine estaba interiorizado en sus libros con naturalidad. ¡Era de California! Mal asunto para quienes se obstinan en negar las lógicas interrelaciones de las artes en el siglo XX.