Archivo para 9 junio 2007

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EL CINE COLOMBIANO: ¿Y ESO QUÉ ES?

 Erik Leyton Arias

Hace más de diez años entré a uno de los pocos talleres de guión para cine que se dictaban en Bogotá –increíblemente una materia casi desconocida en el país-. Humberto Dorado, el maestro, era reconocido por ser uno de los actores más interesantes y multifacéticos de entonces, pero pocos sabían de su trabajo como guionista de cine. En la primera sesión del taller entró al aula, miró a los asistentes, que vendríamos a ser unas 30 personas, y con su aire tranquilo preguntó: “¿Para qué quieren ser guionistas de cine en un país donde se hacen tres películas al año y dos las escribo yo?

Humberto tenía razón. Para entonces en Colombia un puñado de autodidactas luchaba a codazos con el sistema, hipotecaba sus casas, hacía préstamos en bancos y corporaciones, comprometía la educación de sus hijos, rogaba aquí, pedía allá, y con suspiros conseguía terminar una película al cabo de cuatro años de esfuerzos: nada menos y nada más que la manera colombiana de hacer las cosas.

De todo ese ajetreo pocas películas son ahora notables. La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993), escrita precisamente por Dorado, La gente de La Universal (Felipe Aljure, 1991) y Rodrigo D (Víctor Gaviria, 1990) alcanzaron algún renombre universal y suscitaron una serie de preguntas y exigencias dentro del sector audiovisual local.

El asunto nunca ha sido fácil. Desde su independencia, Colombia ha sido un país de grandes diferencias sociales que se hacen crónicas de tanto en tanto, hasta el punto de generar guerras civiles de largo aliento. Mientras México, Argentina y Brasil buscaban fortalecer su industria cinematográfica y desarrollar una estética y un lenguaje propios, Colombia invertía toda su energía en encontrar nuevas razones para desangrarse.

¿Y el arte? ¡Por favor, no hay tiempo para eso…! De modo que si querías fotografiar una historia en 35 mm, debías hipotecar la vida entera.

  Monsieur et madames… 

En la última versión del Festival de Cine de Cannes, que finalizó el 27 de mayo pasado, cuatro películas colombianas de reciente producción hacían parte de la sección Todos los cines del mundo, dos más participaban en la Quincena de Realizadores, y una entraba en la competencia por la Cámara de Oro por su condición de ópera prima. Hubo foros y charlas con cuatro directores jóvenes, y se realizó una jornada especial para el renovado cine de Colombia.

Y en verdad, las películas merecen esa atención. La sombra del caminante (Ciro Guerra, 2003) constituye una mirada realmente interesante sobre la realidad colombiana a partir de un lenguaje cinematográfico reposado y observador; Bluff (Felipe Martínez, 2006) juega con la parodia y la comedia en un thriller con personajes muy consistentes; Al final del espectro (Juan Felipe Orozco, 2006) es la primera película colombiana de terror completamente seria y de calidad (Nicole Kidman ya compró los derechos de la historia); Soñar no cuesta nada (Rodrigo Triana, 2006) recoge la tradición folclórica y picaresca del cine colombiano y lo dota de cierta prestancia.

Algo ha pasado en el país para que, de diez años a esta parte, la producción cinematográfica se haya disparado de una manera inusitada. Hoy se escriben guiones en un número que nunca antes hubo con una calidad prometedora, se ruedan largometrajes en ciudades y pueblos, se edita y se monta a buen ritmo, se producen cortometrajes de manera casi industrial, y una buena cantidad de directores ya está pensando en su próximo proyecto. Algo bueno está pasando desde que algunas producciones recientes sean tenidas en cuenta en Cannes.

Luego de un gran esfuerzo de personas e instituciones, en el 2003 se logró aprobar la primera Ley de Cine del país. En ella se establecen una serie de mecanismos de apoyo a la producción cinematográfica, no sólo de índole económica, que le ha dado un giro de 180 grados a la manera de comprender la producción audiovisual nacional, al pasar a considerar el cine como un bien patrimonial y una actividad económica de importancia.

Gracias a ella decenas de realizadores han logrado optar por estímulos, becas y premios para desarrollar las distintas tareas dentro de la producción, que van desde la escritura de guiones hasta la promoción internacional de los trabajos, pasando por la formación audiovisual de calidad con la participación de maestros e institutos internacionales.

Se comienzan a ver los frutos. Increíblemente, y en pleno Siglo XXI, el cine colombiano es como el bebé que comienza a dar sus primeros pasos. Somos los recién nacidos de América. Aún hay mucho trabajo que hacer para lograr guiones fabulosos y una calidad técnica irreprochable, pero sobre todo, para lograr la estabilidad y el equilibrio que nos permita hablar de una industria permanente. Lejos estamos de México, de Argentina y de Brasil, pero ya nuestras películas “se dejan ver”.

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Vencer al sensei turbo, De la venganza a la complacencia

 

De la venganza a la complacencia 

Sisi Casas

 

Todo acto de venganza debe estar sustentado en el hecho objetivo de que la ira es el peor camino para el escarnio; que los impulsos entorpecen, obstaculizan y en gran medida echan por tierra cualquier plan, y sobre todo que el temor a la constancia y la perseverancia de los horrores mentales es uno de los primeros enemigos a vencer, pues bien puede ser que se pierda la emoción primaria que propicia el acto de venganza. Es decir, no basta sentir odio para tomar tal determinación; hay que cultivarlo por el tiempo que sea necesario para no caer en la tentación del perdón y mucho menos del arrepentimiento y los remordimientos.

Así pues, una vez sorteado ese primer obstáculo —el más difícil, sin duda— lo demás viene por sí solo.

Pero, ¿qué pasa cuando se pierde de vista ese objetivo y se da paso a un aparato circense para tratar de sustentar en las apariencias y la forma algo que por principio debe responder a una pulsión primaria, libre de todo artificio?

Puede haber varios caminos, pero quizás el menos afortunado sea el de la autocomplacencia y el divertimento basados en una consecución de actos gratuitos, hilvanados con tal fragilidad que pueden tener como “sustento” la cuestión de la “adrenalina” o el simple pasatiempo.

Quien haya visto la primera versión de Vencer al Sensei, de Richard Viqueira, en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico, estrenada más o menos en febrero del año pasado y, hay que decirlo, en cartelera por algo más de un año, sabrá que si bien había una propuesta escénica en la que las artes marciales tenían la intención de rendir un tributo al cine de Bruce Lee (o al menos eso decía el programa de mano de ese entonces, aunque el resultado fuera más cercano al cine de Jackie Chan), había también una dramaturgia que sustentaba la trama de la obra en la idea central de la venganza como el motivo de esa relación entre sensei y discípulo, pues mientras el primero en su pasado había sido parte de un ejército que arrasó aldeas y asesinó a sus habitantes, el segundo era uno de los tantos huérfanos que quedaron a consecuencia de esa acción. De ahí que el sentido de la puesta en escena —más allá de lo divertido y lo eficaz desde el punto de vista del entretenimiento, y de ver “combates escénicos” a corta distancia— tuviera ese trasfondo que la hacía atractiva y sostenía de buena manera la construcción de ambos personajes.

En el caso de Vencer al Sensei Turbo, en temporada del 26 de mayo al 23 de septiembre en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del CCU, a pesar de ser una versión corregida y aumentada (o tal vez por eso), con “tres nuevas escenas omitidas en la anterior puesta en escena y que para ésta fueron recuperadas”, de ser anunciada como “más rápida y más furiosa”, y de transcurrir en una “X” en vez de un solo pasillo, hay muchas dudas respecto a si en realidad hay una revisión a fondo del montaje original, y hasta dónde se beneficia con los cambios y las adiciones de esta versión.

Si bien es cierto que todo replanteamiento —sobre todo en teatro— implica un cambio (radical o superficial), que puede tener un sentido distinto al propuesto inicialmente, y más que nada tiene la ventaja que sólo da el paso del tiempo y la recepción del público (lo cual en teoría propiciaría una autocrítica), también es verdad que la tentación de caer en la complacencia es casi inevitable y se pueden tomar decisiones que de una u otra manera afectarán el sentido original de la puesta en escena.

Si bien en la primera versión había segmentos de una comicidad bien llevada, basada en lo ridículo y lo absurdo de las situaciones (una pelea con palillos chinos, una parodia de combate con abanicos y sombrillas), con elipsis e hipérboles escénicas resueltas correctamente, había una línea narrativa que cohesionaba a la historia en general y daba pie al desenlace (la muerte del discípulo a manos del sensei). En cambio, en esta versión “turbo” las adiciones le restan efectividad al acercarse más a una sucesión de “eskeches” —que además de falta de unidad hacen más lento el ritmo de la obra— que a una historia de mayor amplitud. De hecho, la complejidad que tenía con la cuestión de la venganza se diluye a través gags y una serie de escenas que más bien debilitan la trama en sí, que muy bien pudieron seguir desarrollándose en un solo pasillo en vez de una “X”.

De los aspectos rescatables está la intervención de la Geisha, personaje que adquiere un matiz distinto al ser interpretado por Rossana Vega en vez de Iliana Muñoz, pues mientras Vega interpreta una geisha carismática que se involucra con el público asistente y soluciona cuestiones actorales sin grandes aspavientos, la de Iliana Muñoz resultaba desdibujada y tibia, y en ocasiones fuera de lugar al tener incursiones forzadas en la trama y un desempeño actoral pasable, más cercano al nivel de los alumnos de recién ingreso de cualquier escuela de teatro que a un profesional como tal.

Vencer al Sensei Turbo se presenta en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del CCC, los sábados y domingos a las 13 horas.