Archivo para 25 agosto 2007

25
Ago
07

“EL IMPERIO” DE DAVID LYNCH

Arturo Gudiño

 

Luego de varios años de rodaje, en el cual se emplearon exclusivamente técnicas digitales, durante el año 2006 se estrenó “El Imperio” (“INLAND EMPIRE”, originalmente en mayúsculas), película de David Lynch. Cineasta nacido en Missoula, Montana, Estados Unidos, el 20 de enero de 1946, su actividad artística también abarca otros terrenos, como la pintura, la música, la fotografía e incluso el diseño mobiliario.“El Imperio” es una cinta que nos hace pensar en el teatro de la crueldad de Antonin Artaud, mediante cuyos recursos escénicos se busca impactar al espectador, hasta hacerlo llevarse consigo una experiencia trastornadora de la vida cotidiana. El filme de Lynch nos presenta escenas impredecibles e inconexas, que no sólo van constituyendo un reto para la ilación de la trama, sino que, además, el público es sacudido al observar cómo Nikki, la protagonista (Laura Dern), va pasando de la fama a la degradación, sorteando laberintos existenciales creados por el genio de Lynch. Habrá que recordar que Laura Dern no es novicia en el cine de Lynch, pues años atrás protagonizó “Salvaje de corazón” junto con Nicholas Cage. En esta otra película se encuentran elementos recurrentes en Lynch, como son la vida en las pequeñas comunidades de los Estados Unidos, así como el estilo del road movie. Subtitulada como “una mujer en apuros” (“a woman in trouble”), pudo haberse esperado que “El Imperio” fuera una historia semejante a la de “Mulholland Drive”, en donde la protagonista (Naomi Watts) pierde su inocencia y candidez ante una espiral de desencanto y degradación representada por las trampas de Hollywood. Sin embargo, a pesar de que Hollywood sigue estando presente en este cine acerca del cine, “El Imperio” conlleva nuevos elementos que dan una mayor riqueza estructural al filme. Aquí se encuentran más puertas falsas, más acciones misteriosas e inexplicables, una nueva sensación de extrañamiento ante la propia imagen, y el cine como vehículo de autorreflexión. Hollywood, la meca del glamour y de las superproducciones, contrasta con el Hollywood boulevard, sitio de reunión de los parias del sueño americano.La “historia principal” describe los vericuetos que atraviesa Nikki al ser aceptada para interpretar el rol principal de una película, co-protagonizada por Devon, un apuesto actor con quien tendrá una aventura amorosa durante la filmación. El ambiente del rodaje se va poblando de incidentes y circunstancias inusuales, de tal manera que el cine y la vida privada de los actores se van entremezclando, a manera de pesadilla. Esa interconexión entre arte y realidad, persona y personaje, nos remiten a la manera en que, en “El espejo” de Tarkovski, los recuerdos y las asociaciones van abriendo diferentes planos dentro del filme. La diferencia es que en “El Imperio” esos planos son una especie de conciencia disociada de los protagonistas, un despliegue de universos paralelos que van conformando un caos anecdótico con increíbles perspectivas.En ese caos narrativo se van sucediendo el contraste entre el glamour y la vida subterránea del lumpen, entre la lucidez y la alucinación, la explicación de los sucesos y lo arbitrario de la propia narración. Se da también una usurpación de personalidades, la cual crea un suspenso a ratos carente de sentido. Justamente esta riqueza estructural hace que “El Imperio” no sea una película apta para todo público, sobre todo no apta para aquél enfrascado en el consumo de productos hollywoodenses, en donde los esquemas ya conocidos nos brindan historias predecibles, o ambientes de sobra explorados. Cabe mencionar que alrededor de un 20% del público abandonó la sala durante la función a la que un servidor asistió. Sin embargo, el otro 80% nos quedamos a disfrutar un estilo cinematográfico, ciertamente difícil, pero sumamente original.El arte de Lynch delata su amor confeso por el surrealismo, así como su fuerte formación pictórica y fotográfica. Hay momentos incluso en que el espectador se enfrenta a un planteamiento netamente abstracto, mismo que lo atrapa y lo proyecta hacia planos insospechados dentro de la narración. Además de reconocer su admiración por Ingmar Bergman o Werner Herzog, David Lynch experimentó un especial descubrimiento con el cine de Buñuel, en cuya vena surrealista seguramente captó matices para su propia obra. Por ejemplo, “El Imperio” a ratos parece haber sido estructurado como un “cadáver exquisito”, la técnica surrealista utilizada en la creación de “Un perro andaluz” de Buñuel y Dalí.Por otra parte, el aspecto visual es complementado de manera cronométrica, mediante la banda sonora de Angelo Badalamenti, asiduo colaborador del director. El ambiente de suspenso, así como la constante tensión psicológica, son magistralmente aderezadas con una música de tono en ocasiones minimalista, o de una estridencia oportuna, que sirve para llevar de la mano al espectador a través de una trama que nunca intenta concretarse.

A pesar de la sordidez de las historias, lo lúgubre del ambiente, y la pesadilla personal recurrente, “El Imperio” no es necesariamente una película pesimista. Es más bien un ejercicio creativo en donde se nos muestran aspectos inexplorados de la cinematografía, por medio de los cuales podemos proyectar regiones poco conocidas de la propia existencia humana. La última escena es fundamental para lograr un contrapunto inesperado durante el film: se trate de un salón de baile (o un burdel quizás) en donde la protagonista y un grupo de prostitutas se mueven al ritmo de una animada canción que contrasta con el tono lúgubre de la película. ¿Qué nos quiso decir Lynch? ¿La pesadilla llegó a su fin? ¿Las personalidades se reencuentran luego del caos onírico? No lo sabemos, y quizá él tampoco. Queden entonces sus palabras como testimonio de su propia expresividad cinematográfica:

“Preferiría suicidarme a hacer una película en la que yo no tenga la última palabra sobre el resultado final. Hay quien dice que el público no quiere pensar, sino que prefiere que le den las cosas ya masticadas. […] A veces me enamoro de una idea e intento convertirla en película, de la misma manera que a un pintor se le ocurren ideas que quiere plasmar en un lienzo”.  

 

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25
Ago
07

Hay un bebé que llora

*Yamilet García Zamora 

Y es que llora, llora y llora con ese llanto insoportable de los bebés, entre aullido de gato y desespero de criatura despojada. Ya algunos vecinos me han preguntado, tienes visita. Y, claro, qué voy a decir, mi sobrina, sí, se está quedando, la madre está enferma. Y como hace poco que me cambié para acá, quién va a saber nada, me visto bien, siempre de traje, con un tono fresita y medio putón, la sonrisa mensa y barbera, soy muy buena onda, nadie sospecha. No pueden sospechar, el profesor es muy acá, suelen decir, yo soy profesor, para ellos, mis vecinos que viven con las ratas caminando por sus camas, comiendo en sus mesas. Ah, eso sí, no importa, esta unidad es perredista a muerte, qué buena onda los del Partido, ayer repartieron tortas y refrescos a los que fueron al mitín. Pos yo, mientras las cosas sean así, mejor, me dedico a lo mío, entre esta bola de nacos que no saben qué es filatelia y piensan que el tsunami puede llegar al Caribe. Pero, cámara, el pinche escuincle no para de chillar, ya le di su mamila, lo cambié y chilla, chilla. Me dan ganas de ponerlo en el piso, vaya, como para que el frío lo calme. El piso sucio, no hay agua en la unidad, hay que salir a acarrearla, pero me vale madre, yo quiero mi lana. Cállate, chamaco mocoso, puta madre, cállate ya.

Sábado en la tarde. La ciudad sin límites se inunda de paseantes. Vamos, bebé, vamos a hacer el súper, tú y yo, tu papá está de viaje hoy. A ver, véngase con su mami, gordito lindo, te pongo en el carrito. Ríete, bebé, estás con tu mami. El carrito, entre miles. Los estantes, gente que camina sin mirar, que respira sin vivir. Largas filas en las cajas. A ver, bebé, vamos a comprar la insulina, ya queda poca. Y los jugos sin azúcar. ¿Qué se te antoja hoy? ¿ Papaya para hacer licuados? Me encanta cuando dices todas esas cositas locas, sólo yo te entiendo. A ver, te dejo aquí, no me voy, tienes mamitis, mira, es sólo un metro. Y la mujer le sonríe al bebé, le da la espalda, un segundo, una instantánea en la eternidad, agarra la bolsa, toma la papaya. Y se voltea. Ahí está el carrito, sí, el carrito vacío. Duda, no, no es éste, debe ser otro, me equivoqué. Pero son sus compras. Sus compras sin el niño. Un grito la sacude, Mi bebeeeeeeeeeeeeeeeee, alguien que me ayude, se llevaron mi bebé. La gente la mira con indiferencia, en esta ciudad el dolor de una madre puede ser indiferente a los oídos, lápida al corazón. Sólo dos o tres se le acercan, la tratan de calmar. Alguien corre a la puerta, a avisar al guardia. Mi bebé, es el grito ahogado de una madre que acuna la papaya rodeada de la frialdad de la multitud, otra mensa que dejó solo al bebé para que se lo roben.

El pesero de Ermita, a esta hora, siempre va lleno, pinche pesero que siempre huele feo, estos nacos no se bañan, gûey, me guacaleo de sólo pensarlo. Mira, gûey, no me importa si el baboso se la pasa chillando, métele talacha, tápale la boca, me vale, gûey, pero de esa unidad no te vayas, es un lugar bueno, como que nadie está en nada y como que te puedes hacer el menso. Ambos hombres se miran, en silencio. Gûey, yo hice mi parte, no manches, llamé a la pinche vieja y le pedí la lana, no seas pendejo. Sí, se lo dije, que vamos a vender los órganos, que para eso lo tenemos, al pinche mocoso. El pesero atraviesa Churubusco, vamos a echarnos unos tacos en el Dragonejo, gûey, y unas chelas para ponernos bien de acuerdo. Se bajan, entre Me da permiso muy educados y los planes del secuestro en las manos. Oye, gûey, mañana vamos a pedirle al santito, a la Capilla de Manzanares,  gûey, eso es lo único que funciona. Qué ley ni qué madres, gûey, ¿Te quedan unas talachas? No, gûey, ésas no las vendas, vamos a meternos unas y nos buscamos unas viejas para coger. Pos a tu apartamento, gûey, ya veremos cómo callamos al baboso.

A ver, a ver tus chichas, qué vieja más linda que eres, por acá, por este pasillo, cuidado, hay una coladera abierta, sí, ya sé que huele feo, hay popó por todas partes, camina con cuidado, hay ratas por acá en su banquete, a ver, gûey, tú estás peor que yo, cuál es el departamento, yo abro, entren, nenas.

Otra vez, el llanto. Disminuido, como pidiendo permiso, pero el llanto. Pinche baboso, voy a la recámara a ver qué tiene, cállalo, gûey, ten cuidado, me da pendiente que le pase algo, mira que la madre va a pagar bien. Y el hombre, alto, bien vestido, con ese aire fresa, tambaleándose, va al cuarto. El llanto cesa, no sé, compadre, estaba muy frío, y se volvió a hacer pipí, ese chamaco orina mucho y se la pasa o durmiendo o llorando, está amarillo, compadre, hace falta que la pinche vieja pague de una puta vez. ¿Tienen un niño? y la pregunta de una de las muchachas suena fuera de tono. No, nena, hablamos de un vecino, ah, es que me pareció oír chillar a alguien, no, es el gato del vecino. Gûey, yo en la recámara; tú, en la sala. Pero el otro ya no lo oye, ha caído al lado de la mujer, sin quitarse su traje ni aflojarse la corbata y ambos roncan la borrachera plagada de drogas.

Y el llanto del niño comienza, bajo, muy bajo, mientras ella se dobla sobre una cama de sábanas de dudosa blancura, mientras él la usa por todos sus rincones. Y no hay saliva, ni palabras, sólo una habitación a oscuras y un macho que monta a una mujer que aguanta las embestidas, rezando para que se acabe pronto, el llanto del niño la pone nerviosa, no es un gato pero no va a preguntar más. Pero este tipejo se demora, se detiene, resopla, busca algo, la pone en cuatro patas y ella siente que le mete algo por el culo, algo muy grande que la hace gritar, secundar al niño, revolcarse como él, pero la aguantan, la amarran, la penetran sin misericordia y sin perdón, puta barata, pinche vieja, oye que le dicen, y sabe que se desmaya, que no aguanta una mordida más, una quemada más, un removerse del puño del hombre que hurga en sus intestinos. Se vomita pero ya no se mueve. El sonido de las ratas llena el espacio del cuarto. Y el llanto del niño se hace lejano, lejano, lejano…

Mira, Juan, ya no sé qué hacer, ellos piden setecientos mil pesos, de dónde, Juan, de dónde lo saco. Piensan que porque uno trabaja duro, tiene un carro del año y se compró un departamento es millonario pero fíjate, me conocen, me dijeron que con lo que tengo en el banco y vendiendo la camioneta, lo completo. Eso me da más miedo, me dijeron que no le avisara a la policía pero fue lo primero que hice y la AFI anda investigando. Pero ellos también me pidieron dinero, Juan, para apurar el asuntito, señora. Yo quiero a mi hijo, lleva tres días sin insulina, ellos no saben Juan, no me dio tiempo a decirles cuando llamaron, es tan chiquito que nadie puede pensar que… sí, se me muere, Juan. Ya no sé a qué santo rezarle. Si sólo pudiera decirles que necesita insulina. Mañana es el día acordado para dejarles el dinero y voy a hacerlo, el que tengo. Y la AFI estará por allí para seguirlos. Tengo miedo, Juan, tú eres abogado, sabes qué fácil es escapar de la justicia en este país… Ernesto está como loco, fue a ver a unos tipejos ahí, en Tepito, compró una pistola y está buscando gente para que maten a los secuestradores… mi niño, Juan, mi niño llora… sé que está llorando…

Y decide acostarlo en el piso, el único lugar donde el llanto se calma. Ya no le pone pañales, total, se la pasa orinado. El frío de las baldosas hace que el bebé se voltee, busque con su boca la humedad, se revuelque en la mugre y sus orines. Este escuincle está enfermo, piensa con pavor, menos mal que mañana nos dan la lana y me largo a la frontera, a mi no me cargan el muertito, basta con la función de anoche, tuve que soltar a la muchacha, sangraba por todas partes, el muy bestia de mi compadre casi la mata y ella se fue con mucho rencor en la mirada y con un no sé qué de que sabe… sí, como que sabe…

Sí, señora, una llamada anónima. Un departamento en una unidad de Iztapalapa. Para allá vamos, señora. No, mejor espere, ya le avisaremos. No, quien llamó no sabe, sospecha, oyó el llanto de un niño, le dijeron que era un gato pero dice que ella no se equivoca y que los tipos son unas bestias, Sí, ella es… sexo servidora pero anoche terminó en un hospital. No, no, ud. va, entrega el dinero y no se apure, los oficiales estarán encubiertos. Y nosotros a nuestra chamba. No, señora, no, pos para que no sospechen y vaya, quién sabe, va y ellos mismiticos caen en la trampa.

Y sabe que todo está perdido pero no se rinde. El llanto ha cesado, el charco de orines es un abismo infranqueable alrededor del bebé que ya no es bebé porque las ratas se han encargado de reducirlo a casi nada. Un fuerte olor a amoníaco reina en la habitación, pinche escuincle baboso, no podías esperar a mañana, no debí ponerlo en el piso pero qué sabía yo que a los bichos esos les gustaba…Y no termina la frase, porque todavía sale una rata y bebe del pipí del bebé. Y se le acerca, amenazante. No se atreve a moverse, a subir a la cama al despojo, casi humano, casi niño, todavía festín de las ratas, porque el miedo es más fuerte, no voy a cobrar el dinero, puta madre, no voy a cobrar mi lana. Pero él es un chingón y como chingón chingará. Sonríe, cierra la puerta y va a buscar su dinero.

 El Publix en la 68 y Collins se llena los domingos. Las familias van a hacer sus compras semanales, acunados por el olor inconfundible del mar y el salitre que se pega a los labios. El sol es implacable esta mañana pero adentro no se siente, el aire acondicionado se encarga de cambiar el clima. Un hombre alto, bien vestido, con traje negro, ademanes un tanto delicados y una sonrisa algo perdida en el tiempo, se acerca al área de lácteos. Varias mujeres empujan los carritos con las compras y los bebés. Sí, estoy en el mero sitio, aquí no hay nacos que están brujas, como en el Sedano’s de la esquina de la Calle 9 y la cuarta avenida del East. Nadie lo mira. Se confunde entre compradores. Una mujer deja por un segundo el carrito con las compras y el bebé adentro. Un alarido sacude el super markets, my baby,  personas que corren, guardias en movimiento. Un coche, en la esquina, arranca sin apuros. Yo, el mero chingón, cállate, escuincle baboso, pinches gringos, vamos a pedirle la lana a la puta vieja que te parió. 

*3er accésit en el XX Concurso de relatos Semana Negra de Gijón
2007.
 Yamilet García. Lic en Letras por la Universidad de La Habana,
Maestría en Museos y docente en la UIA.

15
Ago
07

Closer

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 Raúl Díaz

No se tomaron la molestia de traducir el nombre y ponerle uno en español, y quizás hicieron bien porque así, con el original, es conocida en algunas de las principales capitales de teatro como Londres y Nueva York y, si la memoria no me falla, igualmente fue llevada al cine, lo que le dio más fama, y allí interpretó uno de los papeles la “mujer bonita”, Julia Roberts. Lo anterior quiere decir que a diez años de su estreno mundial, cuando por fin nos llega a México, ya Closer es bien conocida y es por lo tanto un fuerte atractivo para la gente, a lo cual se agrega otro atractivo, local pero de mayor peso para el público mexicano, la presencia de dos de los hermanos Bichir, Bruno y Odiseo, miembros de esa estirpe teatral que yo amistosamente me tomo la libertad –porque conozco a sus papás de años ha y a ellos desde el seno materno- de llamar “La Bicherada”.  Ese doble atractivo, me permito decírselo de una vez, está auténticamente retacando el teatro, así que compre sus boletos o haga su reservación con la debida anterioridad en los teléfonos que le doy al final de la nota. Lo anterior en cuanto al fenómeno de atracción de público que allí está y no puede negarse, sin embargo, eso no implica, en mi opinión y en contra de la de los críticos ingleses, que Closer sea una obra tan buena pero tan buena como para merecer el premio de la mejor del año empero, es posible que en 1997 no hubiera habido otra mejor en la vieja Albión. Signo de los tiempos. El argumento nos presenta cuatro individualidades, dos mujeres y dos hombres, bien diferentes entre sí pero sujetas todas al denominador común de la soledad o, por lo menos, de la carencia de una auténtica pareja. Alice (Mariana Gajá), una taibolera neoyorquina caída en Londres; Daniel (Bruno Bichir), un periodista escritor de notas necrológicas; Ana (Alejandra Barros), conocida y prestigiada fotógrafa y, Larry (Odiseo Bichir), médico dermatólogo exitoso. Historias personales comunes en nuestro tiempo (no se si las fueron en el pasado), las de estos personajes que transitan por la vida siempre inconformes con el estado de sus relaciones de pareja y, por lo tanto, siempre en la búsqueda de la misma pero sin percatarse de cuales son sus propias carencias, sin conciencia real de qué quieren y qué esperan y, consecuentemente, sin saber bien a bien qué es lo que buscan. En estas condiciones, no resulta extraño su entrelazamiento que, en todos los casos, surge de un evento puramente fortuito, un pequeño accidente automovilístico, una llamada telefónica, una fotografía… Carentes de claridad en sus necesidades afectivas (salvo, quizás, Alice que por débil y desprotegida sabe más primariamente lo que quiere), los personajes se involucran unos con otros indistintamente y en diferentes circunstancias pero sin el compromiso real, profundo, verdadero de establecerse como pareja y, menos aun, se entrelazan con auténtico amor. Por otro lado, tampoco se entremezclan en el plan libre de una aventura que, como tal, no implica compromiso y ambas partes lo saben, por lo que solo se reúnen para pasarla bien las veces que estén juntos. Resultado de esto es que todos sus intentos fracasan y el final es por demás predecible para todos, terminarán tan solos como cuando empezó la obra. No hay final feliz, no puede haberlo y uno agradece al autor no forzar las cosas para obtenerlo, pero el desarrollo de los sucesos se alarga y alarga y lo mismo se hubiera podido contar en menos tiempo con lo cual la obra ganaría en concreción y agilidad. De cualquier manera es interesante que Closer nos hable y lo haga desenfadadamente (aunque pudo hacerlo mejor), de algo que sucede hoy cotidianamente en nuestras grandes urbes, que no nos es ajeno y puede hacer que uno o más de los personajes nos recuerden mucho a los vecinos del piso de arriba (sino es que a nosotros mismos), y que hasta queramos jugar el juego de la infidelidad con alguno de ellos. Dirigida por Mauricio Osorio la puesta es tan ágil como el texto lo permite, lo cual significa que el director se las ve negras para presentar escena tras escena de las innumerables que son y mantener el ritmo que, aunque sin apresuramientos debe ser constante, dejando las más de las veces a los actores que no tienen acción en el momento, aislados en un segundo plano pero visibles al público por lo que nunca pueden dejar de estar en personaje. Trabajo constante entonces de parte de los protagonistas todos los cuales desarrollan una magnífica labor en donde, dada la buena calificación general, solo cabría señalar particularidades como la evolución de Larry (Odiseo) tan plena de matices perfectamente logrados todos o, lo contrario, las constantes de Daniel (Bruno), así como las características enteramente personales pero de buena factura que a sus personajes otorgan Mariana y Alejandra. Closer se presenta lunes, martes y miércoles en un horario un tanto extraño que es el de las 8:45 de la noche, en el Foro Shakespeare de Zamora 7, colonia Condesa (a una cuadra del Metro Chapultepec), y usted puede hacer su reservación al teléfono 55534642.