Archivo para 29 septiembre 2007

29
Sep
07

LOU, LA SIBILA DE HAINBERG

 Raúl Díaz

Escribir una obra de teatro sobre la vida de un personaje famoso no es nada nuevo pero tampoco cosa que se haga todos los días por lo que, de entrada, se hace atractivo el poder convertirse en una especie de vouyerista de las intimidades del personaje de que se trate, sobre todo si este es un personaje que, aunque en general famoso, no sea del total dominio público por lo que, se supone, esa obra nos va hacer conocer mucho más de él, y morbosamente se piensa que mucho de eso serán cuestiones de algún modo pecaminosas, secretas, quizás hasta perversas e inconfesables, y todo eso el autor nos lo va a dar en un par de horas lo que nos ahorrará muchas otras de lectura. Y es que no es lo mismo una obra sobre Napoleón, del que todo mundo tiene noticia, que una sobre Boris Pasternak, famoso sin duda pero de ninguna manera de la popularidad del Gran Corso. Igual podemos decir de Evita Perón de quien hasta se hizo una ópera-rock, en relación a Lou Andreas Salomé, de mucho mayor impronta en el mundo intelectual de su tiempo, que lo que lo fue en el suyo la famosa dirigente argentina que de goza de mucho mayor popularidad. Es que, parece ser que por naturaleza, al hombre (y a la mujer, claro) le encanta saber cosas de los demás, cosas que estrictamente no tendrían porque importarle pero que, en aras del morbo, se le antojan sobremanera. Y como ya dijimos, se supone que vamos a ir al teatro a enterarnos de intimidades y, en algunos casos, hasta a corroborar la mala opinión que tenemos sobre el personaje representado sobre todo si, como en el caso que nos ocupa y somos conservadores, tenemos noticia de que se trata de un hombre o mujer que rompió las reglas morales y sociales mayoritariamente aceptadas en su tiempo.  Y vaya que Lou Andreas Salomé rompió los cánones de su época. Nacida en 1861, hija de un oficial del ejército ruso, Lourdes Salomé fue conocida posteriormente simplemente como Lou pero con el primer apellido de Andreas, que era el de su esposo, y conservando el paterno de Salomé. Mujer excepcional sin duda, que desde sus primeros años dio muestras de un interés intelectual infinitamente superior al de las mujeres de ese tiempo, Lou se aplicó al estudio y desde muy joven empezó a frecuentar y a ser frecuentada por algunos de los hombres más destacados de su época. Los intelectos más esclarecidos la rodearon, ella no solo conoció sino que sedujo por sus dotes, conducta y belleza nada menos que, entre otros, al inmenso Sigmund Freud, al gran filósofo Friedrich Nietzsche quien como resultado de la renuencia de Lou ha aceptarlo en matrimonio escribió Así hablaba Zaratustra, una de sus obras más conocidas y, por supuesto, al doctor, investigador y lingüista Friedrich Carl Andreas quien fuera su esposo durante largos años pero jamás la poseyó. Los tres extraordinarios nombres citados, de ninguna manera agotan la larga lista de hombres importantes que rodearon a Lou y sucumbieron a su encanto aunque, vale aclarar, el hecho de que todos hayan sido seducidos por su enorme personalidad no implica de que todos hayan sido sus amantes. Mujer de una gran cultura, investigadora y escritora, Lou se interesó profundamente en el psicoanálisis y fue la única mujer que auténticamente fue aceptada y tomó parte en calidad de par en el estrecho círculo de Freud, el gran e indiscutible maestro. Lúcida hasta el último momento, Lou tuvo una vida plena durante la cual a más de su gran desarrollo intelectual y su participación decidida en actividades prácticamente solo ejercidas por los hombres, tuvo el don de la seducción que ejerció con liberalidad y tuvo así más de un amante públicamente reconocido y, en determinados momentos, a más de uno al mismo tiempo por lo que se entenderá fácilmente el escándalo que su conducta causaba en las buenas conciencias de la época. Fallecida tranquilamente en su casa en la cual durante los últimos años fue asistida por Ernst Pfeiffer, la doctora Andreas Salomé vio, sin embargo, asomarse la fea cara del fascismo y supo como algunos de sus compañeros fueron capturados y otros tuvieron que cambiar de país para evitar la muerte. Para su fortuna, la negra garra no la alcanzó ni tuvo que vivir los horrores del facio que poco tiempo después de su muerte, ocurrida en 1937, se adueño de Alemania y buena parte de Europa. Pues bien, de todo esto nos habla la bien escrita obra Lou, la sibila de Hainberg de Beatriz Martínez Osorio que, como muy merecido homenaje a la Primera Actriz Adriana Roel en la celebración de sus primeros 50 años de su muy digna y exitosa carrera, está a punto de concluir temporada en el Teatro Julio Castillo. Bajo la acertada dirección de Claudia Ríos, con el estupendo marco escenográfico y lumínico de Matías Gorlero y acompañada por las muy buenas actuaciones de Eugenio Cobo, Fidel Monroy, Humberto Solórzano, Lucio Herrera y Antonio Araiza, citados en orden de aparición, Adriana Roel cumple con la categoría que le hemos conocido siempre, el largo recorrido que va desde los primeros recuerdos del adorado padre, figura que nunca la abandonó, hasta cerrar el círculo setenta años después. Camino largo lleno de recovecos y matices que Adriana transcurre con aplomo y señorío. Al verla, uno no puede sino desear que estos primeros cincuenta años se prolonguen y prolonguen. ¡Felicidades y gracias Adriana Roel¡ Lou, la sibila de Hainberg, se presenta ya únicamente mañana domingo 30 septiembre y los próximos sábado 6 y 7 de octubre, a las 12:00 hrs, en el Teatro Julio Castillo, atrás del Auditorio. No se la pierda.     

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22
Sep
07

Papá está en la Atlántida: los de acá, los de este lado

Oswaldo Valdovinos Pérez

En toda problemática social siempre existen dos visiones encontradas: la oficial, que por lo general minimiza, maquilla, esconde, o simplemente ignora los llamados “datos duros”, y la de los afectados directamente: los marginados, los grupos étnicos, los emigrantes, los desesperados… Si bien algunos fenómenos sociales tienen un origen histórico (la discriminación hacia los grupos minoritarios, los cinturones de miseria en torno a las grandes urbes, la explotación de unos cuantos sobre muchos, etc.), en las últimas décadas hay uno que se ha incrementado sobremanera: la migración ilegal hacia los Estados Unidos. Sin pretender ser simplista, la causa se puede reducir básicamente a la falta de oportunidades de conseguir empleos bien remunerados y la miseria reinante en muchas entidades del país, lo cual obliga a muchos a migrar de manera ilegal allende a la frontera Norte.  Cabe mencionar que, a pesar de que en general tal problemática ha sido abordada desde la perspectiva de quien busca ahondar en el tema -para lo cual hay una vasta literatura y una serie de estudios desde la óptica de diversas disciplinas que pueden explicar el fenómeno con mayor profundidad y detalle-, pocos son los que se interesan en dar un vistazo, sobre todo desde las artes, a los que se quedan de este lado, quienes también padecen los efectos aunque no sean tan “interesantes”  como las enormes remesas enviadas  por los connacionales, que en mucho han aliviado la endeble economía nacional.  Tal es el caso, desde el punto de vista de la dramaturgia, de Javier Malpica con Papá está en la Atlántida, obra ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia “Víctor Hugo Rascón Banda” 2005, cuya trama gira en torno a dos niños, uno de once y otro de ocho años de edad, que son abandonados por su padre, quien cruza la frontera para buscar una mejor forma de vida. Los hermanos, huérfanos de madre, se quedan al cuidado de la abuela paterna, figura que representa para el mayor de ellos “lo horrible que puede ser un ser humano”, pues al fin y al cabo es la personificación de la vieja usanza de la educación de los golpes y los maltratos.  Si bien con el paso del tiempo logran adaptarse a la vida en el campo, el menor de ellos tiene la esperanza de que aquello se terminará cuando su padre regrese de la “Atlántida”, aquel lugar mítico en el que, a decir de su maestra, “toda la gente era feliz”. Por supuesto la Atlántida resulta ser Atlanta, pero al menos ambos saben dónde está su padre. Sin embargo, sobreviene la muerte de la abuela y los hermanos se ven obligados a irse a vivir con unos tíos, quienes los reciben “más a la de a fuerza” , convirtiéndose así en unos “arrimados”, condición que tanto los tíos como los primos se encargan de recalcar cada vez que pueden.  Así, los hermanos dejan de ir a la escuela para dedicarse a despachar en la tienda de los tíos, son menospreciados en cada oportunidad, son castigados sin ton ni son, y sobre todo son reducidos a una condición casi de servidumbre, hecho que propiciará que tomen la decisión de ir a buscar a su padre a los Estados Unidos.  La escena final es, pues, la culminación de una serie de hechos que devienen en una situación que pone en evidencia la fragilidad de un sistema político que se vanagloria con nimiedades y espejismos de quien se niega a aceptar que parte de la realidad de los emigrantes radica precisamente en la desesperación y en el desamparo de muchos de los que se quedan.  Más allá de ser una denuncia o de confrontar al lector con la realidad de muchos mexicanos, Papá está en la Atlántida es una obra donde confluyen la ingenuidad de dos personajes que ven la vida desde una perspectiva que todavía no ha sido tocada por la sordidez de la realidad, pero que tampoco está exenta de los tragos amargos que se han de pasar en una situación en la que ambos niños se ven atrapados; es también una mirada de profunda tristeza hacia hechos cotidianos que pasan desapercibidos por no ser “noticia”  al no tener la espectacularidad de la nota roja o el glamour de las cifras macroeconómicas. Es, pues, una obra en la que se plantea sin pretensiones moralistas, o una denuncia aguerrida o dogmática, una realidad que para muchos se va convirtiendo en algo cotidiano, mientras otros tantos permanecen como simples espectadores, al margen de cualquier compromiso y resguardados en la comodidad de la indiferencia.   

12
Sep
07

Las copias

 Raúl Díaz

Los avances científicos de los años más recientes han venido a sepultar o dejar huérfanos a una enorme cantidad de hechos y cosas que, apenas un poco antes, pertenecían a la ciencia ficción y que, como tales, solo existían en la imaginación de sus creadores y de aquellos que se hacían (nos hacíamos) sus cómplices a través de la lectura de sus novelas, la apreciación de sus películas o compartíamos esos ejercicios de imaginación creativa en cualquier forma en la que nos fueran presentados. Empero, el desarrollo de la ciencia nos coloca ante situaciones que nos muestran palpablemente que varias cosas que únicamente pertenecían al terreno de la imaginación, han dejado ese campo y se han convertido en una extraordinaria, maravillosa realidad; han dejado de ser ciencia ficción para pasar a ser únicamente ciencia, ciencia químicamente pura, ciencia apabullante. En esos casos, por increíble que nos parezca, la realidad ha superado con creces a la imaginación y la ficción ha tenido que ceder su lugar a la realidad. Uno de estos casos es el de la clonación, el de –lo que parece una locura- poder reproducir a un ser vivo, el hacer una copia exacta, con ADN y toda la cosa, de el original. El caso de la oveja Dolly, como no podía ser de otra manera, dio la vuelta al mundo y dio la vuelta también, lo que es mucho más importante, a toda una serie de conceptos y creencias. Acéptenlo o no los afectados, la ética y las religiones ya no son lo mismo después del conocimiento de la primera clonación.  Y si la gran polémica se abrió y aun no cesa en razón de la clonación de la hoy famosa oveja, mucho más grave y seria es la situación cuando se plantea la posibilidad –ahora absolutamente real-, de la reproducción exacta de un ser humano. ¿Qué pasaría si de pronto usted se encuentra con una copia exacta de sí mismo? ¿Y si no es una sino dos, tres copias o quien sabe cuantas más que anden por allí como si fuera usted mismo?  La situación es esquisofrenisante sin duda alguna. Tiene que serlo necesariamente, pero no solo para el reproducido sino también para su familia, y hasta para la gente que simplemente lo conozca y que sepa que ha sido “copiado” ¿Será la copia la que está viendo, cómo saber quien es el clon y quien el “original”? Una situación así es la que nos presenta Caryl Churchill en su obra “Las Copias” (A Number en el original), que bajo la dirección de Mario Espinosa y con las actuaciones de Luis Rábago y Rodrigo Murray, está cumpliendo breve temporada que concluye el próximo domingo 23, por lo que usted debe apresurarse a verla.  Es interesante la forma en Churchill presenta esta situación que, por lo que implica, bien podría dar pie a una estupenda tragedia contemporánea o, por lo que tiene de fuera de lo común, a una formidable comedia de enredos (recuérdese la genial Comedia de las Equivocaciones de Shakespeare), pero que él maneja sin irse a ninguno de esos extremos sino con un tratamiento reposado, tranquilo, no evadiendo la gravedad del caso, dándole chispazos de humor y siempre con sencillez. En un espacio acotado por él mismo, todas las acciones se dan en la sala del padre del copiado, el autor nos ofrece una posibilidad desquiciante, el que de pronto uno no sea uno sino que sean tres, pero no lo hace con tremendismo, ni siquiera cae en el melodrama lacrimógeno, sino simplemente va exponiendo escenas de vida cotidiana de los tres que son uno y cómo cada uno de ellos vive de manera diferente su situación de copia-copiado ¿Cómo saber si se es original o clon?, situación que lleva a uno a un acto de extrema violencia. Pero si los hijos son tres, el padre es solo uno, y como tal tiene que enfrentar la situación absolutamente inédita que se le presenta. ¿Qué conflicto moral se le plantea al progenitor, cual es su interés mayor y qué pretende lograr al encontrarse en esta situación? ¿Cómo actúan, que conducta asume cada uno de los copia-copiados? ¿A cual de las cuatro conductas se asimilaría más la suya en un caso semejante? La cuestión está allí, la posibilidad de que conozcamos algún caso similar es real y cada día más cercana, así que es perfectamente válido plantearse interrogantes sobre, entre otras cosas, cuestiones éticas y morales, de carácter social y económico, de simple ¿simple? Convivencia. Con una dirección limpia, muy clara en sus propósitos, de trazo firme pero nada complicado, Espinosa hace que cada uno de los Bernardos y Miguel (Guillermo Murray), pese a ser idénticos, sean visiblemente diferentes entre sí. Por supuesto, esto no se lograría si Murray no tuviera la categoría de actor que tiene y que le permite insuflar vida propia y diferente a cada uno de sus personajes. Al contrario de Murray, Luis Rábago (David, el padre), no tiene posibilidades de diversificación, y no las tiene porque el autor, de manera absolutamente conciente, lo dibujó de forma totalmente lineal, plano, chato, sin matices, un personaje verdaderamente difícil por lo que el gran mérito de Rábago es habérnoslo dado así, aplastante en su uniformidad.  Las Copias, una situación de hoy que puede ser aterrorizante, únicamente hasta el próximo domingo 23, se presenta viernes a las 20:30, sábados a las 18:00 y 20:30 y, domingos a las 18:00 hrs, en el Teatro Helénico, Av. Revolución 1500, San Angel.