Archive for the 'filosofia' Category

29
Mar
08

A propósito del Día mundial del Teatro

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José Ramón Alcántara Mejía* 

Estaría por demás decir que el teatro, como una de las manifestaciones más antiguas de la cultura y, quizá, si trazamos su origen hasta las expresiones rituales y simbólicas del ser humano, y génesis de la misma, justifica plenamente el que la UNESCO haya dedicado un día para su celebración.  Más la acción obedece también a esa otro propósito de la misma institución cultural internacional: la preservación de formas culturales que se perciben amenazadas por la extinción. Esto, desde luego, sería una exageración en otros países, pero ciertamente no lo es en México.Tal vez el problema en nuestro país es el descuido en que se ha sumido tanto la práctica como la reflexión sobre este importante fenómeno en nuestro país. Cuando hablo de descuido no me refiero a la falta de cartelera, sino la falta de cuidado en lo que se hace, pero de esto ya la crítica se ha encargado de señalarlo una y otra. Lo que a mi me gustaría subrayar en este día del teatro es la falta de una reflexión a la altura del fenómeno que nos llevara a valorar su importancia, no sólo en el sentido histórico y social, sobre lo que sí se ha escrito mucho, sino en el ámbito de la formación de la cultura y de las personas.¿Qué es, pues, concretamente, el teatro? ¿Por qué debiera ser sujeto de reflexión profunda en los medios académicos, de elemento formativo en las instituciones educativas, y de práctica social más comprometida en México? Abría que empezar por señalar que el teatro, si bien es cierto que cumple con una función de entretenimiento, esto es más bien un derivado que, bien hecho, lleva de regreso a su principal objetivo: la autorreflexión sobre lo que somos y del mundo que construimos.Contrariamente a lo que se piensa, el teatro no es primariamente pro-yección del yo hacia fuera, sino hacia adentro, hacia el reconocimiento de que somos, corporal y culturalmente, construcción de nosotros mismos. En un tiempo cuando el ser humano se encuentra cada vez más alejado de sí mismo, de lo que es verdaderamente, por las mediaciones ideológicas, tecnológicas, económicas, etc., de los proceso de globalización, el teatro nos recuerda, una y otra vez, quienes somos realmente.Uno de los textos más significativos para mí sobre la naturaleza del teatro viene de la pluma de Hèléne Cixous, que no me canso de citar, en mi traducción, en mi propio trabajo crítico: ¿Dónde ocurre primeramente la tragedia? En el cuerpo, en el estómago, en las piernas, como lo sabemos desde las tragedias griegas. Los personajes de Esquilo hablan, primero y sobre todo, de un estado corporal. Yo misma –comprendo esto después– comencé por la rehabili­tación de esos estados del cuerpo, ya que estos son tan elocuentes, ya que ellos hablan concretamente de los problemas del alma.  En esta área trabajo yo, bajo el microscopio, como una anatomista espiritual.[1]  Cultura es, sin duda, escritura, pero no simplemente letra –letra, en estos tiempos de la digitalización, es tecnología. Hélène Cixous ve la escritura como el verbo evangélico, la palabra que se hace carne, que adquiere un cuerpo que es de donde realmente emergió primeramente: acto de imitación de lo que se siente ser y estar vivo. Escritura como proceso por el que de descubre, siguiendo el trazado de la mano, el cuerpo. Con el penetrante bisturí de la pluma, llegar al alma para mostrar, jalando la piel hacia afuera, sus entrañas.  La escritura es el cuerpo que se escribe así mismo, y la escritura dramática llevada a escena es la re-encarnación de dicha escritura. La escritura corporal de Hélène Cixous es, pues,  de un cuerpo que escribe a sí mismo, como el cuerpo del actor que al moverse realiza una acción, o más bien múltiples acciones exploratorias de la propia anatomía, del propio cuerpo. El movimiento articulado de sus miembros, de sus músculos y tendones, escriben en el espacio vacío del teatro los signos de una escritura milenaria inscritos en lo más profundo del ser humano.  Escritura, pues, que sale de la mano o de todo el cuerpo, que se escribe en el papel o en el espacio, pero ambas siempre Cuerpo, ambas cuerpo que quiere expresar lo infinito a través de lo finito.            La reflexión del texto de Cixous nos permite ver la falacia de seguir percibiendo la construcción personaje desde la escritura y desde el cuerpo como dos maneras antagónicas, como si escribir y actuar fueran dos operaciones definiti­vamente distintas y hasta radicalmente opuestas. Quizá fue Artaud, o los discípulos de Artaud, o quienes mal leyeron –y quizá continúan mal leyendo– a Artaud. Quizá fue un teatro que se descubría a sí mismo y renegaba, entonces, de aquello que le dio forma: la escritura.  O quizá fue simplemente una reacción contra aquella escritura dramática que, nieta del neoclásico e hija del romanticis­mo, se dejó atrapar por las palabras, olvidándose de su cuerpo, es decir, de la corporeidad que le daba su verdadero ser. Hoy, o más bien, desde hace ya algunos lustros, bajo lo que Lyotard bautizara como la condición Posmoderna, el cuerpo y su escritura han dejado de ser concebidos como dos espacios distintos. Hoy la escritura es la prolongación del cuerpo mismo, no su enajenación, y el lugar donde esto es más patente es en el teatro. El teatro y la literatura, pero también otras expresiones culturales, encuentran, pues, su punto de contacto en la escritura, no ya escritura letra, sino escritura cuerpo, y el texto ya no es sólo el papel sino el espacio y el tiempo en que nos movemos y construimos cosas con la letra de la mano o del cuerpo. En la represen­tación se mueve, tejiendo la trama, el personaje, el  ethos, esencia misma del fenómeno dramático que expresa con su cuerpo, incluyendo los constructos verbales de su voz, que también es cuerpo, el Mythos milenario, que habría, irremediablemente, devenir en literatura. La escritura es, pues, posterior a la acción, y surge de la necesidad de un cuerpo que busca otras formas de expresarse. La escritura dramática, emerge en un proceso en el que las acciones se transforman en palabras, pero las palabras buscan su retorno al lugar de donde vinieron, al cuerpo, y de ahí que en la escritura siempre esté latente un acto teatral, o, si se quiere, un acto de retorno a los mitos milenarios del rito. Porque el teatro rebasa la escritura dramática, pues es expresión profunda de la naturaleza humana, también desborda los espacios teatrales y sale a la calle: manifestaciones públicas, desnudos colectivos, fiestas populares, participación de gente sin voz política, sin escritura, que recurre a lo que es lo más suyo, su propio cuerpo para decir lo que quiere y tiene que decir, como ocurrió en el Principio. Día del teatro en los escenarios, en la calle, en las manifestaciones, en el acto mismo de vernos a nosotros mismos en sus múltiples reflejos sociales y culturales, y regreso al escenario, al lugar donde, las acciones humanas alcanzan un sentido más universal, donde podemos descubrir, los niños en las escuelas, los estudiantes universitarios, los investigadores, los creadores, y todos los espectadores, quienes somos realmente. Es pues el mismo deseo que lleva al actor a  “recrear” en sí mismo y consigo mismo un personaje, el que debiera llevarnos al teatro confrontarnos con nosotros mismos por medio del otro, para poder forjarnos una forma de actuar, de decidir, de ver el mundo, que sea propia. El teatro, decía Shakespeare, por medio de uno de sus personajes más memorables, tiene como propósito universal: “mostrar a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico” (Hamlet, Acto III, Escena 2). ¿Cómo no pensar que eso es precisamente lo que hizo Rodolfo Usigli, quizá el más ardiente defensor del teatro mexicano, con su obra paradigmática, El gesticulador, tan vigente hoy como en los inicios del México posrevolucionario? ¿Cómo no reevaluar el peso de su contundente afirmación: “Un pueblo sin teatro es un pueblo sin verdad”?   Hoy, día del teatro en México, ante nuestros acontecimientos sociales y políticos, y visto desde la óptica usigliana, y detrás de ella, la teatral, se convierte en una suprema ironía.  Pero, ¿no es precisamente esa una de las funciones más significativas del teatro?  No en balde el teatro, según Aristóteles, es más filosófico que la historia, porque revela lo que la historia no puede –no sólo porque es no es su tarea, sino también porque la historia no la escribe el cuerpo sino la institución dominante– lo que somos, nuestras máscaras, pero también lo que como Nación y como personas, lo que podríamos o deberíamos ser.     


[1]. Hélène Cixous. “Preface” en The Hélène Cixous Reader (London: Routledge, 1994): xix
01
Mar
08

ANTITESIS IDEOLOGICA ENTRE NIETZSCHE Y SAN JUAN DE LA CRUZ

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Arturo Gudiño

 No cabe duda que el intelecto humano ha contado con la libertad suficiente para elaborar todo tipo de ideas, teorías, principios, e incluso dogmas y estructuras filosóficas de la más variada naturaleza. En la exploración de la propia existencia, los hombres se han planteado conjeturas y han inventado todo tipo de respuestas respecto a su origen y a su destino. En esa interrogante, siempre presente en el cerebro humano, se han dado cita muchas ideas contradictorias, pero a menudo elaboradas con empeño y decisión. Una de tantas contradicciones que aparece en el universo de la cultura, es la que se nos muestra en dos obras maestras no contemporáneas de la literatura universal: El Anticristo de Nietzsche y la obra poética de San Juan de la Cruz.Mediante esta comparación hipotética, deseamos hacer una confrontación ideológica entre dos modos completamente diferentes de ver el mundo. Se trata del escepticismo versus la fe; la duda metódica versus la entrega espiritual; la ciencia y el dogma. Unos y otros han formado parte del desarrollo de la humanidad, siguiendo estando presentes en nuestro mundo de las maneras más insospechadas.San Juan de la Cruz (1542-1591) es el poeta místico por excelencia, un reformador religioso que predicaba la total adherencia a la regla Carmelita. Con la ayuda de Santa Teresa estableció en 1568 el monasterio de los frailes descalzos; sin embargo, fue encarcelado y torturado por sus propios correligionarios debido a que consideraban extremas sus reformas. Fue durante sus nueve meses de cautiverio, y un poco después de éste, que escribió sus 26 poemas memorables. En ellos se plasman sus visiones místicas las cuales van emparentadas, tal vez involuntariamente, con una fuerte dosis de erotismo y sensualidad.Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900) es, por su parte, una figura histórica muy complicada. Atacó todos los ideales de su época, desde el cristianismo hasta las convenciones morales, pasando por la compasión por los débiles y el racionalismo. Sin embargo, él mismo aconsejaba que no era necesario, ni aconsejable, el que sus lectores coincidieran con sus ideas. Se cuenta que cuando Nietzsche tenía cinco años de edad murió su padre, y el niño fue criado por unas parientes devotas –hecho que ha sido asociado con su posterior ataque, tanto a las mujeres como a la religión. Hay puntos en la doctrina nietzscheana que son esencialmente fascistas, lo cual fue aprovechado de manera oportunista por los ideólogos nazis. Vale la pena recordar que Nietzsche llegó a oponerse a ideas como el nacionalismo, los ejércitos permanentes, el Imperio Germano, el racismo y el poder político. Pasando ahora a los aspectos ideológicos de cada uno de estos pensadores, podemos decir que, a través de la obra poética de San Juan de la Cruz, se lleva a cabo un auténtico romance entre el alma humana y la divinidad. A través de la contemplación solitaria se da un gozo espiritual, la cual nos lleva a la visión mística, y es como un afán de ver la gloria antes de tiempo. En esta ardiente búsqueda no hay más guía que la fe, sin importar que dentro del mundo real no se perciba más que una “noche oscura”. Esa vida celestial eterna se promete después de la muerte, invitando a no tratar de entender este misterio, sino nada más gozarlo. Por otra parte, San Juan de la Cruz incluye en su poesía a personajes como la Virgen María y a otros protagonistas del evangelio (“in principio erat verbum”).Por su parte, en El Anticristo Nietzsche hace un ataque frontal contra el cristianismo y todo lo que de él se deriva. Hace cuestionamientos del tipo: “¿Qué es la moral judía, qué es la moral cristiana? [no es más que] el azar que ha perdido su inocencia; la desgracia, impurificada por la idea del pecado; el bienestar, interpretado como peligro, como tentación; el malestar fisiológico, envenenado por el gusano de la conciencia”; o también afirma “no ha existido más que un cristiano: el que murió en la cruz”; “una religión que ha predicado mentiras sobre el cuerpo y […] que ve la salud como una especie de enemigo, de demonio y de tentación, que hay que combatir”; “la compasión pone trabas a esa ley de la evolución que es la selección”.Hagamos entonces un ejercicio de confrontación teórica entre dos pensadores, que ciertamente no fueron contemporáneos, pero cuyas doctrinas se muestran hoy en día abiertamente antitéticas, y también vigentes para todos aquellos que apoyan su peso, en uno u otro platillo de la balanza. Si extraemos algunos fragmentos de la poesía de San Juan de la Cruz (SJC), y a continuación elucidamos la respuesta que posiblemente hubiera dado Friedrich Nietzsche (FN) a partir de su Anticristo, este es el panorama que obtendríamos:De los poemas de San Juan denominados Canciones entre el alma y el esposo: SJC: “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura”. FN: “Todos los grandes espíritus son escépticos. […] El estar libre de convicciones de todo tipo y el poder mirar con libertad forman parte de la fortaleza”. SJC: “La soledad sonora, la cena que recrea y enamora” […] “Al adobado vino, emisiones del bálsamo divino”. FN: “En Dios la nada queda divinizada; se santifica la voluntad de la nada”.SJC: “Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía”.FN: “La esperanza constituye el peor de los males, el más genuinamente perverso: el que se quedó en el interior de la caja de Pandora”.De Noche oscura: SJC: Del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual. “sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía”; “oh noche amable más que alborada”.FN: “La decadencia de los valores del nihilismo […] La voluntad nihilista que trata de hacerse con el poder”.De Llama de amor viva: SJC: “¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe, y toda deuda paga! Matando, muerte en vida la has trocado”.FN: “Ese lamentable Dios del aburrido monoteísmo cristiano”.De Entréme donde no supe: SJC: “Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda sciencia trascendiendo”; FN: “La ciencia hace a los hombres iguales a Dios, […] es el primer pecado, el germen de todo pecado, el pecado original”.SJC: “Un entender no entendiendo”. FN: “Una causa queda refutada en cuanto se la congela cuidadosamente”.SJC: “Es obra de su clemencia hacer quedar no entendiendo”FN: “La filología [es] el arte de leer bien; el poder leer los hechos sin falsearlos con interpretaciones, sin perder, por el ansia de comprender, la cautela, la paciencia y la sagacidad”.De Que muero porque no muero: SJC: “Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muero”; FN: “Cualquier otro principio de elección, que se base, por ejemplo, en la sinceridad, en la inteligencia, en la virilidad, en el orgullo, en la belleza o en la libertad del corazón, pasará a ser automáticamente el “mundo”, el mal en sí”.SJC: “Sácame de aquesta muerte, mi Dios, y dame la vida”.FN: “El cristiano necesita la enfermedad, al igual que los griegos necesitan una salud pletórica”.De Aunque es de noche: SJC: “Su claridad nunca es oscurecida, y sé que toda luz de ella es venida”. FN: “El odio a lo natural [es] la medida exacta de la decadencia”.De Romances: SJC: “Y quedó el verbo encarnado en el vientre de María”. FN: “[Cristo] Para el ardor femenino […] un santo hermoso; para el masculino, una hermosa doncella: la Virgen María […] Adonis y Afrodita”.De Glosas: SJC: “Porque, si de luz carezco, tengo vida celestial”.FN: “El cristianismo […] no tiene ningún punto de contacto con la realidad.”SJC: “Por toda dulzura nunca yo me perderé sino por un no sé qué que se halla por ventura”; “el que de amor adolece, del divino ser tocado que a los gustos desfallece”.FN: “El hombre está agradecido a sí mismo: por ello necesita un dios”.SJC: “Por ser tal su hermosura, que sólo se ve por fe”.FN: “La fe es la antítesis de la verdad”.SJC: “Lo que por el sentido puede acá comprenderse, y todo lo que entenderse, aunque sea muy subido”.FN: “Ser cristiano implica odiar la inteligencia, el orgullo, la valentía, el libertinaje del espíritu; odiar los sentidos, el gozo sensual, el placer en cuanto tal”. Ahora bien, por más que el filósofo alemán haya querido resquebrajar las enseñanzas del cristianismo, éste ha perdurado, incluso a pesar de las contradicciones que se han suscitado entre sus diversas iglesias. Si éstas dejaran de existir, todavía quedarían los preceptos fundamentales de Jesús, haciendo eco en la conciencia de la humanidad, sobre todo en el mundo occidental. Por más que se haya demostrado la infalibilidad de los principios científicos, todavía los pueblos y los individuos necesitamos resolver graves problemas morales que nos aquejan. Todavía hacen falta la compasión y la confianza, la serenidad espiritual y la esperanza con el fin de encontrar soluciones para las miserias humanas. Todavía es el amor la mayor de las fuerzas morales, sin cuyos beneficios muchos conflictos quedarían a la deriva. El amor sigue siendo la respuesta para muchas de nuestras angustias.Vale la pena mencionar que Nietzsche atacó las premisas filosóficas del cristianismo, pero sobre todo su práctica clerical. No dudaba en denunciar al “envenenador profesional de la vida que es el sacerdote” porque, según el filósofo alemán, “el sacerdote resulta indispensable en todo momento, […] vive gracias a los pecados”. Pero entonces ¿qué ofrece Nietzsche a cambio, si no es el camino cristiano? Él nos habla ocasionalmente de otra opción, afirmando que “el budismo [lucha contra el dolor] más allá del bien y del mal” y que “no promete pero cumple, mientras que el cristianismo lo promete todo pero no cumple nada”. También concuerda Nietzsche con las palabras de Zaratustra en cuanto que “[los mártires] han ido dejando un rastro de sangre en el camino que recorrieron, y en su locura predicaron que la verdad se demuestra con sangre”. Igualmente elogia el Código de Manú, en cuanto que enfatiza la preponderancia de los elementos aristocráticos, los filósofos y los guerreros. Dedica también alabanzas a los griegos y a los romanos, a César Borgia y a los logros del Renacimiento.Y al final ¿qué nos quedaría después de una confrontación hipotética entre estos dos antagonistas? El escepticismo nietzscheano incentiva la objetividad en las labores de “la gaya ciencia”, pero no nos dice cómo combatir la crueldad y la intolerancia que se da entre individuos y entre naciones. En el punto actual de la Historia, los aristócratas y los guerreros nos han llevado a mirar la guerra como un negocio, dejando entrar sus horrores en nuestras casas como parte de la vida cotidiana. Por su parte, la fe ciega ha creado fanatismos que todavía subsisten en nuestros días, los cuales conducen a generar odios fratricidas y más guerras todavía. Asimismo, la idolatría y la magia han impedido que algunos pueblos sean capaces de buscar nuevas opciones de prosperidad. Las preocupaciones por el más allá impiden poner énfasis en las soluciones que necesitamos en el más acá. Si bien el amor al prójimo sigue siendo una utopía, ciertamente deseable después de dos mil años de cristianismo, tal vez podríamos forjar ideales más al alcance de nuestra naturaleza humana. Sería bastante si al menos lográramos que se instauraran una paz y una armonía perdurables; si al menos cada persona respetara el derecho de los demás; si cada nación tratara con deferencia a las otras. El amor sigue siendo la respuesta, pero hay pasos intermedios que no hemos subsanado todavía. Un buen punto de inicio podría ser el establecer un mundo sin fronteras ni religiones, por los cuales no habría que morir, o dejarse matar.Tal parece que no hemos encontrado la respuesta definitiva a las dudas y angustias de nuestra existencia. Pero quizá no debamos esperar la solución después de la muerte. Habrá entonces que seguir indagando el espectro de opciones que se da entre el escepticismo, el cual nos ayuda a buscar la objetividad a partir del vacío (que tal vez se encuentra más allá del cosmos), y la búsqueda constante de las fuerzas bienhechoras del universo, las cuales quizá nos ayuden a construir un mundo menos caótico, menos arbitrario e injusto que el que hasta ahora hemos forjado.  

26
Ene
08

Henestrosa, el retorno a la madre tierra

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Ubaldo Orozco

 En 1906, Tina Man trajo al mundo a su hijo, zapoteca cristianizado, en la región juchiteca de Oaxaca. Años después notó que la tierra materna no podía encerrarlo y lo echó a recorrer el mundo en una marcha que no ha parado: “mejórate, vete a ver el mundo, a estudiar, a ser alguien” Andrés Henestrosa le cumplió cabalmente, con exceso, 83 años de ser esencia, leyenda y celebridad, que terminaron hace unas semanas. Mucho y cierto se ha dicho en estos días sobre su vida que lo avalan como un hito siempre presente, social, literario y político. Por eso no trataré detalles ni contenido del tipo sino comentaré el de algunos textos de Los Hombres que dispersó la danza, (1923) que nos muestran la esencia de Henestrosa y de su tierra natal, siguiendo la manera de leer de los viejos: lo que dice el autor, más que el modo en qué lo dijo; leer libros para aprender y sacar provecho de su lectura. Más importaba el contenido que la forma: la sintaxis enrevesada, la gala del dominio sobre la palabra, las reminiscencias  y la estructura, la habilidad para esconder un personaje o un final, la originalidad y emoción de la aventura relatada, los planos narrativos, la variación en los tiempos y en los narradores, la musicalidad, el dominio de la lengua, etc. Los escritores influían en el modo de ser y actuar de sus lectores. Enseñaban una manera de mirar la vida, el universo o la forma de enfrentarla, dejando de paso su moral personal para ser imitada. Tiempos idos. Oaxaca, la tierra de Henestrosa, es el estado mexicano con mayor diversidad en avifauna, 699 especies distintas sobre un total de 1,076 para toda la república. Así no es de extrañar que la tradición de esa tierra se expresara usando, a veces,  a los pájaros para trasmitir su visión del cosmos. Un cuento se titula La golondrina, otro La urraca, uno más El pájaro carpintero; éste, uno de los relatos más breves, de apenas más de 10 líneas. Por gusto personal, arbitrario, trataré de modo principal éste, aunque incompletamente. Aquí, Henestrosa, narra la historia del pecado y castigo de este pájaro. A Jesús le dio por dormir, por encerrarse ya de huída, en un tronco hueco y sin salida de un árbol. El carpintero que algo sabía de árboles, agujeraba troncos secos para hacer, una vez por año una casa nueva. El trabajo le rendía. Luego, en mal momento,  los judíos los convirtieron en aliados, y juntos, en bandadas los pájaros y en turba los judíos, se echaron a los montes a dar con el fugitivo para causarle la muerte. Lo encontraron después de que el carpintero taladrara todos los árboles, secos y verdes,  pues el Hijo de Dios vino a aparecer en el último escondite disponible, el tallo del carrizo, frágil, pequeño, en el llano. No se narra la muerte del Hijo de Dios, no aquí. Viene después el castigo del emplumado, agujerear eternamente el tronco verde y el tronco seco todos los días del año y de los años. Y no para anidar. El trabajo no le aprovecha. Es fácil encontrar la correlación entre los carpinteros y los seres humanos. Han matado a Jesús, han de pagar por ello. Una enseñanza de los evangelizadores españoles. La primera lectura nos deja con esa simplificación: los hombres mataron a Cristo, el eterno, que reciban castigo de igual naturaleza. Sucesivas lecturas, pues su llaneza,  brevedad,  transparencia, fluidez, y muy particularmente, su nostalgia las invitan, muestran el trasfondo indígena; no todo es cristianismo. Queda la raigambre vieja, previa, escondida: pájaros carpinteros y judíos, todos a una participamos de una tarea no excluyente, matar al mensajero incómodo en el caso. Somos, los humanos, un destino común, una responsabilidad única. Sin los cristianos, los judíos no hubieran encontrado al Hijo de Dios, nunca hubieran dado con él. La cosmovisión indígena no acaba en la reflexión citada. Contiene una hermosa exaltación del libre albedrío: no hace referencia al castigo de los judíos, quizá por ser, en la antigua enseñanza, los enemigos y perversos esenciales, sólo al de los carpinteros, al de los conversos. Te aliaste, paga. Libre de hacer, libre de pagar. Recordemos que en la esencia cristiana de aquellos tiempos los judíos tenían la total culpabilidad en la muerte de Jesús y por ello un infierno seguro. Así que también aparece, enlazada, la raíz judeocristiana. En ésta los pecadores se han de ganar el pan con el trabajo diario. No ocurre lo mismo con los carpinteros, ya no trabajaran con provecho una vez al año para anidar, sino han de hacerlo cada día y sin provecho, sin hacer casa, errantes sin redención. Destino más apropiado para los judíos que para los cristianos.  Las penas ganadas por los carpinteros se traslucen en humanas en Fundación de Juchitán: “La ciudad de los hombres laboriosos, porque para derretir su sed, junto al río muerto necesitan cavar pozos siete brazas profundos; y rasgar el pecho de la tierra, después de escasos aguaceros, para que dé sus frutos.”  “El día en que Dios repartió los hombres entre los animales…” principio del relato titulado Bigú nos pone frente a la visión zapoteca del universo, el hombre no es el rey de la creación de la versión cristiana, es más bien el último fruto, el que ha de repartirse entre los animales preexistentes. El hombre es sólo parte de la naturaleza, tiene también destino común con los animales, con la vida, con la tierra. En alguna oportunidad Henestrosa afirmaba que el hombre es lo que come, lo que bebe, lo que respira, la tierra que pisa; el universo en último extremo. La cosmovisión zapoteca, casi balbuciente, oculta en relatos llanos fue guardada cuidadosamente en una tradición que Henestrosa puso en papel para salvarla, para eternizarla, para darla en patrimonio común al mundo de las letras. Y también la confirmó con su vida. Se trata de una cosmovisión que se corresponde plenamente con la más aceptada en nuestro mundo occidental de ahora: el destino de los hombres libres es uno y común con el universo entero. Y se hace con el trabajo diario. Bien que cumplió Andrés Henestrosa (1906-2008) con Tina Man, su madre. Recorrió mucho mundo, más en el tiempo que en el espacio, e hizo un lugar duradero para la tradición de su tierra, la puso en letras extrañas, y no se perdió, siguió de juchiteco, atado a su tierra, a la tierra. Ahora cuando aún es reciente su retorno al origen habrá que releer Los hombres que dispersó la danza. Y no sólo por su orfebrería vieja, de artesano de las letras.   

12
Ene
08

Su narrativa y periodismo, Henestrosa

Fragmento de la introducción del libro “Alacena de Minucias”, por Adrián Ben Como. Texto cortesía de la Editorial Miguel Ángel Porrúa

Obra cumbre de Andrés Henestrosa, en el ámbito periodístico, la Alacena de minucias apareció en el suplemento cultural del diario El Nacional del domingo 17 de junio de 1951 al domingo 9 de febrero de 1969. Fue la columna literaria de más larga duración que él escribió y en la que con mayor claridad se expresó su espíritu curioso e inquieto. La comenzó a escribir cuando él tenía 44 años –en plena madurez– y la suspendió cuando acababa de cumplir los 62. Más tarde hubo una segunda época que se extendió del domingo 19 de junio de 1983 al domingo 14 de septiembre de 1986, en los días en que él ya era casi un ochentón. El título se lo proporcionó Juan José Arreola, inspirado en aquel otro periódico, sucesor de El Pensador Mexicano, cuya aparición se diera en plena Guerra de Independencia, y cuya firma se debiera también a José Joaquín Fernández de Lizardi: la Alacena de frioleras. En ella, Henestrosa pudo a su antojo guardar cuanta ocurrencia, divagación, capricho, dato o fecha relacionada con nuestra historia literaria él consideró digno de rescatarse. Allí pudo “alacenar” y “minucear” –dos verbos que para él acuñó Alfonso Reyes– los más diversos aspectos de la literatura mexicana. Por eso en la Alacena se encuentran coplas, décimas, canciones populares, lo mismo que necrologías, dedicatorias, anécdotas o etimologías. Pero también hay seudónimos, anagramas, relatos, autores olvidados y pasajes autobiográficos. No obstante, el espíritu de la columna –lo reconoce Henestrosa– fue su afán por historiar las letras nacionales, preferentemente las del siglo xix. Así, del caudal enorme de material literario perdido en opúsculos, folletos, misceláneas, revistas y periódicos relativos al xix mexicano –de modo especial la de aquellos que van de la época de la Independencia al triunfo de la República. Henestrosa rescató un sin fin de noticias y datos curiosos, siempre con el propósito de contribuir a un mayor conocimiento y valoración de nuestras letras. De ahí que la Alacena de minucias se pueda considerar, en cierta forma, como una historia de la literatura mexicana.    “Algún día, caro Andrés, estas minucias serán muy útiles para el estudio de la gran literatura mexicana” Alfonso Reyes   En los últimos veinte años en que él recorrió La Lagunilla, a la caza de joyas bibliográficas, yo tuve la fortuna de acompañarlo y de ver cómo ejercitaba, todos los domingos, sus dotes de excelente cazador, pues parecía como si oliera las piezas y las presintiera, ya que siempre daba oportunamente en el blanco. Así cayeron en sus manos infinidad de obras con las cuales formó su biblioteca y con las cuales más tarde armó sus artículos y sus Alacenas. La Alacena lo llevó a consagrarse como uno de los más grandes conocedores de nuestras letras y fue sin duda su columna periodística de mayor consulta, y de mayor cita, entre maestros e investigadores. Colaboración poco común, con cierta originalidad, debido al cúmulo de temas tan variados que trató y debido al aderezo que supo muy bien escanciar con su estilo tan peculiar, la Alacena de minucias fue una sección que se leyó con sumo placer en su tiempo como seguramente se leerá también hoy y mañana. Tuvo como guía siempre a México, y aunque se refirió a temas ajenos a la cultura nacional, siempre fueron estos tratados en relación con una mirada mexicana. Se refirió a viajeros y autores que hablaran sobre nuestras costumbres y tradiciones y nunca faltaron los temas de cultura indígena. Por su lectura se puede asimismo advertir el tono de la época de mediados de siglo y se puede saber qué autores estaban en boga, que libros se leían, y cómo había una manera distinta de ver las cosas; la patria, por ejemplo. Durante muchos años siempre se pensó reunir en volumen estas colaboraciones, pero nunca se pudo; siempre se frustró por una causa u otra. No obstante, hubo algunos intentos, como el que llevó a cabo un maestro rural que Henestrosa encontró, en cierta ocasión, en lo más apartado y abrupto de la sierra oaxaqueña, y quien tenía en su poder, ordenadas y anudadas cándidamente con un listoncito azul, varios años de colaboraciones. Y está el otro, por supuesto, que sí se publicó, en 1970, por el Instituto Nacional de Bellas Artes, bajo el título de Una alacena de alacenas –con prólogo y epígrafe de Henrique González Casanova– y que reunía, es cierto, sólo 74 colaboraciones, pero que era por entonces el más logrado, puesto que la selección se había hecho como una suerte de antología o de páginas preferidas. Pero no se publicaban tampoco, hay que decirlo, porque a pesar de que Henestrosa tenía muchas veces la tentación de hacerlo, siempre desistía ya que consideraba, pudorosamente, que sus textos no tenían el mérito suficiente para ser publicados. Él, entonces, para divertirse, contestaba que algo había que dejar que hacer a “los curiosos de mañana, a los cazadores de minucias” como era él, y yo siempre le decía, entre burlas y veras, en los muchos cumpleaños suyos que celebramos, que para cuando él cumpliera el siglo de vida, los 100 años, yo buscaría un editor para publicarlas todas, ya que la colección que yo había formado durante muchos años era sin duda la más completa. Sin embargo, nunca pensé que llegara tan pronto ese día, y así, sin sentirlo, inesperadamente, me vi en el apurado trance de tener que cumplir con mi palabra. Por fortuna, cuando le propuse a Miguel Ángel Porrúa que las publicáramos y las diéramos a conocer a los lectores mexicanos, él de inmediato aceptó gustoso y fue así que hoy aparecen finalmente bajo el sello de esta prestigiada casa editora. Retoqué, hasta donde humanamente me fue posible, algunas faltas propias de la urgencia del periodismo, sobre todo aquellas que se referían a autores y títulos de obras y puse, asimismo, nombre a algunas Alacenas. Pero, en lo general, éstas aparecen tal y como se publicaron por vez primera en el periódico El Nacional. En todo caso, es posible que existan, quiero decirlo, algunas inexactitudes respecto a la fecha de publicación, pero lo incompleto de los archivos y su mal estado, impidieron la precisión del dato.     

12
Ene
08

Biografía de plenitudes, Andrés Henestrosa

Simbolizando la plentitud en todos los sentidos de la vida el Poeta, narrador, ensayista, orador, historiador y filólogo, Andrés Henestrosa falleció el día de 10 de enero a los 101 años de edad en esta ciudad. Nacido en Ixhuatán, Oaxaca, en 1906, fue miembro de una generación que cambió la visión de nuestro país. En su obra resaltan, por un lado, sus aportaciones al indigenismo, que recuperó no sólo por su pasado indígena sino como parte central de su obra, desde una reflexión sobre el espíritu liberal y el estudio y la valoración de las expresiones nacionales; y por otro, su importante labor como crítico literario,  consolidada a través de ensayos, artículos y relatos, dispersos en las páginas de revistas y periódicos, o como prólogos y contribuciones en diversos libros.Andrés Henestrosa habló exclusivamente zapoteco y huave, lenguas indígenas de la región de Juchitán, hasta los quince años. Aprendió el castellano cuando se mudó a la Ciudad de México para estudiar. Inscrito en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, siguió la carrera de Licenciado en Derecho, sin graduarse; también realizó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. En 1927, cuando era alumno en la carrera de Sociología, su maestro Antonio Caso le sugirió que escribiera los mitos, leyendas y fábulas que refería oralmente. Ésta fue la base de Los hombres que dispersó la danza, publicado en 1929, un libro que recreó e inventó cuentos y leyendas zapotecos.Testigo privilegiado del siglo XX, participó en la campaña presidencial de José Vasconcelos, durante la cual recorrió gran parte del país, al tiempo que leía y escribía cartas a sus amigos, en las que les presentaba descripciones de pueblos y crónicas de la gira. En 1936 fue becado por la Fundación Guggenheim de Nueva York, para realizar estudios acerca de la significación de la cultura zapoteca en América.Permaneció por breves temporadas en Berkeley, California; Chicago, Illinois; Nueva Orleáns; Louisiana; Nueva York y otros lugares, siempre investigando en archivos y bibliotecas. Fonetizó el idioma zapoteco, preparó el alfabeto y un breve diccionario zapoteca–castellano, en el que se puso en práctica ese alfabeto. En Nueva Orleáns, durante el año de 1937, escribió el Retrato de mi madre (carta a Ruth Dworkin) que, junto con la Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes y Canek de Ermilo Abreu Gómez, es la obra mexicana más veces editada y está considerada entre las más bellas páginas de la literatura latinoamericana.Durante cuarenta años fue maestro de Lengua y Literatura en la UNAM y en la Escuela Normal Superior de la SEP. Ha sido Diputado Federal por el Estado de Oaxaca; Jefe del Departamento de Literatura del inba; y Jefe de Prensa y Publicidad del Senado de la República. Ha ejercido el periodismo desde hace medio siglo, colaborando en los diarios: Excélsior, Novedades, El Popular, El Universal, El Día, El Nacional y El Ciudadano. Dirigió la revista El libro y el Pueblo y fundó Las Letras Patrias. Ha escrito en las revistas Hoy, Revista de la Universidad, Época, Revista de América, Aspectos, Casa del tiempo (de la Universidad Autónoma Metropolitana) y Notimex. Dirigió la revista Mar Abierto. Ambos Mundos (1985–1992). En 1970 publicó el libro Alacena de Alacenas, colección de sus artículos dominicales en el periódico El Nacional entre 1951 y 1970. Mucha de su obra literaria se encuentra dispersa en periódicos y revistas de los últimos cincuenta años.Su obra publicada comprende los relatos Los hombres que dispersó la danza, 1929; Retrato de mi madre, 1940; Los cuatro Abuelos (Carta a Griselda Álvarez), 1960; Sobre el mi (Carta a Alejandro Finisterre), 1936; Una confidencia a media voz (Carta a Estela Shapiro), 1973; y Carta a Cibeles, 1982. Estas cuatro cartas autobiográficas han sido reunidas en un volumen titulado El remoto y cercano ayer. En 1972, bajo el título de Obra Completa, apareció todo cuanto hasta entonces había publicado en paquetes u opúsculos. Tiene en su haber, además, De Ixhuatán, mi tierra, a Jerusalén, tierra del Señor, 1976; El maíz, riqueza del pobre, 1981; la biografía Don Emilio (biografía de Emilio Lanzagorta Unamuno), 1980; y los ensayos Los hispanismos en el idioma zapoteco, discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, 1965; De México y España, colección de artículos, ensayos y cartas, 1974; y Espuma y flor de corridos mexicanos, 1977. Elaboró en colaboración con Ermilo Abreu Gómez, Jesús Zavala y Clemente López Trujillo la antología Cuatro siglos de literatura mexicana, 1946.El maestro Henestrosa fue merecedor de las siguientes distinciones: Medalla Elías Sourasky (1973); Presea Ciudad de México (1990); Medalla Ponciano Arriaga, por méritos legislativos (1991); Medalla Ignacio Manuel Altamirano, de la sep (1992); Medalla René Cassin, de la Tribuna Israelita (1992); Medalla al mérito Benito Juárez, de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1993); Medalla Belisario Domínguez, del Senado de la República (1993); Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1994) y Medalla Oro, de Bellas Artes (2002). En su honor han sido instauradas la Medalla Andrés Henestrosa, de Escritores Oaxaqueños A.C. (1992), y la Medalla de la Comisión del Deporte Andrés Henestrosa. 

29
Dic
07

Pensar lo impensable -en el pecado

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Ricardo Mena

   No cabe duda de que yo no soy un peripatético, aunque lo que diga pueda parecer tan posiblemente patético como estos versos de Shakespeare cuando se lamentaba en su Soneto CXI-  

 Y aún así mi naturaleza está subyugada
Por su trabajo, como la mano del tintorero.
Apénate de mí, pues, y pide que yo pueda renovarme,
Apénate de mí, pues, querido amigo, y te aseguro,
Que incluso tu pena es suficiente para curarme.
 

Es evidente que nada es patético en este soneto y que el mismo expresa una gran humanidad latente, siempre digna de respeto, excepto para el arte de las caricaturas vikingas de reciente noticia en los medios -que sólo persiguen el fin sin tener a los medios en cuenta. Sea como fuere, no hay duda de que el soneto es un cauce expresivo para mostrar grandes y profundas ideas fruto del hambre, del dolor o del amor a la rubia cerveza y al purpúreo vino, y que Shakespeare es tan genial en esto como cada uno de nosotros que formamos lo que se conoce como el hombre común, el ciudadano sano y medio (y que otros aristócratas como Poe u Ortega malversaron llamándolo “masa”). Me refiero a que existe en el Arte del Hombre una continua necesidad de mostrarse tal cual es ante eso que muchos llaman el vacío, la Idea, Dios o Alá o Yahvé o el Eterno Retorno. Y si fuera cierto que muchos se preguntan ahora a qué quiero llegar con todo esto, le diría que se apenaran de mí y me dejaran un poco de su paciencia para expresarle mis pensamientos sobre ese tema tan impensable como es la paradoja del pecado y el arrepentimiento -que sólo el que se humilla y reconoce que es imperfecto renace más perfecto. Definir el pecado puede que sea un pecado en sí de soberbia o presunción, así que dejaré su definición, su concepto exacto, al movimiento producido en la cabeza de cada lector con el que Hobbes definía al pensamiento; como también existe un movimiento en el corazón al que llamamos sentimiento que tan bien conoció Pascal y también Hobbes, apelo al corazón de cada uno de los lectores para que lea los versos de Shakespeare y analice cuál es el mensaje al cual quiere llegar cuando el bardo dice “que incluso tu pena es suficiente para curarme”. Para mí no existe duda filosófica de que el Hombre nace enfermo y está enfermo; mas es una enfermedad que se puede curar cada día y que, de hecho, se cura yendo al psicólogo o al cura de la parroquia, aunque en este último caso sin tener que pagar lo que se consideraría en otros tiempos como un fraude si no fuera por Freud.   El misterio de lo que significa ese verso final anotado de Shakespeare es, en mi opinión, una cosa y una sola cosa nada más -es una confesión. Expresa una fe inconfesable, por personalísima, ante nosotros, extraños desconocidos mas conocidamente hermanados por la Creación. Ese último verso nos comunica un pálpito de un corazón que “tiene sus razones que la razón no entiende” -curarse para seguir sintiendo. La conciencia, lo que Locke definía como influenciada continuamente por las sensaciones y la experiencia diaria, la mía, me confirmaba en este pensamiento impensable mientras esperaba a que el desayuno me quitara de mi ayuno, así que para matar el hambre me alimenté de estos pensamientos lentos y densos: que sólo cuando nos humillamos mostramos ese humillo a quemado que simboliza el Fénix -renacemos de nuestras cenizas, revitalizamos el polvo del cual estamos hechos, aunque estemos “hechos polvo” cuando lo soltamos al viento. Sin duda, hay algo escondido en nosotros, dentro, que se revela contra nosotros mismos; la razón científica de la psicología lo llama conciencia del Ego frente al Alter Ego, Stevenson lo llamó mucho antes el doctor Jeckyll y Mr. Hyde y mucho antes que todos ellos se llamó pecado original, una original idea que iba al origen del problema del Hombre -que necesita de una revolución diaria de humildad contra el orgullo. Pues lo pequeño vence a lo grande en su forma y fondo, mientras lo grande se agranda tanto que pierde su contorno, su forma, se hace amorfo y monstruoso como el Chuthulu de Lovecraft. En el fondo, es de perogrullo, es una tautología, es de sentido común decir que todos los ciudadanos somos iguales y tenemos los mismos derechos; no hemos tenido que esperar a que se implantara la democracia para saberlo.   Shakespeare se contentaba incluso con nuestra pena para curarse. La mayoría se contenta con saber que es su destino -ser saludablemente imperfectos y pequeños.     

27
Dic
07

Medio siglo de la peste

Jacinto Eslava  

EN 1957  Albert Camus publicaba una de las obras fundamentales de la literatura del siglo XX.. Celebrada y denostada por sus contemporáneos, “La peste” un diagnostico   de  la sociedad francesa para enfrentarse a sus propias miserias, que la demolieron y posibilitaron la derrota y la ocupación alemana. Una epidemia sobre otra   Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, Argelia. Su padre, agricultor de origen francés, era empleado en una finca vitivinícola; Catalina Sintes, su madre, era menorquina. Apenas cumplido el año de vida su padre murió en las trincheras de Verdum, por lo que su madre decidió mudarse –junto a él y a su hermano– a Argel. Fue allí, mientras cursaba sus estudios en el Grand Lycée, que Camus comenzó a garabatear sus primeros escritos, publicados por la revista Sud. Una vez concluido el bachillerato, debió interrumpir sus estudios por manifestársele tuberculosis, enfermedad que lo acompañaría hasta su muerte.  En 1935 Camus engendró su primer libro, El revés y el derecho, que sería publicado dos años más tarde. Sus aficiones teatrales emergieron en simultáneo a las literarias. Organizó el Teatro del Trabajo, una compañía de aficionados que representaba obras en barriadas populares. Incursionó en el periodismo en el Diario del Frente Popular, prohibido en 1940 por el gobierno argelino. Ese traspié hizo que se trasladara a París para incorporarse a las filas del Paris-Soir. Durante la ocupación alemana en París, participó activamente como miembro de la resistencia, y dirigió el periódico clandestino Combat. En 1952 rompió relaciones con Jean-Paul Sastre, quien criticó duramente su ensayo El hombre rebelde. El 4 de enero de 1960 murió en un accidente automovilístico en las afueras de Le Petit-Villeblevin, Francia.   La historia de La peste transcurre en Orán, Argelia, en algún momento de la década del 40. Una ciudad que dormita en la persistencia de sus sinsabores hasta ver sacudida su modorra por el sopapo que una brutal plaga estampa a la población. Camus no fue un profeta; pluma fecunda, crónica sagaz y observación aguda sí, pero intuición sibilina, jamás. Camus, admirador de Gide y Malraux, fue un escritor nutrido por los aires de su entorno. Quizá por eso, y para entender su obra, baste con remontarse a la declaración que hiciera él mismo en 1935: “L’oeuvre est un aveu; il me faut témoigner” (“La obra es una confesión; debo declarar como testigo”). En ese sentido, La peste (1947) se enciende como su acierto más potente.  Para poder husmear en La peste y digerirla sin equívocos, no hay que descuidar su contexto: cuando Camus la compuso, sus manos todavía olían a pólvora –fue activa su participación en la resistencia durante la ocupación nazi– y los juicios de Nüremberg barrían con los bárbaros de entonces. Un libro que es resultado mismo de su empresa política, y por ello debe vinculárselo –como metáfora– al desguace moral durante la Segunda Guerra Mundial.¿Qué significa la literatura en un mundo que tiene hambre? —dijo Sastre. La literatura cambia la vida, pero de manera gradual, no inmediata, y nunca directamente, sino a través de ciertas consciencias individuales que ayuda a formar. Para Camus el hombre vive su total realidad, en la medida en que comulga con el mundo natural. A este hombre citadino, al que los pensadores modernos han convertido en un mero producto histórico, al que las ideologías han privado de su carne y sangre, a este ser abstracto y urbano, separado de la tierra y del sol, desindividualizado, disgregado de su unidad y convertido en un archipiélago de categorías mentales, Camus opone el hombre natural (“Albert Camus y la moral de los límites   Si Camus sostiene que en nuestra desilusionada época el mundo ha dejado de tener sentido, lo hace con el estilo racional, elegante y discursivo de un moralista del siglo XVIII, en obras cuidadas y de perfecta estructura” Se trata de la experiencia más directa, inmediata e intuitiva de lo absurdo. El hombre vive sensorial, sensible, emocionalmente un conjunto o “enumeración de sentimientos” (tal la expresión de Camus en El mito de Sísifo, nota del autor en p. 26) que aún no conceptualiza. El mundo se manifiesta como un orden natural, estable y maquinal, hasta que un interrogante radical desautomatiza esa percepción:   “Suele suceder que los decorados se derrumben. Despertar, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, cena, sueño, y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mismo ritmo, es una ruta fácil de seguir la mayoría del tiempo. Pero un día surge el ‘porqué’ y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. ‘Comienza’, eso es importante” Emerge así la figura del periodista Raymond Rambert como estocada profunda en la composición dramática que hace el autor. En principio, Rambert pedirá irse, alegando que el asunto sanitario no le concierne por ser francés. Al no lograrlo –ni siquiera ilegalmente–, decide ayudar en las brigadas sanitarias, hasta dar con la forma de escapar. Cuando esto finalmente ocurre, en vez de irse, decide quedarse y comprometerse con el salvataje de los enfermos. Diez meses después de dispararse la epidemia, la peste cede. Y es así que una mañana de febrero se abren las puertas de la ciudad. Festejo y vuelta a la normalidad. Estructura clásica, esbozo preciso de un artilugio narrativo del equilibrio-ruptura-equilibrio que Camus maneja con pericia. Y lo hace articulando la descripción –bendito cronista Camus–, con una contundente observación del procedimiento psíquico del gentío en esa ciudadela abatida por imposición de una plaga. La peste se manifiesta como una argamasa genérica, donde transitan errantes intrincadas reflexiones filosóficas con paquetes teóricos netamente sociológicos, pero donde sobre todo la crónica guía el relato.  Albert siempre había estado muy atento a los sonidos; otra vez Meursault, el extranjero, le viene a la memoria: “Reconocí por un breve instante el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos de una ciudad que amaba y de una cierta hora en la que solía sentirme contento. El grito de los vendedores de periódicos en el aire ya sosegado, los últimos pájaros en la plazoleta, el reclamo de los mercaderes de bocadillos, el lamento de los tranvías en los altos virajes de la ciudad y este rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo recomponía para mí un itinerario de ciego…”.En la Peste sirviéndose de una alegoría harto evidente, en la que una epidemia reemplaza a todas las plagas de nuestra época –guerra total, ocupación, terror, universo concentracionario-, muestra como somos todos no sólo víctimas sino asimismo cómplices. Todos y cada uno de los lectores tuvieron que identificarse con los personajes del libro. En “La Peste”, el autor busca la definición de una moral práctica, que consiste en ponerse al lado de las víctimas en todos los momentos para así mejor limitar el daño, o sea de ayudar a vivir y a luchar por la vida. “La salvación del hombre es, por lo menos, una expresión demasiado enfática… Lo que me interesa es su salud”. Como se ve, a la moral de revuelta sucede otra moral sin duda más optimista orientada esta vez decididamente hacia la solidaridad humana, que permite a los hombres superar la absurdidad original. Albert Camus se ha convertido en una especie de director de conciencia de un sector de la juventud francesa y europea.  ” La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra?. El cambio de estaciones sólo se puede notar en el cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores; una primavera que venden en los mercados. (…)Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa. (…)La felicidad llegaba a toda marcha, el acontecimiento iba más deprisa que el deseo. Rambert sabía que todo iba a serle devuelto de golpe y que la alegría es una quemadura que no se saborea. “El distanciamiento con Jean-Paul Sartre no tardaría en llegar. Parte de los existencialistas lo acusaron de “moralista clásico”, pero su camino no lo iba a desandar, contestaría: “inocente es el que no necesita explicarse”.  Tantas contrariedades van a codearse con el reconocimiento en el campo literario, publicará en 1947 una de sus novelas más recordadas “La Peste”, por la cual va a obtener el Premio Nacional de la Crítica. Estaba ambientada, como “El extranjero”, en su recordada Argelia, y un analista de la obra mencionará: “allí vuelve a destacar el absurdo de la existencia pero rescata el valor de los seres humanos ante el desastre y evoluciona hacia un sentido más solidario ante el sufrimiento ajeno y la rebelión contra la injusticia”.  En 1940, se casa en segundas nupcias con Francine Faure, matemática y pianista, con la cual tendrá a los gemelos Jean y Catherine. Su inclinación por el teatro no decaerá y se lucirá con un nuevo grupo de obras: “El malentendido” (1945), “El Estado de Sitio” (1948) y “Los Justos” (1949). La destacada actriz francesa, de origen español, María Casares (1922-1996), exiliada en Francia, va a ser quien interprete dichas obras y pronto un tormentoso e inesperado romance los va a unir en aquellos años de bohemia. Ficción teatral y realidad parecían entrelazarse. Años después, ya separados, la notable artista afirmará sobre su protector: “cuando se vivía tan intensamente como él, la vida podía convertirse en insoportable”. Motivado como nunca, va a adaptar a los grandes de la literatura universal para llevarlos a la escena francesa: “Réquiem por una monja” de William Faulkner (1956), “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega (1957) y “Los Poseídos” de Fedor Dostoievski (1959). Cada vez más libre de ataduras dogmáticas escribió “El hombre rebelde” (1951) casi una metáfora sobre su propia vida. Llegarán también otras recordadas novelas, “El verano” (1954) y “La caída” (1956). Para no olvidar sus orígenes en el periodismo editorializa para “L`Express” y va alcanzando, de a poco, la profundidad de un pensamiento cada vez más maduro. Humanista, ante todo, su ensayo “Reflexiones sobre la guillotina” (1957) va a ser uno de los mayores alegatos universales contra la pena de muerte. Con lucidez va a sostener: “No hay paz durable, ni en el corazón de los individuos ni en las costumbres de las sociedades hasta que la muerte no sea excluida de la ley”.  Pronto llegaría su consagración internacional: el Premio Nobel de Literatura (1) le será otorgado en 1957. Lejos quedaba para entonces la polvorienta y sedienta Argelia, era la hora de la felicidad, era el premio al talento. Pero la dicha duraría poco, premonitoriamente va a declarar a un periodista: “mi obra aún ha empezado. Su novela La peste (1947) supone un cierto cambio en su pensamiento: la idea de la solidaridad y la capacidad de resistencia humana frente a la tragedia de vivir se impone a la noción del absurdo. La peste es a la vez una obra realista y alegórica, una reconstrucción mítica de los sentimientos del hombre europeo de la posguerra, de sus terrores más agobiantes. La peste” no es una novela sobre las relaciones entre literatura y ciencia; refiere la peste que apodera de la ciudad de Orán, entonces francesa, en los años de la segunda guerra mundial. Peste bubónica, es ante toda una peste alegórica, que ilustra la peste interior: la mentira, el orgullo, el odio, la tiranía. La ocupación nazi de Europa es una de las más agudas manifestaciones de esta peste, cuyos antídotos son el ejercicio de la verdad, la práctica de la humildad, el amor y la fraternidad entre los hombres, la democracia. La novela refiere la acción de la peste en la ciudad de Orán y sus efectos devastadores.   La novela la Peste   perfila dos opuestos  entre dos de sus principales personajes: el doctor Rieux, agente sanitario esencial en la lucha contra el mal, y el padre Paneloux, clérigo y orador obstinado en extraer consecuencias religiosas del episodio. Rieux tiene clara conciencia de su misión: “Puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, acaso sea mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte”.  Frente a esta actitud propia del racionalismo científico, el padre Paneloux opone el discurso del anatema, la culpa, la condenación: “Sí, ha llegado la hora de meditar. Habéis creído que bastaría con venir a visitar a Dios los domingos para ser libres el resto del tiempo […] Esas relaciones espaciales no bastan a su devoradora ternura [la de Dios]. Quiere veros ante Él más tiempo, es su manera de amaros, a decir verdad es la única manera de amar. He aquí por qué, cansado de esperar vuestra venida, ha hecho que la plaga os visite, como ha visitado todas las ciudades de pecado desde que los hombres tienen historia”. La muerte de un niño sacude vivamente a Rieux, que “Miró a Panelux (quien había afirmado que “esto subleva porque sobrepasa nuestra medida. Pero es posible que debamos amar lo que no podemos comprender) con toda la fuerza y la pasión de que era capaz y movió la cabeza: no, padre, dijo. Yo tengo otra idea del amor y estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a admitir una creación en la que los niños son torturados”. Al comentario de Paneloux de que Rieux buscaba también la salvación del hombre el médico responde: “La salvación del hombre es una frase demasiado grande para mí. Y no voy tan lejos, es su salud lo que me interesa, ante todo”  Albert Camus diría alguna vez Soy un hombre exhausto y desilusionado; es imposible vivir sin sentido, pero frente a la desesperación, he encontrado motivos para tener esperanza. Por encima de todo, valoro la vida. Me encuentro en algo así como un peregrinaje; buscando algo que llene el vacío que siento y que nadie más conoce. El público y los lectores de mis novelas, aunque ven ese vacío, no encuentran las respuestas en lo que están leyendo. Estoy buscando algo que el mundo no me da». Camus sintetiza así su itinerario espiritual con un personaje del Evangelio: «Me siento totalmente identificado con Nicodemo, porque no comprendo eso que Jesús le dijo de que tenía que volver a nacer. Pero eso es lo que yo quiero, es a lo que yo quiero comprometer mi vida. ¡Voy a seguir luchando por alcanzar la fe!».