Archive for the 'Narrador' Category

08
Nov
08

La miglioria della morte

 

 

Leonardo Casas/CUARTOSCURO.COM

Leonardo Casas/CUARTOSCURO.COM

Por: Erik García Muñoz

El médico sueco Axel Munthe, autor de La historia de San Michele, describió acusadamente hace más de 100 años un fenómeno que aún intriga al pensamiento del ser humano actual: una moribunda mujer anacaprense, víctima de la terrible tuberculosis que parecía no tener cura en aquella época en la cual no había antifímicos y que fue descrita como el mal del siglo XIX, comenzó a mostrar señales de mejoría clínica y psicológica momentos antes de su muerte.

Este fenómeno fue llamado por uno de los parientes de la enferma como la miglioria della morte y, pese a que ha pasado más de un siglo desde aquella descripción, es un tema que aún hoy en día se comenta constantemente en los pasillos de hospitales y en los cuartos donde residen los moribundos.

¿Qué médico no podría contar la experiencia de ver mejorar a un paciente antes de morir? O tal vez usted, lector de Sábado, haya sido testigo de este particular acontecimiento.

El fenómeno se describe en obras literarias de todas las épocas y regiones pues es la muerte un fenómeno que por su naturaleza obligatoria e irrefutable, inspira la imaginación dándole tintes mágico-supersticiosos, religiosos y hasta científicos. La literatura es un medio de comunicar por medio de la palabra escrita la interpretación de la naturaleza por el hombre observador y, por eso, siempre ha habido textos que conmemoran y mitifican la muerte, le dan un valor sentimental o simplemente la describen.

Así es como se puede leer que los héroes troyanos gemían sus últimos gritos de pasión después de ser traspasados por los filosos hierros aqueos, como lo sucedido con Héctor y su mortal combate contra Aquiles relatado en La ilíada, de Homero: momentos antes de morir y ya atravesado su cuerpo por la divina espada de Aquiles, exclamó: “Te lo suplico, no me abandones a los perros. Entrégale mi cuerpo a mi padre”.

Otros autores geniales de la literatura universal no han sido ajenos a esto; Shakespeare, en su tragedia Romeo y Julieta, describe el suplicio de la joven Capuleto que al ver a su marido muerto se clava el puñal de Romeo en su cuerpo al tiempo que exclama: “¡… cúbrete aquí de herrumbre y dame muerte!”.

¿Y qué decir de la magna obra de Cervantes en literatura española? Alonso Quijano, cuerdo por fin y desdeñando sus anteriores hazañas como Don Quijote de la Mancha, en su lecho de muerte dicta el testamento donde le pide disculpas a Sancho, a su sobrina y al mismo Cervantes por sus locuras y disparates.

¿Qué pasa en los momentos antes de la muerte? ¿Por qué pareciera como si la gente instantes antes de morir puede mostrar su pasión o, por lo menos, un soplo de vida? En este punto, la ciencia ha tratado de resolver el y los conocimientos actuales de la neuroanatomía, neuroquímica y neurofisiología dan la pauta para la resolución del misterio o cuando menos una versión racional. El cerebro tiene estructuras formadas por núcleos neuronales cuya función radica precisamente en la captación y asimilación de estímulos clasificándolos como agradables o no placenteros y, gracias a dichos conglomerados de las células nerviosas –núcleos de recompensa y castigo- los seres humanos pueden discernir entre estímulos placenteros y los peligrosos o dañinos, algo primordial para la subsistencia.

No está demás señalar que esos núcleos forman parte de un sistema encargado de la conducta y la motivación denominado sistema límbico.

Dicho sistema es un conjunto de estructuras nerviosas cerebrales que controla los aspectos de la conducta, las emociones y la motivación y, de todas sus partes la más importante parece estar en el hipotálamo que es una aglomeración de núcleos que se encuentra, como su nombre lo dice, justamente por debajo del tálamo que a su vez se sitúa cerca de la línea media del cerebro.

Además, el hipotálamo es el centro regulador de la secreción de hormonas y de ciertas actividades involuntarias –vegetativas- del cuerpo humano, como la regulación de la temperatura, cantidad de líquido, frecuencia cardíaca, presión arterial y del hambre.

Fácilmente se puede relacionar el porqué ciertos estímulos emocionales como el miedo, la cólera o el deseo sexual se relacionan con mecanismos vegetativos como la sudoración y el aumento de la frecuencia cardíaca, entre otros en los cuales el sistema límbico parece fungir un papel importante en la conducta emotiva de miedo o aceptación a la muerte y las respuestas endocrinas y de motivación que estos estímulos generan a través de sus interconexiones con la corteza cerebral.

Una de las claves pudiera encontrarse en los neuropéptidos –sustancias cerebrales- llamadas endorfinas, que actúan sobre los centros de placer del cerebro en receptores específicos.

Estos péptidos, junto con otros opioides (llamados así por su semejanza con la molécula de la morfina, un derivado del opio) han sido descritos como reguladores del placer y del dolor además de tener un rol importante en la actividad de la conducta; altas dosis de endorfina en el del cerebro demuestran que se disminuye la conducta pasiva del individuo llevándola al estado de euforia característico de los adictos al opio.

Las endorfinas se liberan secundarias al stress, tal como el miedo a morir o la sensación de muerte inminente, circunstancias que pueden generar inhibición del dolor y sentimientos de bienestar o euforia como los de los pacientes moribundos. De hecho, se han implicado en las denominadas experiencias cercanas a la muerte (NDE, por sus siglas en lengua inglesa) que son sensaciones placenteras o no placenteras, relacionadas con el cielo o el infierno en pacientes que se encontraban en sucesos cercanos a la muerte.

Pero, no obstante las implicaciones científicas y técnicas éstas son sólo conjeturas que no explican en su totalidad los procesos mencionados, aparte de que la investigación de esos sucesos seguirá siendo dificultosa por las implicaciones éticas y metodológicas que tienen los experimentos con pacientes moribundos.

En cambio, no hay duda de que la muerte continúa y continuará siendo siempre un misterio para el hombre, pues no parece haber ciencia que explique el qué sucede después de ella a pesar de que las fronteras de lo sobrenatural con lo natural han ido siendo superadas en el proceso de los siglos. Xavier Bichat, uno de los médicos más importantes para el conocimiento médico actual, escribió en su libro Recherches physiologiques sur la vie et la mort, publicado en 1800, que “suele buscarse en consideraciones abstractas la definición de vida; se le encontrará, creo, en esta noción general: la vida es el conjunto de las funciones que resisten a la muerte […] Es tal, en efecto, el medio de existencia de los cuerpos vivientes, que todo cuanto les rodea tiende a destruirlos”.

De ahí, que el considerar el pensamiento de muerte como parte de la propia existencia, y el hecho que cada uno de los sucesos relacionados con la muerte sea individual origina que los patrones de la conducta del ser humano -el único ser vivo capaz de reconocerse individual, pensante y mortal- sean distintos en cada uno de los hombres, de manera que no se puede generalizar sobre una reacción emotiva universal humana pero sí –siempre- de la existencia de alguna.

Sea el punto de vista que usted, señor lector, le quiera dar –filosófico, psicológico o biológico- la muerte siempre será un punto de fascinación para el ser humano y, por lo tanto, un conflicto que se verá relatado invariablemente en la obra literaria.

 

 

 

24
May
08

El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno

J. D. Salinger

Alianza Editorial©

 

Capítulo 5

 

  

Los sábados por la noche siempre cenábamos lo mismo en Pencey. Se suponía que era una gran cosa porque nos daban un filete. Apostaría mil pavos a que lo   hacían porque los domingos venían al colegio un montón de padres, y probablemente Thrurner se imaginaba que todas las madres preguntarían a sus niñitos qué habían cenado la noche anterior y que ellos dirían –Un filete-. Menudo timo. Deberían haber visto los filetes. Unas cosas secas y duras que casi ni se podían cortar. La noche que había filete, siempre te daban un puré de patata lleno de grumos y, de postre, un bizcocho que nadie comía, excepto quizá los críos de la elemental, que qué sabía, y tíos como Ackley, que comían lo que fuera.

Pero cuando salimos del comedor fue muy bonito. Había como seis centímetros de nivel en el suelo y seguía nevando como un loc. Estaba todo precioso y empezamos a tirar bolas y a hacer el indio por todas partes. Fue una chiquillada pero nos divertimos mucho todos, de verdad.

No había quedado con ninguna chica ni nada, así que yo y un amigo mío, Mal Brossard, que estaba en el equipo de lucha libre, decidimos irnos en autobús a Agerstown a tomar una hamburguesa y quizá ver una asquerosa película. Ninguno de los dos tenía ganas e pasarse la noche entera sin mover el culo de sitio. Le pregunté a Mal si le importaba que viniera Ackley con nosotros. Se lo pregunté porque Ackley, los sábados por la noche, nunca hacía nada más que quedarse en su habitación y reventarse los granos o algo así. Mal dijo que no le importaba, pero que no le volvía loco la idea. No le caía muy bien Ackley. Bueno, pues nos fuimos los dos a nuestras habitaciones a arreglarnos y todo eso, y mientras me ponía los chanclos y todo ese rollo le grité a Ackley si quería ir al cine. Podía oírme perfectamente a través de las cortinas de la ducha, pero no contestó enseguida. Era de esa clase de tíos que odian contestarte enseguida. Al final vino a través de las malditas cortinas y se quedó de pie en el borde de la ducha y me preguntó quién iba conmigo. Siempre tenía que saber quién iba. Juro que si ese tío naufragara en un sitio y fueran a rescatarle en una puñetera barca, antes de subir siquiera querría saber quién era el tío que iba remando. Le dije que iba Mal Brossard. Dijo:

Ese desgraciado… bueno. Espera un segundo-. Cualquiera diría que te estaba haciendo un gran favor.

Tardo como cinco horas en arreglarse, mientras tanto me fui a la ventana, le abrí e hice una bola de nieve directamente con las manos. La nieve estaba perfecta para hacer bolas. Pero no la tiré ni nada. Fui a tirarla. A un coche que estaba aparcado al otro lado de la calle. Peor cambié de idea porque el coche estaba muy bonito y muy blanco. Luego fui a tirarla a una boca de riego, pero también estaba demasiado bonita y demasiado blanca. Al final no se la tiré a nada. Todo lo que hice fue cerrar la ventana y pasar por la habitación con la bola, aprentándola. Todavía la llevaba cuando, un poco después, yo, Brossard y Ackley subimos al autobús. El Conductor abrió la puerta y me obligó a tirarla. Le dije que no iba a tirársela a nadie pero no me creyó. La gente nunca te cree.

Brossard y Ackley ya habían visto la película que ponían, así que todo lo que hicimos fue comer un par de hamburguesas, jugar un rato a la máquina del millón y luego volver a Pencey en autobús. No me importó no ver la película. Se suponía que era una comedia, con Cary Grand y toda esa basura. Además, ya había ido al cien con Brossasrd y con Ackley. Los dos se rían como hienas de cosas que no tenían ninguna gracia. Ni siquiera me gustaba estar sentado a su lado en el cine.

Sólo eran las nueve menos cuatro cuando volvimos al dormitorio, Brossard era una adicto al bridge y empezó a buscar por todo el dormitorio a alguien con quien jugar una partida. Ackley, para variar, aparcó en mi habitación. Sólo que en vez de  sentarse en el brazo del sillón de Stradlater se tumbó en mi cama con la cara y todo en mi almohada. Empezó a hablar con una voz muy monótona y a toquetearse todos sus granos. Le lancé mil indirectas, pero no pude librarme de él. No hacía más que hablar con un voz muy monótona de una chica con la que se suponía que había tenido relaciones sexuales el verano anterior. Me lo había contado ya como cien veces. Y cada vez que lo contaba era diferente. Una vez te decía que se la había tirado en el Buick de su primo, y al rato que se la había tirado debajo de un entablado de la playa. Naturalmente, era puro cuento. Era el tío más virgen que he visto en mi vida. Dudo que ni siquiera hubiera metido mano a nadie. Bueno, pues al final tuve que decirle por las buenas que tenía que escribir una redacción para Stradlater y que tenía que largarse para que pudiera concentrarme. Al final se largó, pero después de tomarse su tiempo, como de costumbre. Cuando se fue, me puse el pijama, el albornoz y la gorra de caza, y empecé a escribir la redacción.

Lo malo es que no podía pensar en ninguna habitación, ni en ninguna casa, ni en nada que pudiera describir como había dicho Stradlater. De todos modos no me vuelve loco describir habitaciones ni casas. Así que lo que hice fue escribir acerca del guante de béisbol de mi hermano Allie. Era un tema muy descriptivo. De verdad. Mi hermano Allie tenía un guante de fielder de la mano izquierda. Era zurdo. Pero lo descriptivo era que tenía poemas escritos en los dedos y en la bolsa de la palma de la mano por todas partes. En tinta verde. Los escribió para tener algo que leer cuando estaba en el campo y no bateaba nadie. Ahora está muerto. Tenía leucemia y murió cuando estábamos en Maine, el 18 de julio de 1946. Les habría gustado.

Tenía dos años menos que yo, pero era como cincuenta veces más inteligente. Era inteligentísimo. Sus profesores escribían continuamente a mi madre para decirle que era un placer tener en su clase a un niño como Allie. Y no lo decían por decir. Lo decían de verdad. Pero no era sólo el más inteligente de la familia. Era también el mejor en muchos otros aspectos. Nunca se enfadaba con nadie. Se supone que los pelirrojos se enfadan con mucha facilidad, pero Allie nunca se enfadaba y eso que tenía el pelo muy rojo, Les diré lo rojo que tenía el pelo. Empecé a jugar al golf cuando tenía sólo diez años. Recuerdo una vez, el verano en que tenía como doce años. Estaba jugando y todo eso, y tuve el presentimiento de que si me volvía de repente vería a Allie. Así que me volví y, justo, estaba montado en su bici al otro lado de la cerca –había una cerca que rodeaba todo el campo de golf-, y pude verle allí sentado como a ciento cincuenta metros de distancia mirando cómo jugaba. Así de rojo tenía el pelo. Dios, qué buen chico era. A veces, en la mesa, pensaba en algo y se reía tanto que casi se caía de la silla. Yo tenía sólo trece años y hasta pensaron llevarme a que me psicoanalizaran y todo, porque rompí todas las ventanas del garaje. No les culpo. De verdad. La noche en que murió dormí en el garaje y rompí todas las malditas ventanas con el puño sólo porque sí. Hasta quise romper todas las ventanillas del coche que teníamos aquél verano, pero entonces me había roto la mano y todo y no pude hacerlo. Fue una estupidez, lo reconozco, pero es que ni siquiera me daba cuenta de lo que hacía, y es que ustedes no conocían a Allie. Todavía me duele la mano algunas veces, cuando llueve y eso, y no puedo cerrar el puño –muy fuerte, quiero decir-, pero aparte de eso no me importa mucho. Quiero decir que no pienso ser un maldito cirujano, ni violinista, ni nada de eso.  

Bueno, pues sobre eso fue sobre lo que escribí la redacción de Stradlater. Sobre el guante de béisbol de Allie. Daba la casualidad de que lo tenía en la maleta, así es que lo saqué y copié todos los poemas que estaban escritos en él. Todo lo que tuve que hacer fue cambiar el nombre de Allie para que nadie supiera que era mi hermano y no el de Stradlater. No me volvió loco hacerlo, pero no se me ocurrió otra cosa que fuera descriptiva. Además, creo que me gustó escribir sobre eso. Tardé como una hora, porque tuve que usar la asquerosa máquina de escribir de Stradlater, que se atascaba todo el rato. No usé la mía porque se la había prestado a un tío que tenía su habitación más adelante en el mismo pasillo.

         Eran como las diez y media, creo, cuando la acabé, Pero no estaba cansado, así es que me puse a mirar por la ventana un rato. Había dejado de nevar, pero de vez en cuando se oía a algún coche que no arrancaba. También se oía roncar a Ackley. Se le oía a través de las puñeteras cortinas de la ducha. Tenía sinusitis y no podía respirar bien cuando dormía. El tío tenía de todo. Sinusitis, granos, unos dientes repugnantes, halitosis y unas uñas asquerosas. Era imposible no sentir un poco de lástima por ese pobre hijo de puta.

 

 

*Cortesía Alianza Editorial©

 

 

Convoca Alianza Editorial, El Fondo de Cultura Económica y el Instituto Mexicano de la Juventud a la jornada de lectura “leer es poder” que tiene por objetivo acercar a los jóvenes a la lectura a través del libro El guardián entre el centeno, escrito por J. D. Salinger.

 

Esta novela tendrá una reflexión con el ensayista Antonio Saborit el viernes 30 de mayo en la librería del Fondo Rosario Castellanos del Centro Cultural Bella Época, ubicado en Tamaulipas 202, Col. Condesa.

 

***El guardián entre el centeno es una novela que se calcula ha sido leída por 65 millones de jóvenes.

 

24
May
08

La Flor y el Barro

 

  Teresa Solbes de Menéndez

 

La otra tarde asistí a una despedida de soltera que me llamo mucho la atención.  Después de que el ánimo se acomodara al ambiente, pude observar que las personas allí asistentes éramos muy diferentes entre si, al menos en apariencia, no en cuanta a genero porque ése era exclusivo del universo femenino, -el único detalle que nos uniformaba-, natural si pensamos lo que allí se celebraba, sin embargo, las edades se cruzaban, también la forma de vestir; estaba presente desde lo más avanzado de la moda hasta lo tradicional riguroso. Era como una torre de Babel donde parecía que nadie se iba a entender con nadie. En cuanto pude penetrar por completo la penumbra de la sala y distinguir la dislocada disparidad de personajes pensé: Esto puede resultar interesante.  

 

   Al poco tiempo de que me pusieran una copa en la mano, me encontré charlando con una mujer que medio chapurreaba el español, lo que le daba un toque marcial ¿será una espía?. No, descarte la idea enseguida, hoy los espías se cuelan por otros agujeros. Lo cierto es que después de tratar inútilmente de saber quienes éramos y que decíamos, terminamos chocando nuestras copas y riéndonos de la absurda situación, pero mujeres al fin, estuvimos hablando hasta por los codos, ella con sus chapurreos y yo con los míos; no entendíamos muy bien lo que nos decíamos pero se notaba que había empatia. En esas andábamos cuándo de repente, una voz nos pide silencio y anuncia a un poeta amigo de la familia, no recuerdo su nombre, pero si su procedencia: Chileno, de Santiago de Chile. Las voces callaron y el poeta cantó. Sus versos eran de irritante pesimismo; negaban la amistad, el amor, la bondad de cualquier sentimiento. Daban ganas de correr y salir de allí antes de que se organizara un suicidio masivo en honor a la desconfianza. Frenando el primer impulso sentí que los versos, a pesar de todo, también eran temblorosos lamentos de ausencia y añoranza de algún cuerpo, de las tonalidades y temperaturas de su piel, de la profundidad de su mirada. Al abrirse el coloquio con que el acto concluiría, mi reciente amiga, la rusa, se dejó escuchar con su  marcial español: ¿Por qué la clase de amor que inspiraba al poeta se refería a lo material y jamás al espíritu que sin duda animaba aquella carne? El poeta respondió que, para él, el cuerpo y el alma eran la misma cosa. Esto empieza ponerse divertido, me dije, al ver el montón de manos que pedían hablar, pero como las manos no son la boca, no hablaron.

 

  Después de unos minutos de confusión, el murmullo de las voces fue en aumento. -Se nota que el ánimo va caldeándose. -Pensé.  Cierto, éste iba apoderándose de las almas y cuando el fuego estuvo a punto de mostrarnos su bao, la misma voz de hacía un rato pidió de nuevo silencio. Un maestro de Zen nos explicaría el nombre de la postura de loto: se trata de una preciosa flor que flota en la superficie de las aguas gracias a que hunde sus raíces en el cieno del fondo; el cieno, -continuo el maestro- es nuestro cuerpo, digno de ser querido porque aísla nuestro espíritu, y no habría sin él ni ideas bondadosas ni comportamientos solidarios.

 

   Amiga como soy de cavilar cuando amerita, el dilema se me revelo como materia urgente. No se trataba de la flor y su aroma sino de la flor y el barro que la aguanta…

 

   La despedida de soltera más extraña a la que he sido invitada terminó después de entrar en grandes debates filosóficos sobre el alma, el cuerpo y, las renuncias del corazón que tanto dolor causaban a ambos. Me fui a casa pero mi mente revolvía en los recuerdos. Alguna vez me habían enseñado que el cuerpo era la jaula que el hombre vive cargando. Y me lo habían dicho tan claro que jamás lo olvidaría. Quizá por lo mismo, mi sorpresa. Hasta esa tarde no se me despertó la ociosidad de pensar en la carne separada del alma -¡Qué tontería! apaga la luz y duérmete.

 

   No me dormí, con sigilo atravesé la salita que separa mis libros de mi cama y palpe a tientas, encendí la pequeña lámpara y vi que tenía en mi mano La Biblia. Repase, leí pasajes, salmos, parábolas, y descubrí que durante muchos años viví engañada. El propio testamento de Cristo lo explica. Cristo entiende la carne como un todo con su ánima. Cuando los salmos dicen “mi carne”, dicen “yo”. No es algo que “yo tengo” y es distinto a mi. “El Verbo se hizo carne”, comer el cuerpo de Cristo, para los cristianos, significa integrarse en Él entero, usar la carne como aproximación y vía de conocimiento porque la emoción también razona y el pensamiento siente. Todo es uno y lo mismo: una alteración somática, cualquier pequeño catarro, influye en la razón y en los mas elevados sentimientos. Al principio es el cuerpo. Con él pisamos la puerta de este mundo. No es ni un esclavo ni un enemigo íntimo y rebelde. Es la vía a través de la que aparece el sujeto hombre independiente.  Su individualidad. El cuerpo y el alma no son siquiera dos aspectos ni dos manos ni dos poderes fundidos, son las dos caras de una misma moneda. Son el corazón único. Sin los órganos del cuerpo, el alma no siente ni padece. El ojo se deleita en la hermosura de una flor; aspira su aroma la nariz; los dedos acarician sus pétalos y nos parece hermosa aunque el lodo esté ahí. Y todo eso somos, no dos fronteras donde se pelean el cuerpo y el alma.

 

    Bien, ya llegué a la conclusión, podré dormir en paz pero ¿quién  gobierna ese conjunto maravilloso que todo percibe y disfruta con ello?. La OPEC, La Globalización Excluyente   y sus secuaces. Por eso estamos como estamos: Alma y cuerpo hundidos en el barro de donde a veces, ni el corazón puede salvarnos.

 

 

 

17
May
08

El timón dorado

Arturo Gudiño

 

A partir de ahora se abren las puertas del vacío hacia una realidad intransitable. Vemos a un marinero contemplando un cielo desprovisto de signos, con los cuales pudiera orientar su timón con mano firme. Sólo después de varios años de intensa búsqueda las cosas se acomodan apareciendo ante sus ojos un faro derruido, aunque más bien es una vieja lámpara de keroseno que alumbra la sonrisa de un fantasma quien no se avergüenza de sí mismo.

Las coincidencias aparecen de repente como una cascada que impide ver la luz del otro lado de una tormenta, misma que se convierte en un fenómeno meteorológico desprovisto de catástrofes. Sin embargo aquí adentro, en este tornado simbólico, un viejo duende se empeña en resucitar los artificios de su memoria, como si no existiera distancia alguna entre sus sentimientos y sus consecuencias. Vuelve así a ponerse en evidencia el punto neutral a partir del cual se derivaron todos los delirios que hicieron de cada mañana una fiesta, y de cada noche un funeral. Otro punto más aparece en el ocaso, y uno más al amanecer. Desde allí se definen las fronteras que todavía no han sido rebasadas y los placeres que no han sido consumados, porque todavía quedan sudores que experimentar e intentos de liberación por diseñar.

De esta manera queda demostrado que se sigue huyendo de la fatal manía de poner nombre a las cosas. La multitud nos persigue para preguntar los nombres de cada uno de los instantes contenidos en un drama onírico, escrito desde lugares insospechados y en el momento menos pensado. No sabe la gente que los naipes suelen caer sobre la mesa revelando el destino de las personas… todas, menos una. Es así que cada espacio vacío debe ser visitado por esqueletos en potencia, quienes son definidos mediante trucos de nuestra propia mente.

Y mientras las cosas empiezan a caer por su propio peso, y el tiempo comienza a fluir en la dirección correcta, el único alivio que nos queda es pasar la noche moliendo café, como si esta actividad fuera garantía de poder empatar los acertijos con sus soluciones. 

Una nueva época ve la luz, corrigiendo así la encrucijada que la vio nacer. La diosa de la noche se ha engullido todas las fallas perpetradas durante el día, provocándose a sí misma una indigestión que le llevará siglos poder aliviar. Bajo su manto nocturno se escucha el lamento del marinero que guía el timón dorado de su embarcación con velas verdes y negras, y quien está cansado de buscar sirenas en las aguas más profundas, cuando quizá la musa que le hace falta se halle esperándolo en uno de tantos puertos por los que ha paseado su galeón.

De pronto los mares surcados traen como recuerdo el nombre de esa pieza inconclusa que hace falta en su cerebro. Es posible que sus ojos vuelvan a mirar hacia adentro para perderse en nuevos laberintos de la memoria, y entonces, mediante las imágenes internas de una de tantas ciudades del mundo, su mente creará un espectáculo que lo acabe de despertar del letargo provocado por haber padecido incontables tormentas.

A pesar de ese espectáculo inminente, los minutos transcurren en medio de un silencio aterrador. Nada relevante sucede, y por lo tanto se siente la penosa urgencia de regresar a corregir las horas que se han escapado de nuestras manos. Es necesario recuperar la respiración y perdonar las fallas que nosotros mismos provocamos, para después sentir el amor a unos cuantos centímetros de nuestros brazos. Es necesario regular de vez en cuando los sobresaltos del corazón, para así poder cerrar los ojos y luego abrir nuestra mente al lenguaje que nace y muere al atardecer, quedando inscrito en el lapso incierto bordeado por la vigilia.

Los años pasan sin perdonar las viejas omisiones, pero al menos suele quedarnos el consuelo de que realmente nos propusimos clausurar todas las fugas de nuestra voluntad, a la espera de que un huracán de palabras sirviera como impulso para tomar el timón y así salir en busca de nuevas sirenas, nuevos espectros que mantuvieran la ilusión de que, al menos en momentos de alegre creatividad, se estaba cumpliendo la misión que suele inventarse cada día con el fin de disfrutar breves instantes de locura.

No obstante, nada de lo anterior puede subsistir a menos que este miasma de palabras sea visitado por un relámpago revitalizador, un destello cósmico que resucite a la gramática de su estado de latencia; un estruendo luminoso que haga saltar cada vocablo desde la garganta en que fue creado. De no ser así, habrá que conceder un espacio a dos sarcófagos milenarios con sus respectivos dioses adormilados: Isis tendría que ayudarnos a encontrar las partes dispersas de su amado… todas menos una. Y una vez concluido el rompecabezas, podríamos sostener una conversación interesante con Osiris, rogándole nos auxiliara a descifrar la interminable lista de incógnitas que se han ido acumulando a través de los siglos. Siendo él un conocedor del inframundo, podría entonces revelarnos los secretos de la energía que se oculta dentro de las horas solitarias, así como en los sueños y pesadillas, o en los versos que no han sido escritos a causa de la oscuridad que está repleta de interrogantes.

Es así que descubrimos que Osiris es un dios de la oscuridad: con él son más las dudas que las certezas, y son más los pasos en falso que los caminos libres de escollos. No hay cielos despejados ni días completamente felices. Osiris es un dios negro, y tratar de descifrarlo es caer en nuestras propias trampas. Aquí es cuando volteamos los ojos hacia las montañas, yendo en busca de un paraje solitario en donde poner a reposar nuestros huesos adoloridos.

Estando seguros de que no hay nadie alrededor, tocamos el suelo con nuestra frente, como para percibir las vibraciones provenientes de las entrañas de la tierra a la que intentamos arrancarle sus secretos. Pero como esta acción es totalmente infructuosa, llega el momento de sentarnos con las piernas cruzadas y los brazos extendidos. Es tiempo de liberar los terrores de la mente, e igualmente aliviar el dolor producido por malos sentimientos y por la pesadez acumulada durante tantos años de preocupación.

Con los poros abiertos para captar más el oxígeno de las montañas, procesamos la energía necesaria a fin de dar paso a nuestra propia desintegración. Nuestros músculos se derriten para ser absorbidos por el suelo, nuestra sangre va a dar a los arroyos de la montaña, nuestros órganos y vísceras se convierten en banquete para las aves viajeras, hasta que no quedan más que nuestro cerebro y nuestro corazón, con cuyas pulsaciones se definen los últimos instantes de conciencia. Del cerebro se desprende un pensamiento que va a dar al vacío mientras que del corazón se deja sentir un exiguo latido, como un modesto testimonio del amor que allí llegó a habitar.

Una vez desaparecido el ser integral, nuestros pensamientos y recuerdos vuelven a flotar con total libertad, persiguiendo quizá una mano que quisiera hacer tangibles los recuerdos, o un rayo de sol que evapore los pensamientos por completo; un soplo de viento que esparza tenues suspiros en todas direcciones, o un timón dorado que otorgue un rumbo nuevo a las pasiones que han sido convertidas en palabras.

01
Mar
08

Y VA DE FÁBULA: DUENDES VAMPIROS Y GOBERNANTES

 Teresa Solbes de Menéndez

Algo huele mal en el ambiente ¿serán las extrañas partículas que arrastra el fuerte viento?.  ¿El mal humor de los citadinos cansados de no ver las estrellas, de la escasez de agua, de las promesas que no se cumplen, o del mal de ojo que parece nos ha lanzado un tuerto?. Sin embargo no nos queda más remedio que bailar al son que tocan, ya que tocar a las puertas no tiene caso, no se abrirán, mucho menos si son delegacionales, y si pertenecen a las de la  Miguel Hidalgo, para qué les cuento, hace casi dos veranos que a la ventanilla de “Quejas” le colocaron el letrero de “Cerrado por Vacaciones” y aun no se lo quitan.      Ayer en la televisión escuché y vi, al maestro Monsivais durante una entrevista que le hicieron desde España. Entre todo lo que dijo, me quedo con la imagen que nos brindó sobre México: “Mi tierra es una novela siempre por escribir, sus argumentos son infinitos. Los sucesos que vivimos día a día sólo se superan tomándolos como pura fabulación, de lo contrario la depresión nos ahogaría.”  Esta es una forma muy práctica de evadir la realidad, pero no está al alcance de cualquiera porque cuesta mucho evadirse de algo tan obvio cómo lo es el que los ciudadanos estemos solos frente al peligro.    Lo que la imaginación del escritor más plegado hacia su alma pueda crear se quedará trunco. Por más que recorra el mundo de las palabras siempre le faltará alguna para describir lo que pasa en México. Cotidianamente sufrimos todo tipo de asaltos sin importar el horario ni el lugar.  -Esto es cosa de duendes. Exclamó mi vecina Margarita cuando charlábamos del asunto.  ¿Será?. De inmediato atrapó mi mente uno más de los recuerdos entrañables que conservo de mi abuela. Contar leyendas para ella eran como coser y cantar, le salían solas, y a nosotros nos tenía quietos y boquiabiertos  mientras ella desplegaba su magia y se transformaba; tan pronto era la princesa como la bruja, la niña perdida en el bosque como el hada madrina que la salvaba de las garras del feroz dragón. Eso eran historias y no las que cuenta la tele a los niños de hoy ¿o tendré que decir que aquellas eran  abuelas y no las actuales?. Ellas practicaron la virtud de la prudencia, trabajaron sin hacer ruido, calladas y rodeadas de misterios. Secretos que guardaban en lo más profundo de su corazón. Amigas de las fábulas y de los duendes, mágicos carceleros de sus cuitas. Las abuelitas bordaban, tejían, rezaban. En la actualidad no sueltan el celular, manejan la computadora, si hace falta se montan en la moto del nieto y, en algunos casos, en vez de rezar cantan al compás del Karaoke pero, a lo que iba ¿será cierto que lo que padecemos en este país es por qué los duendes andan sueltos? ¿Quiénes son los duendes? Según Patrick Harpur, filosofo,  escritor y estudioso del tema, en su libro “Realidad Daimónica” nos dice que son pequeños seres,  criaturas diminutas que  operan entre nosotros  sin que nos percatemos;  habitan la noche y se ocultan entre la maleza  de los bosques,  descansan en las grandes piedras de los ríos   y su alimento preferido son los caracoles de mar.  Se divierten gastándonos bromas de todo tipo.   Mi abuela también creía en ellos, y nos contaba que los humanos de vez en cuando tenemos que calmar sus espíritus traviesos para que no nos pellizquen. Tenía una extraña tendencia a creer que todo lo que se pierde es porque los duendecillos se lo llevan; solía decir que si uno los consiente y sobre todo cree en ellos, devuelven lo que nos quitan. La última oportunidad que tuve de contactar con  estos seres fue cuando mi abuela perdió su ganchillo de hacer puntilla. Revolvimos la casa y aquél no aparecía. De repente un día exclamó: -No perdamos más el tiempo, llevo muchas noches ignorándolos, antes de acostarme les llenaré el plato de leche y ya verán como mañana aparece mi ganchillo. El plan funcionó, por la mañana la leche se había evaporado y el ganchillo apareció en la cocina junto al fregadero.   ¡Ignorar a los duendes!. ¿No será eso, lo que hacen muchos gobernantes? Grandes sesiones, grandes banquetes, grandes reuniones hablando de grandes tratados para terminar con lo mismo: Hay que ser más competitivos si queremos crecer.    ¿A dónde van a parar tantas palabras cansadas, tantas ideas revueltas?  ¿Serán barrabasadas de los pequeños daimÓnes? Vamos a fabular como nos sugiere Carlos Monsivais.    Érase unos duendes que se encontraban irritados por los malos manejos de quienes pretendían gobernar a sus pueblos. -Ya basta, -dijo el anciano más respetable de todos los daimónes- tomemos represalias contra tanto propósito descompuesto. Y cuenta la fábula que así lo hicieron. Una noche oscura se internaron en la niebla espesa de las mentes tenebrosas de los gobernantes que, empeñados en decretar “Ordenes” para las vidas de los ciudadanos en lugar de poner Bienestar en ellas, se les olvidaba gobernar. Los duendes una vez adentro de aquellas mentes cercenaron con un bisturí muy afilado, todos los egoísmos y amores propios que tanto mal causaban a los países. No hubo descanso hasta que los duendes alzaron sus voces: Más escuelas y menos hambre. Menos acribillados. Más educación y mayor condena para los corruptos. Las maltrechas mentes tuvieron que ceder y cuentan que desde ese entonces…    Y yo me digo, si los duendes esconden nuestra alegría, nuestro sol y las estrellas haciendo que brillen estos sinvivires que padecemos ¿no será porque nos están llamando la atención? -Date tiempo para llenar un plato de leche, es fundamental preocuparse de quien tiene sed. Los duendes avisan: -Es inhumana una sociedad que no tiene espacio para la magia, la compasión…    Escuchémosles, quizá algún día también nos devuelvan lo que se llevan los vampiros a pleno sol.                                               

23
Feb
08

EL CRI – CRI DE MARIO IVAN

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Raúl Díaz 

Mario Iván Martínez es, sin duda, uno de los actores más completos que tenemos; formado en la rigurosa escuela inglesa tuve el placer de trabajar con él cuando, recién regresado de la vieja Albión, aceptó trabajar en la pequeña obra Mozart y Salieri de Pushkin cuando, con dos pesos, organicé el Primer Festival de Teatro y Música de la Ciudad de México, que antecedió en varios años al denominado Gran Festival Ciudad de México que si contó con todo el dinero del mundo. Recién desempacado, como es natural, no contaba Mario Iván con el justo reconocimiento y fama de que ahora goza pero, si dejaba ver ya claramente su calidad de actor. El recuerdo me llega mientras contemplo su espectáculo Descubriendo a Cri-Cri que todos los domingos, hasta marzo, está presentando en el Polyforum Cultural Siqueiros y que, como su nombre indica, es un espectáculo dedicado al gran Francisco Gabilondo Soler, creador de El Grillito Cantor y quien el año pasado cumpliera sus primeros cien años de nacido .  De aquel Mozart y Salieri al Cri-Cri de hoy mucha y fructífera agua ha pasado bajo los puentes de la creatividad de este actor que, entre otras imágenes, dejara un recuerdo imborrable con su Dr. Brown de la película Como agua para chocolate, a más de presentarse en calidad de narrador-conductor en programas especiales con algunas de nuestras principales orquestas sinfónicas y es que, como anotaba al principio, Mario Iván es de lo más completo que tenemos y así, aparte de su formación actoral posee una sólida formación musical lo que le permite incursionar con éxito en diversas disciplinas (es un estupendo contra tenor, cosa que no todos saben), y combinar esas disciplinas para crear espectáculos destinados a temas o personajes específicos, tal el caso que ahora nos ocupa. Es así como desde hace unos tres años ideó la serie de presentaciones que llamó “Un rato para imaginar” que, amplia como su nombre sugiere puesto que de imaginar se trata, le permite bordar sobre muy diversos tópicos tales, “¿Conoces a Wolfi?” que, obviamente, está destinado a dar a conocer parte de la vida y obra del Divino Wolfgang Amadeus Mozart, el más grande genio musical que haya conocido la humanidad y, en un terreno muy distinto, “La leyenda de los volcanes” que nos habla de nuestras tradiciones y raíces. Así, en ocasión inmejorable del centenario del inmortal creador del grillito cantor, lo pertinente y obvio era dedicarse a Cri-Cri y el resultado es el que motiva estas líneas. Aquí está Mario Iván en su calidad de cuentacuentos, una especialidad que no todos los actores desarrollan porque, una cosa es la actuación propiamente dicha y otra la capacidad de contar un cuento es decir, trasmitir su esencia y hacer sentir las emociones de cada pasaje de manera tal que el escucha auténticamente “viva” las peripecias del cuento. Por eso afirmo que la de cuentacuentos es una especialidad que, como tal, hay que aprender, elaborar, construir, y no es cuestión de simplemente “aventarse” porque se tenga la formación de actor. Y aquí estamos pues, frente a un excelente cuentacuentos que no solo sabe narrar, crear las atmósferas precisas con su desenvolvimiento escénico, sino que sabe armar un espectáculo en el que, sin una parafernalia mayor aunque sin escatimar nada de lo necesario, se llena la escena de color, luz y alegría. Y eso es “Descubriendo a Cri-Cri”, un espectáculo de enorme dinamismo, plenamente lúdico, pletórico de colorido en el que el narrador-personajes-actor-cuentacuentos-cantante-músico y hasta bailarín y medio mago va desgranando las hermosas canciones-historias de Cri-Cri que siguen haciendo las delicias de los chicos y otros no tan chicos, y también de nosotros que ya de eso no tenemos nada y a los que, hay que admitirlo, tales canciones nos conducen a la nostalgia pero, ya sabemos, la nostalgia no es grave sino un sentimiento dulce como el grato sabor de boca que una cucharada de miel nos deja en los labios pero que…ya pasó, ya nos la tomamos. Participativo total, Descubriendo a Cri-Cri involucra a la gente que entusiasmada se presta y une al juego con lo que aquello se convierte en un jolgorio no apto para amargados o “serios y formales” pero si propio, bueno, más que eso, apropiadísimo, para chavos (de cualquier edad de los 3 hasta los 90 años, por ejemplo) alivianados que quieran revivir su visión de cómo la patita se enca…britaba porque el chorrito sus chapitas le despintó, o el no menor enojo de la olla por tener un vecino tan poco aristocrático como el comal, o bien soltar una furtiva lágrima (Donizetti dixit), al recordar las penurias de la pobre muñeca fea o, quizás, reafirmar sentimientos proletarios al recordar a quien proviene de “un barrio pobre y trabajador” o, más sencillamente todavía, quizás tan solo recordar la vocal que se parece a la cuerda con que siempre saltas tú. Y así, saltando, corriendo, bailando, contando, cantando, narrando Mario Iván Martínez va si no (para muchos) descubriendo a Cri-Cri, si seguramente recordándonoslo, haciendo (he aquí la magia) que se nos aparezca de nuevo y nos lleve allá a esos mundos que no son ignotos pero que si hemos perdido por, muchas veces, haber perdido nuestra capacidad de juego, nuestra capacidad de soñar, de imaginar. Y ese –más allá de los puramente artísticos que son muchos-, es el mérito principal de “Un rato para imaginar” y este Cri-Cri que nos devuelve a ese mundo maravilloso de riqueza infinita que es nuestra capacidad de imaginar. “Descubriendo a Cri-Cri” se presenta en el Poliforum Cultural Siqueiros (Insurgentes y Filadelfia), únicamente los domingos a la 1 de la tarde y permanecerá en cartelera solamente hasta el próximo marzo.  

16
Feb
08

RECELOMANÍA: LOBOS Y CAPERUZAS

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Teresa Solbes de Menéndez        

Dicen las estadísticas que una moda se ha impuesto: Las habladurías en perjuicio de los hombres. Al parecer ya son muchos los que se quejan de las cosas que por ahí se comentan. ¿Será cierto que la masculinidad se está poniendo a prueba. ¿Nos hemos convertido en ángeles caídos?. Ellas también se cuestionan: ¿Seremos nosotras las que nos hemos perdido entre los múltiples aspectos de la personalidad femenina a veces tan complicada?. No sé, lo que si se nota es que entre lobos y caperuzas vive la recelomanía. Un juego donde muchas mujeres estamos atrapadas, sin darnos la oportunidad de ensayar otras facetas femeninas que tan rabiosamente atractivas les resultan a ellos. Algunas temen incluso, denotar demasiado que somos el sexo opuesto. Sin embargo, no deberíamos tener miedo a algo que se nos nota tanto, mírese por donde se mire, se nos nota. ¿No será que nos hemos cansado de ser tan tradicionales? ¿Sumisas y en muchos casos soporte de todas las torpezas familiares?. La mujer ha sido educada desde tiempos remotos para ser una “multiusos” perfecta; y bien le irá si no le toca, económicamente hablando, mantener a la tribu. Nos parece del todo natural si existen hermanos y no hay posibilidades económicas, que los estudios superiores sean prioridad masculina, al fin que es mujer y ni falta que le hace conocer cuando Colón, con La Pinta, La Niña y La Santa María partió del puerto de palos. No se me enfaden los “Lobos”, porque es una realidad que aun la estamos sufriendo en muchas naciones del mundo. Siendo así, no es nada extraño que ellas, desde hace muchas décadas, vengan preparando la revolución que hoy vivimos y que nos pilla a unos y a otras, tan desubicados. Sin embargo creo que en esta batalla todos saldremos ganando, las conductas femeninas y masculinas encontraran su equilibrio. Ni los súper hombres ni la mujer dócil de otros tiempos. Tampoco la más reciente, agresiva y siempre dispuesta al ataque.   Mientras estas cosas se resuelven ¿que podemos hacer?. Bueno, no levantar falsos testimonios porque el “Lobo” puede asustarse. Ya lo decía mi abuela: El pobre del lobo feroz era más inocente que una lagartija panza arriba. Ella siempre sostuvo la idea de que Caperucita tuvo la culpa de que el perro, -porque muy lobo, muy lobo, pero perro al fin- se la comiese ya que no le quedó más remedio. ¿Fue la primer mujer en la historia y sus cuentos liberada y libertina? ¿De verdad fue el lobo culpable o inocente? Según el escritor español Alfonso Usía, era inocente, y según mi abuela, también. Repasemos: Érase que se era, una bestia peluda escondida detrás de un árbol al acecho de la inocente chica vestida de rojo. Este detalle, es lo que hizo dudar a los estudiosos del tema porque, si Caperuza sabía que el lobo rondaba por el rumbo ¿para que se viste de un color tan llamativo? Ella no desconocía el hambre del animal, si le hubiese ofrecido la cesta de la merienda, casi seguro que no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Como podemos ver, esta narración se presta a muy distintas interpretaciones. De lo que no me queda ninguna duda es de lo peligroso que resulta ir vestida de rojo despertando apetitos, sobre todo, si tenemos que subirnos en el metro. Ellos dicen que los tiempos modernos han borrado de un trazo las conductas femeninas tradicionales: la suavidad, la dulzura, la bondad y la capacidad de relación. Es más, hoy en muchos círculos estas cualidades se consideran una ridiculez, ya que la revolución sexual nos dice que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos. Visto así, ya no el lobo, cualquier conejo sale corriendo asustado al ver lo colorado que se está poniendo el panorama. Esto de la igualdad en cuanto a sexo toca, toca poco porque es una falacia. Nosotras no podemos separar la entrega del cuerpo y quedarnos con el alma inmaculada. Y no es asunto de educación, la ley natural se impone. Para el hombre el sexo puede ser casual, para nosotras resultara muy casual que lo sea porque la entrega mecánica en la mujer, casi siempre deja un cierto sabor de tristeza e insatisfacción y lo sé, porque a través de las cartas y llamadas que recibo, me lo confirman muchas mujeres de todas partes del mundo. A pesar de los anticonceptivos las cosas no cambian, no podemos transformar la naturaleza de la misma vida. Queramos o no, todavía son nueve minutos para él, y para ella, nueve meses que la acompañaran toda su existencia. La mujer sabe que en cada entrega enfrenta en potencia una nueva vida, una realidad, la realidad de ser mujer. Recelosa o confiada, vestida o no de rojo la esencia femenina siempre estará ahí, confrontando nuestra memoria, hablándole a la conciencia, reclamando lo que le pertenece. Somos nosotras las que nos embarazamos, nosotras las que parimos pero los necesitamos a ellos ante y después para que el fruto se de. Ver a la pequeña criatura en brazos de su padre es lo que más desea una mujer después de alumbrar, porque ese milagro nos llega de lo Alto pero aquí, en la tierra, es cosa de dos. Aún no se inventan implantes para la razón, ni injertos para el alma. Probetas de cristal que transparenten a la fiera que llevamos dentro, esa verdad que se esconde en el propio bosque, en lo más intimo de cada uno de nosotros cuando nos vemos frente a la persona que amamos. Este es un sentimiento predecible porque nos grita, pide salir, manifestarse con todo su brillo ¿por qué recelar? ¿de qué o de quién?, ¿del Lobo, de Caperuza? Hice una pequeña encuesta con mi vecina Margarita y me sorprendió: “Yo prefiero antes de zambullirme en el terreno de las dudas, investigar para ver de qué tipo de lobo se trata, y de ese descubrir dependerán mis recelos.”  Inteligente deducción; sólo habría que extenderla al territorio donde habitan los lobos y así, en caso de que las caperuzas se les acercasen, podrían ponerla en práctica. Bueno, eso digo yo…