Archive for the 'narrativa' Category

04
Oct
08

La mano en el desierto

Por: Arturo Gudiño

 

Las flores más coloridas estallan jubilosas por el hecho de incorporarse al espacio sideral, al tiempo que una mano gigante acomoda el infinito, de tal modo que entre el cosmos y el caos, o entre la energía y el vacío, logran crearse imágenes inconexas que despiertan a un simio de su letargo selvático. Y a kilómetros de distancia, muy lejos de esa selva, una cantante de pechos melifluos causa conmoción entre un público que lleva meses esperando su debut. Todavía más lejos, sentado en una campiña desolada, un poeta escribe inventariando todas sus pérdidas, las más inmediatas y las jamás alcanzadas. Estos acontecimientos están interrelacionados mediante una línea punteada que los lleva hacia un encuentro de palabras en el lugar menos pensado, para así alcanzar la certeza de que se acerca irremediablemente el fin.

Por si esto fuera poco, pasan por aquí todas las ninfas que podrían resucitar a un fauno petrificado, pero ninguna se queda a escuchar la música producida por su flauta de metal. Por lo tanto, el silencio es el único amigo de esa mano que acomoda las estrellas, al tiempo que la luna prefiere ocultarse tras las nubes, y por su parte las células marchan hacia su decaimiento. Las neuronas se niegan a trabajar para un cerebro obsesionado por la sonrisa del diablo. En consecuencia, el único soplo de vida proviene de una gota de sudor que se desliza entre las arrugas de una garganta afónica, la cual intenta cantar en el desierto urbano: “oooooh-lalalala, los segundos marcan el transcurso de otra noche en duermevela; oooooh-lalalala, desde las calle se escuchan los pasos de una doncella de hierro, quien ha recibido la orden de ilustrar los detalles de nuestras pesadillas.”

Se aproxima entonces un perro con cabeza enorme y cuerpo enano, olfateando las marcas aceitosas del paso de la multitud. Su nariz se pega a su propio reflejo como queriendo percatarse de la existencia de un universo alterno. Los sonidos quedan prohibidos hasta nuevo aviso; las imágenes son congeladas, mientras un eclipse transcurre en medio del terror, mismo que es exagerado por la muchedumbre. Lo único que logra captarse es la silueta de una mano que menea un tonel de ideas imposibles de materializar. Queda, sin embargo, fijada la fecha para el lúgubre encuentro de esa mano con el hacha que habrá de cercenarla. Sus aciertos y triunfos serán olvidados, mientras que su principal error, el más fatídico, habrá de marcar el destino de sus cinco dedos.

Cinco son las campanadas que anuncian el comienzo de la caída en cada ciclo. Cinco son las veces que las sirenas han dejado de cantar con el fin de comerse sus propias aletas. Cinco son las estrellas que aparecen antes del amanecer, formando una cruz que anuncia una nueva hecatombe. Los signos de la vieja mándala desparecen; los ríos se tornan una amenaza mientras las ciudades son devastadas por su propia población. Es hora de juntar las manos y rogarle a Cronos que detenga el tiempo. Es hora de sumergir los dedos en una poza que actualmente luce cinco colores: el verde claro, el azul turquesa, el triste marrón, el negro impávido y el violeta esplendoroso que se mezcla con el aroma del viento.

Tristemente, el viento del desierto trae consigo una canción llena de dudas. Las horas de frío suceden a las horas de calor, y viceversa; el peso de los minutos sucede a la carga de los segundos; el tiempo es implacable y nada puede hacerse para poner al día el conteo ininterrumpido de granos de arena, o en su caso, en otro punto lejano, para reparar las fugas que a diario se multiplican en el barco de un marinero ebrio, quien no deja de fumar su pipa a sabiendas de que el tabaco lo está matando. A pesar del mal agüero, el marinero no se inmuta, simplemente levanta el índice para conocer la dirección del viento; después levanta el pulgar para darle ánimos a los buques fantasma que pasan a su lado, y luego extiende el dedo anular tan sólo para comprobar que hace años se quedó vacío. Observa la fragilidad de su dedo meñique y la rigidez de su dedo medio, siendo éste el que precisamente utiliza para dar vuelta a las hojas de un libro que se escribe por sí mismo. Es el volumen que relata los casos imposibles, el folio que condena pasiones que pudieron haber sido y que fueron interrumpidas por líneas de la existencia que se bifurcan en un momento fatal.

Vemos así que no hay forma de flotar por encima de las horas. Tarde o temprano nuestro propio peso (o la inercia de los otros) hará que nuestras ideas se desplomen sobre el paisaje de costumbre; sobre la ciudad y sus trampas, o sobre la campiña y sus relámpagos. Queda como último recurso la posibilidad de invocar la inmensidad del desierto, con todo y sus rocas milenarias que absorben los secretos del sol, desde el amanecer hasta el ocaso. Invoquemos entonces al desierto con su tierra tan salitrosa, que a lo lejos parece un campo nevado; las montañas tan enojadas por no contar con vegetación alguna; los arbustos amarillentos y silenciosos, dispuestos a sobrevivir gracias a la brisa ocasional; el coyote y el conejo, la salamandra y la tortuga, la serpiente y el escorpión, habitantes de un paraje en donde, mediante la supervivencia, se agota hasta el último recurso.

Y sin embargo, la soledad del desierto es el mejor punto de despegue para ir al encuentro del infinito. Es el escenario ideal para abandonar la materia y convertirla en energía; deshidratarse para saltar hacia la luna convertido en un conejo místico, dispuesto a vivir de la luz reflejada desde el sol, y así enviar ocasionales rayos “iluminadores” para el asceta que busca la paz. Basta un solo destello sobre su mano, siempre y cuando su mente esté en la frecuencia correcta, para poder levantar al derrotado de su tumba, y de esta manera sea capaz de redactar por sí mismo la rapsodia que define los cambios infinitesimales de cada hora del día y de la noche.

Son entonces el sol y la luna del desierto los únicos elementos necesarios para despejar una mente aturdida y una mano adormilada, dejándolas listas para debatir los eventos fortuitos que han de ocurrir desde este punto de partida y hasta el fin de los tiempos.

 

 

 

12
Jul
08

Un divulgador del conocimiento, Arturo Azuela

Ana María Longi

 

 

La comunidad cultural de México recibió con especial agrado el reciente nombramiento del escritor mexicano Arturo Azuela como presidente del Seminario de Cultura Mexicana sustituyendo a Luis Estrada, astrónomo y divulgador de la ciencia de la UNAM.

 

  Azuela es autor de novelas imprescindibles como “El tamaño del infierno” (1973), “Un tal José Salomé” (1975) y “El don de la palabra” (1985), entre otros libros posteriores -25 o más-, igualmente exitosos a nivel internacional. Es Premio Villaurrutia 1974, Premio Nacional de Novela, Presidente de la Asociación de Escritores de México (1981-1982), miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1986, Maestro en Ciencias y Doctor en Historia por la UNAM. Profesor visitante en las universidades estadounidenses de Berkeley y Columbia, y en la de París (Nanterre). Subdirector de Literatura y Subdirector General del Instituto Nacional de Bellas Artes (1982), también fue designado Director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en 1986. Su literatura ha sido traducida a varias lenguas.

El novelista comentó acerca de los personajes ligados al Seminario de Cultura Mexicana, en los que se cuenta la pintora Frida Kahlo, en cuyo recuerdo se presenta una exposición con fotografías y documentos de su labor.

Azuela también se refirió al reinicio de co-rresponsalías internacionales en Centroa-mérica y Estados Unidos, así como la renovación de un plan de ediciones y creación de corresponsales asociados y honorarios.

El año pasado el escritor recibió el Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Zaragoza, en convenio con la Universidad de Tubingen, con la tesis titulada: “La Ruta de Goya” (crónica sociológica) que se publicará el próximo año en las instituciones europeas.

 

¿Cuáles fueron las razones que lo animaron a ocupar un cargo de  abolengo en una institución con 66 años de fundada?

 

“Bueno, pertenezco al Seminario desde 1984. Siempre he sido un colaborador no solamente disciplinado sino entusiasta y leal a las labores de la Institución. El Seminario me ha llevado a viajar por muchos puntos de la República, impartiendo conferencias o dando cursillos sobre la Literatura Iberoamericana Contemporánea. En los últimos años, a pesar de tener una salud quebrantada, no he faltado jamás a mis responsabilidades como “seminarista”. Hace unos seis meses, un grupo distinguido de miembros titulares me pidió que presidiera las labores del Seminario.

Acepté con gusto, a pesar de los problemas actuales y la necesidad de revisar sus proyectos y actualizar sus objetivos. Para mi sorpresa, hace más de un mes fui elegido por consenso unánime”.

 

¿Por qué considera estructural dentro de su plan de trabajo exaltar las figuras históricas de nuestra cultura que pertenecieron al Seminario?

 

“El Seminario de Cultura fundado en 1942, estuvo formado por los más prominentes escritores, artistas, científicos y filósofos de nuestro país. La lista de fundadores es realmente extraordinaria: Enrique González Martínez, Manuel M. Ponce, Manuel Sandoval Vallarta, Mariano Azuela, Frida Kahlo, Julián Carrillo, Diego Rivera, entre otros, dieron lustre inmediato a la Institución. Con los años se sumaron Mauricio Magdaleno, Agustín Yáñez, Carlos González Peña, Francisco Monterde, y últimamente intelectuales de la valía de Antonio Gómez Robledo, Héctor Azar, Alberto Beltrán y Manuel Henríquez. Debemos continuar con este desafío al nombrar a todos y cada uno de nuestros miembros titulares, y desde luego, publicar algunas de sus obras y darlas a conocer a las nuevas generaciones, no sólo de la Ciudad de México, sino por todo el país”. 

 

El México actual se cuestiona acerca de toda clase de problemáticas; políticas, económicas, sociales, culturales, entre otros. ¿Tiene usted planeado invitar al Seminario de Cultura Mexicana a personalidades que nos quiten el velo de los ojos, que ese foro se transforme en una fuerza clarificante?

 

“En primer lugar, en el Seminario contamos con miembros titulares de altísimo nivel que pueden participar en mesas redondas, conferencias y diplomados. Entre ellos se encuentran el arquitecto Luis Ortiz Macedo, el jurista Sergio García Ramírez, el ingeniero Daniel Reséndiz Núñez, el científico Luis Estrada y el sociólogo Omar Guerrero. También invitaremos para que se sumen a este grupo gente de la talla, como el Premio Nobel, Luis Molina, el Doctor José Sarukán, el doctor Germinal Cocho Gil, el doctor Federico Ortiz Quezada. Tienen diferentes especialidades y enfoques muy distintos y profundos sobre el gravísimo problema del sobrecalentamiento. Además de este tema urgente, también trataremos la problemática de la educación, de la situación de los jóvenes en relación a la drogadicción, el aumento elevado de la natalidad y desde luego de la distribución de la riqueza en nuestro país. El gran tema de la globalización también será tema de un tratamiento académico de altísimo nivel”.

 

Usted suma  una trayectoria de 40 años de escritor y medio siglo de profesor de tiempo completo. ¿Qué opina de la situación económica del país, de la división de poderes y la constante hegemonía que muestran los vecinos del país del norte? 

 

“Es indudable que los grandes proyectos nacionales de la primera mitad del siglo han sido abandonados. Creo que en estos últimos años se entrometieron por todas partes muchos políticos sin la preparación adecuada. Tenemos que volver a darle su lugar a médicos, ingenieros, arquitectos, químicos, verdaderos profesionales que realmente estén capacitados para enfrentar las más difíciles circunstancias. Este país, hace más de 40 años, estaba dirigido por gente muy preparada, y sin lugar a dudas se formó una clase dirigente de proyección internacional. Se abandonó -por ejemplo- el gran proyecto para reducir nuestra explosión demográfica, uno de los problemas más significativos por el que todavía atravesamos. Para dar ejemplos, sólo en la ingeniería civil tuvimos constructores de primera línea en muy diversos campos: ferrocarriles, carreteras, puentes, presas, sistemas de aeropuertos y diseño de puertos pesqueros. La ingeniería petrolera fue muy importante en el mundo y ahora poco queda de aquel prestigio. Acompaña a esta ausencia de profesionales una etapa muy conflictiva de políticos que pocas veces se ponen de acuerdo. La impunidad y la corrupción no han sido neutralizados, y el papel de la Suprema Corte de ministros extraordinariamente bien pagados, ha sido verdaderamente lamentable. A pesar de todo, soy optimista y creo que nuestro proceso cultural y educativo será la clave para la solución de muchísimos problemas del presente y del futuro”.

 

¿Cómo simple ciudadano observador, qué sería lo prioritario de lo prioritario que se debe atender?

 

“No tengo la menor duda: la educación, la salud  y la seguridad. Todos los demás aspectos -hacendarios, laborales, electorales- deben estar íntimamente vinculados a esos renglones esenciales”.

 

 

31
May
08

Matices del Quijote

Arturo Gudiño

Siendo don Quijote de la Mancha una obra mundialmente reconocida y admirada por muchas generaciones de lectores, se podría pensar que ya nada nuevo queda por decir para resaltar sus innumerables atributos. Sin embargo, no deja de ser una referencia en constante renovación para quienes buscan en la literatura una manera de disfrutar su tiempo libre, o quizá también para tratar de explicarse el mundo que les rodea. Gracias a una obra como esta, sigue manteniéndose presente una contagiosa bibliofilia, la cual ayuda a que la lectura de libros no se extinga por completo, en esta época tan saturada de señales caóticas de todo tipo. Sirvan estos comentarios como punto de partida para hacer una exploración, sumada a las muchas que ya se han hecho, de la primera parte de esta gran novela.

     El acto de leer es, en sí, uno de los ingredientes fundamentales de la obra maestra de Cervantes. Es decir, la lectura de los libros de caballerías es el motor inicial de la trama, así como el origen de todos los infortunios del personaje principal de la novela. Como nos dice Carlos Fuentes: “don Quijote es un lector […] su lectura es su locura”. A partir de esa bella locura se desata el dinamismo que da vida a “la novela como el arte de los desplazamientos”. Del emplazamiento en la Mancha se inicia el desplazamiento hacia el encuentro de aventuras y desventuras, y entonces, además de las vicisitudes de don Quijote, se van sumando una serie de historias itinerantes que son contadas por otros. La novela se convierte así en un punto de encuentro para muchas voces, además de la voz del protagonista. Como nos sugiere Hernán Lara Zavala, se trata de una novela de novelas.

     De acuerdo a los comentarios de la edición del IV centenario del Quijote por parte de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias de la Lengua Española (p. 274): “Era idea ampliamente compartida en la época que la variación hace la naturaleza y a las artes llegar a la plenitud de gusto y belleza […] buscando siempre la alternancia de temas y modalidades literarias (pastoril, sentimental, de aventuras, etc.), del mismo modo que se procura la variedad en los lances de don Quijote y Sancho”. Precisamente este es un elemento que enfatiza la riqueza narrativa de la novela, el que en ella convergen diversas historias que van dando cabida al encuentro con los otros.

     Es decir, no es sólo el Quijote quien tiene a cuestas una aventura y una serie de complicaciones (imaginarias casi todas) que resolver; también están los dramas personales de la gente que va apareciendo por el camino, siendo particularmente interesantes los sucesos relativos al curioso impertinente, así como el momento en que “el cautivo” narra su vida y los peculiares sucesos que en ella acontecen, o el interesante encuentro con el “Roto” que se describe en el capítulo XXIV, por medio del cual se da oportunidad a que un personaje secundario haga un recuento de sus desventuras. Muchas de esas historias tienen que ver con amores y desamores y con la melancolía provocada por la amada “enemiga”, la mujer anhelada que no está junto al hombre que la desea con locura. Pero como se nos advierte don Quijote: “es natural condición de mujeres desdeñar a quien las quiere, y amar a quien las aborrece”.

     Esa apertura para que los personajes secundarios vayan tomando el papel protagónico a lo largo de la novela es más que un recurso narrativo, o una manera de enriquecer la trama. Se trata también de una convicción personal de Cervantes, misma que se va evidenciando conforme avanza la historia principal del libro. Y como nos comentan en la edición citada (p. 465): “según Cervantes […] no existe una verdad absoluta, sino tantas verdades como puntos de vista individuales. Por lo menos es cierto que el narrador del Quijote evita pronunciarse sobre los comportamientos de sus criaturas y recoge con generosidad las diversas perspectivas de los personajes”.  

     Es mediante esta movilidad constante como se va hilvanando la novela. Si se nos permite la comparación, el autor va guiándonos en una especie de road movie por los vericuetos mentales del Quijote, así como por las encrucijadas que van apareciendo en el camino. Una vez más, es precisamente el encuentro con los otros como se van manejando varios planos narrativos que van conduciendo y fortaleciendo el interés por la lectura.

     Debido a lo inmediato de la acción, las imágenes se van generando sin mayores complicaciones en la mente del lector. Quiere decir que en la novela no hay una complicada retórica entre las palabras y las cosas que se denotan. Es, por lo tanto, relativamente fácil desplazarse por las escenas que se van sucediendo a lo largo de la narración. Tal vez el único obstáculo que pudiera presentarse sería la pérdida de vigencia del lenguaje utilizado en la época de Cervantes. Sin embargo, casi todas las ediciones actuales manejan un castellano bastante asequible para el lector contemporáneo, o por lo menos un lenguaje intermedio entre el cervantino y el de la época actual.

     Precisamente el que la novela cuente con una inmediatez en sus imágenes y en su lenguaje, y que la narrativa dé cabida a la voz de muchos personajes secundarios, es lo que da pie a que la diversidad sea un ingrediente fundamental de esta obra. Es decir, con un lenguaje asequible y una narrativa en constante movimiento, la novela nos va conduciendo a través de una diversidad de personajes y de circunstancias en donde incluso don Quijote cede a veces su figura protagónica hacia otro de los personajes. Esta diversidad tan característica de las aspiraciones renacentistas es la que resalta el humanismo en la novela, que incluso hoy en día resulta tan necesario para los tiempos que nos tocan vivir. Hoy en día, la diversidad suele verse en peligro a causa de iniciativas deshumanizadas que buscan atropellar y/o anular el derecho de individuos o de pueblos enteros.

     No cabe duda que el propio Cervantes fue testigo de dicha diversidad a lo largo de su vida. No es que él haya intentado llevar a cabo una especulación erudita respecto al comportamiento de cierto tipo de gente del tiempo que le tocó vivir. El autor fue un hombre que por sí mismo tuvo experiencias interesantes, algunas de ellas realmente dramáticas. No es de dudar, entonces, que cuando nos describe la camaradería que se da entre los pastores, es porque seguramente él llegó a presenciar este tipo de escenas de primera mano; o cuando el Quijote muestra compasión por un individuo que es conducido como reo, seguramente Cervantes rememoraba sus propios padecimientos cuando él estuvo cautivo.

      Retomando la vena renacentista que permite la expresión de esa diversidad, no está por demás llamar la atención sobre una escena que ocurre en el capítulo XLV, la cual trata de la pendencia de don Quijote con unos cuadrilleros. Conforme aumenta la discusión y cada persona va tomando partido, se forman los bandos de lo que será una revuelta bastante pintoresca. Esta escena en particular se torna un cuadro renacentista en cuanto que se percibe una variedad de opiniones (aunque unas con otras estén en disputa), el cuestionamiento a la autoridad, y una libertad para defender las ideas propias. Permítasenos transcribir esta escena que bien valdría la pena ver plasmada en un lienzo (p. 469): “El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros; don Luis daba voces a sus criados, que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a don Cardenio y a don Fernando, que todos favorecían a don Quijote; el cura daba voces, la ventera gritaba; su hija se afligía; Maritornes lloraba; Dorotea estaba confusa; Luscinda, suspensa, y doña Clara, desmayada. El barbero aporreaba a Sancho; Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se fuese, le dio una puñada que le baño los dientes en sangre; el oidor le defendía; don Fernando tenía debajo de sus pies a su cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor…”    

     No está por demás, desde luego, resaltar la figura de Sancho Panza quien en todo momento demuestra su lealtad, pero sobre todo una credibilidad constante ante los delirios de su amo. Como el propio escudero confiesa a don Quijote (p. 187): “Mas bien puede estar seguro que de aquí adelante no despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de vuestra merced, si no fuera para honrarle, como a mi amo y señor natural”. Y aunque nunca llega la anhelada recompensa para el escudero, éste no declina en su entrega para don Quijote.

     Un pequeño indicio de recompensa se presenta cuando, luego de muchas vicisitudes, el caballero y su ayudante encuentran una maleta (capítulo XXIII), y éste fortuito hallazgo, insignificante para las expectativas iniciales del par de aventureros, es paliativo suficiente para el noble Sancho Panza quien da por bien empleados todos sus infortunios, es decir, después de “los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas, las puñadas del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán, y toda el hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor” (p.215). No es entonces gratuito que se considere a Sancho Panza como personaje indispensable en el desarrollo de la trama, pues cumple con más de una función: confidente, ayudante, secuaz, cómplice, amigo, consejero…

     Es tal el apego que siente Sancho por su amo, que llegamos a ver claros indicios de que ha sido contagiado de sus delirios. El cuadro psicológico que se nos presenta es muy peculiar, y por cierto no tan común de encontrar en el mundo real; esto es, cuando un enfermo mental tiene tal fuerza psíquica que logra influir a otro con sus fantasías, llegando al punto tal de generar una locura compartida: una follie à deux. Tenemos por ejemplo el episodio en donde la ventera está reclamando el por qué don Quijote rompió unos cueros de vino al pretender descabezar a un gigante. Cuando Sancho es interpelado, en lugar de ponerse del lado de la cordura, él asegura haber visto la cabeza del gigante y “que por más señas tenía una barba que le llegaba a la cintura” (p.369).

     Esta follie à deux se convierte en un obstáculo más para intentar persuadir a don Quijote de que regrese a su pueblo. Quienes lo quieren ver reposando sanamente en su cama sucumben ante sus poderes de persuasión, viendo que su propio compañero ya se ha creído todos los delirios caballerescos, y por lo tanto no está dispuesto a cooperar. Acceden entonces todos ellos a una especie de contrato colectivo de credulidad, dándole por su lado al supuesto caballero, concediéndole un poco de libertad para que dé rienda suelta a sus “proezas”; todo, con tal de que se vaya dejando guiar de regreso hacia su lugar de origen. Vemos así que la locura convence a muchos, al menos por momentos.

     Ahora bien, esos mismos personajes que detectan la locura de don Quijote buscando apaciguarla, son los mismos que llegan a reconocer que él conserva algo de cordura y de buen juicio. El cura mismo declara que “fuera de las simplicidades que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo” (p. 309) Cabe mencionar que, según la clasificación de la Psiquiatría francesa, don Alonso Quijano sufriría de una parafrenia fantástica, es decir, una locura con delirios y alucinaciones que afectan una parte de su cerebro, conservando intacta y sana otra parte de su personalidad. Por lo tanto, no se trata de un esquizofrénico total; lo curioso, una vez más, es que logra duplicar su locura a través de su escudero.

     Como toda obra maestra, el Quijote da muestra de su riqueza cultural hasta en sus elementos aparentemente menos significativos. Tenemos por ejemplo el uso de refranes a lo largo de la obra, mismos que se presentan de una manera natural y sin ningún afán de petulancia. Podemos citar aquél que dice (p. 178): “Érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar”.

     Esta naturalidad en la narrativa se muestra incluso en los aspectos escatológicos, manejados por Cervantes en algunos puntos de su novela. Vale decir que el uso de este tipo de elementos no es exclusivo de este autor ni de esta época. Recordemos, por ejemplo, a otros autores como Jonathan Swift quien hace que Gulliver apague el incendio de los lilliputenses con sus orines, y que también escribió un poema (Cassinus and Peter) dedicado a la sorpresa y decepción de un bachiller ante la sana costumbre de defecar de su amada. En el caso de Cervantes, éste nos describe con una comicidad natural la manera en que don Quijote vuelve el estómago (cap. XVIII) luego de beber un bálsamo repugnante, y cómo Sancho Panza, al querer asistirlo, vomita del asco que siente ante la hediondez de su patrón.

     Por otra parte, y como nota curiosa, diremos que los aspectos escatológicos del Quijote fueron utilizados con fines sociopolíticos por Juan Carlos Onetti, cuando, refiriéndose a la situación que vivió Uruguay durante la dictadura, mencionó que en su país se veía mucho del capítulo XX del Quijote. En ese capítulo se narra cómo Sancho Panza y su amo pasan la noche en un bosque de árboles altos, y cómo el escudero siente de pronto unas ganas irreprimibles por defecar. Por más que intenta ser discreto, Sancho Panza no puede evitar que don Quijote se dé cuenta del olor a heces fecales, y del ruido que hace al evacuar sus intestinos. Pues bien, esta comparación del capítulo XX con la situación política y social del Uruguay (“un ambiente de mierda”, como dirían en ese país), le costó a Onetti ciertos inconvenientes con la dictadura.

     Otros aspectos interesantes incluidos en la novela se perciben en las opiniones que dan los propios personajes acerca de diversos temas. Significa que no se centran los discursos únicamente en torno a la caballería. Tenemos, por ejemplo, el caso del don Quijote hablando acerca de lo que él considera una buena comedia, después de presenciar la cual, “saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud”. Curiosamente, el lector de esta novela encuentra estos elementos a lo largo de la obra, aunque no se trate de una comedia propiamente dicha.

      Siendo el Quijote una obra que confronta a un personaje ilusionado hasta la locura a causa de sus fantasías librescas, hay un punto en la novela en donde finalmente se da un jaque mate conceptual a la causa de esa locura. Se trata de la crítica que en el capítulo XLVII esboza el canónigo hacia los libros de caballería. Finalmente queda clara cuál es la posición que quizá compartían muchos con respecto a esos “que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábula apólogas, que deleitan y enseñan juntamente” (p.490). Y sin embargo, por más disparatados que fueran esos libros, fueron motivo suficiente para configurar uno de los personajes literarios más memorables de la literatura. Aunque fuera confrontándose contra la incredulidad de todos, don Quijote no cesa en su convicción de hacer verosímiles todas esas historias que ya han pasado de moda para los demás. Recuérdese la propia vena quijotesca de Cervantes, quien fue a combatir a los moros con valentía, y que regresó molido y sin fortuna, y que a pesar de ello no desistió en su gesta personal a través de la literatura.

      Y así, el canónigo en el capítulo XLVII, asumiendo la voz crítica mejor expresada en la novela, insiste en decir que “el fin mejor que se pretende en los escritos […] es enseñar y deleitar juntamente”. Pues bien, aplicando este consejo al propio Quijote, no cabe duda de que la obra entera nos deleita a través de las aventuras, experiencias y anécdotas que ahí suceden. Y en cuanto a las enseñanzas, son muchas las vertientes que podemos encontrar: es una novela humanista en cuanto que, por ejemplo, se ponen a prueba las convicciones de un individuo y se resalta la manera en que éste las defiende hasta el final, a pesar de que esté equivocado; es una novela que nos deja ver la idiosincrasia de la época; un libro que nos habla de la diversidad de expresión; una obra que nos da indicios del punto de partida de la narrativa moderna; es en fin, un calidoscopio de enseñanzas que se va matizando con nuevos contrastes cada vez que volvemos a leerla.  

      Estos atributos de deleite y enseñanza no se ven menoscabados por la aparición de algunos descuidos narrativos que Cervantes cometió, quizá debido a la prisa por terminar su obra, o tal vez por la gran extensión de la misma. Uno de estos descuidos en la narración se da en torno al famoso yelmo de Mambrino, en realidad una bacía de barbero, cuando en el capítulo XXV don Quijote y Sancho lo tienen intacto en su poder, siendo que en el capítulo XXII se menciona que el estudiante se apoderó del mismo y lo hizo pedazos. Como nos comentan en el pie de página: “El Quijote abunda en descuidos de continuidad similares a éste, pero la mayoría de ellos pasan inadvertidos para el lector y sólo se advierten cuando la novela se analiza con una minuciosa perspectiva crítica, que tiene poco que ver con el desenfado y el buen humor propios del estilo cervantino”. Añádase a esto que algunas obras de Cervantes, como sus Novelas ejemplares, circulaban como copias manuscritas, con lo cual se incrementaba la posibilidad de aparición de errores durante el proceso de trascripción.

      Como podemos ver, estas minucias no demeritan la obra cumbre de Cervantes, quien estaba ayudando sin querer a sentar las bases de la novela como género. Por cierto que el sentido regular que se le daba a la novela de la época era el de un relato corto. La acepción moderna de relato extenso no se generalizó sino hasta el siglo XIX. El caso es que se estaba empezando a manipular el concepto de autenticidad los hechos plasmados en libros. Era la infancia de la ficción literaria. El propio don Quijote es una víctima de la autenticidad a ultranza que él mismo adjudica a los libros de caballería. Es decir, para él no está claro el concepto de “ficción”. Como nos comentan los editores de la versión que nos ocupa: “En el siglo XVII, la categoría moderna de ‘ficción’, un tipo de lenguaje que no es ni ‘verdad’ ni ‘mentira’, sino que tiene un estatuto propio, no estaba aún sólidamente establecida” (p.325).

      Y en ese juego de ficciones y locuras confrontadas con la realidad, llega un punto en que el propio don Quijote pone en duda la autenticidad de sus ilusiones. Ya hacia el final de esta primera parte de la novela, en el capítulo XLVII, cuando por fin es enjaulado y sosegado, el caballero de la Triste Figura ve los signos de su derrota y reconoce que quizá la magia ha cambiado, que “quizá la caballería y los encantos de estos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos” (p.483). Este es justamente el último matiz que nos queda por explorar en este ensayo, el del Quijote como una obra que habla de la derrota de la fantasía, la pérdida de la credibilidad en los libros como fuente de inspiración para realizar proezas, o en la bibliofilia que es condenada por ser perniciosa para el lector. Estos aspectos, como podemos ver, pueden hallar un parangón en la época actual en donde los libros están siendo olvidados y desplazados por la enajenación visual. No nos queda entonces más que referir el comentario que hace el gran Dostoievski respecto al Quijote: “es el libro más triste que se ha escrito, pues es la historia de una ilusión perdida”.

24
May
08

El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno

J. D. Salinger

Alianza Editorial©

 

Capítulo 5

 

  

Los sábados por la noche siempre cenábamos lo mismo en Pencey. Se suponía que era una gran cosa porque nos daban un filete. Apostaría mil pavos a que lo   hacían porque los domingos venían al colegio un montón de padres, y probablemente Thrurner se imaginaba que todas las madres preguntarían a sus niñitos qué habían cenado la noche anterior y que ellos dirían –Un filete-. Menudo timo. Deberían haber visto los filetes. Unas cosas secas y duras que casi ni se podían cortar. La noche que había filete, siempre te daban un puré de patata lleno de grumos y, de postre, un bizcocho que nadie comía, excepto quizá los críos de la elemental, que qué sabía, y tíos como Ackley, que comían lo que fuera.

Pero cuando salimos del comedor fue muy bonito. Había como seis centímetros de nivel en el suelo y seguía nevando como un loc. Estaba todo precioso y empezamos a tirar bolas y a hacer el indio por todas partes. Fue una chiquillada pero nos divertimos mucho todos, de verdad.

No había quedado con ninguna chica ni nada, así que yo y un amigo mío, Mal Brossard, que estaba en el equipo de lucha libre, decidimos irnos en autobús a Agerstown a tomar una hamburguesa y quizá ver una asquerosa película. Ninguno de los dos tenía ganas e pasarse la noche entera sin mover el culo de sitio. Le pregunté a Mal si le importaba que viniera Ackley con nosotros. Se lo pregunté porque Ackley, los sábados por la noche, nunca hacía nada más que quedarse en su habitación y reventarse los granos o algo así. Mal dijo que no le importaba, pero que no le volvía loco la idea. No le caía muy bien Ackley. Bueno, pues nos fuimos los dos a nuestras habitaciones a arreglarnos y todo eso, y mientras me ponía los chanclos y todo ese rollo le grité a Ackley si quería ir al cine. Podía oírme perfectamente a través de las cortinas de la ducha, pero no contestó enseguida. Era de esa clase de tíos que odian contestarte enseguida. Al final vino a través de las malditas cortinas y se quedó de pie en el borde de la ducha y me preguntó quién iba conmigo. Siempre tenía que saber quién iba. Juro que si ese tío naufragara en un sitio y fueran a rescatarle en una puñetera barca, antes de subir siquiera querría saber quién era el tío que iba remando. Le dije que iba Mal Brossard. Dijo:

Ese desgraciado… bueno. Espera un segundo-. Cualquiera diría que te estaba haciendo un gran favor.

Tardo como cinco horas en arreglarse, mientras tanto me fui a la ventana, le abrí e hice una bola de nieve directamente con las manos. La nieve estaba perfecta para hacer bolas. Pero no la tiré ni nada. Fui a tirarla. A un coche que estaba aparcado al otro lado de la calle. Peor cambié de idea porque el coche estaba muy bonito y muy blanco. Luego fui a tirarla a una boca de riego, pero también estaba demasiado bonita y demasiado blanca. Al final no se la tiré a nada. Todo lo que hice fue cerrar la ventana y pasar por la habitación con la bola, aprentándola. Todavía la llevaba cuando, un poco después, yo, Brossard y Ackley subimos al autobús. El Conductor abrió la puerta y me obligó a tirarla. Le dije que no iba a tirársela a nadie pero no me creyó. La gente nunca te cree.

Brossard y Ackley ya habían visto la película que ponían, así que todo lo que hicimos fue comer un par de hamburguesas, jugar un rato a la máquina del millón y luego volver a Pencey en autobús. No me importó no ver la película. Se suponía que era una comedia, con Cary Grand y toda esa basura. Además, ya había ido al cien con Brossasrd y con Ackley. Los dos se rían como hienas de cosas que no tenían ninguna gracia. Ni siquiera me gustaba estar sentado a su lado en el cine.

Sólo eran las nueve menos cuatro cuando volvimos al dormitorio, Brossard era una adicto al bridge y empezó a buscar por todo el dormitorio a alguien con quien jugar una partida. Ackley, para variar, aparcó en mi habitación. Sólo que en vez de  sentarse en el brazo del sillón de Stradlater se tumbó en mi cama con la cara y todo en mi almohada. Empezó a hablar con una voz muy monótona y a toquetearse todos sus granos. Le lancé mil indirectas, pero no pude librarme de él. No hacía más que hablar con un voz muy monótona de una chica con la que se suponía que había tenido relaciones sexuales el verano anterior. Me lo había contado ya como cien veces. Y cada vez que lo contaba era diferente. Una vez te decía que se la había tirado en el Buick de su primo, y al rato que se la había tirado debajo de un entablado de la playa. Naturalmente, era puro cuento. Era el tío más virgen que he visto en mi vida. Dudo que ni siquiera hubiera metido mano a nadie. Bueno, pues al final tuve que decirle por las buenas que tenía que escribir una redacción para Stradlater y que tenía que largarse para que pudiera concentrarme. Al final se largó, pero después de tomarse su tiempo, como de costumbre. Cuando se fue, me puse el pijama, el albornoz y la gorra de caza, y empecé a escribir la redacción.

Lo malo es que no podía pensar en ninguna habitación, ni en ninguna casa, ni en nada que pudiera describir como había dicho Stradlater. De todos modos no me vuelve loco describir habitaciones ni casas. Así que lo que hice fue escribir acerca del guante de béisbol de mi hermano Allie. Era un tema muy descriptivo. De verdad. Mi hermano Allie tenía un guante de fielder de la mano izquierda. Era zurdo. Pero lo descriptivo era que tenía poemas escritos en los dedos y en la bolsa de la palma de la mano por todas partes. En tinta verde. Los escribió para tener algo que leer cuando estaba en el campo y no bateaba nadie. Ahora está muerto. Tenía leucemia y murió cuando estábamos en Maine, el 18 de julio de 1946. Les habría gustado.

Tenía dos años menos que yo, pero era como cincuenta veces más inteligente. Era inteligentísimo. Sus profesores escribían continuamente a mi madre para decirle que era un placer tener en su clase a un niño como Allie. Y no lo decían por decir. Lo decían de verdad. Pero no era sólo el más inteligente de la familia. Era también el mejor en muchos otros aspectos. Nunca se enfadaba con nadie. Se supone que los pelirrojos se enfadan con mucha facilidad, pero Allie nunca se enfadaba y eso que tenía el pelo muy rojo, Les diré lo rojo que tenía el pelo. Empecé a jugar al golf cuando tenía sólo diez años. Recuerdo una vez, el verano en que tenía como doce años. Estaba jugando y todo eso, y tuve el presentimiento de que si me volvía de repente vería a Allie. Así que me volví y, justo, estaba montado en su bici al otro lado de la cerca –había una cerca que rodeaba todo el campo de golf-, y pude verle allí sentado como a ciento cincuenta metros de distancia mirando cómo jugaba. Así de rojo tenía el pelo. Dios, qué buen chico era. A veces, en la mesa, pensaba en algo y se reía tanto que casi se caía de la silla. Yo tenía sólo trece años y hasta pensaron llevarme a que me psicoanalizaran y todo, porque rompí todas las ventanas del garaje. No les culpo. De verdad. La noche en que murió dormí en el garaje y rompí todas las malditas ventanas con el puño sólo porque sí. Hasta quise romper todas las ventanillas del coche que teníamos aquél verano, pero entonces me había roto la mano y todo y no pude hacerlo. Fue una estupidez, lo reconozco, pero es que ni siquiera me daba cuenta de lo que hacía, y es que ustedes no conocían a Allie. Todavía me duele la mano algunas veces, cuando llueve y eso, y no puedo cerrar el puño –muy fuerte, quiero decir-, pero aparte de eso no me importa mucho. Quiero decir que no pienso ser un maldito cirujano, ni violinista, ni nada de eso.  

Bueno, pues sobre eso fue sobre lo que escribí la redacción de Stradlater. Sobre el guante de béisbol de Allie. Daba la casualidad de que lo tenía en la maleta, así es que lo saqué y copié todos los poemas que estaban escritos en él. Todo lo que tuve que hacer fue cambiar el nombre de Allie para que nadie supiera que era mi hermano y no el de Stradlater. No me volvió loco hacerlo, pero no se me ocurrió otra cosa que fuera descriptiva. Además, creo que me gustó escribir sobre eso. Tardé como una hora, porque tuve que usar la asquerosa máquina de escribir de Stradlater, que se atascaba todo el rato. No usé la mía porque se la había prestado a un tío que tenía su habitación más adelante en el mismo pasillo.

         Eran como las diez y media, creo, cuando la acabé, Pero no estaba cansado, así es que me puse a mirar por la ventana un rato. Había dejado de nevar, pero de vez en cuando se oía a algún coche que no arrancaba. También se oía roncar a Ackley. Se le oía a través de las puñeteras cortinas de la ducha. Tenía sinusitis y no podía respirar bien cuando dormía. El tío tenía de todo. Sinusitis, granos, unos dientes repugnantes, halitosis y unas uñas asquerosas. Era imposible no sentir un poco de lástima por ese pobre hijo de puta.

 

 

*Cortesía Alianza Editorial©

 

 

Convoca Alianza Editorial, El Fondo de Cultura Económica y el Instituto Mexicano de la Juventud a la jornada de lectura “leer es poder” que tiene por objetivo acercar a los jóvenes a la lectura a través del libro El guardián entre el centeno, escrito por J. D. Salinger.

 

Esta novela tendrá una reflexión con el ensayista Antonio Saborit el viernes 30 de mayo en la librería del Fondo Rosario Castellanos del Centro Cultural Bella Época, ubicado en Tamaulipas 202, Col. Condesa.

 

***El guardián entre el centeno es una novela que se calcula ha sido leída por 65 millones de jóvenes.

 

24
May
08

La Flor y el Barro

 

  Teresa Solbes de Menéndez

 

La otra tarde asistí a una despedida de soltera que me llamo mucho la atención.  Después de que el ánimo se acomodara al ambiente, pude observar que las personas allí asistentes éramos muy diferentes entre si, al menos en apariencia, no en cuanta a genero porque ése era exclusivo del universo femenino, -el único detalle que nos uniformaba-, natural si pensamos lo que allí se celebraba, sin embargo, las edades se cruzaban, también la forma de vestir; estaba presente desde lo más avanzado de la moda hasta lo tradicional riguroso. Era como una torre de Babel donde parecía que nadie se iba a entender con nadie. En cuanto pude penetrar por completo la penumbra de la sala y distinguir la dislocada disparidad de personajes pensé: Esto puede resultar interesante.  

 

   Al poco tiempo de que me pusieran una copa en la mano, me encontré charlando con una mujer que medio chapurreaba el español, lo que le daba un toque marcial ¿será una espía?. No, descarte la idea enseguida, hoy los espías se cuelan por otros agujeros. Lo cierto es que después de tratar inútilmente de saber quienes éramos y que decíamos, terminamos chocando nuestras copas y riéndonos de la absurda situación, pero mujeres al fin, estuvimos hablando hasta por los codos, ella con sus chapurreos y yo con los míos; no entendíamos muy bien lo que nos decíamos pero se notaba que había empatia. En esas andábamos cuándo de repente, una voz nos pide silencio y anuncia a un poeta amigo de la familia, no recuerdo su nombre, pero si su procedencia: Chileno, de Santiago de Chile. Las voces callaron y el poeta cantó. Sus versos eran de irritante pesimismo; negaban la amistad, el amor, la bondad de cualquier sentimiento. Daban ganas de correr y salir de allí antes de que se organizara un suicidio masivo en honor a la desconfianza. Frenando el primer impulso sentí que los versos, a pesar de todo, también eran temblorosos lamentos de ausencia y añoranza de algún cuerpo, de las tonalidades y temperaturas de su piel, de la profundidad de su mirada. Al abrirse el coloquio con que el acto concluiría, mi reciente amiga, la rusa, se dejó escuchar con su  marcial español: ¿Por qué la clase de amor que inspiraba al poeta se refería a lo material y jamás al espíritu que sin duda animaba aquella carne? El poeta respondió que, para él, el cuerpo y el alma eran la misma cosa. Esto empieza ponerse divertido, me dije, al ver el montón de manos que pedían hablar, pero como las manos no son la boca, no hablaron.

 

  Después de unos minutos de confusión, el murmullo de las voces fue en aumento. -Se nota que el ánimo va caldeándose. -Pensé.  Cierto, éste iba apoderándose de las almas y cuando el fuego estuvo a punto de mostrarnos su bao, la misma voz de hacía un rato pidió de nuevo silencio. Un maestro de Zen nos explicaría el nombre de la postura de loto: se trata de una preciosa flor que flota en la superficie de las aguas gracias a que hunde sus raíces en el cieno del fondo; el cieno, -continuo el maestro- es nuestro cuerpo, digno de ser querido porque aísla nuestro espíritu, y no habría sin él ni ideas bondadosas ni comportamientos solidarios.

 

   Amiga como soy de cavilar cuando amerita, el dilema se me revelo como materia urgente. No se trataba de la flor y su aroma sino de la flor y el barro que la aguanta…

 

   La despedida de soltera más extraña a la que he sido invitada terminó después de entrar en grandes debates filosóficos sobre el alma, el cuerpo y, las renuncias del corazón que tanto dolor causaban a ambos. Me fui a casa pero mi mente revolvía en los recuerdos. Alguna vez me habían enseñado que el cuerpo era la jaula que el hombre vive cargando. Y me lo habían dicho tan claro que jamás lo olvidaría. Quizá por lo mismo, mi sorpresa. Hasta esa tarde no se me despertó la ociosidad de pensar en la carne separada del alma -¡Qué tontería! apaga la luz y duérmete.

 

   No me dormí, con sigilo atravesé la salita que separa mis libros de mi cama y palpe a tientas, encendí la pequeña lámpara y vi que tenía en mi mano La Biblia. Repase, leí pasajes, salmos, parábolas, y descubrí que durante muchos años viví engañada. El propio testamento de Cristo lo explica. Cristo entiende la carne como un todo con su ánima. Cuando los salmos dicen “mi carne”, dicen “yo”. No es algo que “yo tengo” y es distinto a mi. “El Verbo se hizo carne”, comer el cuerpo de Cristo, para los cristianos, significa integrarse en Él entero, usar la carne como aproximación y vía de conocimiento porque la emoción también razona y el pensamiento siente. Todo es uno y lo mismo: una alteración somática, cualquier pequeño catarro, influye en la razón y en los mas elevados sentimientos. Al principio es el cuerpo. Con él pisamos la puerta de este mundo. No es ni un esclavo ni un enemigo íntimo y rebelde. Es la vía a través de la que aparece el sujeto hombre independiente.  Su individualidad. El cuerpo y el alma no son siquiera dos aspectos ni dos manos ni dos poderes fundidos, son las dos caras de una misma moneda. Son el corazón único. Sin los órganos del cuerpo, el alma no siente ni padece. El ojo se deleita en la hermosura de una flor; aspira su aroma la nariz; los dedos acarician sus pétalos y nos parece hermosa aunque el lodo esté ahí. Y todo eso somos, no dos fronteras donde se pelean el cuerpo y el alma.

 

    Bien, ya llegué a la conclusión, podré dormir en paz pero ¿quién  gobierna ese conjunto maravilloso que todo percibe y disfruta con ello?. La OPEC, La Globalización Excluyente   y sus secuaces. Por eso estamos como estamos: Alma y cuerpo hundidos en el barro de donde a veces, ni el corazón puede salvarnos.

 

 

 

17
May
08

El timón dorado

Arturo Gudiño

 

A partir de ahora se abren las puertas del vacío hacia una realidad intransitable. Vemos a un marinero contemplando un cielo desprovisto de signos, con los cuales pudiera orientar su timón con mano firme. Sólo después de varios años de intensa búsqueda las cosas se acomodan apareciendo ante sus ojos un faro derruido, aunque más bien es una vieja lámpara de keroseno que alumbra la sonrisa de un fantasma quien no se avergüenza de sí mismo.

Las coincidencias aparecen de repente como una cascada que impide ver la luz del otro lado de una tormenta, misma que se convierte en un fenómeno meteorológico desprovisto de catástrofes. Sin embargo aquí adentro, en este tornado simbólico, un viejo duende se empeña en resucitar los artificios de su memoria, como si no existiera distancia alguna entre sus sentimientos y sus consecuencias. Vuelve así a ponerse en evidencia el punto neutral a partir del cual se derivaron todos los delirios que hicieron de cada mañana una fiesta, y de cada noche un funeral. Otro punto más aparece en el ocaso, y uno más al amanecer. Desde allí se definen las fronteras que todavía no han sido rebasadas y los placeres que no han sido consumados, porque todavía quedan sudores que experimentar e intentos de liberación por diseñar.

De esta manera queda demostrado que se sigue huyendo de la fatal manía de poner nombre a las cosas. La multitud nos persigue para preguntar los nombres de cada uno de los instantes contenidos en un drama onírico, escrito desde lugares insospechados y en el momento menos pensado. No sabe la gente que los naipes suelen caer sobre la mesa revelando el destino de las personas… todas, menos una. Es así que cada espacio vacío debe ser visitado por esqueletos en potencia, quienes son definidos mediante trucos de nuestra propia mente.

Y mientras las cosas empiezan a caer por su propio peso, y el tiempo comienza a fluir en la dirección correcta, el único alivio que nos queda es pasar la noche moliendo café, como si esta actividad fuera garantía de poder empatar los acertijos con sus soluciones. 

Una nueva época ve la luz, corrigiendo así la encrucijada que la vio nacer. La diosa de la noche se ha engullido todas las fallas perpetradas durante el día, provocándose a sí misma una indigestión que le llevará siglos poder aliviar. Bajo su manto nocturno se escucha el lamento del marinero que guía el timón dorado de su embarcación con velas verdes y negras, y quien está cansado de buscar sirenas en las aguas más profundas, cuando quizá la musa que le hace falta se halle esperándolo en uno de tantos puertos por los que ha paseado su galeón.

De pronto los mares surcados traen como recuerdo el nombre de esa pieza inconclusa que hace falta en su cerebro. Es posible que sus ojos vuelvan a mirar hacia adentro para perderse en nuevos laberintos de la memoria, y entonces, mediante las imágenes internas de una de tantas ciudades del mundo, su mente creará un espectáculo que lo acabe de despertar del letargo provocado por haber padecido incontables tormentas.

A pesar de ese espectáculo inminente, los minutos transcurren en medio de un silencio aterrador. Nada relevante sucede, y por lo tanto se siente la penosa urgencia de regresar a corregir las horas que se han escapado de nuestras manos. Es necesario recuperar la respiración y perdonar las fallas que nosotros mismos provocamos, para después sentir el amor a unos cuantos centímetros de nuestros brazos. Es necesario regular de vez en cuando los sobresaltos del corazón, para así poder cerrar los ojos y luego abrir nuestra mente al lenguaje que nace y muere al atardecer, quedando inscrito en el lapso incierto bordeado por la vigilia.

Los años pasan sin perdonar las viejas omisiones, pero al menos suele quedarnos el consuelo de que realmente nos propusimos clausurar todas las fugas de nuestra voluntad, a la espera de que un huracán de palabras sirviera como impulso para tomar el timón y así salir en busca de nuevas sirenas, nuevos espectros que mantuvieran la ilusión de que, al menos en momentos de alegre creatividad, se estaba cumpliendo la misión que suele inventarse cada día con el fin de disfrutar breves instantes de locura.

No obstante, nada de lo anterior puede subsistir a menos que este miasma de palabras sea visitado por un relámpago revitalizador, un destello cósmico que resucite a la gramática de su estado de latencia; un estruendo luminoso que haga saltar cada vocablo desde la garganta en que fue creado. De no ser así, habrá que conceder un espacio a dos sarcófagos milenarios con sus respectivos dioses adormilados: Isis tendría que ayudarnos a encontrar las partes dispersas de su amado… todas menos una. Y una vez concluido el rompecabezas, podríamos sostener una conversación interesante con Osiris, rogándole nos auxiliara a descifrar la interminable lista de incógnitas que se han ido acumulando a través de los siglos. Siendo él un conocedor del inframundo, podría entonces revelarnos los secretos de la energía que se oculta dentro de las horas solitarias, así como en los sueños y pesadillas, o en los versos que no han sido escritos a causa de la oscuridad que está repleta de interrogantes.

Es así que descubrimos que Osiris es un dios de la oscuridad: con él son más las dudas que las certezas, y son más los pasos en falso que los caminos libres de escollos. No hay cielos despejados ni días completamente felices. Osiris es un dios negro, y tratar de descifrarlo es caer en nuestras propias trampas. Aquí es cuando volteamos los ojos hacia las montañas, yendo en busca de un paraje solitario en donde poner a reposar nuestros huesos adoloridos.

Estando seguros de que no hay nadie alrededor, tocamos el suelo con nuestra frente, como para percibir las vibraciones provenientes de las entrañas de la tierra a la que intentamos arrancarle sus secretos. Pero como esta acción es totalmente infructuosa, llega el momento de sentarnos con las piernas cruzadas y los brazos extendidos. Es tiempo de liberar los terrores de la mente, e igualmente aliviar el dolor producido por malos sentimientos y por la pesadez acumulada durante tantos años de preocupación.

Con los poros abiertos para captar más el oxígeno de las montañas, procesamos la energía necesaria a fin de dar paso a nuestra propia desintegración. Nuestros músculos se derriten para ser absorbidos por el suelo, nuestra sangre va a dar a los arroyos de la montaña, nuestros órganos y vísceras se convierten en banquete para las aves viajeras, hasta que no quedan más que nuestro cerebro y nuestro corazón, con cuyas pulsaciones se definen los últimos instantes de conciencia. Del cerebro se desprende un pensamiento que va a dar al vacío mientras que del corazón se deja sentir un exiguo latido, como un modesto testimonio del amor que allí llegó a habitar.

Una vez desaparecido el ser integral, nuestros pensamientos y recuerdos vuelven a flotar con total libertad, persiguiendo quizá una mano que quisiera hacer tangibles los recuerdos, o un rayo de sol que evapore los pensamientos por completo; un soplo de viento que esparza tenues suspiros en todas direcciones, o un timón dorado que otorgue un rumbo nuevo a las pasiones que han sido convertidas en palabras.

12
Abr
08

Las pendulas y el tiempo

Teresa Solbes de Menéndez

    Canciones, poemas, tratados científicos, oráculos, mitos y cuentos nos hablan del tiempo, pero nada de todo esto da con la clave exacta que nos explique con certeza qué es eso a lo que todos llamamos tiempo. Existe una excepción: el señor o la señorita que a través de las pantallas televisivas nos avisan del tiempo que hará mañana en el sur, en el norte, en el oriente o en el poniente de la república. Estos personajes son muy famosos y todos los países los tienen, además, su espacio suele ser  esperado por muchos para enterarse si en vez de ir a la playa van al campo, se ponen la bufanda, visten ligero o guardan el paraguas en la cajuela del coche, aunque a veces sucede, sobre todo en el D.F., que nos vemos obligados a guardar en ella de todo un poco porque estos tiempos ya no son los que eran, según  cuentan algunos. ¿Tendrán razón?. Lo pregunto porque dicen que antes hasta el sol era de fiar.

   De lo que no nos queda la menor duda es de que hoy las agendas los relojes y los calendarios dominan nuestra vivir cotidiano marcándonos el paso. Así es como revelan sin ninguna misericordia que nuestros días de descanso cesaron, que hay que volver a tomar las riendas y tirar para adelante. No soy tan inconsciente como para no reconocer que es absolutamente necesario vivir con el tiempo en el bolsillo, si no qué sería de nosotros ¡pobres mortales!. Seguramente se nos acabarían –y eso podría ser todo un caos- las angelicales excusas: ¿Sabes? es que no tengo tiempo. Espéreme, al ratito que ahora no puedo. Mañana seguro seño…, y así hasta el infinito.

   Hace un puñado de meses tuve la oportunidad de burlar el tiempo unas cuantas semanas y me fui a mi pueblo donde parece que la vida y con ella, por supuesto, el tictac de los horarios se detiene. El mismo verde intenso de siempre, las mismas playas azules, la gente paseando despreocupada. Los niños llenaban los jardines y el puesto de los helados hacía su agosto, nunca mejor dicho, era verano. Allí verdaderamente en agosto y septiembre algo mágico ocurre, las manecillas de los relojes se tienden sobre la toalla blanca y fina de las playas y también, sobre los campos a la sombra de algún frondoso árbol, descansan relajadas mientras las campanas de la iglesia rompen la indiferencia de las péndolas.  Magia que siempre impregna los lugares elegidos por nosotros para descansar del trajín de todos los días. Quiero pensar que a los vacacionistas y en todos los pueblos del mundo nos sucede más o menos lo mismo.

   Muchas veces me pregunto por qué no guardo en el ánimo algo de esa “no prisa” para cuando regrese mi tiempo a su realidad. Bueno, quizá me quedan los recuerdos… dilatar la memoria hasta que aparezca la imagen.

Después de cenar esperábamos ver en la pequeña pantalla de la tele al hombre del tiempo, todos queríamos saber si saldría el sol o no, claro que ese es otro tiempo, el climatológico, el que nos dice lo que va ha suceder hoy, por cierto con verdadera exactitud. La nube aborregada, el sol rojo, la luna llena, la tormenta, el rayo, nos devuelven una imagen del tiempo confiable, más familiar. Es curioso cómo las gentes del campo o de la mar, ordenan el tiempo según éste les habla, y sin variar, los hechos se recuentan: -Aquello pasó cuando la granizada de julio. Y comentan los sucesos como en las épocas de las Sagradas Escrituras: -Se avecinan malos tiempos, ha nacido un ternero con dos cabezas.

   ¡Ay el tiempo! no podemos verlo, sólo medirlo pero las medidas no dicen nada. Que son las siete ¿qué más da?. Sigue siendo fantasmal su presencia, se pasea delante de nosotros a veces amable, a veces terrible, siendo para muchos motivo de preocupación, de reflexión. ¿A dónde han ido a parar los últimos quince, veinte o treinta años que se fueron como un soplo? ¿En qué agujero he caído?. ¿Dónde quedó aquel tiempo de juventud que me hacia sentir que lo tenía todo a favor?  Tiempo en que nos dejábamos gobernar por las circunstancias ya que no había la necesidad de tomar las riendas de la vida. ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo nos cambio el clima?. En un dos por tres nos percatamos que llegó el momento donde sentimos que había que tomar decisiones, responsabilidades y marcar las reglas para el futuro; las hojas del calendario cayeron menos perezosas de lo que seguramente nos hubiese gustado pero el reto continua ¡el gran reto de vivir! Seguir callando y contando los días, las horas. Callar para escuchar lo que las manecillas del reloj, las hojas del calendario, me quieran decir porque se las puede oír; cuando permanecemos en silencio el tiempo nos habla, nos da espacio, oportunidades para que le saquemos el mejor rendimiento.

   Ese dialogo entre él tiempo y uno suele suceder cuando más quietos permanecemos, pero es ahí donde la el asunto se tuerce porque  estamos tan acostumbrados a pensar que hay que moverse, correr de un lado para otro, dar resultados, beneficios… que  la pregunta llega sin demasiado esfuerzo. ¿Qué tipo de beneficios?. Esa ha sido mi gran tarea en estos cortos días de  descanso que terminaron con el Domingo de Pascua: Mirar para atrás y ver los réditos logrados con la inversión de mi tiempo; todavía no lo averiguo, quizá me faltaron días, no importa, lo descubriré y  si la vida lo permite, se los contaré.

   Si amigos, el tiempo nos avisa, nos usa, nos arruga, nos traspasa, nos hace tropezar con lo cotidiano y nos va empujando con sus manos ocultas hacia el jardín del olvido, y de eso no solemos hablar en las tertulias, como dice mi vecina Margarita.

   Bueno, se me acabo el tiempo, seguiré callando y escuchando a ver que descubro. Hasta la próxima.