Archive for the 'Reseñas' Category

01
Nov
08

Will y Sue, suite shakesperiana (para actores, objetos y ensamble musical),

Will y Sue, suite shakesperiana (para actores, objetos y ensamble musical), de Luis Rivera. Teatro Orientación

Will y Sue, suite shakesperiana (para actores, objetos y ensamble musical), de Luis Rivera. Teatro Orientación

 

Por Oswaldo Valdovinos Pérez

Los recuerdos son la puerta al pasado, a una existencia que ha sido y no es posible modificarla ya; a esos pasos que han dejado huella y que son, al fin y al cabo, parte esencial de una existencia, que puede o no tener sentido, pero que sin duda ha conformado la historia individual de cada individuo.

Por supuesto los recuerdos son fragmentarios y en ocasiones pueden jugar una mala pasada: se olvida aquellos que se supone no tiene importancia, pero también eso que ha de recordarse inevitablemente por haber sido parte fundamental del proceso de identidad. De naturaleza frágil, la memoria es caprichosa y selectiva, pero también traicionera al momento de poner en duda los límites entre la realidad y la ficción. ¿Qué hacer entonces cuando es, precisamente, esta última frontera la que rige el destino? ¿Cómo diferenciar claramente una de otra sin caer en el desvarío?

En este sentido es que puede inscribirse Will y Sue, suite shakesperiana (para actores, objetos y ensamble musical), de Luis rivera López, estrenada en junio en el Salón Dorado del Teatro Nacional Cervantes, en Argentina, y actualmente en temporada en el Teatro Orientación en el Centro Cultural del Bosque, es una puesta en escena que aborda, basado textos shakesperianos y desde una óptica que va de la realidad a la ficción, uno de los pasajes del retiro Shakespeare tomado como referencia y como punto de partida para esta imaginaría una carta de su hija Susana.

“Poco o nada sabemos de la vida de William Shakespeare. Solamente algunos datos surgidos de registros formales, entre los que se pueden consignar un matrimonio de extrema juventud, una hija mayor, un hijo muerto a temprana edad, y un extraño silencio luego de concluir La tempestad, sumado a un regreso definitivo a su ciudad natal… Una de las obvias certezas mayores que tenemos es que ha muerto. Y si algo podemos afirmar de Hamlet, Falstaff o Puck, es que están vivos”, apunta Luis Rivera.

De esta manera, en escena se ve a un Shakespeare desencantado, enterrado prácticamente en un montón de papeles como una forma de permanecer atrapado en un laberinto que parece conducir a una trampa llena de palabras, a un espacio donde el tiempo no fluye y en cambio permanece como un fiero carcelero empeñado en no dejar escapar al prisionero. Es, pues, la representación del vacío que precede a la desesperanza y el desencanto.

Actuaciones de Hayddé Boetto y Luis Rivera López

Actuaciones de Hayddé Boetto y Luis Rivera López

No obstante, de entre esa maraña desesperanzadora surge la posibilidad de escapar de esos días aciagos a través de las palabras escritas de Sue, su hija enterrada hasta ese momento en ese legajo que parece devorarlo todo. Y es a partir de ese instante que las criaturas a las que ha dado vida, y confinadas a un sueño obligado, se hacen presentes en su morada para dialogar con su creador, pues al fin y al cabo lo han trascendido al grado de ser criaturas con vida propia.

En este confluir asisten el demonio Calibán, Puck, Hamlet, Enrique III, todos ellos en forma de títeres, lo cual le da, visualmente hablando, esa calidad de seres mágicos surgidos de la imaginación shakesperiana. Criaturas que lo confrontan, lo cuestionan, incluso lo amenazan y están dispuestos a atacarlo, y no por alguna razón es específico sino porque la propia naturaleza con que fueron creados los obliga a hacerlo; pero también lo consuelan y lo reaniman, todo ello logrado a través del trabajo actoral y la destreza en el manejo de los títeres de Haydeé Boetto y el propio Luis Rivera.

Will y Sue, suite shakesperiana (para actores, objetos y ensamble musical), de Luis Rivera, cuenta con la dirección y las actuaciones de Hayddé Boetto y el propio Luis Rivera López, la escenografía de Alejandro Mateo, la música en vivo de Sergio Bátiz y Jacobo Lieberman, los títeres de Araceli Pszemiarower y la iluminación de Matías Gorlero, y se presenta los lunes y martes a las 20:00 horas en el Teatro Orientación hasta el 9 de diciembre.

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07
Sep
08

Vuelve Woody Allen, Vicky Cristina Barcelona

Woody Allen, Vicky Cristina Barcelona

Woody Allen, Vicky Cristina Barcelona

 

Por Jorge Zavaleta Balarezo

(Pittsburgh, Estados Unidos)

La nueva película del maestro neoyorquino Woody Allen se llama “Vicky Cristina Barcelona” y, como viene sucediendo con sus últimas producciones, no se desarrolla en la Gran Manzana sino esta vez en la ciudad española que anuncia el título.

Allen nos obsequia una cinta entretenida y virtuosa, bastante acorde con ese sentido y concepto de posmodernidad que ya venía anticipando, por ejemplo, en su interesante “Match Point”. Como en ella, aquí también aparece la bella Scarlett Johansson, ahora  junto a los hispanos Javier Bardem y Penélope Cruz y a una actriz que se revela genuinamente talentosa, Rebecca Hall.

Algunos críticos han señalado la deuda o referencia intertextual que esta cinta tiene con la brillante obra de Francois Truffaut “Jules y Jim”. En aquella obra de uno de los maestros de la “Nueva Ola”, la protagonista, una hoy legendaria Jeanne Moreau, compartía su amor entre dos muchachos. Pero bien podríamos agregar que otro referente es, asimismo, una película también cumbre de Truffaut, “Las dos inglesas y el continente”, donde Jean Pierre Léaud, el actor favorito del cineasta francés, se desvive por el amor de dos hermanas.

Ante estas referencias, no queda más que señalar que “Vicky Cristina Barcelona”, en su apuesta por un retrato de relaciones conflictivas pero a partir de un enfoque lúdico y divertido, es una visión que Woody Allen recupera de sus propios acercamientos a este mundo de filiaciones y desamores ya planteado desde la brillante “Dos extraños amantes”, que ganó el Oscar en 1978, y que continuó en interesantes películas como “Manhattan” y, más adelante, en “Maridos y esposas” o “Misterioso asesinato en Manhattan”.

Y es que de eso se trata. Bardem es un artista dedicado a la pintura, lleno de vida y amor, a quien le encanta el vino y pasar buenos momentos. Scarlett Johansson y Rebecca Hall, son turistas americanas en Barcelona. Penélope Cruz es la ex esposa de Bardem, siempre desesperada o incluso desquiciada. Todo está servido para que en un ejemplo shakesperiano, digamos una comedia de una noche de verano, la magia del romance y lo imprevisto surja y trastoque de pronto el insólito mundo que se va presentando ante nuestra atenta mirada.

Entonces, las relaciones entre estos personajes se vuelven diáfanas y entrañables o de pronto se oscurecen. Unos gozan, otros dudan, o quizá se alteran demasiado. La experiencia de Allen en sus “psicodramas” neoyorquinos reaparece aquí en cierto modo sin descuidar esa postura más suave y sobre todo distendida.

Sin temor a la entrega, a la pasión, sin calcular demasiado el terreno ni los hechos, las mujeres de “Vicky Cristina Barcelona”, además de bellas y sugerentes, son retratos propios de nuestro siglo: liberadas, desprejuiciadas, dispuestas a ir más allá o no plantearse ningún límite. Es lo que sucede con Scarlett Johansson, mezcla de niña y mujer, en su sensualidad explícita, cuando convive con Bardem. O lo que ocurre dentro de la mente de Rebecca Hall, igualmente convencida de que el artista español le atrae más de lo que pensaba.

Es interesante ver cómo la película encuentra su propia energía en esos hechos que se van desarrollando casi naturalmente, sin compromisos ni obligaciones, mientras una voz en “off” nos cuenta de las alegrías y desventuras que se plantea la historia. Woody Allen no se esfuerza demasiado en lograr por momentos escenas hilarantes, siempre sujeto a los dominios del amor. Es esa magia que de pronto lo invade todo, los lienzos que se van llenado de colores, el vino que llena las copas, la dulzura y sorpresa de las mujeres o una Barcelona que, en sus calles y misterios, representa el centro de un placer que, por fin, ha dejado de ser prohibido.

Así, el autor de “Interiores”, “Zelig”, “Balas sobre Broadway” y tantas otras películas, entre genialidades y algunas entregas menores, nos dedica una cinta disfrazada de divertimento pero que en realidad significa sumergirse otra vez en conciencias inseguras, acaso demasiado frívolas, y sin embargo dispuestas a experimentar, a dejarse llevar por la corriente del deseo o lo que venga. Lo que importa es vivir el momento, no pensarlo demasiado, sólo disfrutarlo. Allen entiende que esa línea de pensamiento es parte de lo que la juventud postula hoy en día y aunque sus personajes ya no son niños ni adolescentes ni mucho menos, les otorga esa cualidad de librepensadores y libertarios totales. Entonces, el festín se matiza con mucha vitalidad y sorprende gratamente al espectador, con colores vivos, música agitada y un cierto recuerdo a las comedias silentes que tanto le gustan a este cineasta genial.

 

 

12
Jul
08

12 hombres en pugna

Raúl Díaz

 

  

La gente de mi generación, y otros un tanto más jóvenes, seguramente recuerdan la película que en español se llamó precisamente así, “Doce hombres en pugna” que en su original inglés se denomina, “Twelve angry men”. Seguramente la recuerdan porque es una de esas películas que realmente impactan y lo hacen no solo por lo que dicen y cómo lo dicen, sino también –y por momentos quizás principalmente-, por el trabajo actoral de esos doce hombres que están furiosos, para seguir el nombre original, o que, para seguir el español, se enfrentan en pugna.  

 

Si ese impacto se produce en cine por las razones señaladas, imagínese usted lo que significa de trabajo lograrlo en teatro donde el director no puede gritar ¡Corte! y repetir la toma una y otra vez,  sino que las acciones se suceden ininterrumpidamente y no hay manera de volver atrás.

 

Pues bien, ese impacto es el que se proporciona al público en la versión teatral que actualmente se presenta bajo la dirección de José Solé y un elenco de auténtica primera línea que, encabezado por Ignacio López Tarso (Jurado 8), cito en estricto orden del número de Jurado que les corresponde, del 1 al 12, con el necesario salto del 7 al 9. David Ostrosky, Miguel Pizarro, Juan Ferrara, Roberto Blandón, Miguel Rodarte, José Elías Moreno, Aarón Hernán, Salvador Pineda, Patricio Castillo y, Luis Gatica, a quien me tocó ver, en el papel que alterna con Rodrigo Murray.

 

La escenografía, que reproduce estupendamente una sala de 1957 en la que se reúne el Jurado que habrá de decidir si un adolescente acusado de asesinar a su padre es o no culpable, se debe a Fernando Payán y contribuye de manera decisiva a lograr la atmósfera adecuada. Iguales méritos debe otorgársele a la iluminación de Jorge Ramírez y al vestuario de Diana Muñoz.

 

Si fríamente observamos cual es la cuestión central de la pieza, su desenlace no tiene mayor chiste porque, aún sin tener ningún antecedente, se hace evidente desde el principio cual será el final, tanto que hasta podría titularse “crónica de un veredicto anunciado” sin embargo, la obra logra captar totalmente la atención del público desde el primer momento y mantener la tensión a lo largo de sus aproximadamente dos horas de duración que se presentan sin intermedio.

 

Sucede así porque el perfil psicológico de todos y cada uno de los personajes está perfectamente dibujado y su conducta es reflejo de, claro, sus personales circunstancias, pero también del momento histórico y la sociedad que viven –mediados del siglo pasado y plena guerra fría-, con un nacionalismo exacerbado y, todavía, con la creencia real de que vivían el mejor de los mundos posibles. Apenas unos 10 años después ese espejismo les saltó en mil pedazos y sus propios jóvenes se encargaron de hacerlo estallar

 

Nada de raro tiene, entonces, la diatriba del Jurado 10 (un desconocido, por excelente, Salvador Pineda en el mejor trabajo de su carrera y donde la mano de Solé se hace más que evidente), que expone en toda su bestial claridad la mentalidad fascistoide de los que ayer, como hoy desgraciadamente, creían auténticamente en la “superioridad americana”. Esos de ayer quizás ya no estén para verlo pero, los de hoy, tienen que no solo verlo sino asimilarlo, un negro, muy posiblemente, sea su próximo presidente. La “superioridad americana” se hace astillas.

 

La vida, la maravillosa vida es indetenible y, quien lo dijera, una adusta Sala del  Jurado de hace 51 años, en  la que 12 hombres se desnudan en lo interno y airean, quizás sin proponérselo, sus más recónditos pensamientos y sentimientos, filias, fobias, temores, motivaciones y esperanzas, cobra hoy plena vigencia. La cobra porque, síntesis de la sociedad, nos dice lo que esa sociedad era y lo que, con todo y sus cambios pero también persistencias, es la de hoy.

 

La “crónica de un veredicto anunciado” es eso, no hay lugar para la expectativa en ese sentido, no es pues importante si el dictamen es de culpable o inocente porque desde el principio se sabe que va a ganar “el bueno”, lo importante aquí es lo que pasa en el transcurso del inicio al final.

 

Si ya se sabe qué es lo que va a pasar y no obstante eso la obra consigue manejar las emociones de la manera que lo hace, esto quiere decir que lo determinante es la forma en la que nos cuenta la historia y, desde luego, la manera en la que nos la cuentan sus narradores es decir, los actores que encarnan a los personajes, esos doce hombres enojados que entran en pugna y constituyen un grupo por demás heterogéneo.

 

Desde este punto de vista debo decir que aún cuando, naturalmente, hay unos trabajos mejores que otros, el resultado del trabajo actoral de conjunto tiene necesariamente que calificarse como un trabajo de excelencia.

 

Teatro que reconcilia con el Teatro es decir, aquel que estimula el placer de pensar y está magníficamente presentado, “12 hombres en pugna” no puede dejar de verse y, además, deben adquirirse los boletos con antelación ya que en todas las funciones tienen lleno y es imposible conseguir boletos para el mismo día.

 

“12 hombres en pugna” se presenta viernes a las 19:00 y 21:30, sábados a las 18:00 y 20:30 y, domingos a las 17:30 y 20:00 horas en el Teatro Helénico, Av. Revolución 1500, San Angel.

28
Jun
08

La Siberia de El Milagro

 

 

Raúl Díaz

 

Que un grupo de profesionales se lance a la tarea de implementar un nuevo proyecto cultural es un hecho digno de todo encomio sin discusión posible; si ese grupo es de teatreros (o de “teatristas” o “trabajadores del teatro” como prefieren algunos a los que les da resquemor el idioma) y lo que pretenden hacer es crear un nuevo espacio que sea auténticamente suyo, en el que presentarán solo obras de calidad y, además, crear una compañía estable (hecho absolutamente inusitado en nuestro país) que se responsabilizará de los montajes, entonces para nosotros los teatreros aquello es una cosa que nos hace lanzar alaridos de felicidad y proporcionamos –y procuramos que otros proporcionen-, carretadas de aplausos para ese grupo de locos que, quien sabe porque razones, quizás precisamente porque están locos, continúan creyendo que la cultura y el teatro en específico son algo que vale la pena, aunque el grueso de nuestra sociedad y quienes la gobiernan se empeñen día a día en demostrarnos que no es cierto y que la cultura y el teatro no tienen ninguna utilidad práctica, no descubren tesoritos ni hacen millonarios así que, teatro y cultura, no es algo de lo que haya que ocuparse. 

 

Pues bien, eso, aventurarse en la creación de un nuevo espacio teatral es lo que están haciendo los compañeros agrupados en la organización “El Milagro” que hace ya 18 años se iniciara como editorial, terreno en el que han obtenido algunos logros, y que ahora se amplía a tener su propio espacio y compañía. A unos cuantos metros de la esquina de Milán y Lucerna, confluencia en la que por largos años existiera el Teatro Milán, lugar de exhibición en el DF del buen teatro que en esos tiempos realizaba la Universidad Veracruzana, se alza el nuevo Teatro El Milagro, concretamente en Milán 24 entre General Prim y Lucerna, colonia Juárez.

 

Por lo antedicho, por jugársela a favor del teatro, carretadas de aplausos para sus socios fundadores: David Olguín, director y dramaturgo, Gabriel Pascal, escenógrafo e iluminador y los actores y actrices Laura Almela, Mariana Giménez, Daniel Jiménez Cacho, Juan Carlos Vives y Rodrigo Espinosa y, si alguien se me escapa, disculpas.

 

Hasta aquí los aplausos, porras, vivas y demás; pasemos ahora a qué es lo que está aconteciendo en el Teatro El Milagro y su primera puesta en escena, Siberia, del propio David Olguín y que él mismo dirige.

 

Siberia es un nombre que en el imaginario popular se asocia a frío intenso, muy intenso, hielo, nieve y desolación. Para los que tienen edad para recordarlo, se asocia también a los tiempos de la guerra fría y la furibunda campaña propagandística antisoviética que situaba a Siberia como un gigantesco campo de exterminio en el que muy bien estarían las palabras que el Dante colocó a las puertas del infierno: “Pierda toda esperanza el que aquí penetre”. Sobre esta base, el subtítulo de Siberia reza: “Un viaje a las entrañas del crimen” es decir, un viaje a lo recóndito, a lo allá perdido, a lo que no conocemos pero se antoja sórdido, terrible, a lo que está tan lejos como Siberia y es así de inhóspito, el símil no da lugar a dudas.

 

Y claro, título y subtítulo son así un atractivo y uno espera algo realmente bueno porque a ellos se agregan nombres de importante trayectoria como los

ya mencionados de Olguín, Pascal, la Almela y Vives que son los que participan en esta primera muestra de El Milagro, como también lo hacen Mariana Giménez y Espinosa.

 

Pero hete aquí que como bien apuntaba mi querido amigo y maestro Rafael Solana, “una es la búsqueda y otra la encuentreda” y, es evidente, los milagrosos buscaron, y buscaron bastante, esto hay que reconocérselo pero, en esa búsqueda se metieron a recovecos que no exploraron bien, a laberintos en los que nunca hallaron la salida y, lógico, no encontraron.

 

Como no encontraron no pudieron exponer sus buenos hallazgos y, lo que exponen entonces, es una obra ilógica en la que se mezclan, mal, toda una serie de cuestiones que al final no logran decir nada y, menos aún, establecer un discurso y conclusión coherente. Puede el autor-director argumentar que precisamente esa es la idea, que esa es su intención ya que se trata penetrar en lo más recóndito de la mente y conducta humanas, mente y conducta criminal además y que, por supuesto, eso no es cosa que pueda mostrársenos como algo coherente y lógico sino precisamente lo contrario, y que eso es justamente lo que quiso exponer. Pues bien, si esto es así, lamento decirle que para nada quedó claro su mensaje.

 

Y es que, entre pretendidas influencias “dostoievskianas” (de Fedor Dostoievski), una clarísima aunque absolutamente gratuita alusión a la Siberia stalinista, que solo entienden quienes tienen referencia de esa época, y una fallida experimentación psicoanálitica en búsqueda de demonios interiores, el autor se pierde, no llega a ninguna parte y, lo peor, pierde también el sentido de dirección o, por lo menos, parte de este, lo que se refleja en la pésima dicción de sus actores con la única excepción –que por lo tanto hace más notable la falla de los demás-, de Laura Almela.

 

Bien la parte técnica; imaginativa y plenamente lograda en cuanto a lo que quiere exponer la escenografía de Pascal, misma que complementa con su iluminación, pero se queda uno con la impresión de que un trabajo como este debiera estar destinado a mejor fin. Igualmente cumpliendo su objetivo, el resto del trabajo técnico.

 

Así, un inicio de luz y sombra, luz radiante por lo que significa la existencia de un nuevo espacio teatral, manejado por profesionales, en nuestra ciudad que tanto necesita de estos recintos y, sombra por haber comenzado con una obra fallida así sea del director-fundador del espacio.

 

Siberia, en el nuevo Teatro El Milagro de Milán 24, col. Juárez, jueves y viernes a las 21:00.

 

*Informes: teatro@elmilagro.com.org.mx, 55920031 Jueves día del espactador, $50

 

 

 

 

 

 

 

 

14
Jun
08

El Diablo en Ciudad Blanca

Delia Vela

 

Dos hombres cuyas vidas transcurren paralelas en el Chicago de finales del siglo XIX. Daniel Burnham, arquitecto brillante, responsable de construir una Feria Universal que aumentase el prestigio de la ciudad; y Henry H. Holmes, un ambicioso médico que aprovechó este acontecimiento para llevar a cabo los asesinatos más atroces a la sombra del revuelo causado por la exposición.

‘El diablo en la ciudad blanca’ (Lumen) recupera un episodio crucial de la historia de EU, que supuso la pérdida de la inocencia para una nación joven que aún creía en la bondad innata del ser humano.

La última novela del estadounidense Erik Larson resulta difícil de clasificar dentro de un género concreto. Aunque su planteamiento es, en principio, el de una reconstrucción histórica sólidamente documentada, queda claro que el principal interés de la trama radica en la recreación de los escabrosos asesinatos del doctor H.H. Holmes, un personaje real que en su época llegó a ser comparado con Jack el Destripador e incluso con el mismísimo diablo. El espíritu de una época

Por otro lado, la recreación del Chicago negro y convulso de finales del siglo XIX, sumido en plena Revolución Industrial, es impecable. Evoca a la perfección el espíritu de una América donde la aparición de un asesino como Holmes supuso un grave golpe para la sociedad, hasta entonces convencida de que crímenes similares a los de Jack el Destripador sólo eran concebibles en la decadente y vieja Europa.

Larson narra con habilidad la biografía del primer asesino en serie de EEUU y consigue impresionar doblemente al lector. Por un lado, el amplio número de fuentes documentales le permite reconstruir minuciosamente la vida de las víctimas, sus relaciones con Holmes y los pasos de la investigación policial, hasta el punto de que el lector llega a olvidar qué es realidad y qué invención, en una historia donde el autor deja poco margen a la ficción especulativa.

Por último, la recreación histórica de este periodo del siglo XIX consigue transmitir vívidamente el espíritu de una época donde los avances tecnológicos y la creación de espectáculos tan hermosos como la llamada ‘Ciudad blanca’ de Chicago hicieron creer a muchos que todo era posible. Larson une lo más bello y lo más vil de una era que marcó la entrada de Estados Unidos en el siglo XX.

 

 

17
Mar
08

Bukovsky-Chinansky: la indecente narrativa escénica

 Oswaldo Valdovinos Pérez

La vivencia, la anécdota recurrente -siempre cambiante según el estado del narrador, siempre innovadora en la medida de la sutileza en los detalles-; la capacidad de hilar una historia tras otra, aunque no tengan nada que ver entre sí; la realidad trastocada por la semántica y la fuerza de la palabra enunciada como vehículo de reinvención, de burla, de  sátira personal, de desparpajo lingüístico, de ironía como forma de enfrentar los descalabros cotidianos; pero sobre todo las ganas de contar algo, de hacer de lo intrascendente, a fuerza de voluntad y de palabras, un hecho extraordinario, un motivo por el cual vale la pena seguir adelante aunque la vida sea una verdadera patraña y todo esté del carajo y se derrumbe en un entorno cada vez más desencantado, es uno de los aspectos imprescindibles cuando se trata de sacar lo mejor (o lo pero según se quiera ver) de sí.   Porque, ¿acaso no es mejor sucumbir ante la propia miseria que ser una persona “normal” en una sociedad tan “normal” como un tumor en el cerebro, una enfermedad venérea en un eunuco, una pandemia de peste negra en pleno siglo XXI o un caníbal en una comunidad vegetariana? Claro que esa sociedad tiene su precio y para integrarse a ella han de seguirse ciertos parámetros más o menos sencillos de cumplir cuando se sabe acatar las normas sin chistar: la simulación es la regla, la mentira lo cotidiano, las apariencias lo más importante, las sonrisas huecas y la zalamería el lenguaje diario, las mentiras lo verdadero, el empoderamiento de la palabra el mejor medio para apropiarse de la verdad absoluta… en fin, la paradoja como el discurso casi oficial.  Claro, habrá que renunciar a la necesidad de gritar en medio de la calle (por aquello de las faltas a la moral) todas aquellas estupideces cometidas en nombre de la cordura, de las buenas conciencias, de los atropellos a la razón y las vejaciones al sentido común; habrá que cerrar los ojos para no ver lo grotesco, la mediocridad y el conformismo del hombre común. En pocas palabras, habrá que a alinearse para no ser tildado de inadaptado y lacra social, como un tal Chinansky (personaje de uno de los escritores estadounidenses más provocadores del siglo XX: Charles Bukovsky), quien por medio de los artífices teatrales y en una adaptación muy bien lograda de Adrián Vázquez en su obra No fue precisamente Bernardette. Anécdotas sin pudores ni reticencias de un hombre indecente, logra colarse hasta los escenarios del siglo XXI para demostrar que la estulticia siempre necesita de personajes que no tengan pelos en la lengua para decir las cosas tal y como las perciben.  A partir de tres relatos: En el hipódromo, Deje de mirarme las tetas, señor, y No fue precisamente Bernardette, Adrián Vázquez, quien también actúa y dirige, logra crear un personaje consistente, sólido, vivo, tanto a través de la narrativa de Bukovsky, como desde una perspectiva completamente teatral, caracterizado por su buen trabajo actoral, quien, con un escenario vacío y el apoyo de una iluminación enfocada a crear los ambientes indispensables para cada especio escénico, se enfrenta al público con la mejor herramienta que puede tener un actor: su capacidad interpretativa. De este modo se explica que él solo sea capaz de interpretar a casi una decena de personajes distintos en un monologo ágil, divertido, lleno de una ironía y un humor ácido que dejan ver la esencia de Bukovsky como de Chinansky, en una dualidad en la que resalta el balance entre el valor de la palabra, así como el trabajo escénico tanto del actor como del director.  Si bien es cierto que Bukovsky por sí solo es capaz de lograr un entendimiento cómplice  con el lector que va más allá de una lectura superficial para leer entre líneas lo visceral, Chinansky como personaje teatral evidencia que dicha complicidad también es posible en un espacio efímero, donde durante poco más de 90 minutos las limitantes de la cordura y las formalidades son intrascendentes por la propia naturaleza del hecho teatral; 90 minutos que puede ser mucho tiempo para un monólogo, pero que en este caso en particular se pasan con la mayor ligereza.  Así pues, más allá de las tres anécdotas de Bukovsky-Chinansky, historias, cabe decir, divertidas, llenas de un humor espantosamente ácido, con personajes igual de absurdos y cotidianos como puede ser el propio Bukovsky (una mujer encontrada nuevamente por casualidad, y además desesperada; un jockey perdedor convertido por azares del destino en una esperanza tangible; y el propio Chinansky como un ente lúbrico con una capacidad imaginativa desbordante); con una fuerte carga sexual dos de ellas y de un sentido irónico hasta la médula la otra; con una irrealidad con bastante sentido si se ve desde la perspectiva del hombre desencantado pero no por ello obligado a permanecer indiferente, No fue precisamente Bernardette es una puesta en escena bastante inteligente, divertida, con un fuerte compromiso del equipo escénico que vale mucho la pena ver.   No fue precisamente Bernardette. Anécdotas sin pudores ni reticencias de un hombre indecente, de, con y la dirección de Adrián Vázquez, se presenta los martes en el teatro La Capilla a las 20:00 horas.

23
Feb
08

EL CRI – CRI DE MARIO IVAN

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Raúl Díaz 

Mario Iván Martínez es, sin duda, uno de los actores más completos que tenemos; formado en la rigurosa escuela inglesa tuve el placer de trabajar con él cuando, recién regresado de la vieja Albión, aceptó trabajar en la pequeña obra Mozart y Salieri de Pushkin cuando, con dos pesos, organicé el Primer Festival de Teatro y Música de la Ciudad de México, que antecedió en varios años al denominado Gran Festival Ciudad de México que si contó con todo el dinero del mundo. Recién desempacado, como es natural, no contaba Mario Iván con el justo reconocimiento y fama de que ahora goza pero, si dejaba ver ya claramente su calidad de actor. El recuerdo me llega mientras contemplo su espectáculo Descubriendo a Cri-Cri que todos los domingos, hasta marzo, está presentando en el Polyforum Cultural Siqueiros y que, como su nombre indica, es un espectáculo dedicado al gran Francisco Gabilondo Soler, creador de El Grillito Cantor y quien el año pasado cumpliera sus primeros cien años de nacido .  De aquel Mozart y Salieri al Cri-Cri de hoy mucha y fructífera agua ha pasado bajo los puentes de la creatividad de este actor que, entre otras imágenes, dejara un recuerdo imborrable con su Dr. Brown de la película Como agua para chocolate, a más de presentarse en calidad de narrador-conductor en programas especiales con algunas de nuestras principales orquestas sinfónicas y es que, como anotaba al principio, Mario Iván es de lo más completo que tenemos y así, aparte de su formación actoral posee una sólida formación musical lo que le permite incursionar con éxito en diversas disciplinas (es un estupendo contra tenor, cosa que no todos saben), y combinar esas disciplinas para crear espectáculos destinados a temas o personajes específicos, tal el caso que ahora nos ocupa. Es así como desde hace unos tres años ideó la serie de presentaciones que llamó “Un rato para imaginar” que, amplia como su nombre sugiere puesto que de imaginar se trata, le permite bordar sobre muy diversos tópicos tales, “¿Conoces a Wolfi?” que, obviamente, está destinado a dar a conocer parte de la vida y obra del Divino Wolfgang Amadeus Mozart, el más grande genio musical que haya conocido la humanidad y, en un terreno muy distinto, “La leyenda de los volcanes” que nos habla de nuestras tradiciones y raíces. Así, en ocasión inmejorable del centenario del inmortal creador del grillito cantor, lo pertinente y obvio era dedicarse a Cri-Cri y el resultado es el que motiva estas líneas. Aquí está Mario Iván en su calidad de cuentacuentos, una especialidad que no todos los actores desarrollan porque, una cosa es la actuación propiamente dicha y otra la capacidad de contar un cuento es decir, trasmitir su esencia y hacer sentir las emociones de cada pasaje de manera tal que el escucha auténticamente “viva” las peripecias del cuento. Por eso afirmo que la de cuentacuentos es una especialidad que, como tal, hay que aprender, elaborar, construir, y no es cuestión de simplemente “aventarse” porque se tenga la formación de actor. Y aquí estamos pues, frente a un excelente cuentacuentos que no solo sabe narrar, crear las atmósferas precisas con su desenvolvimiento escénico, sino que sabe armar un espectáculo en el que, sin una parafernalia mayor aunque sin escatimar nada de lo necesario, se llena la escena de color, luz y alegría. Y eso es “Descubriendo a Cri-Cri”, un espectáculo de enorme dinamismo, plenamente lúdico, pletórico de colorido en el que el narrador-personajes-actor-cuentacuentos-cantante-músico y hasta bailarín y medio mago va desgranando las hermosas canciones-historias de Cri-Cri que siguen haciendo las delicias de los chicos y otros no tan chicos, y también de nosotros que ya de eso no tenemos nada y a los que, hay que admitirlo, tales canciones nos conducen a la nostalgia pero, ya sabemos, la nostalgia no es grave sino un sentimiento dulce como el grato sabor de boca que una cucharada de miel nos deja en los labios pero que…ya pasó, ya nos la tomamos. Participativo total, Descubriendo a Cri-Cri involucra a la gente que entusiasmada se presta y une al juego con lo que aquello se convierte en un jolgorio no apto para amargados o “serios y formales” pero si propio, bueno, más que eso, apropiadísimo, para chavos (de cualquier edad de los 3 hasta los 90 años, por ejemplo) alivianados que quieran revivir su visión de cómo la patita se enca…britaba porque el chorrito sus chapitas le despintó, o el no menor enojo de la olla por tener un vecino tan poco aristocrático como el comal, o bien soltar una furtiva lágrima (Donizetti dixit), al recordar las penurias de la pobre muñeca fea o, quizás, reafirmar sentimientos proletarios al recordar a quien proviene de “un barrio pobre y trabajador” o, más sencillamente todavía, quizás tan solo recordar la vocal que se parece a la cuerda con que siempre saltas tú. Y así, saltando, corriendo, bailando, contando, cantando, narrando Mario Iván Martínez va si no (para muchos) descubriendo a Cri-Cri, si seguramente recordándonoslo, haciendo (he aquí la magia) que se nos aparezca de nuevo y nos lleve allá a esos mundos que no son ignotos pero que si hemos perdido por, muchas veces, haber perdido nuestra capacidad de juego, nuestra capacidad de soñar, de imaginar. Y ese –más allá de los puramente artísticos que son muchos-, es el mérito principal de “Un rato para imaginar” y este Cri-Cri que nos devuelve a ese mundo maravilloso de riqueza infinita que es nuestra capacidad de imaginar. “Descubriendo a Cri-Cri” se presenta en el Poliforum Cultural Siqueiros (Insurgentes y Filadelfia), únicamente los domingos a la 1 de la tarde y permanecerá en cartelera solamente hasta el próximo marzo.