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08
Nov
08

El Gigante Gargantúa

 

El Gigante Gargantúa

El Gigante Gargantúa

 

 
 
 
 
 

 

Por: Sisi Casas
Los sinsabores de Gargantúa
Lo sorprendente casi siempre suele estar acompañado por una buena dosis de ingenio, buen humor y, sobre todo, creatividad al momento de aterrizar lo que se quiere decir y cómo se quiere decir, tarea nada fácil (si cabe hacer la acotación) pues lo complicado radica, precisamente, en lograr concretar un proyecto cuyas ambiciones están sustentadas en el plano de la fantasía y lo maravilloso. Y si a esto se agrega un elemento más, en este caso, el público infantil, la tarea entonces es doble. En este sentido la Compañía Divàdlo, creada en noviembre de 2003 por cuatro escenógrafos, ha llevado a cabo una serie de montajes en los que la propuesta escénica parte en sentido inverso del tradicional, es decir, la escenografía como punto inicial para la puesta en escena, más allá del texto y de la visión particular de un director. En este sentido, y bajo esta perspectiva, tiene en su haber varios montajes: una adaptación a la ópera Turandot, la obra Mictlán y sus destinos de la muerte, una adaptación de Hansel y Gretel, y recientemente El gigante Gargantúa, festín de dimensiones sobrehumanas, por mencionar algunas. Esta modalidad le ha permitido a la Compañía Divàdlo trabajar con diversos actores y directores, entre ellos Hayddé Boetto, quien destaca con su versión de Hansel y Gretel, hace más o menos como dos años, y es hasta el momento uno de los mejores montajes en los cinco años de vida de la compañía. Y si bien la propuesta escénica se basa principalmente en la cuestión escenográfica, no hay que dejar de lado el aspecto actoral, pues al fin y al cabo se trata de un proyecto conjunto en el que lo deseable es un equilibrio en todos sus aspectos, llámese música, actuación, escenografía y dirección.

En el caso de El gigante Gargantúa, festín de dimensiones sobrehumanas, puesta en escena basada en la novela de Francois Rabelais, con adaptación y dirección de escena de Mercedes de la Cruz y las actuaciones de Yanet Mirada, Juan Carlos Medellín, Alejandro Arce, Adriana Burgos, Fernando Gómez Pintel, hay dos aspectos diametralmente opuestos.

Por un lado, una escenografía espectacular, cuidada en la mayoría de sus detalles, que logra por sí sola crear un espacio lleno de fantasía y encanto, donde el ingenio y la creatividad son las constantes, aderezada, por supuesto, por un vestuario atractivo desde su concepción (los bocetos como parte del programa de mano es algo que se agradece pues no siempre se ve este proceso creativo) hasta su hechura, amén de la construcción de atractivos títeres y otros elementos escenográficos como libros pop-up (o tridimensionales) para recrear varios lugares de Europa y un dragón muy particular. En síntesis, un trabajo bien logrado desde el punto de vista escenográfico.

Pero por otro lado está la cuestión actoral, de dirección y adaptación. El problema inicial es cómo adaptar una obra literaria al lenguaje teatral. Hay varias opciones para hacerlo: lo más literal posible, en versión libre, con ciertas libertades creativas pero tratando de respetar la esencia del texto… en fin, la forma que se desee siempre y cuando no se pierda de vista que el lenguaje literario es uno y el teatral otro. Es decir, en uno el eje toral lo lleva la palabra escrita y en el otro la acción. De ahí que resulte un tanto pesada esta adaptación al estar llena de elementos superfluos para la escena (sobre todo datos y datos y más datos), que si bien esenciales en la novela para retratar al hombre renacentista, en la puesta en escena resultan de una densidad abrumadora, a tal grado que uno no sabe bien a bien cómo se llega a tal o cual pasaje y qué pasó en el trayecto. A esto habrá que sumarle escenas, como la pelea de los panaderos, por ejemplo, que sólo alargan el montaje a 90 minutos.

Respecto a la cuestión de dirección, amén a lo ya mencionado con relación a la adaptación, hay aspectos básicos que uno no esperaría encontrar a estas alturas en montajes infantiles, sobre todo con un compromiso como el que ha mostrado la Compañía Divàdlo en su trayectoria. Uno de ellos subestimar la capacidad del espectador infantil. ¿No se supone, acaso, que tratar a los niños como tontos era un recurso del teatro comercial, soso, de fin de semana y montajes cuyo único fin es el lucro y la risa fácil del pastelazo? ¿O qué pensar al ver a un actor interpretar a un niño gigante, que en vez de ser un truhán desenfadado (no en balde las cinco novelas de Gargantúa y Pantagruel son representativas de la picaresca del siglo XVI) es un cretino, de hablar bobo y movimientos torpes, no por su condición de gigante, sino por una torpeza de déficit intelectual? ¿Cómo entender un diálogo (cuando Gargantúa alude a que se cagó en los pantalones) que se supone debe estar cargado de un humor escatológico, divertido en exceso por esa misma carga verbal propia de la picaresca, lleno de ironía y sátira, y termina por ser un parlamento vulgar, no por la vulgaridad del personaje es sí mismo (el personaje central de la novela El Buscón, de Francisco de Quevedo, es un vulgar sirviente, pero no por ello es un zafio) sino por el mal gusto con que es dicho? ¿Y qué decir del manejo de los títeres, cuando más de la mitad de sus intervenciones lo único que se ve es la espalda del titiritero?  

Por último, en cuanto a la cuestión actoral, si bien la farsa se caracteriza por sobresaltar de manera exagerada algunos rasgos de los personajes, también debe existir un límite para no caer en la caricatura burda, y quizás el caso más evidente sea el del propio Gargantúa, que de ser representado como un niño bobo en vez de un niño pícaro, termina siendo un niño ñoño en vez de un niño con un espíritu ávido de conocimiento, lo cual no exime al resto del elenco, salvo una o dos excepciones, de hacer un trabajo más orientado a lo fácil y estereotipado que a una búsqueda de personajes.

El gigante Gargantúa, festín de dimensiones sobrehumanas, se presenta en el teatro El Galeón los sábados y domingos a las 13:00 horas hasta el 7 de diciembre.

La cubierta no lo es todo en una buena obra; también importa el contenido.  

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07
Sep
08

Eduardo II, las obscenidades del poder

Eduardo II, Teatro Juan Ruiz de Alarcón, UNAM. Dirección Martin Acosta

Eduardo II, Teatro Juan Ruíz de Alarcón, UNAM. Dirección Martín Acosta

 

 

 

Por Sisi Casas

 

Lo absurdo del poder radica en su falta de personificación. Las instituciones lo son todo: los individuos son removibles, dispensables, simples mecanismos intercambiables que cumplen su función durante dos, tres, seis años, y son depuestos por gracia del aparato político o, si el accesorio es muy defectuoso, por ingenierillos que a su vez también serán desechados llegado el momento. Lo importante es, al fin y al cabo, que la maquinaria siga funcionando sin importar si está a punto de colapsar o la herrumbre la corroa por completo.

 

De ahí que en esta inercia sea indispensable la toma de decisiones en pro del bienestar institucional. ¿Pero qué pasa cuando en realidad el poder sí llega a personificarse y un solo individuo lo detenta? Lo mismo puede ser un dictador o un monarca; uno llegado al poder por un golpe de estado o una revuelta social, en tanto el otro por un designio hereditario o una cuestión de la sangre. En tal caso el problema se vuelve más complejo, pues más allá de las instituciones, imperfectas en su anonimato y corrompibles por su propia naturaleza cambiante, la voluntad de un individuo, y las más de las veces los caprichos, determina el rumbo de un país. Voluntad única, en apariencia, pues detrás hay una serie de grupúsculos que influyen en la toma de decisiones. De ahí que llegado el momento los tiranos también sean depuestos.

 

En este último sentido es que puede inscribirse la puesta en escena, coproducida por la UNAM y el INBA, Eduardo II, de Christopher Marlowe, bajo la dirección de Martín Acosta, que se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario.

 

A partir de que “Eduardo II es el hijo perfecto del imperfecto mundo isabelino, brutal, tan brutal como una carnicería; bello como la mirada de los enamorados; incómodo como el limón en las heridas; patético como dark room al amanecer. Es un discurso poético y político. Es una postura ideológica y una novelita para adolescentes calenturientos”, Martín Acosta construye un montaje donde explora ese mundo subterráneo lleno de corrupción, machismo, homosexualismo, intolerancia, engaño y perversión del poder. De ahí que ciertos elementos estén bien representados desde esa óptica donde lo más importante es, sí, lo que se dice en palabras, pero también a través de ciertas acciones corporales que son más significativas aún que el texto mismo.

Fotografias José Jorge Carreón

Por ejemplo, no es necesario presentar sobre el escenario una justa en la que los nobles demuestren su hombría. En vez de ello, un partido de rugby cumple con el mismo propósito: el mundo de los hombres, de los machos, expresada en su esencia más pura de fuerza bruta, en la transpiración y el empuje de una horda en contra de otra, intercalada con diálogos donde también se ponen a prueba dos voluntades: la del monarca veleidoso y débil, en contra de la conservadora y decidida de los nobles. Un mundo donde lo sobreentendido es tan importante que la fraternidad se vuelve más allá de un vínculo familiar al convertirse en la razón de ser de una clase social.

 

Lleno de energía y con momentos muy buenos que evidencian el dominio del oficio de Martín Acosta como director –el mencionado partido de rugby, varias escenas en los vestidores, la escena final de la violación multitudinaria que cierra el primer acto, el empleo de tambores militares para significar la guerra -, no obstante cuenta con ciertos aspectos un tanto cuestionables: si bien se trata de “El desventurado reinado y la muerte lamentable de Eduardo II de Inglaterra”, basado en la vida del monarca que asumiera a los 23 años el reino de Gran Bretaña, la interpretación de Eduardo carece de cierta coherencia interna al no resultar del todo creíble. Sí, es verdad, es un rey que tiene 23 años, pero en el escenario, si bien se es lógico que se vea un rey débil en momentos, dejarlo en esa situación de desamparo ante los embates de los pares, aun en el mayor momento de tensión, pone en duda su capacidad de sin en realidad ese rey que está en escena hubiera sido capaz de detentar y manejar el poder a su antojo.

 

Un elemento más es, qué tan necesario es recurrir a clichés para denotar que alguien es homosexual: ¿todos deben hablar con cierto amaneramiento, tener una actitud corporal delicada, ser un grupúsculo? ¿Todos los homosexuales son necesariamente “locas”? Eso, amén de cierta desigualdad respecto a los niveles actorales. Cierto, hay momentos en que evidentemente se trata de una sobreactuación, de mostrar lo grotesco de los personajes a través de la ironía o la caricatura, pero hay otros en los cuales más bien parece tratarse de ciertas deficiencias o limitantes actorales. Tal es el caso de Nailea Norvid: después de verla en infinidad de telenovelas y trabajos en televisión, y aún después de ver su desempeño en Electra o la caída de las máscaras, o más recientemente en Memoria, hay una sensación de ver, no al personaje, sino a la actriz.

 

En fin, Eduardo II es un trabajo de Martín Acosta que quizás esté por debajo de Crack o de las cosas sin nombre, pero que, sin duda, tiene muy buenos momentos, a pesar de sus cuatro horas de duración.

 

 
 
 
 

 

 

 

06
Jul
08

Benito antes de Juárez

María Teresa Adalid

Sección cultura

 

El teatro es la posibilidad de apelar a la memoria, acudir a los recovecos de la Historia y confrontar la ‘verdad’ oficial. 

 

 

 

 

 

 

 

   El Fénix Producciones bajo la dirección de Esteban Castellanos lleva a la escena el diálogo-debate entre Benito Juárez y La Patria con los nexos que existen entre un pasado y nuestro presente donde predomina la desigualdad. Benito antes de Juárez es la historia de un hombre nacido en cuna de agricultores, cuya lengua zapoteca pronto se acompañó de la enseñanza del latín, y tras su influencia en un seminario y estudios en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, alcanzó la presidencia del país, ingresando con ello a las altas esferas sociales.

 

El planteamiento apela a la concepción primigenia del teatro: el enfrentamiento del actor con el espectador, Juárez (Esteban Castellanos) y Patria (Guillermina Campuzano), a la espera de que el receptor, situado en un espacio íntimo, en algún momento infiera verbalmente sobre la línea del tema (poca probabilidad porque en el teatro se ha enseñado por años a permanecer en silencio al sentarse en la butaca, así como a nivel social, a no participar activamente en las decisiones del país). Así pues, ¿podrá ser el teatro el medio que impulse un cambio radical en la actitud de los ciudadanos?

 

La historia en general es clara y directa a la realidad social mediante un diálogo con una sociedad desquebrajada, oprimida por el poder, pero sobre todo haciendo énfasis en la conformidad colectiva. Atmósferas de tremenda significación considerando las desavenencias políticas que constantemente impiden el desarrollo individual y colectivo de la sociedad, donde el estado de conformismo por parte de los ciudadanos, aceptación de chantajes y manipulación resulta inverosímil. La situación versa sobre hechos anecdóticos y ficticios que parten del plano subjetivo de Benito Pablo Juárez García, y contemplan el abandono a su mujer, su relación con el clero, el encarcelamiento por defender a unos pobladores y la ejecución de justicia e igualdad como objetivo inicial en su carrera política.

 

Lo interesante sucede en la incursión del espectador, que no queda en la periferia de atender un espectáculo; ES el ciudadano que habita el mundo que se le presenta y que encuentra lugares comunes en frases gastadas como: “Gordos, prietos, chaparros y con atole en las venas”, parte recurrente de nuestra cotidianeidad cuando se trata de descalificar con banalidad al otro.

 

En el planteamiento del montaje, el Benito primerizo expone debilidades, su origen humilde en el campo y el complejo por su tez y corta estatura. La oposición, comprende la era del Benito ‘superado’ a sus complejos (algo extenso en el desarrollo) que espera la respuesta de la no resignación. Su discurso se desprende como la voz de la conciencia, dirigida a la reflexión, lucha por la igualdad y educación.

 

El dramaturgo Edgar Chías conoce el manejo del lenguaje y juega con sus matices, ofrece fragmentos poéticos, bien estructurados, hasta diálogos coloquiales, sobre todo en relación actor-espectador, y que ayuda para que una obra con temática histórica se digiera fácilmente y no se convierta  en un somnífero, sobre todo si se piensa en un público de teatro escolar.

 

La estética de Felipe Lara es minimalista, por lo que intensifica la presencia de los actores, con un trazo simple sobre el marco de tablero de ajedrez, en contraposición de colores, blanco y negro, alusivo a la dualidad y elección en el tablero de la vida. La música de Huehuetl mixteco y flautas ejecutadas por el grupo Tribu, evocan armonías milenarias y de mucha mexicanidad; la iluminación de César Piña juega con los contrastes de luz y sombra concernientes a universos de profundidad y de reflexión interior hasta la envolvente luz de sala.

 

Esteban Castellanos es un actor con la virtud de no repetir sus personajes, cuestión que se agradece profundamente. Su propuesta anterior, Niños perdidos, basado en el cuento “A los pinches chamacos”, de Francisco Hinojosa, ofreció diversas voces del maltrato infantil. Es justo destacar su sensibilidad y capacidad histriónica para asumir la esencia del personaje y los hechos que el texto sugiere para inundar la escena en un tono sobrio y medido. Guillermina Campuzano, con previa actuación en Antígona, y Martina y los hombres de pájaro, acompaña el trayecto como Patria-Destino, Juana Rosa, y la siempre imperante herencia guadalupana en nuestro país.  

 

Es así, como el deber político e histórico, conduce a un huérfano hasta la consagración de su figura en bronce como efigie laureada, cuya figura marmoteada parece culpar a todos, menos a sí mismo… 

 

Benito antes de Juárez se presenta hasta el 20 de julio, los jueves y viernes a las 20:00 horas, sábados a las 19:00 horas y domingos a las 18:00 horas, en el Foro de las Artes del CNA.

 

*Benito antes de Juárez se presentará también en el Teatro Casa de la Paz, (Cozumel 33, Col. Roma) del 25 de julio al 31 de agosto. Viernes 20:00hrs, sábados 19:00hrs y domingos 18:00hrs.

*Fotografía: Arturo López

28
Jun
08

La Siberia de El Milagro

 

 

Raúl Díaz

 

Que un grupo de profesionales se lance a la tarea de implementar un nuevo proyecto cultural es un hecho digno de todo encomio sin discusión posible; si ese grupo es de teatreros (o de “teatristas” o “trabajadores del teatro” como prefieren algunos a los que les da resquemor el idioma) y lo que pretenden hacer es crear un nuevo espacio que sea auténticamente suyo, en el que presentarán solo obras de calidad y, además, crear una compañía estable (hecho absolutamente inusitado en nuestro país) que se responsabilizará de los montajes, entonces para nosotros los teatreros aquello es una cosa que nos hace lanzar alaridos de felicidad y proporcionamos –y procuramos que otros proporcionen-, carretadas de aplausos para ese grupo de locos que, quien sabe porque razones, quizás precisamente porque están locos, continúan creyendo que la cultura y el teatro en específico son algo que vale la pena, aunque el grueso de nuestra sociedad y quienes la gobiernan se empeñen día a día en demostrarnos que no es cierto y que la cultura y el teatro no tienen ninguna utilidad práctica, no descubren tesoritos ni hacen millonarios así que, teatro y cultura, no es algo de lo que haya que ocuparse. 

 

Pues bien, eso, aventurarse en la creación de un nuevo espacio teatral es lo que están haciendo los compañeros agrupados en la organización “El Milagro” que hace ya 18 años se iniciara como editorial, terreno en el que han obtenido algunos logros, y que ahora se amplía a tener su propio espacio y compañía. A unos cuantos metros de la esquina de Milán y Lucerna, confluencia en la que por largos años existiera el Teatro Milán, lugar de exhibición en el DF del buen teatro que en esos tiempos realizaba la Universidad Veracruzana, se alza el nuevo Teatro El Milagro, concretamente en Milán 24 entre General Prim y Lucerna, colonia Juárez.

 

Por lo antedicho, por jugársela a favor del teatro, carretadas de aplausos para sus socios fundadores: David Olguín, director y dramaturgo, Gabriel Pascal, escenógrafo e iluminador y los actores y actrices Laura Almela, Mariana Giménez, Daniel Jiménez Cacho, Juan Carlos Vives y Rodrigo Espinosa y, si alguien se me escapa, disculpas.

 

Hasta aquí los aplausos, porras, vivas y demás; pasemos ahora a qué es lo que está aconteciendo en el Teatro El Milagro y su primera puesta en escena, Siberia, del propio David Olguín y que él mismo dirige.

 

Siberia es un nombre que en el imaginario popular se asocia a frío intenso, muy intenso, hielo, nieve y desolación. Para los que tienen edad para recordarlo, se asocia también a los tiempos de la guerra fría y la furibunda campaña propagandística antisoviética que situaba a Siberia como un gigantesco campo de exterminio en el que muy bien estarían las palabras que el Dante colocó a las puertas del infierno: “Pierda toda esperanza el que aquí penetre”. Sobre esta base, el subtítulo de Siberia reza: “Un viaje a las entrañas del crimen” es decir, un viaje a lo recóndito, a lo allá perdido, a lo que no conocemos pero se antoja sórdido, terrible, a lo que está tan lejos como Siberia y es así de inhóspito, el símil no da lugar a dudas.

 

Y claro, título y subtítulo son así un atractivo y uno espera algo realmente bueno porque a ellos se agregan nombres de importante trayectoria como los

ya mencionados de Olguín, Pascal, la Almela y Vives que son los que participan en esta primera muestra de El Milagro, como también lo hacen Mariana Giménez y Espinosa.

 

Pero hete aquí que como bien apuntaba mi querido amigo y maestro Rafael Solana, “una es la búsqueda y otra la encuentreda” y, es evidente, los milagrosos buscaron, y buscaron bastante, esto hay que reconocérselo pero, en esa búsqueda se metieron a recovecos que no exploraron bien, a laberintos en los que nunca hallaron la salida y, lógico, no encontraron.

 

Como no encontraron no pudieron exponer sus buenos hallazgos y, lo que exponen entonces, es una obra ilógica en la que se mezclan, mal, toda una serie de cuestiones que al final no logran decir nada y, menos aún, establecer un discurso y conclusión coherente. Puede el autor-director argumentar que precisamente esa es la idea, que esa es su intención ya que se trata penetrar en lo más recóndito de la mente y conducta humanas, mente y conducta criminal además y que, por supuesto, eso no es cosa que pueda mostrársenos como algo coherente y lógico sino precisamente lo contrario, y que eso es justamente lo que quiso exponer. Pues bien, si esto es así, lamento decirle que para nada quedó claro su mensaje.

 

Y es que, entre pretendidas influencias “dostoievskianas” (de Fedor Dostoievski), una clarísima aunque absolutamente gratuita alusión a la Siberia stalinista, que solo entienden quienes tienen referencia de esa época, y una fallida experimentación psicoanálitica en búsqueda de demonios interiores, el autor se pierde, no llega a ninguna parte y, lo peor, pierde también el sentido de dirección o, por lo menos, parte de este, lo que se refleja en la pésima dicción de sus actores con la única excepción –que por lo tanto hace más notable la falla de los demás-, de Laura Almela.

 

Bien la parte técnica; imaginativa y plenamente lograda en cuanto a lo que quiere exponer la escenografía de Pascal, misma que complementa con su iluminación, pero se queda uno con la impresión de que un trabajo como este debiera estar destinado a mejor fin. Igualmente cumpliendo su objetivo, el resto del trabajo técnico.

 

Así, un inicio de luz y sombra, luz radiante por lo que significa la existencia de un nuevo espacio teatral, manejado por profesionales, en nuestra ciudad que tanto necesita de estos recintos y, sombra por haber comenzado con una obra fallida así sea del director-fundador del espacio.

 

Siberia, en el nuevo Teatro El Milagro de Milán 24, col. Juárez, jueves y viernes a las 21:00.

 

*Informes: teatro@elmilagro.com.org.mx, 55920031 Jueves día del espactador, $50

 

 

 

 

 

 

 

 

28
Jun
08

Ricardo III Los sueños del poder

Oswaldo Valdovinos Pérez

 

El poder absoluto es la madre de la corrupción, la insidia, la degradación, pero sobre todo de la estupidez y la estulticia humana, muy evidente y tan en boga actualmente en la clase política. Y si bien, dicen los que se supone que saben, las instituciones van más allá de los hombres, son éstos quienes al fin y al cabo les dan sentido; de ahí que sea absurdo afirmar que estén libres de tales males o logren sobrevivir incólumes ante dichas aberraciones.

 

Y si bien éste es el trasfondo de la puesta en escena de Ricardo III (Un sueño)—adaptación de Erando González a la obra Ricardo III de William Shakespeare— del cual sobran ejemplos en los tiempos actuales, sobre todo en un país con una “democracia naciente” como es el nuestro, hay otro aspecto que sobresale por su concepción íntima: el acto creativo del actor.

 

Protagonista de su propia versión, Erando González plantea en este “sueño” las tribulaciones de “un actor que piensa, imagina, ensaya y construye a un Ricardo que, a la vez,  piensa, imagina, ensaya, construye su propia tragedia”.   

 

A partir de estas dos premisas y de la idea, literalmente, del teatro dentro del teatro (lo cual logra perfectamente al estar el público en el escenario, donde prácticamente no hay nada que lo separe del actor) Erando González da un sentido renovado y bien estructurado de lo que se puede hacer con un texto shakesperiano.

 

Si bien Shakespeare construyó este drama histórico a partir de la vida y tragedia del Rey Ricardo III, personaje que vivió en el siglo XV y protagonizó la Guerra de las Rosas, enfrentamiento entre nobles ingleses que siguió a la derrota británica frente a los franceses en la Guerra de los Cien Años (combate entre las casas de York —familia a la que pertenece Ricardo III— y la de Lancaster, que duró treinta años y resultó favorable para esta última, surgiendo la dinastía de los Tudor), en voz de González se ve a un mismo tiempo al actor en el proceso de creación, pero también a los personajes encarnados tanto por el mismo actor como por diversos elementos a los que González da vida a la manera de un titiritero.

 

Así, por ejemplo, en la escena en que Ana, viuda de Eduardo, príncipe de Gales, sigue el féretro de su esposo y reclama al insidioso su traición, ella toma forma bajo un velo negro que pronto se trasforma en una “marioneta” (a partir de la propia mano del actor) al ceder a las pretensiones amorosas de Ricardo, que la leyenda representa como deforme y cojo de nacimiento. O en el caso en que éste esconde bajo benignas apariencias sus diabólicos planes y hace que su hermano Eduardo IV sospeche del otro hermano, Jorge, duque de Clarence, y lo ponga en prisión para posteriormente lograr que sus sicarios lo maten y arrojen a una cuba de malvasía, es resuelto a partir de una manzana, una daga, un juego de iluminación bien logrado para definir atmósferas y estados emocionales, y sobre todo, por el espacio íntimo que el actor logra sacar a flote en un despliegue de dominio del oficio.    

 

De esta manera, este “sueño” escénico da lugar a un Ricardo III que transita por el trono, la sala de la Corte, el exterior del Palacio, sus torres, a través de un ejercicio de imaginación que le permite dialogar con sus monstruos, tanto del actor como del personaje, en una encrucijada que refleja los diversos altibajos emocionales a los que es sometido la voluntad de quien ante todo desea el ansia de poder absoluto.

En el montaje —explica el actor, quien, junto con Sylvia Ortega, también dirige— “actor y personaje se invocan y aparecen, asisten y se asisten, se confabulan en la creación y el juego de otras presencias. Juntos deliran de la mano y preparan tres o cuatro cosas, echan mano de otras dos o tres, y se ven juntos en algún punto de su ruta a este –hasta hoy lejano, improbable—estreno”.

 

De este modo, después de una entrañable recreación escénica, una vez en el poder, Ricardo asesina a todo aquél que podría perfilarse como su rival, tanto en el mundo romántico como en el sanguíneo. Y aunque logra coronarse como soberano, finalmente cae muerto en el espacio que le resulta más propio: el campo de batalla.

 

Ricardo III (Un sueño), de William Shakespeare, en una adaptación y versión en verso al español realizada por Erando González, se presentará en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque, del 23 de junio al 5 de agosto, los lunes y martes a las 20:00 horas, en una puesta organizada por la Coordinación Nacional de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

 

30
Abr
08

Together, La comuna

Basada en la pelãula del realizador sueco Lukas Moodysson y el director Gisli Örn Gardasson Raúl Díaz

 

Dentro de las actividades del recién concluido Festival de México en el Centro Histórico en su vigésima cuarta edición, se presentó la obra teatral Togheter (La comuna), adaptación de la película del mismo nombre del director sueco Lukas Moodysson, que nos llegó en una coproducción de Islandia, España y México bajo la adaptación y dirección de Gisli Örn Gardarsson para la compañía Vesturport Theatre Group que, como una atracción especial para nuestro público, tuvo la atingencia de invitar como parte del elenco a uno de los actores mexicanos más reconocidos del momento, Gael García Bernal.

 

La comuna recrea la época del movimiento hippie que sacudiera los valores y hasta un poco las estructuras de los países capitalistas más desarrollados, pero que alcanzara también a algunas de las naciones de economía menos boyante, tal el caso de la mexicana.

 

Ese movimiento involucró a miles de jóvenes en prácticamente todo el mundo, causó escozor y algo más, planteó la necesidad de, de alguna manera, revisar lo establecido y hasta modificarlo, pero carente de sustento sólido, sin ningún corpus teórico de donde partir y afianzarse pese a su significación mundial, terminó diluyéndose en la nada. 

 

Fue el hippie un movimiento importante sin duda, llenó toda una etapa (aunque pequeña) y en nuestra ciudad, a finales de los sesentas y principios de los setentas del siglo pasado, cientos de jóvenes nacionales y extranjeros pululaban por la Zona Rosa y lugares aledaños; en el interior, Oaxaca por ejemplo, se formaron comunas y, sin embargo, quien lo dijera porque eso sucedió hace apenas unos años, nuestros jóvenes actuales ni siquiera tienen idea de en qué consistió y qué hizo ese movimiento y, muchos, ni siquiera saben que existió.

 

Por ello resultó interesante (a más de las virtudes de la obra en sí y del montaje), la propuesta del grupo islandés que vino a recordar un poco de qué fue aquello a través de una de sus manifestaciones más significativas: La Comuna. La comuna, el lugar de convivencia de un grupo heterogéneo de hombres y mujeres, niños y viejos sin distinciones de ninguna clase entre ellos, en donde todo era de todos y prácticamente la propiedad privada no existía, donde el sexo podía practicarse con plena libertad entre quienes quisieran ejercerlo sin aquello de los convencionalismos burgueses de “mi” esposa (o), novia (o) etc. y las tareas para el funcionamiento de la comuna se repartían y realizaban entre todos.

 

Y de la vida cotidiana de una comuna, como su nombre lo indica, trata Together, una mirada a eso que fue significativo, muy significativo en su momento y…desapareció sin dejar huella.

 

La comuna aquí es una casa de cuatro niveles con varios cuartos en cada uno por cuyas ventanas puede verse a sus ocupantes y lo que hacen, por lo que el espectador puede seguir así lo que ocurre en cada habitación y en las dos áreas comunes, el vestíbulo y la cocina, que son los espacios en los que se desarrollan las acciones de los ocho singulares componentes de esta comunidad que, aunque con pequeñas discrepancias, vive en realidad en bastante paz y armonía pretendiendo ignorar los grandes problemas que aquejan al resto de la sociedad y aparentando que en realidad creen en que están construyendo un mundo mejor y diferente, que han superado ya todos los convencionalismos burgueses, que poseen una moral superior y hasta pueden abstenerse sin ningún problema de comodidades y factores de entretenimiento y/o información de la vida moderna como el teléfono y la televisión.

 

Pero hete aquí que de pronto, para alejarse de un marido borracho y golpeador, a la comuna llega una mujer “normal” con su pequeña hija y toda la faramalla se viene abajo porque en realidad no estaba sustentada en nada sólido.

 

Si bien es cierto que se predicaban y auto convencían de estar haciendo algo revolucionario, y entre ellos estaba un activo propagandista de las grandes ideas de Marx, Lenin y otros connotados revolucionarios que acaba, al final de la obra, por abandonar la comuna para ir a integrarse a las Brigadas Rojas de Alemania, no menos cierto es que ninguno de ellos, ni siquiera el activista, poseían una formación ideológica que sustentara su conducta, ni tenían un auténtico espíritu solidario que los fortaleciera y unificara ante la contaminación exógena.

 

Por eso, a la primera aparición de elementos extraños, la tal comuna empieza a desquebrajarse rompiendo las normas que supuestamente los unían y, por ejemplo, la mayoría se agolpa en torno a la televisión que, con el pretexto de que era para la niña recién llegada, alguien llevó a la comuna.

 

Dos o tres elementos disociadores más bastan para que la comuna se descomponga totalmente y se desintegre sin mayor pena ni gloria, tal como ocurrió con el movimiento en general.

 

La Comuna, pues, no es un simple relato de lo que pasó con un grupo de “locos”, “desadaptados”, “viciosos” -y otras linduras que se les endilgó a los hippies- que decidieron vivir juntos, sino que es una alegoría de algo que fue, que existió realmente, que afectó a la sociedad de su momento y hasta la preocupó porque sintió que podría afectarla pero que, para fortuna de lo establecido, no llegó a ser realmente un movimiento subversivo y, como la comuna del cuento, simplemente desapareció aunque varios de sus integrantes, de una u otra manera, resintieron los efectos o fueron producto de la guerra del imperio en contra del heroico pueblo de Viet Nam.

 

Buen trabajo en general de todos los participantes, y buena ilustración para nuestros jóvenes de un episodio importante de la historia reciente. 

 

 

18
Abr
08

No vaya a llorar: introspección al desamparo

Teatro

 

 

 

Oswaldo Valdovinos Pérez

La desesperación engendra miedo, pero también dolor y sobre todo la necesidad de sobrevivir, aún a costa, paradójicamente, de la propia existencia. De ahí que la más mínima oportunidad para escapar de una realidad asfixiante, por una complejidad histórica que escapa a quienes no la han padecido o la han visto desde afuera como mero espectador, sea tomada como la única alternativa viable sin importar el riego que, con una mirada objetiva y racional, implica lazarse a una aventura desquiciante y con más posibilidades de fracaso que de éxito.  

 

Y es que un acontecimiento de estas magnitudes no puede pasar desapercibido, y mucho menos dejar que el tiempo lo sepulte entre otros tantos hechos igual de atroces, porque desentenderse de él o fingir que no pasó sería tanto como evadir la responsabilidad histórica del sistema político que lo engendró (lo cual por supuesto no exime a los otros sistemas políticos vigentes de sus propias aberraciones). 

 

Para evitar que lo anterior ocurra ha de valer la memoria y el testimonio de aquellos implicados en esos tiempos de revuelo y euforia engañosa, sobrevivientes cuyo testimonio permiten reconstruir la historia colectiva a partir de la individualidad. 

 

Así pues, bajo estas premisas es que se inscribe la puesta en escena de la compañía Viento de agua No vayas a llorar, co-escrita y co-dirigida por Boris Villar y Maribel Barrios, cuya trama relata dos historias, ambas desde tierras cubanas: una se ambienta en el “éxodo” del verano de 1994 y recrea el drama de una amante súbitamente desamparada; la otra acontece ocho años más tarde y describe aspectos de nuestra migración personal.

 

En el primer caso el contexto está determinado por los sucesos del 4 y 5 de agosto de 1994, cuando en La Habana corrieron rumores respecto a que “unas lanchas provenientes de Miami se acercarían a costas cubanas”, lo cual propició que el día 5 miles de personas llegaran al malecón y en el transcurso del día tuvieran un enfrentamiento con las fuerzas policíacas con resultados brutales. Días después, previendo nuevos incidentes, el gobierno retiró la custodia de las costas y miles de personas se lanzaron al mar en embarcaciones por demás inverosímiles, hechas a partir de tablas, ramas, neumáticos, cámaras de llantas, lazos y todos aquellos materiales improvisados dispuestos a la mano; además, por supuesto, de mínimas raciones de alimentos y agua potable, previendo el desastre que acontecería en las siguientes semanas. En el segundo caso se aborda un fragmento de la biografía migratoria de Maribel Barrios, en la cual se hace énfasis en todos aquellos aspectos emocionales que la llevaron a correr la misma suerte de aquellos otros tantos cubanos del 94. 

 

A partir de una escenografía que lo mismo remite a una vivienda promedio cubana que a una de las tantas embarcaciones utilizadas para tal éxodo, se plantea un montaje íntimo, casi autobiográfico, en donde la constante es el dolor, la nostalgia, la remembranza, expresados en la palabra exacta, la emoción y el cuerpo, evitando caer en todo momento en el melodrama por el buen manejo de una técnica actoral depurada.

 

De este modo los espacios se suceden uno a otro con una efectividad lograda a partir de dotar de múltiples significados a un objeto, lo cual lleva a que, por ejemplo, una tabla sea a un tiempo una embarcación, una carreta, una puerta, un sótano, una balsa perdida en medio del mar donde no hay regreso y el hambre, la sed y los rayos del sol devendrán en una locura colectiva de aquellos quienes vieron en un rumor respecto a que “unas lanchas provenientes de Miami se acercarían a costas cubanas” la oportunidad de escapar a su realidad.

 

Llega un momento en que las dos tramas se suceden, se cruzan, se colisionan, se excluyen e incluyen para mostrar cómo individuos que están ligados por afectos entrañables experimentan la “separación” a pesar del tiempo trascurrido y del espacio entre ambas experiencias. 

 

Cabe mencionar que Viento de Agua busca promover en México la exploración de temáticas contingentes y propone ofrecer desde la expresión escénica sus impresiones sobre los principales puntos de reflexión que ocupan a la sociedad y cultura contemporánea. Al interior del grupo, se busca aprovechar el desarrollo e interacción de la multi-procedencia cultural y teatral de los actores, así como de otras agrupaciones.

 

No vayas a llorar se presenta los viernes a las 20:30 horas en el Centro Cultural El Foco (ubicado anteriormente como el Foro de la Comedia), Tlacotalpan 16, entre Campeche y Aguas Calientes, en la colonia Roma, cerca del metro Chilpancingo y la estación Campeche del Metrobús, a media cuadra de insurgentes. 

 

Conjuntamente a la propuesta teatral se exhibe: ” Especulaciones plásticas a partir del diseño escenográfico”, muestra del artista plástico y escenógrafo Israel Rodríguez, quien a su vez es el diseñador de la puesta en escena. Dicha muestra está a disposición del público de lunes a domingo entre las 10:00 y 20:30 horas.