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12
Abr
08

El Surrealismo y Sarah Tisdall

El surrealismo une al sueño y a la fantasía

con la realidad cotidiana, con el fin de formar

“una realidad absoluta, una surrealidad

 

André Breton.

  

 

Enrique Salazar Híjar y Haro

 

   El origen de la pintura surrealista se remonta a la época renacentista con la obra del pintor italiano Paolo Uccello (1397-1475), así como con la de El Bosco o Hieronymus Bosch (1450-1516), pintor holandés, uno de los artistas más interesantes de la época flamenca de los siglos XV y XVI, cuya pintura, de temática religiosa e iconografía demoníaca, se nutre de personajes fantásticos y paisajes oníricos, que anticipan en cinco siglos el movimiento surrealista moderno; lo mismo que su más cercano seguidor, Pieter Brueghel “el Viejo” (c. 1525-1569), pintor y grabador flamenco quien trabajó en este estilo figuras monstruosas y fantásticas, como los enanos demoníacos en su serie de grabados: “Los siete pecados capitales”.

     En el transcurso de más de dos siglos, el estilo del renacimiento evolucionó hacia el barroco, al rococó, al neoclásico y finalmente al romántico, representado éste último mediante la obra del pintor y grabador español Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), quien es uno de los más grandes maestros del arte, porque con su obra dio origen a la pintura moderna en todas sus acepciones.

     Cincuenta años después, el pintor y litógrafo francés simbolista Odilon Redon (1840-1916), y el poeta, pintor y grabador británico del romanticismo William Blake (1757-1827) evolucionaron finalmente su obra artística hacia el surrealismo. A Odilon Redon se le considera como un artista visionario, precursor del moderno surrealismo.

     El poeta y crítico francés André Breton (1896-1966), emitió y firmó en 1924 su primer Manifiesto Surrealista (del francés sur-réalisme: surrealismo, superrealismo o suprarrealismo), firmado también por el poeta francés Louis Aragón (1897-1982), uno de los líderes del los movimientos literarios conocidos como dadaísmo y surrealismo, firmado también por el poeta Paul Eluard (1895-1952), además de Philippe Soupault (1897-1990), quien redactó con Breton el primer texto del surrealismo.

     En su segundo Manifiesto Surrealista de 1929, Breton define más la noción del surrealismo, en el que afirmó que éste movimiento debía caminar junto a la revolución marxista, por lo que condenó y expulsó del grupo a todos aquellos que no coincidieron con sus ideas.

     Formaron parte del grupo de pintores surrealistas a partir de 1929, el alemán nacionalizado francés, Max Ernst (1891-1976), quien fue figura fundamental en el movimiento Dadá y en el surrealista; el francés Jean Arp (1891-1976), escultor, pintor y poeta francés, quien formó parte de varias de las más destacadas vanguardias artísticas del siglo XX; y el pintor y fotógrafo estadounidense Man Ray (1890-1976), figura destacada en la vanguardia artística de París en la década de 1920.

     Se incluyen entre los miembros del grupo de Breton, al que se unió por un corto periodo de tiempo el pintor y escritor francés André Masson (1896-1987), quien fue un miembro destacado del surrealismo hasta 1929, cuando abandonó el movimiento surrealista después de mantener una larga y fuerte disputa con Breton; al pintor español Joan Miró (1893-1983), en cuyas obras recoge motivos extraídos del reino de la memoria y del subconsciente con gran fantasía e imaginación; Alberto Giacometti (1901-1966), pintor y escultor suizo, quien después de instarse en París se convirtió en uno de los principales escultores surrealistas en la década de 1930; y el pintor catalán Salvador Dalí (1904-1989), quien se asoció en 1930 al surrealismo de Breton, pero que después fue relegado por la mayoría de los artistas del movimiento, cuando fue acusado de estar más interesado en la comercialización de su arte que en las ideas del movimiento surrealista.

     Entre los importantes exponentes del surrealismo que no formaron parte de grupo de Breton, pero de la misma época, figuran Giorgio de Chirico (1888-1978), creador de la pintura metafísica; el pintor y diseñador francés de origen ruso Marc Chagall (1887-1985), con su pintura de fantasía; el suizo Paul Klee (1879-1940), quien es uno de los representantes más originales del arte moderno; el dadaísta francés Marcel Duchamp (1887-1968), cuya obra ejerció una fuerte influencia en la evolución del arte de vanguardia del siglo XX; y el pintor y escultor español Pablo Ruiz Picasso (1881-1973), quien siempre declaró que no era surrealista, aunque en muchas de sus obras se pueden apreciar cualidades y características propias del surrealismo.

     Sería imperdonable olvidar dentro de esta corriente surrealista a René Magritte (1898-1967), quien nació en Lessines, Bélgica, y es uno de los más importantes creadores del movimiento surrealista, lo mismo que su compatriota Paul Delvaux (1897-1996), magnífico pintor de desnudos femeninos, plenos de erotismo, en ambientes oníricos y desdibujados; y a James Ensor (1860-1949), belga también, cuyos retratos ofrecen una visión grotesca de la humanidad, lo convierten en uno de los precursores del expresionismo y del surrealismo modernos.

     Entre los años 1938 y 1940, con el apoyo del presidente de la República Mexicana Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970), cuyo gobierno acogió a grandes personajes de la cultura española durante la guerra Civil Española de 1937, llegó en 1940 la española Remedios Varo (1913-1963), quien ingresó al surrealismo de la mano de Paul Eluard y André Breton y fue la introductora de la pintura surrealista en México.

     Otros artistas radicados en México que se inspiraron para su obra en el surrealismo, lo fueron Gunther Gerzso (1915-2000), influido por el arte de Remedios Varo y del austriaco Wolfgang Paalen (1906-1959), quien en 1940 organizó en cooperación de André Breton y el poeta y pintor peruano César Moro (1903-1956), la Exposición Internacional del Surrealismo en la Galería de Arte Mexicano.

     Figuran en la pintura surrealista que se desarrolló en México, el italiano Pedro Friedeberg (1937), quien es además exponente del Arte Pop. En 1942 arribó a México Leonora Carrington (1917), quien nació en Clayton Green, Lancashire, Inglaterra, y se inició en el surrealismo de la mano de Max Ernst. Leonora Carrington ha permanecido la mayor parte de su vida y desarrollado su obra en México, quien a sus 91 años de edad acaba de presentar una magnífica exposición escultórica de grandes dimensiones en el camellón del Paseo de La Reforma, frente al Museo Nacional de Antropología.

     Como digna heredera de esta hermosa tendencia surrealista en el arte pictórico, figura la pintora inglesa Sarah Tisdall, quien nació en 1938 en Totnes, Devon, Inglaterra, y reside desde hace cuatro años en la Ciudad de México.

     Las primeras obras de Sarah Tisdall contienen tendencias y huellas del surrealismo que se desarrolló en la Europa continental, que se reflejó en Inglaterra. Después de absorber el surrealismo, Sarah Tisdall ha logrado crear el suyo propio, al que se le podría llamar Surrealismo Metafórico y poético, en cuya obra se encuentra, como lo escribe el galés Hugo Adams: “…una áurea teatral, no solamente por su escala y su técnica, si no también porque sus figuras aparecen frecuentemente como parte de una mis-en scéne (escenificación), con la que engrandece y magnifica la dimensión surrealista en cada una de sus obras”.

     En base de este rico concepto creativo, Sarah Tisdall continúa evolucionado mediante un arte que ha tomado también tendencias expresionistas, mediante el que expresa su protesta y reclamo contra el destructivo armamentismo del siglo XX, que en el XXI continúa y se supera desmesuradamente.

     Es en el conjunto de la extraordinaria exposición que Sarah Tisdall nos presenta en el vestíbulo de la Cámara de Diputados de San Lázaro, a la que llamó significativamente “Cambio de marea”, podemos admirar la recreación de temas de animales fantásticos, como los que surgieron de las culturas de Mesopotamia, de Grecia, de Roma y de México con su magia y mitología; paisajes inspirados en su país natal; mensajes e ideas místicas y filosóficas medievales, además de  retratos que, en forma magnífica, pero también crítica, expresa en sus dibujos, acrílicos y óleos, no carentes de mensajes poéticos.

      En el conjunto de esta exposición luce otra serie de pinturas, en las que expresa abiertamente su repudio hacia las fuerzas destructivas del mundo, y efectúa pictóricamente análisis políticos y filosóficos de las masacres resultantes, como muestra de la prepotencia y del poder ejercido en algunos países de América, de Asia, de África y del Medio Oriente por potencias ávidas de ambición, de poder y, principalmente, de petróleo.

     Conocedora de la Escuela Mexicana de Pintura y admiradora del muralista Diego Rivera, Sarah Tisdall nos muestra en esta extraordinaria exposición, una interesante recreación del mural que Diego Rivera efectuó en 1933 para el nuevo edificio de la RCA en el Rockefeller Center de Nueva York, al que él llamó “Hombre en la encrucijada”, destruido poco después de su realización porque contenía un retrato del líder soviético Lenin (Vladímir Ilich Uliánov) (1870-1924). Un año después, Rivera reprodujo este mural en el palacio de Bellas Artes de México.

     Rivera expresa en ese mural las perspectivas felices del mundo futuro mediante el sistema socialista. En cambio, al recrear el mural de Rivera, al que Sarah Tisdall llamó “Civilización o destrucción”, denuncia mediante sus metáforas surrealistas y expresionistas la realidad actual del mundo en sus aspectos sociopolíticos, con sus pocos aciertos e inumerables desaciertos, causados principalmente por las actuales grandes potencias que, en su afán de poder y enriquecimiento, depauperan al mundo entero mediante la esclavitud, la guerra, las drogas y la degradación del medio ambiente.

     En el lado izquierdo de este interesante mural, Sarah Tisdall nos muestra los progresos positivos de la ciencia actual junto a los retratos de científicos, investigadores, filósofos y líderes de paz, quienes han beneficiado al mundo con sus grandes aportaciones.

     Contrario a esto, en la parte central de la pintura figura a la Hidra o dragón de nueve cabezas, procedente de la mitología griega, en la que Sarah Tisdall representa a los nueve personajes causantes de las masacres mundiales. Este monstruo que vive en las zonas más pútridas del mundo, es una amenaza para todos sus habitantes, porque cuando le es cortada una de sus cabezas, crecen dos en su lugar; la cabeza del centro representa al mal de todos los tiempos, que desafortunadamente es inmortal.

     La humanidad entera tiene necesidad de un moderno Hércules, quien en el segundo de sus doce trabajos logró eliminar a la Hidra cuando quemó las ocho cabezas mortales y enterró la novena, que es inmortal, bajo una enorme roca.

     En el lado derecho de la pintura están figuradas todas las formas de protesta que efectúan los pueblos sojuzgados por los grandes poderes que, en contubernio con gobiernos vendidos, o mediante líderes corruptos, causan grandes masacres humanas con el resultado de sangrientas represiones y millares de cadáveres mutilados.

     En la parte alta de la pintura está bellamente figurada la odisea de la conquista del espacio; en cambio, en la parte baja está representada la tragedia de la destrucción del medio ambiente, mediante el ahogante “smog”, agua putrefacta, bosques talados o quemados, y la naturaleza amenazada y destruida, como resultado del avance desmesurado de la carrera armamentista.

     Esta pintura, de alcances visionarios, en un aviso y una advertencia en su propia casa a los legisladores mexicanos, en lo que les corresponde dentro del concierto de la humanidad, para que se olviden de pleitos partidistas que más los dividen, y se preocupen más, en unidad, para dar solución a las grandes necesidades del pueblo mexicano, y no caer en los excesos que Sarah Tisdall denuncia en sus cuadros y en su pintura mural.

     Sarah Tisdall comparte este espacio en la Cámara de Diputados con el pintor Arturo Reyes Mata, quien presenta su exposición “Telas embarazadas”, en la que también critica la política de los gobiernos de México con sus desaciertos y masacres.

     Esta magnífica exposición será inaugurada oficialmente el martes 15 del presente mes a las 12:30 horas en el vestíbulo de la Cámara de Diputados de San Lázaro, con el auspicio de la Comisión de Cultura de la LX Legislatura de la Cámara de Diputados del Honorable Congreso de la Unión. Esta doble exposición permanecerá en el recinto legislativo hasta el 18 de abril. Después se podrá admirar mediante cita previa al Teléfono Celular 04455 2340 7926, para visitarla en la Calle Leandro Valle número 14, a un lado del templo de Santo Domingo, frente a la Fuente de la Aguilita, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. 

 

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08
Dic
07

La estética de la violencia

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Claudio Augusto Zinder Ponce 

El arte nunca se ha sentido atraído por la bondad. Dostoievski quiso hacer la novela de un hombre absolutamente bueno, y en sus diarios cuenta las enormes dificultades del proyecto. Al final resultó El idiota. En cambio, el arte ha sentido constante fascinación por la maldad, por la desdicha, por la violencia. Caravaggio o Shakespeare son ejemplos claros.Resulta imposible llevar a cabo una exposición completa y rigurosa de la vida de este famoso autor inglés, pues son muy pocos los datos comprobados que se tienen de él. Se mantiene tradicionalmente que nació el 23 de abril de 1564, y se sabe a ciencia cierta que fue bautizado al día siguiente, en Stratford-upon-Avon. Tercero de ocho hermanos, fue el primer hijo varón de un próspero comerciante, y de Mary Arden, hija a su vez de un terrateniente católico. Probablemente, estudió en la escuela de su localidad y, como primogénito varón, estaba destinado a suceder a su padre al frente de sus negocios. Sin embargo, según un testimonio de la época, el joven Shakespeare tuvo que ponerse a trabajar como aprendiz de carnicero, por la difícil situación económica que atravesaba su padre. Según otro testimonio, se convirtió en maestro de escuela. Lo que sí parece claro es que debió disfrutar de bastante tiempo libre durante su adolescencia, pues en sus obras aparecen numerosas y eruditas referencias sobre la caza con y sin halcones, algo poco habitual en su época y ambiente social. En 1582 se casó con Anne Hathaway, hija de un granjero, con la que tuvo una hija, Susanna, en 1583, y dos mellizos —un niño, que murió a los 11 años de edad, y una niña— en 1585. Al parecer, hubo de abandonar Stratford ya que le sorprendieron cazando ilegalmente en las propiedades de sir Thomas Lucy, el juez de paz de la ciudad.Se supone que llegó a Londres hacia 1588 y, cuatro años más tarde, ya había logrado un notable éxito como dramaturgo y actor teatral. Poco después, consiguió el mecenazgo de Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton. La publicación de dos poemas eróticos según la moda de la época, Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594), y de sus Sonetos (editados en 1609 pero que ya habían circulado en forma de manuscrito desde bastante tiempo atrás) le valieron la reputación de brillante poeta renacentista. Los Sonetos describen la devoción de un personaje que a menudo ha sido identificado con el propio poeta, hacia un atractivo joven cuya belleza y virtud admira, y hacia una oscura y misteriosa dama de la que el poeta está encaprichado. El joven se siente a su vez irresistiblemente atraído por la dama, con lo cual se cierra un triángulo, descrito por el poeta con una apasionada intensidad que, no obstante, no llega a alcanzar los extremos de sus tragedias, sino que, más bien, tiende al refinamiento en el análisis de los sentimientos de los personajes. De hecho, la reputación actual de Shakespeare se basa, sobre todo, en las 38 obras teatrales de las que se tienen indicios de su participación, bien porque las escribiera, modificara o colaborara en su redacción. Aunque hoy son muy conocidas y apreciadas, sus contemporáneos de mayor nivel cultural las rechazaron, por considerarlas, como al resto del teatro, tan sólo un vulgar entretenimiento.  Ricardo III es una historia brutal y violenta. Es la suma de crímenes con la que un personaje lúcido y cínico juega sus cartas en la telaraña del poder. Los cadáveres se van amontonando en la escena a través de la traición, la mentira y la seducción hasta conseguir el anhelado deseo de su protagonista: el trono. Y una vez allí Ricardo es plenamente consciente de que el mismo juego desarrollado por él no da otra baza que sucumbir a la misma fuerza del destino violento. En este juego de cartas marcadas todo apunta a Ricardo como al gran truhán, pero no hay nadie limpio en la partida y si algo distingue a Ricardo del resto de sus víctimas es su conciencia como joker, como bufón de la mano. Sabe de su poder, de su condición desubicada, marginal e inadaptada a los tiempos, y, por tanto, no es sino la visión más clarividente y delectadora de una ambición y sus consecuencias.   Para leer las obras de Shakespeare, y hasta cierto punto para asistir a sus representaciones, el procedimiento simplemente sensato es sumergirse en el texto y en sus hablantes, y permitir que la comprensión se expanda desde lo que uno lee, oye y ve hacia cualquier contexto que se presente como pertinente Decía John Berger en 1995 que “por todas partes hay imágenes explosivas de violencia, pero prácticamente ninguna imagen de dolor”. Y se preguntaba, a continuación, “¿cómo podría haber dolor si no hay cuerpos?”. Apuntaba con ello al hecho más determinante que ha marcado la representación de la violencia en el mundo contemporáneo por parte de los medios audiovisuales, al menos desde comienzos de los años noventa. Otros autores señalan el punto de inflexión que supone para esta cuestión el 11 de enero de 1991, cuando la televisión alteró su programación para ofrecer lo que se prometía como el mayor espectáculo del mundo: la guerra en directo. Había comenzado la operación “Tormenta del desierto” con el bombardeo nocturno de Bagdad. A partir de entonces asistimos, todos los días, a los preparativos de los combates (los trabajos en los portaaviones, el despegue de los cazas, el reparto de máscaras de gas a la población…), pero no fue posible ver ni una sola imagen de la guerra. La utopía de la retransmisión de los combates en tiempo real se frustró de inmediato. Únicamente el luminoso recorrido de las balas trazadoras y de los misiles llegaba a las pantallas. La representación de la guerra y de la violencia era una gran farsa. De manera consciente o no, las cadenas de televisión del mundo entero estaban sentando las bases de lo que iban a ser, a partir de entonces, los rasgos dominantes en la representación de la violencia.Fue así que Baudrillard pudo decir que “la guerra del Golfo no ha tenido lugar”. Fue así que surgieron esas coreografías neobarrocas como Matrix o Pulp Fiction: violencia sin recurrir a la expresión del dolor, que hizo las delicias de la peña. Fue con estos espectáculos irónicos, paródicos, con “muñecos que danzan con desparpajo en medio de un artificio que se expone y que se filma como tal” que surge el cine posmoderno, y que incluso gente que dice saber lo que ve se llena la boca de elogios para alabar semejantes timos de fuegos de artificio.Ricardo III es el relato de todas las maquinaciones que realiza Ricardo para hacerse con el trono. Desde su labor difundiendo cizaña entre su hermano y el rey, hasta la gran cantidad de asesinatos que lleva a cabo y lo matrimonios de conveniencia. La obra se acaba con una gran batalla en la que Ricardo, derrotado exclamará aquella famosa frase de ‘Mi reino por un caballo’.. La escena entre Ricardo y Lady Ana con los sentimientos de pasión y odio encontrados es de antología. La amoralidad de los mecanismos del poder queda retratada en la sucesión de hechos sangrientos que jalona la coronación de Ricardo III. Debemos de recordar que la palabra «tragedia» alude siempre, en cualquiera de los usos que se haga de ella, a lo lastimoso, funesto o terrible, a lo que suscita piedad y conmueve hondamente; en definitiva, a lo patético. El dolor y la melancolía serían, para usar una expresión de Poe, los tonos que más le convendrían, y el horror sería su efecto característico. Una de las interpretaciones contemporáneas de Shakespeare es la ´posibilidad de de dotar de contenido actual a los dramas antiguos, Enrique o Hamlet pueden ser vueltos a interpretados a la luz de los acontecimientos políticos o político-bélicos de nuestro tiempo, vividos con más o menos ardiente interés o con más o menos escepticismo, comprometida o desdeñosamente. Algunos dicen que en la tragedia de Ricardo III puede contemplarse en forma artística una figuración de la tragedia hitleriana, en Hamlet una exposición del régimen stalinista, etcétera. Un mismo juicio se encontraba en muchos otros críticos, como Bertold Brecht, por ejemplo. Lo expresó claramente Ben Jonson en su elogio de Shakespeare: «Que él no es de un siglo, sino de todos los tiempos». Era, por lo demás, una costumbre muy extendida en la época de Shakespeare el introducir en el reparto a personajes reales, normalmente como escarnio. Hamlet se lo advertía a Polonio: «Mi buen amigo, cuidaréis de que los cómicos estén bien atendidos. ¿Oís? Haced que los traten con esmero, porque ellos son el compendio y breve crónica de los tiempos. Más os valdría un mal epitafio para después de muerto que sus maliciosos epítetos durante vuestra vida.» Cuatro siglos después de su muer, William Shakespeare sigue resultándonos un hombre misterioso e imponente. Su vida es en gran medida un enigma y ni siquiera sabemos con seguridad cómo era su rostro. Por otro lado, casi nadie cuestiona hoy que el inglés es uno de los dos o tres escritores más grandes de la Historia.Hay dos libros de reciente publicación nos proponen nuevas rutas para llegar hasta él. En Shakespeare, nuestro contemporáneo (Alba), el polaco Jan Kott estudia las causas de que las obras del inglés nos conciernan de un modo tan evidente. Al comienzo de su libro, Kott recuerda una representación de Hamlet que se estrenó en Cracovia semanas después del XX Congreso del Partido Comunista. Entonces él entendió la obra como «un drama sobre un crimen político» y a su protagonista como alguien que ha sido «contaminado por la política La obra fascinó al público de un modo muy especial, ya que «creaba una sensación de opresión similar a la que se encontraban sometidas nuestras vidas». Los espectadores encontraron en Shakespeare a un contemporáneo: alguien que les hablaba de lo que estaba sucediendo, de aquello que más les incumbía. A lo largo de su libro, que fue publicado en 1960 en los Estados Unidos, Kott analiza algunas de las obras más conocidas de Shakespeare y trata de desentrañar la clave de su excepcionalidad. Para ello acuña conceptos como el de Gran Mecanismo», que vendría a ser el impasible motor, que alimentado de la sangre y la ambición de los hombres, hace avanzar el mundo y la Historia. No andará muy equivocado quien vea también en esta imagen un reflejo de la tiranía en estado puro. El propio Kott señala en el prólogo que la edición francesa de su libro incluía una foto del entierro de Stalin. Molotov, Malenko, Bulganin, Jruschov y Beria llevaban a hombros el féretro del dictador. Antes o después, todos ellos serían «empujados desde la cúspide al abismo de un largo olvido». Puro Shakespeare: en la lucha por el poder es necesario avanzar por un camino lleno de cadáveres. En las obras del inglés, especialmente en las tragedias, la Historia no es un decorado, una excusa para vestir a los personajes con espadas, sombreros y curiosos trajes, sino que es la protagonista. Kott analiza este hecho en obras como Ricardo III, una de las más violentas de Shakespeare, en la que curiosamente sólo un asesino profesional parece tener reparos en matar a sus semejantes. Para Kott, el rey Ricardo es «la inteligencia del Gran Mecanismo», quien nos muestra por primera vez el rostro humano de la ambición que hace girar el planeta, un rostro terrorífico por su fealdad y por el gesto cruel de sus labios, pero que también nos fascina.El otro objetivo del libro de Kott es analizar los temas de Shakespeare en una clave sensatamente freudiana. El amor, la sátira, la crítica del idealismo, la degradación humana o la necesidad de hacer elecciones son algunos de los grandes asuntos shakesperianos. Y también la violencia. En palabras de Kott, «si Tito Andrónico tuviera seis actos, Shakespeare terminaría golpeando y torturando cruelmente hasta la muerte a los espectadores de las primeras filas del patio de butacas». Su conclusión es que el autor inglés era un excepcional conocedor de la psicología humana. Es eso, junto a su percepción del funcionamiento del mundo, lo que le convierte en nuestro contemporáneo. A veces las palabras de Kott resuenan como en un teatro vacío: «No hay que actualizar ni modernizar las obras de Shakespeare, pues la Historia las llena siempre de nuevo contenido y encuentra su reflejo en ellas». En 1599. Un año en la vida de William Shakespeare (Siruela) el profesor de la Universidad de Columbia James Shapiro completa una magistral biografía parcial del bardo de Avon. El libro abarca un solo año de su vida, cuando está a punto de abrir como copropietario el teatro El Globo y de estrenar en él obras como Julio César, Como gustéis y Enrique V. Aquella era una época convulsa en el Londres de Isabel. Los españoles seguían amenazando las costas inglesas y una rebelión en Irlanda obligaba a realizar dolorosas levas entre la población. Además la Reina envejecía sin haber tenido hijos y la población no sabía qué ocurriría tras su muerte. Shapiro cree que para conocer a Shakespeare debemos conocer antes su época. Su objetivo es averiguar «como Shakespeare se convirtió en Shakespeare». Para ello analiza doce meses frenéticos en los que los acontecimientos históricos terminaron de matizar la peculiar mirada del autor mientras se consolidaba como uno de los dramaturgos más importantes del país. «El Shakespeare que aparece en estas páginas», escribe con ironía Shapiro, «no es tanto un Shakespeare enamorado como un Shakespeare trabajando». Estamos por tanto ante la biografía de un escritor: el registro apasionado de «lo que Shakespeare leyó, interpretó y vio publicado, y lo que sucedía en Inglaterra y más allá de sus costas que contribuyó a dar forma a unas obras que, cuatrocientos años después, siguen influyendo en la manera en que vemos el mundo». La erudición impresiona y también el elegante fervor que muestra por todo lo que rodea a la figura de Shakespeare. La obra nos permite experimentar al dramaturgo recorriendo los salones del palacio de Whitehall, la residencia londinense de la Reina, donde descubrió los retratos de Enrique VII y Enrique VIII pintados por Holbein y algunos objetos maravillosos, como un busto de Atila, un reloj de cuerda en el que apreciaba a un etíope cabalgando sobre un rinoceronte, un reloj de sol en forma de mono o un retrato de Eduardo VI que aparecía totalmente distorsionado y que sólo se veía correctamente si se observaba a través de un pequeño agujero que había en una barra de hierro junto al cuadro. ».