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11
Nov
08

Idea de la muerte en México

Idea de la muerte en México

Idea de la muerte en México

 

 

 

 

 

Idea de la muerte en México

Claudio Lomnitz

Fondo de Cultura Económica, 2006

 

Idea de la muerte en México es la primera historia social, cultural y política de la muerte en una nación que hizo de ella su símbolo tutelar. Mediante el examen de la historia y del símbolo de la muerte, el innovador estudio del antropólogo Claudio Lomnitz marca un hilo en la comprensión del rico y singular empleo que hacen los mexicanos de la imaginería de la muerte.

A diferencia de los europeos y estadounidenses contemporáneos, cuya negación de la muerte impregna sus culturas, el pueblo mexicano muestra y cultiva una familiaridad jovial, una intimidad que se ha convertido en piedra angular de su identidad nacional.

En este libro, Claudio Lomnitz, cual moderno Virgilio, nos guía en compañía de los muertos y la Muerte en un recorrido que va de la España medieval a la América precolombina; del México colonial al independiente, pasando por el reformista, el revolucionario y el institucional; del México actual a la Europa y los Estados Unidos contemporáneos; de la “buena muerte” a la Santa Muerte. Todo ello para mostrarnos el origen, el significado y la importancia de los vivos y los muertos en nuestro país.

 

 

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07
Sep
08

Personajes antagónicos, Próspero y Calibán, La Tempestad, William Shakespeare

 

John W. Waterhouse, Miranda The Tempest 1916

John W. Waterhouse, Miranda The Tempest 1916

Por: Arturo Gudiño

 Muchos son las comparaciones y contrastes que pueden establecerse entre los personajes Próspero y Calibán, de la comedia shakespeareana La Tempestad. Después de todo, siendo ésta una de las últimas (tal vez la última escrita sin colaboración de nadie) obras de Shakespeare, era de esperarse que el bardo inglés desarrollara una trama sumamente rica en interpretaciones. Una de las perspectivas de análisis más obvias es la que presenta a Próspero y a Calibán caracterizando el binomio dominador-dominado, aunque por supuesto dicha perspectiva no es la única.

Entre otros puntos de vista, Próspero podría ser interpretado como un demiurgo, y Calibán como un espíritu poco sofisticado o inacabado. Por otra parte, el maestro puede ser visto como el posesor del logos griego, mientras que su esclavo como una criatura incapaz de conquistar ese privilegio. Asimismo, podemos identificar paralelismos en las circunstancias que acompañan tanto al mago como a su cautivo. Si vemos a Próspero –al menos en ciertos aspectos­– como el alter ego de Shakespeare, Calibán podría ser tomado como un ser oscuro proveniente de la imaginación del bardo, quien sin embargo es necesario para completar la sustancia de esta obra. Mediante una interpretación aún más audaz y desde un punto de vista freudiano, Próspero y Calibán representan diferentes niveles de conciencia, siendo el primero de ellos el superego, y el segundo el ello. Todas estas perspectivas serán analizadas a lo largo de este artículo, en el entendido que no puede decirse la última palabra con respecto a una de las obras de mayor riqueza y complejidad creada por el genio de Shakespeare.

         Primero que nada, examinemos el binomio dominador-dominado caracterizado por estos dos personajes. Además de las connotaciones psicológicas de este planteamiento, viene a la mente el concepto de una invasión colonialista. Desde este punto de vista, Próspero podría ser visto como el usurpador de un privilegio que legítimamente pertenecía a la hechicera Sycorax y a su hijo Calibán. Debido a la superioridad adquirida mediante sus libros mágicos, así como al nivel de “ilustración” que el invasor sustenta, Próspero se otorga el derecho de posesión de la isla que le brindó refugio a él y a su hija Miranda. De esta manera, primero Sycorax y luego Calibán son irremediablemente sometidos por el intruso.

         Desde luego que el nativo no es del todo inocente. Es encontrado culpable de tratar de violar a Miranda, traicionando así la confianza que Próspero había depositado en él. Después de todo ninguna conquista está exenta de violencia. La agresividad de Calibán es fácil de detectar y etiquetar, mientras que la de Próspero es más sutil porque proviene del dominio intelectual. De alguna manera, la justificación de dominio de Próspero es comparable a la que los españoles utilizaron para llevar a cabo sus masacres en la conquista de América, sólo que éstos utilizaron una justificación pretextada por motivos religiosos. En el caso de la obra shakespeareana, la falta de raciocinio de Calibán, al igual que su supuesto origen demoníaco, son razones suficientes para mantenerlo bajo un severo control. Una vez más, algo similar ocurrió a las civilizaciones precolombinas: la falta de cristiandad significó una carencia de derechos.

         No debemos olvidar, sin embargo, que tanto Calibán como los aztecas, por mencionar uno de los pueblos sometidos, también tenían su lado oscuro. Calibán estuvo a punto de convertirse en un violador, mientras que los aztecas fueron conocidos por llevar a cabo sacrificios humanos. Es decir, no es correcta la interpretación maniqueísta que nos hace ver a los conquistadores como la representación del mayor de los males, y a los nativos como la representación de la más pura inocencia.

Nos viene a la mente otra comparación que no es del todo favorable a Próspero. Es claro que éste, como legítimo poseedor del título de Duque de Milán, es víctima de un complot creado por su propio hermano Antonio. Luego de la usurpación de sus derechos, viene una tempestad tras la cual Próspero debe refugiarse en una isla desconocida, a donde llega con la ventaja de la magia aprendida a través de sus múltiples libros. Pero ¿qué hay de los derechos de Calibán? Próspero llega a usurpar los privilegios que el nativo tenía para reinar en la isla que era de su madre. Vemos así una vez más que, no obstante que el nativo y el intruso parecen seguir caminos paralelos, quizás un análisis moral de los acontecimientos no resulte del todo favorable al colonialista europeo.

         Un último comentario respecto a esta interpretación historicista se refiere al “comportamiento aprendido” de Calibán. En su libro Pedagogía del Oprimido, Paulo Freyre explica que, una vez que el conquistado ha sido sujeto a diferentes tipos de sumisión, no necesita de mayor retroalimentación con el fin de mantener el patrón de respuesta hacia su amo. Esto significa que el dominador no necesita estar presente para someter al dominado, porque éste ya se encuentra condicionado a la opresión. Algo así sucede con Calibán, es decir, la influencia de Próspero es tan grande que el nativo es dominado sin necesidad de experimentar  los poderes mágicos de su amo. Es solamente a través de la influencia de extraños recién llegados (Trínculo y Stefano) que Calibán decide rebelarse contra su amo, de una manera más “efectiva”, decidiendo mostrar su inconformidad acumulada durante todos esos años.

         Refiriéndonos a Próspero como a un demiurgo, debemos tomar en cuenta que el propio Shakespeare había demostrado un conocimiento vasto acerca de temas astrológicos y esotéricos. Por ejemplo, muchas de sus obras contienen referencias explícitas a los cuatro elementos – sin excluir a La Tempestad – y a otros símbolos que les eran familiares a los aficionados a estos temas. Los sucesos en La Tempestad se desarrollan durante cuatro horas, después de doce años de espera; siete son los personajes principales (Antonio, Alonso, Sebastián, Ferdinand, Gonzalo, Trínculo y Stefano), quienes por cierto ignoran el control que Próspero ejerce sobre ellos. Cuatro, doce, siete, son números cabalísticos que muy probablemente no se presentan de manera casual en la creatividad de Shakespeare.

         De acuerdo con el libro medieval Corpus Hermeticum, el demiurgo era un ser terrenal que intenta imitar a Dios en su poder de creación, contando para este fin con recursos y habilidades para crear un microcosmos similar, aunque no tan perfecto como el cosmos creado por el Supremo Arquitecto del Universo. Bajo tales supuestos, Próspero actúa como un demiurgo en su isla privada. Es él quien se convierte en omnisciente, omnipotente y casi omnipresente en su pequeño territorio. Por su parte, Calibán es una criatura que se limita a contemplar el poder del demiurgo y luego trata de confrontarlo de una manera poco efectiva. Los intentos del esclavo para causar daño a su amo son siempre anticipados por éste. En este microcosmos, Calibán es un espíritu inacabado y nada sofisticado, incapaz de alcanzar la sabiduría que el demiurgo posee. Ningún tipo de iniciación será suficiente para el esclavo.

         Por otra parte, se da el caso de ciertas iniciaciones que son elaboradas por Próspero a lo largo de la obra. Una de ellas es la que Ferdinand debe seguir con el fin de obtener la mano de Miranda. Desde la pesada faena de cargar troncos, hasta el hecho de tener que respetar la virginidad de su amada hasta el matrimonio, Ferdinand se encuentra sujeto al control de Próspero hasta que éste considera que la iniciación ha sido lograda. Por su parte, Antonio, Alonso y Sebastián forman parte de otra iniciación, quizá más penosa que la del joven enamorado, pero a final de cuentas trae consigo resultados más sobresalientes: por ejemplo, el relativo al perdón y a la reconciliación, los cuales son elementos importantes en el desarrollo de la obra. Adicionalmente, Ariel y Calibán forman parte de otra iniciación, en donde el amo mantiene al primero bajo su control hasta que considera que el espíritu aéreo está listo para obtener su libertad, mientras que Calibán se hace acreedor a mayores castigos, planteándose  la posibilidad de enviarlo a Europa donde probablemente sería exhibido como una curiosidad. Nuevamente nos viene a la mente el planteamiento colonialista expresado líneas arriba.

         Como mencionamos al principio, el amo puede también ser visto como poseedor del logos griego (λóγος significa “razonamiento”, “argumentación”, “habla” o “discurso”), y en cambio su esclavo es un ente incapaz de alcanzar este privilegio. Es el mismo Próspero quien enseña a Calibán a utilizar el lenguaje, pero es el nativo quien desperdicia la oportunidad de adquirir la iluminación, o la ilustración, de manera completa. Ciertamente Calibán puede pronunciar palabras, pero sin un completo entendimiento de conceptos e ideas abstractas. Recordemos que, de acuerdo al punto de vista isabelino, ningún razonamiento estaba completo sin un sustento moral. Esto, por supuesto, era completamente ignorado por el salvaje. 

         Continuando con estas ideas, podemos incluso hacer otra comparación basada en la mitología griega. De esta manera, Próspero podría ser considerado como un Prometeo “isabelino”, mientras que Calibán sería su Epimeteo. De acuerdo con la raíz etimológica, Prometeo (en griego antiguo Προμηθεύς significa ‘previsión’, ‘prospección’) es el que anticipa los eventos por venir, mientras que su hermano Epimeteo (en griego antiguo πιμηθεύς es el ‘que reflexiona más tarde’), es quien ve los eventos una vez que éstos ya han ocurrido. El primero anticipa las catástrofes mientras que el segundo se lamenta una vez que éstas ocurren. No resulta sorprendente que sea Epimeteo quien deje entrar a Pandora (en griego antiguo Πανδώρα es la poseedora de todos los dones) a la casa de los hermanos, trayendo consigo todas las calamidades que los dioses habían preparado como castigo para Prometeo, por su audacia al robarles el fuego sagrado. Pues bien, Próspero es como un Prometeo en su isla privada. No sólo anticipa, sino que también controla los eventos, mientras que Calibán es incapaz de prevenir cualquier calamidad preparada en su contra. Igual que Epimeteo, Calibán deja entrar a Pandora. En el caso de La Tempestad, Pandora podría estar representada por la llegada de Trínculo y Stefano, esos falsos salvadores que no resultan ser más que un espejismo, una falsa esperanza como la guardada en la caja de Pandora y, por supuesto, no son más que otra fuente de calamidades para Calibán. 

         Pasando a otro tipo de comparaciones, podemos identificar ciertos paralelismos y contrastes entre los planes tramados por el mago y por su cautivo. Mientras que Próspero está guiando los acontecimientos que eventualmente darán como resultado una confrontación con su propio hermano, por su parte Calibán está tratando de construir su propio plan en el entendido de que Stefano y Tríncalo le darán suficiente apoyo para lograr sus propósitos. Sin embargo, mientras que los planes de Próspero redundan en un final feliz, los trabajos de Calibán lo conducen a otra serie de castigos y humillaciones.

         Continuando con nuestro análisis, no podemos resistir la tentación de ver a Próspero – al menos en algunos aspectos – como el alter ego de Shakespeare. Igual que Próspero, el dramaturgo tuvo que abandonar su pueblo natal para realizar sus ideales. Próspero lo hizo de manera forzada, y como víctima de un complot, pero sus libros fueron una excelente compañía en su huida; por su parte, Shakespeare tuvo como motivación la elaboración y montaje de sus obras para abandonar, hasta cierto punto, a su propia familia. Tenemos también que al final de La Tempestad, el epílogo suena como el propio Shakespeare expresando su despedida: un canto de cisne ante su querido público. Como en otras ocasiones, el orador se dirige al público pidiendo la indulgencia necesaria para la obra representada, pero en este caso suena como el adiós final que espera un aplauso mayor. Y sin embargo, en esta comparación es difícil ubicar a Calibán. Es decir, si tomamos a Próspero como el alter ego de Shakespeare, Calibán podría tal vez remitirnos a partes recónditas de la imaginación del propio poeta, las cuales fueron siempre necesarias para dar sustancia a sus obras. El autor y sus personajes no pueden ser deslindados por completo; por lo tanto, el salvaje Calibán (como cualquier otro personaje en el universo shakespeareano) ocupa un lugar en la mente del poeta y probablemente también en sus propias vivencias, aunque sea de manera simbólica.

         Aventurándonos a una interpretación más audaz, Próspero y Calibán representan diferentes niveles de conciencia desde una perspectiva freudiana, siendo el primero representante del superego y el segundo del ello. El superego es el rector de la personalidad en términos de restricción y control de impulsos. Esa es justamente una de las funciones de Próspero en la isla; él regula, al menos durante cuatro horas, la vida de un pequeño grupo de personas quienes podrían verse, bajo este supuesto, como diferentes aspectos en la personalidad que es gobernada por el superego. En esta personalidad hipotética, Calibán sería el ello; es él quien casi logra violar a Miranda, hecho que es impedido por Próspero, el superego. Calibán es también hijo de un demonio, una figura más que representativa de los bajos instintos residentes en el ello. Freud dijo que una personalidad contiene diferentes facetas del ser. En nuestro análisis, estas facetas pudieran ser representadas por los personajes interactuando unos con otros en la isla, con Próspero actuando como el rector moral, y Calibán en el otro extremo como la inmoralidad fuera de control, es decir, como el ello.

         Independientemente del análisis que hemos hecho de los contrastes entre estos dos personajes, no cabe duda que Próspero es el protagonista central de la obra. Él es el motor de la trama y la figura principal en la búsqueda de soluciones. Sin embargo, La Tempestad sería una historia muy diferente sin la figura antagónica de Calibán, aunque éste no tenga la estatura de un gran oponente, ni los aspectos dramáticos inherentes al personaje de Antonio, el hermano usurpador, o la condición de hermano incómodo como en el caso de Prometeo y Epimeteo. A pesar de todo, Calibán es uno de los personajes que llega a poner a prueba algunos de los aspectos más profundos de la personalidad de Próspero, como su crueldad y su piedad, todo con base en una supuesta superioridad moral e intelectual.

         Y así, una vez ponderados todos estos puntos de vista, todavía no puede decirse la última palabra acerca de una de las obras más rica en complejidad, creada por el genio de Shakespeare. Quede entonces abierta para el lector la posibilidad de explorar y encontrar sus propias interpretaciones.

 

 

 

 

28
Jun
08

La Siberia de El Milagro

 

 

Raúl Díaz

 

Que un grupo de profesionales se lance a la tarea de implementar un nuevo proyecto cultural es un hecho digno de todo encomio sin discusión posible; si ese grupo es de teatreros (o de “teatristas” o “trabajadores del teatro” como prefieren algunos a los que les da resquemor el idioma) y lo que pretenden hacer es crear un nuevo espacio que sea auténticamente suyo, en el que presentarán solo obras de calidad y, además, crear una compañía estable (hecho absolutamente inusitado en nuestro país) que se responsabilizará de los montajes, entonces para nosotros los teatreros aquello es una cosa que nos hace lanzar alaridos de felicidad y proporcionamos –y procuramos que otros proporcionen-, carretadas de aplausos para ese grupo de locos que, quien sabe porque razones, quizás precisamente porque están locos, continúan creyendo que la cultura y el teatro en específico son algo que vale la pena, aunque el grueso de nuestra sociedad y quienes la gobiernan se empeñen día a día en demostrarnos que no es cierto y que la cultura y el teatro no tienen ninguna utilidad práctica, no descubren tesoritos ni hacen millonarios así que, teatro y cultura, no es algo de lo que haya que ocuparse. 

 

Pues bien, eso, aventurarse en la creación de un nuevo espacio teatral es lo que están haciendo los compañeros agrupados en la organización “El Milagro” que hace ya 18 años se iniciara como editorial, terreno en el que han obtenido algunos logros, y que ahora se amplía a tener su propio espacio y compañía. A unos cuantos metros de la esquina de Milán y Lucerna, confluencia en la que por largos años existiera el Teatro Milán, lugar de exhibición en el DF del buen teatro que en esos tiempos realizaba la Universidad Veracruzana, se alza el nuevo Teatro El Milagro, concretamente en Milán 24 entre General Prim y Lucerna, colonia Juárez.

 

Por lo antedicho, por jugársela a favor del teatro, carretadas de aplausos para sus socios fundadores: David Olguín, director y dramaturgo, Gabriel Pascal, escenógrafo e iluminador y los actores y actrices Laura Almela, Mariana Giménez, Daniel Jiménez Cacho, Juan Carlos Vives y Rodrigo Espinosa y, si alguien se me escapa, disculpas.

 

Hasta aquí los aplausos, porras, vivas y demás; pasemos ahora a qué es lo que está aconteciendo en el Teatro El Milagro y su primera puesta en escena, Siberia, del propio David Olguín y que él mismo dirige.

 

Siberia es un nombre que en el imaginario popular se asocia a frío intenso, muy intenso, hielo, nieve y desolación. Para los que tienen edad para recordarlo, se asocia también a los tiempos de la guerra fría y la furibunda campaña propagandística antisoviética que situaba a Siberia como un gigantesco campo de exterminio en el que muy bien estarían las palabras que el Dante colocó a las puertas del infierno: “Pierda toda esperanza el que aquí penetre”. Sobre esta base, el subtítulo de Siberia reza: “Un viaje a las entrañas del crimen” es decir, un viaje a lo recóndito, a lo allá perdido, a lo que no conocemos pero se antoja sórdido, terrible, a lo que está tan lejos como Siberia y es así de inhóspito, el símil no da lugar a dudas.

 

Y claro, título y subtítulo son así un atractivo y uno espera algo realmente bueno porque a ellos se agregan nombres de importante trayectoria como los

ya mencionados de Olguín, Pascal, la Almela y Vives que son los que participan en esta primera muestra de El Milagro, como también lo hacen Mariana Giménez y Espinosa.

 

Pero hete aquí que como bien apuntaba mi querido amigo y maestro Rafael Solana, “una es la búsqueda y otra la encuentreda” y, es evidente, los milagrosos buscaron, y buscaron bastante, esto hay que reconocérselo pero, en esa búsqueda se metieron a recovecos que no exploraron bien, a laberintos en los que nunca hallaron la salida y, lógico, no encontraron.

 

Como no encontraron no pudieron exponer sus buenos hallazgos y, lo que exponen entonces, es una obra ilógica en la que se mezclan, mal, toda una serie de cuestiones que al final no logran decir nada y, menos aún, establecer un discurso y conclusión coherente. Puede el autor-director argumentar que precisamente esa es la idea, que esa es su intención ya que se trata penetrar en lo más recóndito de la mente y conducta humanas, mente y conducta criminal además y que, por supuesto, eso no es cosa que pueda mostrársenos como algo coherente y lógico sino precisamente lo contrario, y que eso es justamente lo que quiso exponer. Pues bien, si esto es así, lamento decirle que para nada quedó claro su mensaje.

 

Y es que, entre pretendidas influencias “dostoievskianas” (de Fedor Dostoievski), una clarísima aunque absolutamente gratuita alusión a la Siberia stalinista, que solo entienden quienes tienen referencia de esa época, y una fallida experimentación psicoanálitica en búsqueda de demonios interiores, el autor se pierde, no llega a ninguna parte y, lo peor, pierde también el sentido de dirección o, por lo menos, parte de este, lo que se refleja en la pésima dicción de sus actores con la única excepción –que por lo tanto hace más notable la falla de los demás-, de Laura Almela.

 

Bien la parte técnica; imaginativa y plenamente lograda en cuanto a lo que quiere exponer la escenografía de Pascal, misma que complementa con su iluminación, pero se queda uno con la impresión de que un trabajo como este debiera estar destinado a mejor fin. Igualmente cumpliendo su objetivo, el resto del trabajo técnico.

 

Así, un inicio de luz y sombra, luz radiante por lo que significa la existencia de un nuevo espacio teatral, manejado por profesionales, en nuestra ciudad que tanto necesita de estos recintos y, sombra por haber comenzado con una obra fallida así sea del director-fundador del espacio.

 

Siberia, en el nuevo Teatro El Milagro de Milán 24, col. Juárez, jueves y viernes a las 21:00.

 

*Informes: teatro@elmilagro.com.org.mx, 55920031 Jueves día del espactador, $50

 

 

 

 

 

 

 

 

28
Jun
08

Ricardo III Los sueños del poder

Oswaldo Valdovinos Pérez

 

El poder absoluto es la madre de la corrupción, la insidia, la degradación, pero sobre todo de la estupidez y la estulticia humana, muy evidente y tan en boga actualmente en la clase política. Y si bien, dicen los que se supone que saben, las instituciones van más allá de los hombres, son éstos quienes al fin y al cabo les dan sentido; de ahí que sea absurdo afirmar que estén libres de tales males o logren sobrevivir incólumes ante dichas aberraciones.

 

Y si bien éste es el trasfondo de la puesta en escena de Ricardo III (Un sueño)—adaptación de Erando González a la obra Ricardo III de William Shakespeare— del cual sobran ejemplos en los tiempos actuales, sobre todo en un país con una “democracia naciente” como es el nuestro, hay otro aspecto que sobresale por su concepción íntima: el acto creativo del actor.

 

Protagonista de su propia versión, Erando González plantea en este “sueño” las tribulaciones de “un actor que piensa, imagina, ensaya y construye a un Ricardo que, a la vez,  piensa, imagina, ensaya, construye su propia tragedia”.   

 

A partir de estas dos premisas y de la idea, literalmente, del teatro dentro del teatro (lo cual logra perfectamente al estar el público en el escenario, donde prácticamente no hay nada que lo separe del actor) Erando González da un sentido renovado y bien estructurado de lo que se puede hacer con un texto shakesperiano.

 

Si bien Shakespeare construyó este drama histórico a partir de la vida y tragedia del Rey Ricardo III, personaje que vivió en el siglo XV y protagonizó la Guerra de las Rosas, enfrentamiento entre nobles ingleses que siguió a la derrota británica frente a los franceses en la Guerra de los Cien Años (combate entre las casas de York —familia a la que pertenece Ricardo III— y la de Lancaster, que duró treinta años y resultó favorable para esta última, surgiendo la dinastía de los Tudor), en voz de González se ve a un mismo tiempo al actor en el proceso de creación, pero también a los personajes encarnados tanto por el mismo actor como por diversos elementos a los que González da vida a la manera de un titiritero.

 

Así, por ejemplo, en la escena en que Ana, viuda de Eduardo, príncipe de Gales, sigue el féretro de su esposo y reclama al insidioso su traición, ella toma forma bajo un velo negro que pronto se trasforma en una “marioneta” (a partir de la propia mano del actor) al ceder a las pretensiones amorosas de Ricardo, que la leyenda representa como deforme y cojo de nacimiento. O en el caso en que éste esconde bajo benignas apariencias sus diabólicos planes y hace que su hermano Eduardo IV sospeche del otro hermano, Jorge, duque de Clarence, y lo ponga en prisión para posteriormente lograr que sus sicarios lo maten y arrojen a una cuba de malvasía, es resuelto a partir de una manzana, una daga, un juego de iluminación bien logrado para definir atmósferas y estados emocionales, y sobre todo, por el espacio íntimo que el actor logra sacar a flote en un despliegue de dominio del oficio.    

 

De esta manera, este “sueño” escénico da lugar a un Ricardo III que transita por el trono, la sala de la Corte, el exterior del Palacio, sus torres, a través de un ejercicio de imaginación que le permite dialogar con sus monstruos, tanto del actor como del personaje, en una encrucijada que refleja los diversos altibajos emocionales a los que es sometido la voluntad de quien ante todo desea el ansia de poder absoluto.

En el montaje —explica el actor, quien, junto con Sylvia Ortega, también dirige— “actor y personaje se invocan y aparecen, asisten y se asisten, se confabulan en la creación y el juego de otras presencias. Juntos deliran de la mano y preparan tres o cuatro cosas, echan mano de otras dos o tres, y se ven juntos en algún punto de su ruta a este –hasta hoy lejano, improbable—estreno”.

 

De este modo, después de una entrañable recreación escénica, una vez en el poder, Ricardo asesina a todo aquél que podría perfilarse como su rival, tanto en el mundo romántico como en el sanguíneo. Y aunque logra coronarse como soberano, finalmente cae muerto en el espacio que le resulta más propio: el campo de batalla.

 

Ricardo III (Un sueño), de William Shakespeare, en una adaptación y versión en verso al español realizada por Erando González, se presentará en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque, del 23 de junio al 5 de agosto, los lunes y martes a las 20:00 horas, en una puesta organizada por la Coordinación Nacional de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

 

14
Jun
08

Oscar de la Borbolla y su literatura inconforme

Oscar Borbolla

Oscar Borbolla

“No escribo para ganarme la vida, sino para que mi vida tenga sentido”

 

 

Ana María Longi

 

 

Con natural desenfado, Oscar de la Borbolla, comentó dentro de las instalaciones de Unomásuno, que los humanistas no necesariamente terminan convirtiéndose en escritores. “De hecho, muchos no hacen una carrera o no la terminan. El caso más claro es García Márquez, abogado, inconcluso. Los que estudian literatura no dudo que lo hagan con esa ambición, sin embargo, por paradójico que resulte, más que volverse escritores, se vuelven críticos o peor aún, maestros de literatura”, aseveró el autor de Las vocales malditas.

 

El filósofo y creador literario más revolucionarios del siglo XX, calificado por los críticos como poseedor de un estilo descarnado y profundamente elegante, agregó: “Yo estudié filosofía porque andaba preocupado por la muerte, el sentido de la vida, y además, porque en mi tiempo, (entré a la Facultad en 1969) se creía que el Marxismo, eran las armas teóricas para cambiar el mundo. Desde niño me gustó escribir, porque desde niño leía, y eso lo hacía y lo sigo haciendo, no para ganarme la vida, sino para que mi vida tenga sentido”.

 

Mientras fuma un cigarro -que jamás prendió-, continuó: “He publicado 23 libros. Eso ya es un cuento muy largo. Algunos recordarán “Las vocales malditas”, o mis novelas “Nada es para tanto” y “Todo está permitido”, cuando todavía y espero que nunca llegue a tener la vanidad de Octavio Paz y piense que quien no recuerda toda mi bibliografía, es una persona inculta.

 

En cada libro he puesto siempre lo que se me ha dado la gana, sin reparar en infracciones que pudieran cometerse contra la moral, la política, e inclusive la verdad. Pues, concibo mi oficio como un ejercicio absolutamente libre que no respeta más autoridad que la del autor. No creo llegar a tener problemas por lo que escribo y no porque no contenga una buena dosis de subversión y crítica; pero estoy a salvo, porque a quienes critico son tan analfabetas como Vicente Fox.   

 

¿En qué generación se le podría ubicar y qué tipo de lectores fueron los que buscaron más sus libros y sus columnas periodísticas? Se dijo, alguna vez, que sus libros, por su desenfado, gustaban mucho al mundo joven universitario, por poner un ejemplo, que molestaba  a algunos facultativos rigurosos, a pesar de contar con el aprecio del Maestro Eduardo Nicol, uno de los pocos filósofos de la Facultad.

 

“No pertenezco a ninguna generación, y menos a algún grupo. Odio las mafias, los equipos de alpinismo literario, las sectas que veneran a un gurú; y además, creo escribir unas cosas raras que resultan inclasificables. Ni siquiera me parezco a mí mismo, y es verdad. Quienes están más dispuestos a adentrarse en la aventura literaria que propongo, son los jóvenes, aunque esto no excluye a muchos profesores de literatura, que al margen de su edad, continúan abiertos a nuevas propuestas. Quizá el más respetable estudioso de la literatura latinoamericana sea Julio Ortega, ó Alexis Márquez. De ambos tengo espléndidas reseñas, de mi obra. Y no puedo olvidar a quien sin lugar a dudas es la máxima autoridad en retórica y poética en México, y en el mundo de habla hispana: Helena Beristáin, con quien también me vincula una profundísima amistad”. 

 

 

Los escritores que se reúnen en la colonia Condesa, afirman que sus libros no tienen edad,  que por eso gustan y convencen a la gente de ayer y de hoy. ¿Podría aclararnos este concepto?

 

“En primer lugar agradezco esta opinión y me gusta. Pues alude algo que siempre me he propuesto. No escribir para una clase social, para un género, para una época, sino para una actitud: La actitud de rebeldía, de inconformidad, de curiosidad y de duda, que tienen los jóvenes”.    

 

Como ciudadano, ¿qué le gusta y qué le enoja de su país. ¿Cómo escritor existe algo que lo descompense, lo moleste y hasta lo ofenda?

 

“Como ciudadano y como escritor, me molesta lo mismo: La corrupción. La corrupción que es la misma en la política que en las letras. Los burócratas de primer nivel ponen en los puestos que dependen de ellos, a sus compadres y a sus queridas, o a sus comadres y a sus queridos, y pasa exactamente lo mismo en la literatura nacional”.

 

 

El boom literario

 

Como escritor joven no se le puede colocar dentro del llamado Boom Latinoamericano, ni tampoco muy alejado de esta turbulencia literaria. No obstante, su ubicación un tanto independiente, nos hace suponer que sus formatos como lector se contextuaron también en Norteamérica y Europa. ¿Qué nos podría comentar acerca de esas etapas un tanto alejadas a tu vida de escritor pero también muy cercanas?

 

“Aprecio enormemente al Boom Latinoamericano; me he maravillado con “El Otoño del Patriarca”, de García Márquez, enamorado de la Maga, de la Rayuela de Cortázar. El mismo Fuentes, con “La Muerte de Artemio Cruz”, me parece extraordinario. ¿Y cómo olvidar la divertida que me dio el Pantaleón de Vargas Llosa?. Sin embargo, como dijo el poeta Fabregué: ‘He soñado tanto, he soñado tanto, que ya no soy de aquí’. Y mis sueños, fueron empezados desde mi infancia, con autores italianos; Giovanni Papini, Curzio Malaparte, que me dejaron tan profunda huella, que posiblemente es la causa de que hoy todavía disfruto más que ninguna otra, la literatura italiana, principalmente, la de Italo Calvino. De todos ellos, he aprendido algo, y sobre todo una cosa, que cada uno tiene su propia voz, y por eso yo no dejo de buscar la mía”. 

 

 

¿Cómo ha sido experiencia con las editoriales?

 

“Al principio tuve problemas para publicar. Me costó muchísimo trabajo. Era el tiempo de la mafia, y yo nunca estuve dispuesto a sufrir el llamado derecho de pernada. Mi primer libro Las vocales malditas, conoció la luz, a través de una edición que me costó mis ahorros. Fue edición de autor, luego, poco a poco, comencé a publicar con más facilidad, porque siempre ha habido quien quiere leerme. Me di a conocer como escritor disfrazándome de periodista. Mis historias literarias, también las disfracé de periodismo. Fue la época de las Ucronías en el antiguo Excélsior, ahí aprendí que para que el editor, Don Gustavo Durán de Huerta, me publicara, tenía que ganarme el espacio con algo sorprendente. No creo que exista un mundo de editoriales perfectas. Las editoriales publican lo que se vende. Y por eso, si queremos mejores libros, debiera haber gente con menos hambre, gente con un trabajo que le dejara tiempo libre, gente que no tuviera que embrutecerse con el futbol, con el alcohol, o con las drogas, porque no tiene más alternativa. El problema es educativo. Con una educación que en serio despertara el amor por la lectura tendríamos gente más crítica, menos dócil, más exigente y por ello, es por lo  que nadie ha querido hacer una reforma profunda de la educación en México”.  

 

 

¿Cómo son y como han sido las mujeres de sus historias? Se lo preguntamos porque en las presentaciones de sus libros, nunca faltaba una feminista enardecida.

 

“Mis personajes femeninos están lo más alejado posible del modelo Penélope. Esa mujer resignada, abnegada, fiel, que nos regaló Homero, para mí las mujeres son individuos y no puedo verlas en bloque. Lo mismo me ocurre con los hombres, y por eso, he procurado construir mujeres diferentes cada vez, pero rebeldes, libres con su sexualidad, pues pienso que mejorar el mundo depende de unos y de otros. No creo en las cuotas, porque precisamente no tomar en cuenta el mérito individual de cada quien y favorecer el que hombres y mujeres se sigan viendo como bloques…

A propósito de la feminidad, creo que es otro estereotipo. La dulzura, la fragilidad, el comedimiento, no son privativas de las mujeres ni de los hombres. Hay individuos amables y hay individuos hostiles. Esta idea del género, como bloque monolítico, puede dar provocar manifestaciones aberrantes: Mujeres que se operan los senos y que ya no pueden mantener el equilibrio, que llegan antes de que lleguen ellas, y hombres también que se operan el abdomen para meterse un fregadero y se les vean los músculos. Todo eso me da risa. Ojalá que algún día perdamos las fronteras y descubramos que no somos más que individuos”.    

 

 

Su vida conyugal al lado de la hermosa escritora Beatriz Escalante es vista como ejemplar. ¿Cómo han logrado sobrevivir dentro y fuera de casa?

 

“Tengo la enorme suerte de haberme encontrado con un individuo quien nunca se ha quedado estacionado. Eso hace que Beatriz siempre sea nueva, pues se la pasa estudiando, se la pasa pensando, se la pasa luchando. Y no me ha permitido apoltronarme, por eso, no sólo seguimos juntos, sino que seguimos muy felices juntos. Beatriz es  en el sentido más elevado de la palabra, una compañera. Y yo, procuro ser también un compañero, compartimos el pan, la literatura, las dudas, en pocas palabras, la vida”.

 

    

 

14
Jun
08

El Diablo en Ciudad Blanca

Delia Vela

 

Dos hombres cuyas vidas transcurren paralelas en el Chicago de finales del siglo XIX. Daniel Burnham, arquitecto brillante, responsable de construir una Feria Universal que aumentase el prestigio de la ciudad; y Henry H. Holmes, un ambicioso médico que aprovechó este acontecimiento para llevar a cabo los asesinatos más atroces a la sombra del revuelo causado por la exposición.

‘El diablo en la ciudad blanca’ (Lumen) recupera un episodio crucial de la historia de EU, que supuso la pérdida de la inocencia para una nación joven que aún creía en la bondad innata del ser humano.

La última novela del estadounidense Erik Larson resulta difícil de clasificar dentro de un género concreto. Aunque su planteamiento es, en principio, el de una reconstrucción histórica sólidamente documentada, queda claro que el principal interés de la trama radica en la recreación de los escabrosos asesinatos del doctor H.H. Holmes, un personaje real que en su época llegó a ser comparado con Jack el Destripador e incluso con el mismísimo diablo. El espíritu de una época

Por otro lado, la recreación del Chicago negro y convulso de finales del siglo XIX, sumido en plena Revolución Industrial, es impecable. Evoca a la perfección el espíritu de una América donde la aparición de un asesino como Holmes supuso un grave golpe para la sociedad, hasta entonces convencida de que crímenes similares a los de Jack el Destripador sólo eran concebibles en la decadente y vieja Europa.

Larson narra con habilidad la biografía del primer asesino en serie de EEUU y consigue impresionar doblemente al lector. Por un lado, el amplio número de fuentes documentales le permite reconstruir minuciosamente la vida de las víctimas, sus relaciones con Holmes y los pasos de la investigación policial, hasta el punto de que el lector llega a olvidar qué es realidad y qué invención, en una historia donde el autor deja poco margen a la ficción especulativa.

Por último, la recreación histórica de este periodo del siglo XIX consigue transmitir vívidamente el espíritu de una época donde los avances tecnológicos y la creación de espectáculos tan hermosos como la llamada ‘Ciudad blanca’ de Chicago hicieron creer a muchos que todo era posible. Larson une lo más bello y lo más vil de una era que marcó la entrada de Estados Unidos en el siglo XX.

 

 

31
May
08

Matices del Quijote

Arturo Gudiño

Siendo don Quijote de la Mancha una obra mundialmente reconocida y admirada por muchas generaciones de lectores, se podría pensar que ya nada nuevo queda por decir para resaltar sus innumerables atributos. Sin embargo, no deja de ser una referencia en constante renovación para quienes buscan en la literatura una manera de disfrutar su tiempo libre, o quizá también para tratar de explicarse el mundo que les rodea. Gracias a una obra como esta, sigue manteniéndose presente una contagiosa bibliofilia, la cual ayuda a que la lectura de libros no se extinga por completo, en esta época tan saturada de señales caóticas de todo tipo. Sirvan estos comentarios como punto de partida para hacer una exploración, sumada a las muchas que ya se han hecho, de la primera parte de esta gran novela.

     El acto de leer es, en sí, uno de los ingredientes fundamentales de la obra maestra de Cervantes. Es decir, la lectura de los libros de caballerías es el motor inicial de la trama, así como el origen de todos los infortunios del personaje principal de la novela. Como nos dice Carlos Fuentes: “don Quijote es un lector […] su lectura es su locura”. A partir de esa bella locura se desata el dinamismo que da vida a “la novela como el arte de los desplazamientos”. Del emplazamiento en la Mancha se inicia el desplazamiento hacia el encuentro de aventuras y desventuras, y entonces, además de las vicisitudes de don Quijote, se van sumando una serie de historias itinerantes que son contadas por otros. La novela se convierte así en un punto de encuentro para muchas voces, además de la voz del protagonista. Como nos sugiere Hernán Lara Zavala, se trata de una novela de novelas.

     De acuerdo a los comentarios de la edición del IV centenario del Quijote por parte de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias de la Lengua Española (p. 274): “Era idea ampliamente compartida en la época que la variación hace la naturaleza y a las artes llegar a la plenitud de gusto y belleza […] buscando siempre la alternancia de temas y modalidades literarias (pastoril, sentimental, de aventuras, etc.), del mismo modo que se procura la variedad en los lances de don Quijote y Sancho”. Precisamente este es un elemento que enfatiza la riqueza narrativa de la novela, el que en ella convergen diversas historias que van dando cabida al encuentro con los otros.

     Es decir, no es sólo el Quijote quien tiene a cuestas una aventura y una serie de complicaciones (imaginarias casi todas) que resolver; también están los dramas personales de la gente que va apareciendo por el camino, siendo particularmente interesantes los sucesos relativos al curioso impertinente, así como el momento en que “el cautivo” narra su vida y los peculiares sucesos que en ella acontecen, o el interesante encuentro con el “Roto” que se describe en el capítulo XXIV, por medio del cual se da oportunidad a que un personaje secundario haga un recuento de sus desventuras. Muchas de esas historias tienen que ver con amores y desamores y con la melancolía provocada por la amada “enemiga”, la mujer anhelada que no está junto al hombre que la desea con locura. Pero como se nos advierte don Quijote: “es natural condición de mujeres desdeñar a quien las quiere, y amar a quien las aborrece”.

     Esa apertura para que los personajes secundarios vayan tomando el papel protagónico a lo largo de la novela es más que un recurso narrativo, o una manera de enriquecer la trama. Se trata también de una convicción personal de Cervantes, misma que se va evidenciando conforme avanza la historia principal del libro. Y como nos comentan en la edición citada (p. 465): “según Cervantes […] no existe una verdad absoluta, sino tantas verdades como puntos de vista individuales. Por lo menos es cierto que el narrador del Quijote evita pronunciarse sobre los comportamientos de sus criaturas y recoge con generosidad las diversas perspectivas de los personajes”.  

     Es mediante esta movilidad constante como se va hilvanando la novela. Si se nos permite la comparación, el autor va guiándonos en una especie de road movie por los vericuetos mentales del Quijote, así como por las encrucijadas que van apareciendo en el camino. Una vez más, es precisamente el encuentro con los otros como se van manejando varios planos narrativos que van conduciendo y fortaleciendo el interés por la lectura.

     Debido a lo inmediato de la acción, las imágenes se van generando sin mayores complicaciones en la mente del lector. Quiere decir que en la novela no hay una complicada retórica entre las palabras y las cosas que se denotan. Es, por lo tanto, relativamente fácil desplazarse por las escenas que se van sucediendo a lo largo de la narración. Tal vez el único obstáculo que pudiera presentarse sería la pérdida de vigencia del lenguaje utilizado en la época de Cervantes. Sin embargo, casi todas las ediciones actuales manejan un castellano bastante asequible para el lector contemporáneo, o por lo menos un lenguaje intermedio entre el cervantino y el de la época actual.

     Precisamente el que la novela cuente con una inmediatez en sus imágenes y en su lenguaje, y que la narrativa dé cabida a la voz de muchos personajes secundarios, es lo que da pie a que la diversidad sea un ingrediente fundamental de esta obra. Es decir, con un lenguaje asequible y una narrativa en constante movimiento, la novela nos va conduciendo a través de una diversidad de personajes y de circunstancias en donde incluso don Quijote cede a veces su figura protagónica hacia otro de los personajes. Esta diversidad tan característica de las aspiraciones renacentistas es la que resalta el humanismo en la novela, que incluso hoy en día resulta tan necesario para los tiempos que nos tocan vivir. Hoy en día, la diversidad suele verse en peligro a causa de iniciativas deshumanizadas que buscan atropellar y/o anular el derecho de individuos o de pueblos enteros.

     No cabe duda que el propio Cervantes fue testigo de dicha diversidad a lo largo de su vida. No es que él haya intentado llevar a cabo una especulación erudita respecto al comportamiento de cierto tipo de gente del tiempo que le tocó vivir. El autor fue un hombre que por sí mismo tuvo experiencias interesantes, algunas de ellas realmente dramáticas. No es de dudar, entonces, que cuando nos describe la camaradería que se da entre los pastores, es porque seguramente él llegó a presenciar este tipo de escenas de primera mano; o cuando el Quijote muestra compasión por un individuo que es conducido como reo, seguramente Cervantes rememoraba sus propios padecimientos cuando él estuvo cautivo.

      Retomando la vena renacentista que permite la expresión de esa diversidad, no está por demás llamar la atención sobre una escena que ocurre en el capítulo XLV, la cual trata de la pendencia de don Quijote con unos cuadrilleros. Conforme aumenta la discusión y cada persona va tomando partido, se forman los bandos de lo que será una revuelta bastante pintoresca. Esta escena en particular se torna un cuadro renacentista en cuanto que se percibe una variedad de opiniones (aunque unas con otras estén en disputa), el cuestionamiento a la autoridad, y una libertad para defender las ideas propias. Permítasenos transcribir esta escena que bien valdría la pena ver plasmada en un lienzo (p. 469): “El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros; don Luis daba voces a sus criados, que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a don Cardenio y a don Fernando, que todos favorecían a don Quijote; el cura daba voces, la ventera gritaba; su hija se afligía; Maritornes lloraba; Dorotea estaba confusa; Luscinda, suspensa, y doña Clara, desmayada. El barbero aporreaba a Sancho; Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se fuese, le dio una puñada que le baño los dientes en sangre; el oidor le defendía; don Fernando tenía debajo de sus pies a su cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor…”    

     No está por demás, desde luego, resaltar la figura de Sancho Panza quien en todo momento demuestra su lealtad, pero sobre todo una credibilidad constante ante los delirios de su amo. Como el propio escudero confiesa a don Quijote (p. 187): “Mas bien puede estar seguro que de aquí adelante no despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de vuestra merced, si no fuera para honrarle, como a mi amo y señor natural”. Y aunque nunca llega la anhelada recompensa para el escudero, éste no declina en su entrega para don Quijote.

     Un pequeño indicio de recompensa se presenta cuando, luego de muchas vicisitudes, el caballero y su ayudante encuentran una maleta (capítulo XXIII), y éste fortuito hallazgo, insignificante para las expectativas iniciales del par de aventureros, es paliativo suficiente para el noble Sancho Panza quien da por bien empleados todos sus infortunios, es decir, después de “los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas, las puñadas del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán, y toda el hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor” (p.215). No es entonces gratuito que se considere a Sancho Panza como personaje indispensable en el desarrollo de la trama, pues cumple con más de una función: confidente, ayudante, secuaz, cómplice, amigo, consejero…

     Es tal el apego que siente Sancho por su amo, que llegamos a ver claros indicios de que ha sido contagiado de sus delirios. El cuadro psicológico que se nos presenta es muy peculiar, y por cierto no tan común de encontrar en el mundo real; esto es, cuando un enfermo mental tiene tal fuerza psíquica que logra influir a otro con sus fantasías, llegando al punto tal de generar una locura compartida: una follie à deux. Tenemos por ejemplo el episodio en donde la ventera está reclamando el por qué don Quijote rompió unos cueros de vino al pretender descabezar a un gigante. Cuando Sancho es interpelado, en lugar de ponerse del lado de la cordura, él asegura haber visto la cabeza del gigante y “que por más señas tenía una barba que le llegaba a la cintura” (p.369).

     Esta follie à deux se convierte en un obstáculo más para intentar persuadir a don Quijote de que regrese a su pueblo. Quienes lo quieren ver reposando sanamente en su cama sucumben ante sus poderes de persuasión, viendo que su propio compañero ya se ha creído todos los delirios caballerescos, y por lo tanto no está dispuesto a cooperar. Acceden entonces todos ellos a una especie de contrato colectivo de credulidad, dándole por su lado al supuesto caballero, concediéndole un poco de libertad para que dé rienda suelta a sus “proezas”; todo, con tal de que se vaya dejando guiar de regreso hacia su lugar de origen. Vemos así que la locura convence a muchos, al menos por momentos.

     Ahora bien, esos mismos personajes que detectan la locura de don Quijote buscando apaciguarla, son los mismos que llegan a reconocer que él conserva algo de cordura y de buen juicio. El cura mismo declara que “fuera de las simplicidades que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo” (p. 309) Cabe mencionar que, según la clasificación de la Psiquiatría francesa, don Alonso Quijano sufriría de una parafrenia fantástica, es decir, una locura con delirios y alucinaciones que afectan una parte de su cerebro, conservando intacta y sana otra parte de su personalidad. Por lo tanto, no se trata de un esquizofrénico total; lo curioso, una vez más, es que logra duplicar su locura a través de su escudero.

     Como toda obra maestra, el Quijote da muestra de su riqueza cultural hasta en sus elementos aparentemente menos significativos. Tenemos por ejemplo el uso de refranes a lo largo de la obra, mismos que se presentan de una manera natural y sin ningún afán de petulancia. Podemos citar aquél que dice (p. 178): “Érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar”.

     Esta naturalidad en la narrativa se muestra incluso en los aspectos escatológicos, manejados por Cervantes en algunos puntos de su novela. Vale decir que el uso de este tipo de elementos no es exclusivo de este autor ni de esta época. Recordemos, por ejemplo, a otros autores como Jonathan Swift quien hace que Gulliver apague el incendio de los lilliputenses con sus orines, y que también escribió un poema (Cassinus and Peter) dedicado a la sorpresa y decepción de un bachiller ante la sana costumbre de defecar de su amada. En el caso de Cervantes, éste nos describe con una comicidad natural la manera en que don Quijote vuelve el estómago (cap. XVIII) luego de beber un bálsamo repugnante, y cómo Sancho Panza, al querer asistirlo, vomita del asco que siente ante la hediondez de su patrón.

     Por otra parte, y como nota curiosa, diremos que los aspectos escatológicos del Quijote fueron utilizados con fines sociopolíticos por Juan Carlos Onetti, cuando, refiriéndose a la situación que vivió Uruguay durante la dictadura, mencionó que en su país se veía mucho del capítulo XX del Quijote. En ese capítulo se narra cómo Sancho Panza y su amo pasan la noche en un bosque de árboles altos, y cómo el escudero siente de pronto unas ganas irreprimibles por defecar. Por más que intenta ser discreto, Sancho Panza no puede evitar que don Quijote se dé cuenta del olor a heces fecales, y del ruido que hace al evacuar sus intestinos. Pues bien, esta comparación del capítulo XX con la situación política y social del Uruguay (“un ambiente de mierda”, como dirían en ese país), le costó a Onetti ciertos inconvenientes con la dictadura.

     Otros aspectos interesantes incluidos en la novela se perciben en las opiniones que dan los propios personajes acerca de diversos temas. Significa que no se centran los discursos únicamente en torno a la caballería. Tenemos, por ejemplo, el caso del don Quijote hablando acerca de lo que él considera una buena comedia, después de presenciar la cual, “saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud”. Curiosamente, el lector de esta novela encuentra estos elementos a lo largo de la obra, aunque no se trate de una comedia propiamente dicha.

      Siendo el Quijote una obra que confronta a un personaje ilusionado hasta la locura a causa de sus fantasías librescas, hay un punto en la novela en donde finalmente se da un jaque mate conceptual a la causa de esa locura. Se trata de la crítica que en el capítulo XLVII esboza el canónigo hacia los libros de caballería. Finalmente queda clara cuál es la posición que quizá compartían muchos con respecto a esos “que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábula apólogas, que deleitan y enseñan juntamente” (p.490). Y sin embargo, por más disparatados que fueran esos libros, fueron motivo suficiente para configurar uno de los personajes literarios más memorables de la literatura. Aunque fuera confrontándose contra la incredulidad de todos, don Quijote no cesa en su convicción de hacer verosímiles todas esas historias que ya han pasado de moda para los demás. Recuérdese la propia vena quijotesca de Cervantes, quien fue a combatir a los moros con valentía, y que regresó molido y sin fortuna, y que a pesar de ello no desistió en su gesta personal a través de la literatura.

      Y así, el canónigo en el capítulo XLVII, asumiendo la voz crítica mejor expresada en la novela, insiste en decir que “el fin mejor que se pretende en los escritos […] es enseñar y deleitar juntamente”. Pues bien, aplicando este consejo al propio Quijote, no cabe duda de que la obra entera nos deleita a través de las aventuras, experiencias y anécdotas que ahí suceden. Y en cuanto a las enseñanzas, son muchas las vertientes que podemos encontrar: es una novela humanista en cuanto que, por ejemplo, se ponen a prueba las convicciones de un individuo y se resalta la manera en que éste las defiende hasta el final, a pesar de que esté equivocado; es una novela que nos deja ver la idiosincrasia de la época; un libro que nos habla de la diversidad de expresión; una obra que nos da indicios del punto de partida de la narrativa moderna; es en fin, un calidoscopio de enseñanzas que se va matizando con nuevos contrastes cada vez que volvemos a leerla.  

      Estos atributos de deleite y enseñanza no se ven menoscabados por la aparición de algunos descuidos narrativos que Cervantes cometió, quizá debido a la prisa por terminar su obra, o tal vez por la gran extensión de la misma. Uno de estos descuidos en la narración se da en torno al famoso yelmo de Mambrino, en realidad una bacía de barbero, cuando en el capítulo XXV don Quijote y Sancho lo tienen intacto en su poder, siendo que en el capítulo XXII se menciona que el estudiante se apoderó del mismo y lo hizo pedazos. Como nos comentan en el pie de página: “El Quijote abunda en descuidos de continuidad similares a éste, pero la mayoría de ellos pasan inadvertidos para el lector y sólo se advierten cuando la novela se analiza con una minuciosa perspectiva crítica, que tiene poco que ver con el desenfado y el buen humor propios del estilo cervantino”. Añádase a esto que algunas obras de Cervantes, como sus Novelas ejemplares, circulaban como copias manuscritas, con lo cual se incrementaba la posibilidad de aparición de errores durante el proceso de trascripción.

      Como podemos ver, estas minucias no demeritan la obra cumbre de Cervantes, quien estaba ayudando sin querer a sentar las bases de la novela como género. Por cierto que el sentido regular que se le daba a la novela de la época era el de un relato corto. La acepción moderna de relato extenso no se generalizó sino hasta el siglo XIX. El caso es que se estaba empezando a manipular el concepto de autenticidad los hechos plasmados en libros. Era la infancia de la ficción literaria. El propio don Quijote es una víctima de la autenticidad a ultranza que él mismo adjudica a los libros de caballería. Es decir, para él no está claro el concepto de “ficción”. Como nos comentan los editores de la versión que nos ocupa: “En el siglo XVII, la categoría moderna de ‘ficción’, un tipo de lenguaje que no es ni ‘verdad’ ni ‘mentira’, sino que tiene un estatuto propio, no estaba aún sólidamente establecida” (p.325).

      Y en ese juego de ficciones y locuras confrontadas con la realidad, llega un punto en que el propio don Quijote pone en duda la autenticidad de sus ilusiones. Ya hacia el final de esta primera parte de la novela, en el capítulo XLVII, cuando por fin es enjaulado y sosegado, el caballero de la Triste Figura ve los signos de su derrota y reconoce que quizá la magia ha cambiado, que “quizá la caballería y los encantos de estos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos” (p.483). Este es justamente el último matiz que nos queda por explorar en este ensayo, el del Quijote como una obra que habla de la derrota de la fantasía, la pérdida de la credibilidad en los libros como fuente de inspiración para realizar proezas, o en la bibliofilia que es condenada por ser perniciosa para el lector. Estos aspectos, como podemos ver, pueden hallar un parangón en la época actual en donde los libros están siendo olvidados y desplazados por la enajenación visual. No nos queda entonces más que referir el comentario que hace el gran Dostoievski respecto al Quijote: “es el libro más triste que se ha escrito, pues es la historia de una ilusión perdida”.