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09
Feb
08

CONVERGENCIAS ENTRE “LA NÁUSEA” Y “TRÓPICO DE CANCER”

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Arturo Gudiño

 Dos obras maestras del siglo XX son La Náusea de Jean Paul Sartre y Trópico de Cáncer de Henry Miller. Uno de los aspectos inmediatos para realizar la comparación de las dos novelas es, precisamente, el ambiente en donde ambas obras están ubicadas. Se trata de la Francia de los años 30; ahí se desarrollan los sucesos que Sartre (1932) y Miller (1934) se proponen relatar. ¿Cuál era entonces la situación socioeconómica que caracterizaba a aquel país a principios del siglo XX? Al inicio de los años 30 una crisis económica afectaba profundamente a Francia. En 1936 el Frente Popular, liderado por L. Blum Daladier, ganó las elecciones mediante una coalición de izquierdas, con lo cual se trataría en vano de frenar la inminencia de una guerra contra Alemania, mediante los acuerdos de Munich en 1938. Esta Francia, política y económicamente convulsionada es la que sirve de escenario a La Náusea y a Trópico de Cáncer. En el primer caso, su autor está en casa, y simplemente está ubicando su reflexión existencialista en un país al cual ha observado durante muchos años, teniendo entonces suficiente material para ejercer una crítica minuciosa acerca de la sociedad que lo rodea. Por su parte, Henry Miller es el visitante autoexiliado quien busca en París los temas que habrán de inspirar varios de sus textos. Uno y otro, local y visitante, nos muestran en sus relatos algunos aspectos interesantes de la nación en donde se desarrollan como escritores.El propio Sartre realiza un análisis personal en cuanto a la relevancia que tuvieron los hechos históricos que ocurrieron durante esos años: “A partir de 1930, la crisis mundial, el advenimiento del nazismo, los acontecimientos en China, y la guerra de España, nos abrirían los ojos; nos parecía que el sol habría de faltar sobre nuestros pasos y, de manera repentina, empezaría la gran vorágine histórica”.[1]Pasando ahora a los aspectos intrínsecos en ambas obras, la primera convergencia que salta a la vista es que la narración en lo dos casos se da en primera persona. Un análisis estructural en las dos novelas nos da como primer resultado que el discurso, o texto narrativo, está expresado con la propia voz de los protagonistas, quienes van estructurando los sucesos a lo largo del texto.Ahora bien, a pesar de que es en primera persona como son relatados los dos discursos narrativos, existe una diferencia insoslayable en cuanto a la actitud de los personajes principales. Mientras que Henry Miller presenta a un protagonista más sociable (no obstante describir a sus amigos con cierto desdén), por su parte Antoine Roquentin, el personaje de Sartre, es un hombre solitario, siendo escasas las interacciones que éste tiene con la gente que lo rodea. De cualquier forma, uno sociable y otro recluido en sí mismo, ambos resultan ser un poco misántropos. Roquentin critica con desprecio a los bouvillenses y prefiere alejarse de ellos, mientras que Miller convive con personas a quienes describe con menosprecio. Y así, según nos dice un crítico del autor norteamericano: “La indiferencia de Miller hacia cualquier angustia, excepto la propia, y su auténtico desdén por las miserias del mundo, parecen de lo más increíble cuando nos damos cuenta que los tiempos en que vivía –el tiempo, de hecho, durante el cual logró él hallar su voz y estilo propio– fue el periodo de la Gran Depresión y el terror del periodo entre-guerras”.[2]El siguiente vaso comunicante que se da entre las dos novelas son los personajes femeninos, cuyas ausencias atormentan a los dos protagonistas. Se trata de Mona, en el caso de Trópico de Cáncer, y de Anny en La Náusea. En sendas páginas, ambos autores se quejan de la falta de atención que reciben de sus respectivas mujeres. Una y otra tardan en llegar a la vida solitaria de este par de escritores, obsesionados con la idea de un reencuentro. En el caso de Henry Miller, contamos con una testigo de la relación que éste sostuvo con Mona (en realidad su nombre era June). En efecto, Anaïs Nin describe en un interesante volumen (Henry Miller, su mujer y yo) las vivencias que compartió con la pareja durante su estancia en París. Nin nos habla de la contradictoria relación que Miller sostuvo con la famosa June: “Henry la ama de modo imperfecto, brutal. Ha herido su orgullo deseando lo contrario de lo que es ella: mujeres feas, vulgares, pasivas”.[3] Con este testimonio, podríamos darnos una idea de por qué Miller se relacionó con tantas prostitutas durante su estancia en París. Por su parte, Roquentin quizá haya sido motivado por el mismo tipo de resentimiento para relacionarse sexualmente con su casera. Ya hablamos de las condiciones socioeconómicas que imperaban en aquellos años cuando se dio el surgimiento de las dos novelas, pero ahora analicemos la perspectiva que los narradores nos muestran acerca de las ciudades en que están viviendo. Precisamente otra coincidencia entre ambas obras es que sus autores dan un enfoque un tanto pesimista de la ciudad y sus habitantes. Por ejemplo, el autor de Trópico de Cáncer nos lleva a confrontar una especie de visión apocalíptica de la ciudad luz; es el cáncer que se va percibiendo en la decadencia de la sociedad burguesa. Y así, el París de Miller está descrito hasta en el propio título de la novela: “El título del libro provee metáforas reverberantes […] Las imágenes recurrentes de cáncer, sífilis, plaga, decadencia y corrupción, hacen de París […] una malicia que nos circunda y que refleja la maldad spengleriana característica del mundo occidental. El “trópico” del título se refiere a una geografía apocalíptica –“el meridiano que separa los hemisferios de la vida y de la muerte”– y el clima meta-temporal que seguirá estando mal porque el cáncer del tiempo nos está devorando”.[4] Por su parte, la “náusea” de Sartre es parte del título de la novela y de las sensaciones que al autor le inspira Bouville: una ciudad de prósperos comerciantes, que en cambio es vista como representación de la decadencia burguesa. Bouville es para Sartre no solamente un escenario en el cual situar su historia, sino también un ambiente humano para desarrollar sus reflexiones en torno al existencialismo.En ambos ambientes, los protagonistas encaminan su ejercicio narrativo con una mirada en retrospectiva, y otra dirigida hacia el presente de su propia existencia. Uno y otro, Miller y Sartre describen y reflexionan no sólo los acontecimientos que ocurren en el presente diegético de la novela, sino los que sucedieron en el pasado y que quizá los condicionaron para enfrentar un presente no del todo satisfactorio. Roquentin es un académico desencantado por el valor de su propia labor, mientras que Miller reniega todo el tiempo de su patria; aunque Francia no quede tampoco exenta de las duras críticas del escritor.En esa interacción que se da entre el autor y su texto, en ambas novelas se presenta una recreación literaria de la vida cotidiana. Es decir, si bien en La Náusea se presenta la historia a través de un diario, Trópico de Cáncer es también el recuento de los acontecimientos cotidianos y vigentes del protagonista, aunque no se presenten las hechos a manera de diario. Entre la expresión de las vivencias de los personajes en el texto, y la sociabilidad que éstos experimentan, se van construyendo las respectivas tramas.Ahora bien, el punto fundamental en la comparación de las dos obras es precisamente el aspecto existencialista en ellas incluido. En La Náusea de manera explícita, y en Trópico de Cáncer de manera inducida, se nos muestra una perspectiva inmediata de la existencia. Uno y otro personaje experimentan la libertad, y la angustia que ella conlleva. Parece no haber restricciones a la vista en esa vida singular que ambos llevan: Miller en un París donde se vuelca en el desenfreno de la vida bohemia, y Roquentin en un Bouville que lo ignora, y que por tanto le permite una existencia libre de prejuicios. El existencialismo en los dos textos se nos presenta como el descubrimiento de la alteridad a partir del vacío. Con el escepticismo que caracteriza a los dos personajes, crean un vacío en torno a su propia existencia, y eso les permite enfrentar la alteridad con mayor “objetividad” que sus semejantes. Roquentin no cree en los bouvillenses y eso le da cierta distancia para juzgarlos. El lenguaje es justamente un medio para efectuar estos juicios: “La postura [del escritor] es crítica por esencia, vale la pena que tenga algo que criticar; y los objetos que se ofrecen de antemano a sus críticas son las instituciones, las supersticiones, las tradiciones, los actos del gobierno tradicional”.[5]Por su parte, Miller reniega de sus propios amigos y eso le confiere cierto desapego a partir del cual los confronta: “El norteamericano se desentiende de su entorno y asume un nihilismo positivo, una individualidad burlona y un feliz aislamiento, todo ello al rehusarse a jugar el rol tradicional del hombre civilizado”.[6]  Debido a que es la nada lo que se va formando en torno a la existencia de estos dos personajes, no demuestran compromiso alguno con su entorno. Ninguno de los dos cree en la literatura, ni siquiera en el valor de la propia obra que están produciendo. Ese descubrimiento existencial de la nada crea en ambos personajes una falta de compromiso con los otros. Esta referencia a la nada es explícita en muchos puntos a lo largo de La Náusea, sin embargo, en Trópico de Cáncer también llegan a presentarse explícitamente esos momentos de desencanto. Y así, como nos indica Kingsley Widmer acerca de Henry Miller: “Su rebelión cósmica insiste en decir que todos los valores existentes deben ser desechados de tal manera que “desde la nada surja el signo del infinito”, […] y desde un proceso destructivo neo-nietzscheano, los valores surjan ex nihilo y subsistan enteramente en respuesta al flujo incongruente de la realidad”.[7]Otro aspecto en común que se percibe en las dos novelas es el escepticismo de sus personajes hacia el futuro. Así como va creándose una sensación de vacío en el presente, en donde nada parecer cobrar un significado alentador para la existencia, en el futuro no se mira tampoco nada promisorio. Roquentin es abandonado por Anny, y Miller se queda sin su Mona (es patético, por más cómico que suene). Los dos personajes deben confrontar nuevamente el medio que los ha cobijado durante los últimos meses, adaptándose a él, a pesar de que ambos han llevado a cabo una invalidación de la autoridad burguesa. Cabe mencionar que uno y otro dejarán atrás, eventualmente, a Bouville y a París.Sea como fuere, a través de esa exploración de lo decadente, ambos escritores muestran un sincero horror por lo banal, por lo cotidiano, por lo convencional. El mundo que los rodea es inaceptable, propenso a ser criticado, evitado, repudiado. Citando al líder de los surrealistas, el propio Sartre nos dice: “Breton escribió una vez: “transformar el mundo, dijo Marx; cambiar la vida, dijo Rimbaud”. Estas dos frases no son más que una sola para nosotros”.[8] En cuanto a Henry Miller, el mundo que lo rodea sólo tiene significado en cuanto que estimula su búsqueda del placer físico, mediante el sexo, la comida y el vino, o para alimentar su narrativa rebelde e inconforme. Como nos explica Widmer: “la insignificancia del mundo puede ser mejor aceptada en términos románticos y rebeldes, como en una visión artístico religiosa, y no como la sustancia ordinaria de la vida”.[9]En ese desapego a lo cotidiano, ambos escritores alcanzan esa singularidad y esa autenticidad sin contaminaciones sociales, que le son características al existencialismo. Vale la pena anotar, sin embargo, que, salvo la ingenua adulación por parte del autodidacto, Roquentin no tiene testigos en su novela que puedan caracterizarlo como un hombre singular. En cambio, Henry Miller contó con una fiel admiradora durante la estructuración de su obra maestra, aunque sus comentarios quedaron plasmados fuera de la misma: “Henry tiene imaginación, una percepción animal de la vida, una capacidad extraordinaria de expresión, y el genio más auténtico que he conocido […] al hablar de La Edad de Oro de Buñuel, de Salavin, de Waldo Frank, de Proust, de la película El ángel azul, de la gente, del animalismo, de París, de las prostitutas francesas, de las mujeres americanas, de América. Incluso va más avanzado que Joyce. Repudia la forma. Escribe tal como pensamos, en varios niveles a la vez, con una aparente inconexión, un caos aparente.[10]Aunque es evidente esa singularidad y ese desdén por el mundo que caracteriza a los personajes principales de las dos novelas, es indiscutible que ambos autores escribieron para ser leídos; por lo tanto, ambos tenían a un lector en mente, ambos buscaban causar una impresión específica respecto a los tiempos que estaban viviendo en París y en Bouville, respectivamente. En el caso de Miller, esas escenas impresionistas que nos presenta a lo largo de su novela guardan cierta consistencia que al lector toca desentrañar: “Su ensayo apocalíptico combina a menudo el humor burlesco con una seria indignación, las cuales tienden a cancelarse entre sí; su visión caricaturesca muestra, tanto una percepción desapegada, como un drástico cortocircuito que se da mediante un vocinglero egoísmo, en el cual las figuras no existen por sí mismas, sino solamente en cuanto que coinciden con Henry Miller”.[11] En cuanto a Sartre, él mismo nos dice que es pensando en sus lectores que va construyendo las obras que fueron conformando su enorme bagaje literario y filosófico: “De esta manera, el universo del escritor no se develará en todo su esplendor más que para el examen, la admiración y la indignación por parte del lector”.[12]El papel del sexo en las dos novelas es un punto de divergencia que conviene mencionar. Mientras que en Trópico de Cáncer las escenas de encuentros sexuales son narradas de manera continua, casi obsesiva, en La Náusea este elemento es visto más como un hábito casual que como una fijación. Los encuentros de Roquentin con su casera se ven más como el cumplimiento de un requisito, o el alivio de una necesidad, que como la saciedad del voraz apetito que se plasma en la novela de Miller. No hay en La Náusea, por otra parte, esa obscenidad tan recurrente en la otra novela. Volviendo al papel de la mujer en Trópico de Cáncer, éste se encuentra constantemente asociado con un objeto del deseo, necesario para combatir el tedio durante los espacios y tiempos en donde no está presente la actividad literaria. Es decir, por momentos nos parece que el protagonista tiene dos actividades en mente: escribir y fornicar. En cambio en La Náusea, salvo los encuentros con la casera, el papel de la mujer como objeto de una obsesión cotidiana, es ocupado por otro tipo de fijación: el de la náusea misma. Como ya mencionamos, en Trópico de Cáncer contamos con una testigo (Anïs Nin) de la visión que por aquellas épocas tenía el autor con respecto a la mujer y a otros temas: “Su nombre verdadero era Heinrich, lo prefiero. Es alemán. A mí me parece eslavo, pero tiene el sentimentalismo y el romanticismo alemán para con las mujeres. El sexo para él es amor. Su mórbida imaginación es alemana. Ama la fealdad. No le molesta el olor a orina ni a col. Le encantan las palabras soeces, el argot, las prostitutas, los barrios bajos, la suciedad y la dureza.[13]De manera peculiar hay una mujer en cada novela, ausentes ambas la mayor parte del tiempo, las cuales atormentan la mente de los protagonistas. Anny y Mona son la antítesis de la mujer fácil; esa que tanto abunda en Trópico de Cáncer y que en realidad no aparece en La Náusea, ni siquiera en la figura de la casera. Ésta no es una mujer de la calle; simplemente es alguien que aprovecha la oportunidad para satisfacer sus deseos con el inquilino en turno.Una divergencia más hallada mediante nuestro análisis es el papel que juega el trabajo en las dos novelas. En la obra de Miller, la labor que el protagonista desempeña en el periódico es vista como una acción de supervivencia, sólo para obtener dinero para comprar comida, alcohol y los favores de las prostitutas. Su trabajo en el liceo de Dijon no tiene propósitos muy diferentes; allí no hay mucho alcohol que digamos, ni grotescos encuentros sexuales, pero lo cierto es que el afán de supervivencia es también su principal motivación. En cambio el trabajo de Roquentin es más institucional. Hay un plan de por medio, una rutina. Y si bien en el personaje de Sartre se encuentra cierta disciplina para la labor de estudio, el mismo Roquentin no deja de confesar el hastío que esto le provoca: “Ya no escribo mi libro sobre Rollebon; se acabó, ya no puedo escribirlo”.[14]Vemos entonces que, más importante que el trabajo, es el acto de escribir. Los dos protagonistas están pasando por una etapa muy peculiar de su existencia, renegando de la ciudad que los acoge, renegando de la mujer amada que está ausente, despotricando contra los que los rodean, y sin embargo, en ningún momento dejan de escribir. Es así como el lenguaje los ayuda a trascender las circunstancias. Como nos dice el propio Sartre: “Los escribientes escriben para designar los objetos. Los escritores escriben para que el lenguaje en sí mismo se manifieste, y se manifieste en su movimiento de contradicción, de retórica, en sus estructuras. [Sin embargo,] no se puede ser escritor sin ser escribiente, ni escribiente sin ser escritor”.[15] Por su parte, Miller encuentra en el lenguaje un medio para alcanzar la libertad obtenida mediante la creación artística: “Miller cree que el arte debe ser inspiración, frenesí, libre asociación, flujo cómico, sin importar ir en detrimento del intelecto, el esfuerzo, y la crítica”.[16] Como podemos ver, son diversos los indicios comparativos sugeridos a lo largo de este artículo. Y a pesar de que no pudiéramos llegar a una respuesta contundente y definitoria, el mero ejercicio de comparar dos obras maestras y de hallar afinidad entre ambas, es como una pequeña demostración de que la literatura personal, la desarrollada por cada autor en torno a su propia existencia, no deja de tener nexos con las aspiraciones e inquietudes universales, mismas que forman parte del desarrollo integral humano: dos autores, ajenos el uno al otro, reflejan sus preocupaciones existenciales a través de la narrativa, y encuentran sus afinidades a través del fascinante universo de la literatura universal.   


[1] Jean Paul Sartre, Qu’est-ce que la littérature?, Gallimard, París, 1948 p. 257.
[2] Fiedler, Leslie A., Waiting for the End, Stein and Day Publishers, New York, 1964, p. 41.
[3] Anaïs Nin, Henry Miller, su mujer y yo, Emecé Editores, Buenos Aires, 2006, p. 30.
[4] Kingsley Widmer, Henry Miller, Twayne Publishers, New York, 1963, p. 26.
[5] Jean Paul Sartre, Qu’est-ce que la littérature? Gallimard, París, 1948, p. 137.
[6] Kingsley Widmer, Henry Miller, Twayne Publishers, New York, 1963, p. 67.
[7] Ídem, p. 21.
[8] Qu’est-ce que la littérature?, p. 227.
[9]Henry Miller, p. 26.
[10] Anaïs Nin, Henry Miller, su mujer y yo, Emecé Editores, Buenos Aires, 2006, p. 22.
[11] Kingsley Widmer, Henry Miller, Twayne Publishers, New York, 1963, p. 39.
[12] Jean Paul Sartre, El escritor y su lenguaje, Losada, Buenos Aires, 1973, p. 52
[13] Anaïs Nin, Henry Miller, su mujer y yo, Emecé Editores, Buenos Aires, 2006, p. 58.
[14] Jean Paul Sartre, La náusea, Losada, Buenos Aires, 2004, p. 147.

[15] Jean Paul Sartre, El escritor y su lenguaje, Losada, Buenos Aires, 1973, pp. 34-35.

[16] Kingsley Widmer, Henry Miller, Twayne Publishers, New York, 1963, p. 95.

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