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08
Nov
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La miglioria della morte

 

 

Leonardo Casas/CUARTOSCURO.COM

Leonardo Casas/CUARTOSCURO.COM

Por: Erik García Muñoz

El médico sueco Axel Munthe, autor de La historia de San Michele, describió acusadamente hace más de 100 años un fenómeno que aún intriga al pensamiento del ser humano actual: una moribunda mujer anacaprense, víctima de la terrible tuberculosis que parecía no tener cura en aquella época en la cual no había antifímicos y que fue descrita como el mal del siglo XIX, comenzó a mostrar señales de mejoría clínica y psicológica momentos antes de su muerte.

Este fenómeno fue llamado por uno de los parientes de la enferma como la miglioria della morte y, pese a que ha pasado más de un siglo desde aquella descripción, es un tema que aún hoy en día se comenta constantemente en los pasillos de hospitales y en los cuartos donde residen los moribundos.

¿Qué médico no podría contar la experiencia de ver mejorar a un paciente antes de morir? O tal vez usted, lector de Sábado, haya sido testigo de este particular acontecimiento.

El fenómeno se describe en obras literarias de todas las épocas y regiones pues es la muerte un fenómeno que por su naturaleza obligatoria e irrefutable, inspira la imaginación dándole tintes mágico-supersticiosos, religiosos y hasta científicos. La literatura es un medio de comunicar por medio de la palabra escrita la interpretación de la naturaleza por el hombre observador y, por eso, siempre ha habido textos que conmemoran y mitifican la muerte, le dan un valor sentimental o simplemente la describen.

Así es como se puede leer que los héroes troyanos gemían sus últimos gritos de pasión después de ser traspasados por los filosos hierros aqueos, como lo sucedido con Héctor y su mortal combate contra Aquiles relatado en La ilíada, de Homero: momentos antes de morir y ya atravesado su cuerpo por la divina espada de Aquiles, exclamó: “Te lo suplico, no me abandones a los perros. Entrégale mi cuerpo a mi padre”.

Otros autores geniales de la literatura universal no han sido ajenos a esto; Shakespeare, en su tragedia Romeo y Julieta, describe el suplicio de la joven Capuleto que al ver a su marido muerto se clava el puñal de Romeo en su cuerpo al tiempo que exclama: “¡… cúbrete aquí de herrumbre y dame muerte!”.

¿Y qué decir de la magna obra de Cervantes en literatura española? Alonso Quijano, cuerdo por fin y desdeñando sus anteriores hazañas como Don Quijote de la Mancha, en su lecho de muerte dicta el testamento donde le pide disculpas a Sancho, a su sobrina y al mismo Cervantes por sus locuras y disparates.

¿Qué pasa en los momentos antes de la muerte? ¿Por qué pareciera como si la gente instantes antes de morir puede mostrar su pasión o, por lo menos, un soplo de vida? En este punto, la ciencia ha tratado de resolver el y los conocimientos actuales de la neuroanatomía, neuroquímica y neurofisiología dan la pauta para la resolución del misterio o cuando menos una versión racional. El cerebro tiene estructuras formadas por núcleos neuronales cuya función radica precisamente en la captación y asimilación de estímulos clasificándolos como agradables o no placenteros y, gracias a dichos conglomerados de las células nerviosas –núcleos de recompensa y castigo- los seres humanos pueden discernir entre estímulos placenteros y los peligrosos o dañinos, algo primordial para la subsistencia.

No está demás señalar que esos núcleos forman parte de un sistema encargado de la conducta y la motivación denominado sistema límbico.

Dicho sistema es un conjunto de estructuras nerviosas cerebrales que controla los aspectos de la conducta, las emociones y la motivación y, de todas sus partes la más importante parece estar en el hipotálamo que es una aglomeración de núcleos que se encuentra, como su nombre lo dice, justamente por debajo del tálamo que a su vez se sitúa cerca de la línea media del cerebro.

Además, el hipotálamo es el centro regulador de la secreción de hormonas y de ciertas actividades involuntarias –vegetativas- del cuerpo humano, como la regulación de la temperatura, cantidad de líquido, frecuencia cardíaca, presión arterial y del hambre.

Fácilmente se puede relacionar el porqué ciertos estímulos emocionales como el miedo, la cólera o el deseo sexual se relacionan con mecanismos vegetativos como la sudoración y el aumento de la frecuencia cardíaca, entre otros en los cuales el sistema límbico parece fungir un papel importante en la conducta emotiva de miedo o aceptación a la muerte y las respuestas endocrinas y de motivación que estos estímulos generan a través de sus interconexiones con la corteza cerebral.

Una de las claves pudiera encontrarse en los neuropéptidos –sustancias cerebrales- llamadas endorfinas, que actúan sobre los centros de placer del cerebro en receptores específicos.

Estos péptidos, junto con otros opioides (llamados así por su semejanza con la molécula de la morfina, un derivado del opio) han sido descritos como reguladores del placer y del dolor además de tener un rol importante en la actividad de la conducta; altas dosis de endorfina en el del cerebro demuestran que se disminuye la conducta pasiva del individuo llevándola al estado de euforia característico de los adictos al opio.

Las endorfinas se liberan secundarias al stress, tal como el miedo a morir o la sensación de muerte inminente, circunstancias que pueden generar inhibición del dolor y sentimientos de bienestar o euforia como los de los pacientes moribundos. De hecho, se han implicado en las denominadas experiencias cercanas a la muerte (NDE, por sus siglas en lengua inglesa) que son sensaciones placenteras o no placenteras, relacionadas con el cielo o el infierno en pacientes que se encontraban en sucesos cercanos a la muerte.

Pero, no obstante las implicaciones científicas y técnicas éstas son sólo conjeturas que no explican en su totalidad los procesos mencionados, aparte de que la investigación de esos sucesos seguirá siendo dificultosa por las implicaciones éticas y metodológicas que tienen los experimentos con pacientes moribundos.

En cambio, no hay duda de que la muerte continúa y continuará siendo siempre un misterio para el hombre, pues no parece haber ciencia que explique el qué sucede después de ella a pesar de que las fronteras de lo sobrenatural con lo natural han ido siendo superadas en el proceso de los siglos. Xavier Bichat, uno de los médicos más importantes para el conocimiento médico actual, escribió en su libro Recherches physiologiques sur la vie et la mort, publicado en 1800, que “suele buscarse en consideraciones abstractas la definición de vida; se le encontrará, creo, en esta noción general: la vida es el conjunto de las funciones que resisten a la muerte […] Es tal, en efecto, el medio de existencia de los cuerpos vivientes, que todo cuanto les rodea tiende a destruirlos”.

De ahí, que el considerar el pensamiento de muerte como parte de la propia existencia, y el hecho que cada uno de los sucesos relacionados con la muerte sea individual origina que los patrones de la conducta del ser humano -el único ser vivo capaz de reconocerse individual, pensante y mortal- sean distintos en cada uno de los hombres, de manera que no se puede generalizar sobre una reacción emotiva universal humana pero sí –siempre- de la existencia de alguna.

Sea el punto de vista que usted, señor lector, le quiera dar –filosófico, psicológico o biológico- la muerte siempre será un punto de fascinación para el ser humano y, por lo tanto, un conflicto que se verá relatado invariablemente en la obra literaria.

 

 

 

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