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29
Mar
08

OPERA Y CRITICA TEATRAL

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Raúl Díaz*   

 De unos años para acá es común encontrar en las carteleras de las principales capitales teatrales del mundo obras de teatro musical, más específicamente de Comedia Musical o, simplemente Musical como se les conoce en inglés. No entro, en esto momentos, a considerar los otros géneros del Teatro Lírico como también se le llama al teatro musical.  En nuestro país, concretamente en nuestra ciudad, permanentemente se encuentran dos que tres obra de ese tipo; en estos precisos momentos pueden verse, sin que sean todas, La bella y la bestia, Tick…Tick…Boom y, Luna de miel para siempre.  Sin embargo, los pocos críticos que tenemos (la mayoría de las notas periodísticas sobre obras de teatro las escriben reporteros o cronistas), prácticamente no se ocupan de ellas y, cuando lo hacen, se quedan en la superficie refiriéndose más al espectáculo y su parafernalia, dan dos o tres toquecitos al desempeño actoral o de dirección y, se acabó. No hacen, pues, una crítica como las que acostumbran realizar cuando se trata de otro tipo de teatro. 

Si esto es así con la Comedia Musical, peor se presenta la cosa cuando se trata de Ópera, ya que a una función de ópera no se asoman ni por casualidad y, si alguna vez lo hacen, se abstienen totalmente e escribir sobre ella dejándole esa tarea a los críticos de música o críticos musicales o, a los aún, en teoría, más especializados todavía, los críticos de ópera.             

Al hacerlo así, los críticos de teatro están cometiendo un error craso, un error que, aunque no sea cierto, nos habla de una grave falla en su formación teórica porque, con su actitud, nos están diciendo que ignoran una condición primaria y fundamental de la ópera que, antes que nada, ES TEATRO.

En efecto, una función de ópera -como lo sabe todo el mundo y principalmente nuestros críticos de teatro que son gente culta-, no es otra cosa sino UNA REPRESENTACIÓN TEATRAL que, como tal, es, o puede ser, objeto de la opinión de un crítico de teatro.

Como también se sabe, muchísimas óperas están basadas obras de teatro o en libros que antes de pasar a versión operístíca tuvieron versión teatral.

Entre las primeras, tan solo para recordar un par de casos muy obvios mencionaré a Romeo y Julieta y a Otelo del genial Shakespeare a las que, más de cien años después de haber sido estrenadas, convirtieron en óperas Charles Gounod y el también genial, como don William, Giusepe Verdi. A los compositores ni siquiera se le asomó la idea cambiar los nombres originales de estas OBRAS DE TEATRO.

Entre las segundas se encuentra la ópera más teatral que encontrarse pueda, Tosca de Victorien Sardou, que el gran Giacomo Puccini viera nada menos que con la estupenda Sarah Bernhardt en un teatro de París, y que tanto le impactó que no paró sino hasta convertirla en ópera, empeñó que le llevó no menos de diez años.

Para acabar con los ejemplos de libros-teatro-ópera y hasta danza y cine, qué mejor que una de las óperas más representadas en el mundo sino es que la más, la maravillosa Carmen de Georges Bizet, basada en el libro homónimo de Prosper Merimer.

Como las citadas, hay cientos más que basadas en obras originalmente pertenecientes a otras ramas del arte, han subido al escenario transformadas en Ópera y allí, sobre la escena, exhibidas en toda su esplendidez, nos muestran a cabalidad su esencia misma, su naturaleza, su condición de TEATRO.

Por eso, porque la ópera no es otra cosa sino Teatro Musical, es que algunos de los más connotados directores teatrales del mundo se han aplicado también a la ópera y allí han quedado sus grandes éxitos y, porqué no decirlo, también sus grandes fracasos pero todo, todo, en función del Teatro. Para no abrumar con una larga lista, únicamente dos nombres, Peter Brook y Franco Sefirelli. En estos momentos todo un grupo teatral de prestigio mundial, La Fura des Baus, está incursionando en la ópera en España, y su propuesta es esperada con ansiedad.

Por supuesto que es recomendable que el crítico de teatro tenga algunos conocimientos musicales para mejor juzgar la ópera pero… ¿acaso el crítico de hoy no tiene que tener conocimientos musicales, dancísticos, de artes plásticas y hasta de performancero si es que quiere opinar sobre representaciones que, en mucho, rebasan el solo y tradicional teatro verbal y su aspecto literario?      

La función social del crítico es orientar tanto al artista como al público, proporcionales elementos de juicio para que puedan juzgar mejor y mejorar su quehacer. También es función del crítico contribuir al desarrollo del Teatro que es, así sea mínimamente, contribuir al desarrollo social. En este sentido, mucho ayudaría que los pocos auténticos, verdaderos Críticos de Teatro se acercaran a la ópera que, para terminar, lo recuerdo por última vez, TAMBIÉN ES TEATRO.

*“Medalla al Mérito Toda una Vida en el Teatro” UNESCO 2003                                                                                    

     

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