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08
Nov
08

Un documental del maestro Werner Herzog

 

  

 

Encounters at the end of the world

Encounters at the end of the world

 

 

“Encounters at the end of the world”

Por Jorge Zavaleta Balarezo (Pittsburgh, Estados Unidos)

Werner Herzog es, a la vez, un cineasta extraño y ambicioso. Le gusta registrar en sus películas a personajes más allá de lo común, encabezando aventuras utópicas, que parecen no tener salida desde un principio. También se siente fascinado por la fuerza de la naturaleza, que no sólo sorprende y derrota al hombre, sino que constituye un espectáculo digno de contemplarse siempre con el mismo asombro.

Así, el director de cintas famosas y controversiales como “Aguirre, la ira de Dios”, “Fitzcarraldo” y “El enigma de Kaspar Hauser” nos entrega su más reciente obra, un viaje a la Antártida, a la manera de un documental, que simbólicamente dedica al conocido crítico de cine estadounidense Roger Ebert, famoso durante años por sus notas en el Chicago Sun – Times, por sus programas en televisión y por haber hecho una costumbre calificar las películas con los pulgares arriba o abajo.

En “Encounters at the end of the world”, Herzog sigue la expedición de científicos norteamericanos y europeos, que, instalados en el Polo Sur, realizan investigaciones y pasan sus días en ese ambiente tan lejano e inhóspito acercándose a sus misterios. El propio Herzog hace de narrador. Su voz en “off” nos va relatando, por ejemplo, esas inmersiones bajo el agua o los intentos por conservar a los pingüinos. En otros momentos, a manera de encuesta, el director y su camarógrafo se acercan a los personajes y los entrevistan o los sorprenden en ratos de entretenimiento, mirando películas en la computadora o haciendo gimnasia.

La riqueza de esta película que es, en sí misma, todo un espectáculo, radica no sólo en el gran desplazamiento e inversión que se ha hecho para producirla sino que, otra vez, en consonancia con esos patrones artísticos tan radicales de su autor, vuelve sobre esas odiseas a las que, tarde o temprano, parece estar destinado el hombre sobre la tierra.

Entonces, los nítidos y vibrantes colores del film capturan la esencia de los glaciares o las sorpresas que nos trae la fauna y la flora de la Antártida, se conjugan como partes de un “work in progress”, una empresa artística que se va haciendo ante nuestra vista, que se construye en base a solidaridad y no poco esfuerzo.

Al mismo tiempo, Herzog nos saca más de una sonrisa en situaciones que dejan de ser rigurosamente científicas o serias. Y no deja de presentar ciertas excentricidades o aficiones de los miembros de la expedición, como aquellos dos europeos que, guitarra en mano, intentan un concierto entre la inmensa nieve y el hielo.

Las escenas de “Encounters at the end of the world” son, por momentos, sublimes y subyugantes. La fina fotografía del filme nos permite acercarnos a ciertos tesoros de la naturaleza, a ver sus brillos y contrastes. Entonces, a la par que nos muestra otra de esas luchas imposibles, sin solución, Herzog está preocupado en llamar la atención sobre problemas puntuales, como el futuro de la Antártida y el calentamiento global.

La cinta se convierte en una manifestación encarecidamente humana, en una demostración que nuestro planeta merece mayor respeto y mayor atención. Tanto como un documental que bien puede servir para fines pedagógicos como la obra artística que se impone en todo momento, “Encounters at the end of the world” sorprende desde su vigorosa propuesta, sus imágenes exquisitas y una historia que, sin ser demasiado novedosa, sabemos agradecer.

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16
Feb
08

Petróleo sangriento There will be blood

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Jorge Zavaleta Balarezo 

Pittsburgh, Estados Unidos 

La nueva película del talentoso Paul Thomas Anderson -autor de las fundamentales Boggie Nights, Magnolia y Embriagado de amor– está dedicada, simbólicamente, al maestro Robert Altman, patriarca del cine independiente americano, fallecido en el 2006. Como Altman, Anderson ha hecho de sus propias obras experimentos corales, polifónicos, que muestran una cuidadosa puesta en escena, un regodeo por los detalles, una vocación metacinematográfica, todo alrededor de un guión confeccionado con sumo cuidado. Ahora, en Petróleo sangriento (There will be blood) estamos ante la historia de Daniel Plainview, interpretado por Daniel Day-Lewis en el gran papel de su carrera. Tomado de la novela Oil, de Upton Sinclair, Plainview es un ambicioso buscador de petróleo en los míticos tiempos de la expansión norteamericana. En plena segunda revolución industrial, con incipientes vías férreas y las ideas fuerza del pragmatismo capitalista sustentado en una religión que culpa y premia, el territorio de los Estados Unidos era, entonces, en el borde de los siglos diecinueve y veinte, una tierra por descubrir y a la que se podía apostar incluso la vida. Es ese sentido de la aventura el que entiende Plainview, cuya presencia abre la película mostrando la dificultad de su empresa y el empeño que pone en ella. Se trata de un personaje recio, duro como la piedra o el acero, alejado de esa naturaleza que el director Anderson muestra pasiva, en planos abiertos y largos, con vegetación seca y montañas inciertas. Plainview es un hombre al que no le gusta mirar atrás, para quien el pasado simplemente no existe porque quizá implique resolver asuntos graves, personales, familiares. En el cariño a su pequeño hijo revela toda la bondad que le puede ofrecer al mundo. El resto es trabajo, espera, obsesión. El es un hombre que literalmente labra su destino.  Pero en este filme lleno de energía, complejo, difícil, denso, el protagonista, dominado por su individualismo, de todos modos está acompañado por otros seres quizá tan elementales como él pero menos arriesgados. Uno de ellos es el joven predicador con rasgos femeninos que retoma los temas de la expiación y el pecado tan caros a otro maestro que Anderson ha estudiado muy bien, Martin Scorsese. O los inversionistas que celebran alegremente la buena nueva de la llegada del petróleo. Y, sí, el oro negro brota de la tierra infinita aun a costa de desgracias ajenas y traumáticas, como dejar sordomudo al hijo del protagonista. Este es quizá el momento de mayor sensibilidad para él y la escena en que, desesperado, lo lleva en brazos, corriendo, en busca de protegerlo, grafica lo profundo de un corazón lastimado. Es, sintomáticamente, el tema-guía del petróleo el que da actualidad a una cinta cuya historia se remonta a más de un siglo atrás. La coyuntura global (Irak, Venezuela, los intereses norteamericanos) están en el fondo de la película de Anderson, quien, a través de sesudas y estudiadas metáforas, la contemporiza críticamente. Al mismo tiempo Petróleo sangriento es una lectura de algunas películas clásicas de Hollywood: El nacimiento de una nación, Ciudadano Kane, 2001: Odisea del espacio. Como en ellas, aquí se trata del inicio de una era. Como en ellas también, hay un elegido, una suerte de mesías para quien no cabe ninguna redención. Es, asimismo, una historia que recuerda por momentos La puerta del cielo, la obra maestra de Michael Cimino, sobre la conquista del Oeste, y las partes más importantes de El Padrino, de Coppola. Anderson recorre “textualmente” el cine americano desde sus raíces y en sus momentos decisivos para narrarnos una pasión personal, de fortaleza de espíritu, de lucha contra la adversidad. No importa si en medio de la acción se va la vida. La lógica -el último deseo, la esperanza- es cumplir la tarea. Por eso Petróleo sangriento es una curiosa épica sobre el desarraigo, con momentos cumbres, de enorme potencia cinética.  Anderson diseña cada escena con esmero, vuelve sobre la profundidad de campo, tan trabajada por un genio como Orson Welles, matiza la noche y el día bañados de petróleo, encuentra en los paisajes naturales un escenario justo para sus tomas a veces cargadas de un lirismo incomprendido. Es, a la vez, un cinéfilo consumado que evoca los westerns de John Ford o los filmes de genios como Wilder, Lang, Zinnemann, Minelli, Wyler, Mankiewicz. Plainview, guiado por el instinto de su ambición, cae y se levanta, vuelve a caer y se vuelve a levantar. Daniel Day-Lewis le otorga credibilidad y le pone nervio a un personaje de por sí duro y quizá desalmado, sobre todo consigo mismo. Las escenas finales (la película cubre un arco temporal de 1898 a 1929, inicio de la Gran Depresión), remiten a la injustamente postergada El aviador, de Scorsese. Como el excéntrico multimillonario Howard Hugues de aquel filme, Daniel Plainview se enfrenta a la certeza de su propio recorrido vital. Y tiene que elegir. Paul Thomas Anderson nos deja una película incansablemente poética, sobre la construcción de un sueño y de una nación. Vuelve sobre el territorio americano como el poeta Keruoac de En el camino y retorna a las fuentes -críticas a veces, fastuosos otras- reveladas por novelistas como Dos Passos en Manhattan Transfer y Steinbeck en Las uvas de la ira. Y es que la miseria y el vicio son otro elemento de esta cinta que sorprende por su virtuosismo y se concibe, ella misma, como una nueva gran mirada de una promesa incumplida y aun así omnipresente: los Estados Unidos, ni más ni menos. 

FICHA TÉCNICA

There Will Be Blood

Dirigida por: Paul Thomas Anderson
Con: Daniel Day-Lewis, Paul Dano, Ciaran Hinds, Kevin J. O’Connor
Género: Drama
País de Origen: Estados Unidos
Idioma: Inglés
Año: 2007

La 80ª entrega de los premios Oscar, será el domingo 24 de febrero de 2008 en el teatro Kodak de Hollywood, California. Petróleo Sangriento está nominada en ocho categorías: Mejor película, Interpretación de un actor en un rol principal, Dirección, Guión adaptado, Fotografía, Dirección de arte, Edición y Edición de sonido.