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15
Dic
07

Amor y Bullicio

Arturo Gudiño

A una hora de nuestro último beso

     Mis manos siguen temblando

     Después de haber recorrido tus delicias. 

     Hoy, más tarde,

     Me esperan los asuntos de costumbre,

     Algunos éxitos y algunos sinsabores,

     Aunque el único sabor que me interesa

     Es el que conservo en el núcleo de mi memoria:

     El gusto y el aroma de tus piernas infatigables,

     La humedad de tus manos mientras acariciabas mi rostro,

     El candor de dos noches de insomnio,

     La persistencia del erotismo

     Y la necesidad de aprovechar cada minuto del fin de semana. 

     Ahora debo poner en orden mi cabeza,

     Justo cuando está poblada de imágenes memorables:

     Nuestros pasos por el Jardín San Marcos,

     La admiración que sentimos por el templo de San Antonio,

     Nuestra cena romántica apenas a salvo del bullicio,

     Y sobre todo,

     El afán de hacer de la intimidad

     Una puerta de entrada a otra realidad, definida a partir del deseo. 

     Llegará entonces el momento

     En que camines de mi mano por la calle

     Sin dejarte influir por miradas impertinentes;

     Será el día en que aceptes que estos latidos

     Están al margen de las buenas conciencias.

     Porque, para mí,

     Basta con que me regales la más sincera de tus sonrisas,

     Basta con que me dejes besarte de pies a cabeza,

     Para así poder retar al mundo entero

     Y el bullicio convertirlo en silencio,

     Y las palabras convertirlas en acciones,

     Las noches en territorio de la poesía. 

     Tus manos dibujarán enigmas en mi rostro,

     Y mis dedos acecharán tu ombligo

     Para allí sembrar el compromiso de regresar a tu lado. 

     Mientras tanto, estoy viajando de regreso a mi ciudad

     Sabiendo que tú te diriges a las tareas de costumbre;

     Dejas así que mi día se quede inconcluso,

     Y yo, deseando como nunca escapar de la multitud

     Porque lo que en realidad quiero

     Es ir a besarte bajo los cuernos de la luna. 

     Pero es así que,

     Horas después de nuestra despedida,

     Lo único que obtengo son frases inconclusas por parte de la noche;

     Hay neblina por todas partes:

     Neblina sobre esta ciudad que sucumbe en sus propias trampas,

     Neblina en estas palabras que se inclinan hacia la melancolía,

     Neblina sobre mis ojos que persisten en mirarte, aunque no estés aquí. 

     La gente que me rodea satura las palabras con más neblina

     Sin darse cuenta de que, aquí dentro,

     Escondo un anhelo de enormes dimensiones. 

     Por más que libero globos con mensajes,

     En la dirección donde empezaron nuestras caricias,

     No logro obtener réplica alguna para nuestros rituales de amor;

     Regreso entonces a mis manías de costumbre,

     Al lado de duendes de porcelana y descoloridas conchas marinas. 

     Mi cuerpo parece abandonado,

     Mi canto ya no es el mismo;

     Mis manos alcanzan a tocar

     Sólo aquellas notas en el viejo cuaderno

     Las cuales están perdiendo significado. 

     Y no obstante,

     Es inventando nuevas tonadas para ti

     Como soy capaz de hallar una explicación,

     Tal vez tenue y efímera,

     Para esta encrucijada a la que me has conducido. 

     Mi nuevo punto de partida ya no está a mi alcance,

     Más bien se ubica lejos,

     En una ciudad colonial donde el amor parece haberme atrapado;

     Y en cambio acá,

     En esta urbe de crueles acertijos,

     La luz de la mañana ilumina mi tristeza

     Sin ser capaz de evaporar la nostalgia que acumulo por la noche. 

     Me siento como un viajero

     Capaz de recorrer el país entero mediante unos cuantos vuelos,

     Pero a la hora de aterrizar

     Debo pedir ayuda y consejo a las nubes,

     A los astros, a los fantasmas y a la gente. 

     Soy un ave caída que perdió su dirección

     Y entonces pide auxilio a tu delgada mano bajos las sábanas;

     Busco también tu talle perfecto bajo el reboso negro,

     Tus labios dulces venciendo la timidez del primer beso,

     Tu espalda suave que no es dañada por el frío de la noche,

     Tu cabello negro y brillante,

     Tus pechos exquisitos,

     Tu vientre suave como el mármol y tan firme como un espejo,

     En fin,

     Tus piernas valientes que han recorrido nuevos caminos del amor. 

     Así pues,

     El cansado viajero,

     El ave caída,

     El hombre sin ti,

     Sabe que en este momento no hay respuesta. 

     Tengo que inventar un nuevo pasatiempo:

     El de renombrar cada estrella

     Con las formas diferentes en que hicimos el amor,

     O el de sustraerme de cada tragedia de esta ciudad,

     Para mezclar sin descanso estas palabras

     Corriendo tras los sueños que creamos… 

     Hasta que por fin mi mente se fatigue

     Y mi cuerpo caiga fulminado ante tu ausencia;

     Mientras tanto, procuro,

     Con este último suspiro de la noche,

     Recuperar las imágenes que has sido capaz de regalarme,

     Y que mantienen mi esperanza de volver a verte.

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