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08
Dic
07

La estética de la violencia

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Claudio Augusto Zinder Ponce 

El arte nunca se ha sentido atraído por la bondad. Dostoievski quiso hacer la novela de un hombre absolutamente bueno, y en sus diarios cuenta las enormes dificultades del proyecto. Al final resultó El idiota. En cambio, el arte ha sentido constante fascinación por la maldad, por la desdicha, por la violencia. Caravaggio o Shakespeare son ejemplos claros.Resulta imposible llevar a cabo una exposición completa y rigurosa de la vida de este famoso autor inglés, pues son muy pocos los datos comprobados que se tienen de él. Se mantiene tradicionalmente que nació el 23 de abril de 1564, y se sabe a ciencia cierta que fue bautizado al día siguiente, en Stratford-upon-Avon. Tercero de ocho hermanos, fue el primer hijo varón de un próspero comerciante, y de Mary Arden, hija a su vez de un terrateniente católico. Probablemente, estudió en la escuela de su localidad y, como primogénito varón, estaba destinado a suceder a su padre al frente de sus negocios. Sin embargo, según un testimonio de la época, el joven Shakespeare tuvo que ponerse a trabajar como aprendiz de carnicero, por la difícil situación económica que atravesaba su padre. Según otro testimonio, se convirtió en maestro de escuela. Lo que sí parece claro es que debió disfrutar de bastante tiempo libre durante su adolescencia, pues en sus obras aparecen numerosas y eruditas referencias sobre la caza con y sin halcones, algo poco habitual en su época y ambiente social. En 1582 se casó con Anne Hathaway, hija de un granjero, con la que tuvo una hija, Susanna, en 1583, y dos mellizos —un niño, que murió a los 11 años de edad, y una niña— en 1585. Al parecer, hubo de abandonar Stratford ya que le sorprendieron cazando ilegalmente en las propiedades de sir Thomas Lucy, el juez de paz de la ciudad.Se supone que llegó a Londres hacia 1588 y, cuatro años más tarde, ya había logrado un notable éxito como dramaturgo y actor teatral. Poco después, consiguió el mecenazgo de Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton. La publicación de dos poemas eróticos según la moda de la época, Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594), y de sus Sonetos (editados en 1609 pero que ya habían circulado en forma de manuscrito desde bastante tiempo atrás) le valieron la reputación de brillante poeta renacentista. Los Sonetos describen la devoción de un personaje que a menudo ha sido identificado con el propio poeta, hacia un atractivo joven cuya belleza y virtud admira, y hacia una oscura y misteriosa dama de la que el poeta está encaprichado. El joven se siente a su vez irresistiblemente atraído por la dama, con lo cual se cierra un triángulo, descrito por el poeta con una apasionada intensidad que, no obstante, no llega a alcanzar los extremos de sus tragedias, sino que, más bien, tiende al refinamiento en el análisis de los sentimientos de los personajes. De hecho, la reputación actual de Shakespeare se basa, sobre todo, en las 38 obras teatrales de las que se tienen indicios de su participación, bien porque las escribiera, modificara o colaborara en su redacción. Aunque hoy son muy conocidas y apreciadas, sus contemporáneos de mayor nivel cultural las rechazaron, por considerarlas, como al resto del teatro, tan sólo un vulgar entretenimiento.  Ricardo III es una historia brutal y violenta. Es la suma de crímenes con la que un personaje lúcido y cínico juega sus cartas en la telaraña del poder. Los cadáveres se van amontonando en la escena a través de la traición, la mentira y la seducción hasta conseguir el anhelado deseo de su protagonista: el trono. Y una vez allí Ricardo es plenamente consciente de que el mismo juego desarrollado por él no da otra baza que sucumbir a la misma fuerza del destino violento. En este juego de cartas marcadas todo apunta a Ricardo como al gran truhán, pero no hay nadie limpio en la partida y si algo distingue a Ricardo del resto de sus víctimas es su conciencia como joker, como bufón de la mano. Sabe de su poder, de su condición desubicada, marginal e inadaptada a los tiempos, y, por tanto, no es sino la visión más clarividente y delectadora de una ambición y sus consecuencias.   Para leer las obras de Shakespeare, y hasta cierto punto para asistir a sus representaciones, el procedimiento simplemente sensato es sumergirse en el texto y en sus hablantes, y permitir que la comprensión se expanda desde lo que uno lee, oye y ve hacia cualquier contexto que se presente como pertinente Decía John Berger en 1995 que “por todas partes hay imágenes explosivas de violencia, pero prácticamente ninguna imagen de dolor”. Y se preguntaba, a continuación, “¿cómo podría haber dolor si no hay cuerpos?”. Apuntaba con ello al hecho más determinante que ha marcado la representación de la violencia en el mundo contemporáneo por parte de los medios audiovisuales, al menos desde comienzos de los años noventa. Otros autores señalan el punto de inflexión que supone para esta cuestión el 11 de enero de 1991, cuando la televisión alteró su programación para ofrecer lo que se prometía como el mayor espectáculo del mundo: la guerra en directo. Había comenzado la operación “Tormenta del desierto” con el bombardeo nocturno de Bagdad. A partir de entonces asistimos, todos los días, a los preparativos de los combates (los trabajos en los portaaviones, el despegue de los cazas, el reparto de máscaras de gas a la población…), pero no fue posible ver ni una sola imagen de la guerra. La utopía de la retransmisión de los combates en tiempo real se frustró de inmediato. Únicamente el luminoso recorrido de las balas trazadoras y de los misiles llegaba a las pantallas. La representación de la guerra y de la violencia era una gran farsa. De manera consciente o no, las cadenas de televisión del mundo entero estaban sentando las bases de lo que iban a ser, a partir de entonces, los rasgos dominantes en la representación de la violencia.Fue así que Baudrillard pudo decir que “la guerra del Golfo no ha tenido lugar”. Fue así que surgieron esas coreografías neobarrocas como Matrix o Pulp Fiction: violencia sin recurrir a la expresión del dolor, que hizo las delicias de la peña. Fue con estos espectáculos irónicos, paródicos, con “muñecos que danzan con desparpajo en medio de un artificio que se expone y que se filma como tal” que surge el cine posmoderno, y que incluso gente que dice saber lo que ve se llena la boca de elogios para alabar semejantes timos de fuegos de artificio.Ricardo III es el relato de todas las maquinaciones que realiza Ricardo para hacerse con el trono. Desde su labor difundiendo cizaña entre su hermano y el rey, hasta la gran cantidad de asesinatos que lleva a cabo y lo matrimonios de conveniencia. La obra se acaba con una gran batalla en la que Ricardo, derrotado exclamará aquella famosa frase de ‘Mi reino por un caballo’.. La escena entre Ricardo y Lady Ana con los sentimientos de pasión y odio encontrados es de antología. La amoralidad de los mecanismos del poder queda retratada en la sucesión de hechos sangrientos que jalona la coronación de Ricardo III. Debemos de recordar que la palabra «tragedia» alude siempre, en cualquiera de los usos que se haga de ella, a lo lastimoso, funesto o terrible, a lo que suscita piedad y conmueve hondamente; en definitiva, a lo patético. El dolor y la melancolía serían, para usar una expresión de Poe, los tonos que más le convendrían, y el horror sería su efecto característico. Una de las interpretaciones contemporáneas de Shakespeare es la ´posibilidad de de dotar de contenido actual a los dramas antiguos, Enrique o Hamlet pueden ser vueltos a interpretados a la luz de los acontecimientos políticos o político-bélicos de nuestro tiempo, vividos con más o menos ardiente interés o con más o menos escepticismo, comprometida o desdeñosamente. Algunos dicen que en la tragedia de Ricardo III puede contemplarse en forma artística una figuración de la tragedia hitleriana, en Hamlet una exposición del régimen stalinista, etcétera. Un mismo juicio se encontraba en muchos otros críticos, como Bertold Brecht, por ejemplo. Lo expresó claramente Ben Jonson en su elogio de Shakespeare: «Que él no es de un siglo, sino de todos los tiempos». Era, por lo demás, una costumbre muy extendida en la época de Shakespeare el introducir en el reparto a personajes reales, normalmente como escarnio. Hamlet se lo advertía a Polonio: «Mi buen amigo, cuidaréis de que los cómicos estén bien atendidos. ¿Oís? Haced que los traten con esmero, porque ellos son el compendio y breve crónica de los tiempos. Más os valdría un mal epitafio para después de muerto que sus maliciosos epítetos durante vuestra vida.» Cuatro siglos después de su muer, William Shakespeare sigue resultándonos un hombre misterioso e imponente. Su vida es en gran medida un enigma y ni siquiera sabemos con seguridad cómo era su rostro. Por otro lado, casi nadie cuestiona hoy que el inglés es uno de los dos o tres escritores más grandes de la Historia.Hay dos libros de reciente publicación nos proponen nuevas rutas para llegar hasta él. En Shakespeare, nuestro contemporáneo (Alba), el polaco Jan Kott estudia las causas de que las obras del inglés nos conciernan de un modo tan evidente. Al comienzo de su libro, Kott recuerda una representación de Hamlet que se estrenó en Cracovia semanas después del XX Congreso del Partido Comunista. Entonces él entendió la obra como «un drama sobre un crimen político» y a su protagonista como alguien que ha sido «contaminado por la política La obra fascinó al público de un modo muy especial, ya que «creaba una sensación de opresión similar a la que se encontraban sometidas nuestras vidas». Los espectadores encontraron en Shakespeare a un contemporáneo: alguien que les hablaba de lo que estaba sucediendo, de aquello que más les incumbía. A lo largo de su libro, que fue publicado en 1960 en los Estados Unidos, Kott analiza algunas de las obras más conocidas de Shakespeare y trata de desentrañar la clave de su excepcionalidad. Para ello acuña conceptos como el de Gran Mecanismo», que vendría a ser el impasible motor, que alimentado de la sangre y la ambición de los hombres, hace avanzar el mundo y la Historia. No andará muy equivocado quien vea también en esta imagen un reflejo de la tiranía en estado puro. El propio Kott señala en el prólogo que la edición francesa de su libro incluía una foto del entierro de Stalin. Molotov, Malenko, Bulganin, Jruschov y Beria llevaban a hombros el féretro del dictador. Antes o después, todos ellos serían «empujados desde la cúspide al abismo de un largo olvido». Puro Shakespeare: en la lucha por el poder es necesario avanzar por un camino lleno de cadáveres. En las obras del inglés, especialmente en las tragedias, la Historia no es un decorado, una excusa para vestir a los personajes con espadas, sombreros y curiosos trajes, sino que es la protagonista. Kott analiza este hecho en obras como Ricardo III, una de las más violentas de Shakespeare, en la que curiosamente sólo un asesino profesional parece tener reparos en matar a sus semejantes. Para Kott, el rey Ricardo es «la inteligencia del Gran Mecanismo», quien nos muestra por primera vez el rostro humano de la ambición que hace girar el planeta, un rostro terrorífico por su fealdad y por el gesto cruel de sus labios, pero que también nos fascina.El otro objetivo del libro de Kott es analizar los temas de Shakespeare en una clave sensatamente freudiana. El amor, la sátira, la crítica del idealismo, la degradación humana o la necesidad de hacer elecciones son algunos de los grandes asuntos shakesperianos. Y también la violencia. En palabras de Kott, «si Tito Andrónico tuviera seis actos, Shakespeare terminaría golpeando y torturando cruelmente hasta la muerte a los espectadores de las primeras filas del patio de butacas». Su conclusión es que el autor inglés era un excepcional conocedor de la psicología humana. Es eso, junto a su percepción del funcionamiento del mundo, lo que le convierte en nuestro contemporáneo. A veces las palabras de Kott resuenan como en un teatro vacío: «No hay que actualizar ni modernizar las obras de Shakespeare, pues la Historia las llena siempre de nuevo contenido y encuentra su reflejo en ellas». En 1599. Un año en la vida de William Shakespeare (Siruela) el profesor de la Universidad de Columbia James Shapiro completa una magistral biografía parcial del bardo de Avon. El libro abarca un solo año de su vida, cuando está a punto de abrir como copropietario el teatro El Globo y de estrenar en él obras como Julio César, Como gustéis y Enrique V. Aquella era una época convulsa en el Londres de Isabel. Los españoles seguían amenazando las costas inglesas y una rebelión en Irlanda obligaba a realizar dolorosas levas entre la población. Además la Reina envejecía sin haber tenido hijos y la población no sabía qué ocurriría tras su muerte. Shapiro cree que para conocer a Shakespeare debemos conocer antes su época. Su objetivo es averiguar «como Shakespeare se convirtió en Shakespeare». Para ello analiza doce meses frenéticos en los que los acontecimientos históricos terminaron de matizar la peculiar mirada del autor mientras se consolidaba como uno de los dramaturgos más importantes del país. «El Shakespeare que aparece en estas páginas», escribe con ironía Shapiro, «no es tanto un Shakespeare enamorado como un Shakespeare trabajando». Estamos por tanto ante la biografía de un escritor: el registro apasionado de «lo que Shakespeare leyó, interpretó y vio publicado, y lo que sucedía en Inglaterra y más allá de sus costas que contribuyó a dar forma a unas obras que, cuatrocientos años después, siguen influyendo en la manera en que vemos el mundo». La erudición impresiona y también el elegante fervor que muestra por todo lo que rodea a la figura de Shakespeare. La obra nos permite experimentar al dramaturgo recorriendo los salones del palacio de Whitehall, la residencia londinense de la Reina, donde descubrió los retratos de Enrique VII y Enrique VIII pintados por Holbein y algunos objetos maravillosos, como un busto de Atila, un reloj de cuerda en el que apreciaba a un etíope cabalgando sobre un rinoceronte, un reloj de sol en forma de mono o un retrato de Eduardo VI que aparecía totalmente distorsionado y que sólo se veía correctamente si se observaba a través de un pequeño agujero que había en una barra de hierro junto al cuadro. ».